25. Papel viejo
Después de informar a los capitanes, Parrondo no tuvo alternativa: debía escoltar a Inés y Bruno al archivo de la Guardia Civil.
Aquel lugar constituía un camposanto de verdades y ficciones.
La insistencia institucional por etiquetar la conducta criminal irritaba al sargento.
Sostenía que la maldad y el agravio persistirían al margen de cualquier clasificación académica.
Daba igual si se englobaban bajo un epígrafe o se dejaban pudrir en una celda.
Descendieron por la escalera de servicio hasta llegar a un sótano sin ventanas en los bajos de Guzmán el Bueno.
El archivo olía a polvo, a tiempo muerto y a vinagre, que era como olía el papel barato cuando se pudría despacio.
Era un laberinto de pasillos estrechos flanqueados por estanterías metálicas que llegaban al techo, repletas de carpetas atadas con legajos de cuerda.
La luz no iluminaba lo suficiente para ayudar en la búsqueda de los números de identificación, y todo sonaba amortiguado, como ecos del pasado.
Parrondo caminaba con incomodidad. Asociaba el archivo con la Dirección General, un nido de ratas. Se aflojó el nudo de la corbata, disputándole el oxígeno a la burocracia. Detestar aquel sitio resultaba sencillo. Detestar el pasado, también.
El brigada encargado de custodiar los secretos beneméritos levantó la vista desde su mesa.
Entornó los ojos tras unas gafas gruesas.
La edad no perdonaba y estar en ese agujero no lo mejoraba.
Su figura evocaba a un Papá Noel vestido de verde.
En cuanto enfocó a sus visitantes, desplegó una sonrisa de piezas amarillentas, más antigua que el oxígeno que circulaba por el sótano.
—¡Coño! —exclamó—. ¿A quién traen mis ojos?
Se incorporó con dificultad. Los huesos chirriaron, recordándole cada año que llevaba en el cuerpo. Una vez erguido, abrió los brazos de forma exagerada.
—¡Parrondo, compañero! ¡Cuánto tiempo!
Parrondo no sonrió. No estaba en su sino formar parte de aquel teatro de antigua amistad.
—Pacheco. Veo que has acabado en un buen agujero.
—¿Pacheco? —replicó el brigada—. Aquí abajo todos tenemos nombre de papel.
¿Te acuerdas? En los viejos tiempos nadie era nadie: Lince, Indio, Godo…
—enumeraba sin pensar, como quien repetía la lista de los Borbones en una lección de infancia—.
Y tú, joder… tú eras de los que se colaban por cualquier sitio.
Dio una palmada en el hombro a Parrondo.
—Te ganaste tus alias a pulso —siguió Pacheco, todavía con una sonrisa en su cara.
Parrondo lo cortó sin levantar la voz.
—Esos tiempos pasaron. Ahora soy el sargento Parrondo. Y vengo con prisa, así que no te enrolles, Pacheco.
La expresión de Pacheco se transformó; comprendió que el sargento rehuía cualquier incursión en la nostalgia. Desvió la atención hacia Inés y Bruno, registrando en sus facciones que aquel equipo resultaba, cuanto menos, heterogéneo.
—Ah, claro. Estáis con todo ese asunto de los cabezas rapadas, ¿no? Y esa nueva unidad copiada de los americanos.
Parrondo no le dio pie a continuar por ese camino.
—Necesitamos expedientes de agresiones vinculadas a ultraderecha. Desde los años ochenta hasta hoy.
Pacheco se reajustó las lentes y consultó el libro de registro del archivo con un dedo amarillento.
—Lo tenéis todo en el pasillo cuatro. Y no me toquéis los legajos con manos sucias. Las cosas antiguas son muy sensibles.
Mientras Inés y Bruno se dirigían hacia el pasillo, Parrondo se apartó con Pacheco y empezó a decirle algo en voz muy baja.
—¿Has oído? —murmuró Bruno—. Lo del alias es muy de grupos de información. No sabía que Parrondo había estado en ese tipo de destinos.
—La vieja escuela —dijo Inés, sin darle importancia—. Esas costumbres se van perdiendo con las generaciones.
Empezaron a sacar cajas. Las carpetas pesaban más de lo que parecía.
Las dispusieron sobre una mesa metálica.
Durante una hora, revisaron fotos de palizas, agresiones con bates de béisbol, muchas cadenas y botas.
Algunos casos eran más llamativos que otros, pero todos tenían un mismo patrón: violencia caótica, desordenada y en manada.
—Mira esto, Bruno —dijo Inés, mientras señalaba diferentes fotografías.
Bruno observó caras hinchadas, huesos rotos, moratones múltiples.
—¿Ves el patrón? —preguntó Inés.
—Violencia extrema. Saña. Vamos, unas palizas de manual.
—Sí, es una violencia explosiva —incidió Inés—. Golpes en la cabeza, patadas cuando están en el suelo. Rabia caliente y desordenada.
Inés sacó entonces la foto de la autopsia de Cristóbal y la colocó al lado. El contraste necesitaba estar en la misma mesa para hacerse verdad.
—Ahora mira la de Cristóbal.
Bruno apretó la mandíbula.
—Tiene muchas puñaladas. También es una sangría. El escenario resulta igual de cruento.
—Sí. Pero míralo bien. La primera puñalada es mortal.
Limpia. Certera. Las demás —Inés pasó el dedo por encima del papel sin tocarlo— están agrupadas.
Colonizan el abdomen. Alguien ha insistido en un mismo sitio.
No hay golpes en la cara. No hay dientes rotos.
No hay la furia desparramada que ves en las otras. La firma es diferente.
Inés levantó la vista a la altura de los ojos de Bruno. Sus ojos brillaban en la penumbra del archivo.
—Las tribus asesinan movidas por el odio. Quien ejecutó a Cristóbal se rige por el método. Por el juego. O por un placer estético que se nos escapa.
Bruno se quedó quieto.
—¿Entonces me estás diciendo que no había odio en el asesinato de Cristóbal?
—Así es. Nos quieren vender una obra de teatro. Cada vez tengo más claro que querían que se pareciera a un ataque skin. Pero se les olvidó poner la rabia. Es una copia demasiado limpia.
En ese instante, Parrondo irrumpió en el pasillo. Proyectaba una agitación eléctrica, impropia de su habitual flema. Se había deshecho del nudo de la corbata, dejando la camisa abierta en un intento por ganar aire.
—¿Tenéis algo útil? —ladró, con la impaciencia vibrando en cada sílaba.
—Confirmado, mi sargento —dijo Inés, cerrando una carpeta—. El perfil no encaja.
Parrondo la miró. Las palabras de la mujer eran ruidos extraños, sonidos de un idioma que él no hablaba.
—Me dan igual tus perfiles —escupió—. Me importa cazar a los que mataron a Cristóbal. Coge lo que necesites para hacer el informe de tu trabajo.
Parrondo parecía más colorado y congestionado que antes. No solo le afectaba el polvo: el pasado también le daba alergia.
—Dirá nuestro trabajo, sargento.
—Inés, nuestra estancia aquí responde a una orden superior. Tu proyecto me resulta indiferente. Yo opero en la calle. Debo coordinar una redada, así que apresura el paso. Este lugar exhala un hedor a muerte y me falta el aire.
—A sus órdenes. Concluiremos la revisión y redactaré el informe para la jefatura.
—Eso es lo que quería oír. Os espero arriba. No tardéis.
Inés guardó sus notas. Pero antes de moverse, se quedó un segundo quieta. Pocas veces iba a tener esta oportunidad. Se dio la vuelta y fue directa hacia el suboficial.
—Brigada —dijo, interpelando a Pacheco—. Necesito un expediente más. Uno concreto.
Pacheco arqueó una ceja, evaluando la seriedad de la petición.
—¿Número de referencia?
Inés no vaciló. Pronunció los dígitos con la seguridad de quien recita una fecha grabada a fuego.
—Sección R / Caja B83. Número 2324/83.
El archivo, por un segundo, se quedó en silencio.
—Chiquilla, ¿eso tiene que ver con vuestra investigación actual?
—Absolutamente. Y le sugiero celeridad; ya ha comprobado el temperamento del sargento.
Pacheco declinó seguir interrogándola. Se incorporó resoplando y se encaminó hacia el pasillo dos, arrastrando una escalera de tijera.
Al alcanzar el punto exacto, ascendió por los peldaños y extrajo una carpeta gris de lomo desgastado.
La depositó sobre la mesa metálica y se retiró sin añadir una sola sílaba.
Inés lo abrió. El expediente estaba demasiado limpio. No tenía la típica suciedad incrustada de las otras carpetas. No tenía manchas, ni tachones, ni frases a medias. Todo estaba escrito con un final predeterminado.
Primero se fijó en las horas. No sería el primer expediente con erratas en las horas, pero un levantamiento de cadáver diez minutos después de un atentado no había por donde cogerlo. 08:40 h atentado / 08:55 h levantamiento. Dos tiempos para una misma muerte. Dos verdades en el mismo margen.
Inés continuó escudriñando el expediente.
En el índice se citaba un anexo: «Se acompaña reportaje fotográfico (Anexo I)».
El anexo no estaba. En su lugar había una hoja con un sello que estaba estampado sobre otro sello anterior, ilegible, que decía de forma breve: «Material gráfico no incorporado por razones operativas».
Operativas. Esa palabra que sirve para todo.
Esa palabra que no significa nada y lo tapa todo.
Los testigos aparecían listados con nombres completos, pero los domicilios estaban incompletos.
En uno de ellos, un vecino que declaraba haber visto «un coche oscuro con chófer salir de la calleja justo después del disparo», no volvía a ser citado.
Su testimonio se resumía en una línea: «Testigo no presencial. Confuso. Sin valor probatorio».
Inés cerró un segundo los ojos. Respiró despacio, intentando ordenar las piezas del pasado.
Bruno, que seguía tomando información de los archivos de ataques skins, notaba que ese no era un informe más.
—Inés, ese expediente no tiene nada que ver con los ataques skins, ¿no?
Ella no respondió de primeras. No quería decirlo en voz alta aquí abajo. No delante de Pacheco.
—No hace falta que digas nada. Lo entiendo. Yo también lo hubiera mirado —Inés acarició el lomo del expediente. Sus dedos recorrieron el cartón con la suavidad que se le dedica a una herida antigua.
—Es que no me cuadra nada, Bruno. La muerte de mi padre fue dura, pero mucho más profunda es la duda, el sentimiento de no saber qué ocurrió realmente.
—Cuando acabemos con este caso, te ayudo con el tuyo —dijo Bruno—. Pero ahora tenemos que subir. ¿Vale?
—Sí, vale.
Cerró la carpeta y la dejó en el mostrador, despidiéndose del brigada. Cuando empezaban a subir las escaleras, escucharon de fondo a Pacheco.
—Tu padre era un gran tipo. Algunos lo decían, entre ellos Parrondo.
El brigada se llevó el cigarro a la boca, pero se dio cuenta de que estaba apagado y lo dejó en el cenicero sin volver a encenderlo.
Inés se paró por un instante, pero Bruno la cogió de la mano y tiró de ella hacia arriba. —Cuando acabemos con este caso, Inés. Te lo prometo.
Al salir del sótano, Madrid estaba sumido en una tormenta primaveral.
El agua caía a borbotones y las riadas iban recorriendo el cemento mientras se adaptaban a las irregularidades del firme.
Inés y Bruno se refugiaron debajo de un pequeño techado, esperando a que Parrondo viniese a buscarlos con el coche.
Las cascadas improvisadas parecían haber hipnotizado a los dos agentes.
El silencio se hizo incómodo al pasar un minuto.
—¿Te has quedado muy callado, Bruno? Tendría que ser yo la que estuviese en mi mundo, pero parece que me quieres quitar el premio a la introspección.
—Es la lluvia, Baquero. Me trae fantasmas que creía haber enterrado.
Inés se giró hacia él, esperando. No quería presionarlo y esta vez no hubo una orden de Parrondo que los interrumpiera.
—En el 91, en la gasolinera de la carretera de Extremadura, me equivoqué de principio a fin —soltó Bruno—.
Desapareció un niño, Javier Betancur. El hijo de un médico importante.
Durante meses, me senté en esa gasolinera a tomar café con el dueño, Eusebio.
Un tipo servicial, atento… un santo a mis ojos.
Nos colocó la historia de un coche blanco y yo, como un novato, me pasé noches buscando un fantasma mientras el niño estaba a diez metros de mi silla.
Inés no dijo nada. Sabía que interrumpir era romper el hilo.
—Eusebio nos ayudaba en las batidas. Lloraba con nosotros.
Y yo le daba palmaditas en la espalda. Hasta que llegó el otoño y las tormentas inundaron los fosos del taller.
El agua hizo lo que nosotros no fuimos capaces de hacer: sacó a la superficie una bota amarilla.
La bota de Javi. Estaba allí, flotando en el barro, mientras Eusebio nos servía el último café.
Bruno miró a Inés, y ella vio por primera vez la grieta en su armadura.
—Por eso te sigo con esto del perfilado, Inés. Porque yo ya he visto cómo un hombre normal puede engañar a toda una comandancia solo con una sonrisa y un café caliente. Me prometí que no volvería a esperar a que lloviera para ver la verdad.
Inés lo miró fijamente. Había mil preguntas agolpándose en su garganta: ¿Qué pasó con el padre del niño? ¿Qué dijo Eusebio al ser detenido? ¿Por qué un hombre santo decidiría hacer algo así?
Abrió la boca para preguntar, pero el sonido de un claxon repetitivo y violento rasgó la cortina de agua.
El Peugeot 309 de Parrondo frenó en seco frente a ellos, levantando una ola de agua sucia del bordillo. El sargento bajó la ventanilla y el humo de su cigarrillo peleó contra la humedad del ambiente.
—¡Subid! —rugió Parrondo—. ¿Qué hacéis ahí pasmados mirando cómo cae el agua? Tenemos una redada que coordinar y no me pagan para que mis agentes cojan una pulmonía.
Bruno recuperó la máscara de cabo en un segundo. Se irguió, borrando cualquier rastro de la grieta en su cara, y corrió hacia la puerta del copiloto.
—A la orden, mi sargento —dijo con la voz seca de siempre.
Mientras cerraba la puerta del turismo, Bruno miró por última vez la lluvia cayendo sobre la fachada del Archivo.
A veces la verdad no aparecía porque uno investigara mejor.
A veces solo hacía falta esperar a que el agua arrastrara la tierra suficiente.