26. Segunda prueba
«La intención sin entrenamiento es ruido. El Geómetra no confía en el impulso del momento: ensaya hasta que la mano olvida la duda y el cuerpo ejecuta lo que la mente ya dispuso. Repetir no es obedecer; es ordenar el caos hasta que no quede nada que decidir».
—Estirpes. Manual del Jugador. Regla de Preparación
La noche mordía. En el piso hacía frío aunque la calefacción estuviese encendida. No era un frío gélido que viniera del norte, sino uno que se pegaba a las cosas: al marco de la ventana, al canto del escritorio, al metal.
Caos dejó una bolsa de Galerías Preciados sobre la mesa con cuidado, casi de forma ritual. El plástico crujió, denotando que dentro había algo que pesaba. Por un pequeño agujero se filtraba un destello intermitente cuando la luz incidía de lleno.
Ninguno de los tres hablaba. Sus respiraciones parecían batirse en duelo por ver quién actuaba primero.
Ejecutor no se acercó. Estaba a un paso, plantado, ocupando el centro de la habitación sin moverse.
El Máster, en cambio, sí se acercó, pero sin tocar nada; solo apoyó la libreta en el borde de la mesa y abrió por una página a medias.
El papel estaba marcado con líneas, números, flechas.
Nada de dibujos grandilocuentes. Solo orden.
Sorprendentemente, Caos tomó el mando de la situación y sacó varios cuchillos y una navaja pequeña. Los colocó a modo de exposición.
—Con esto no fallaremos —murmuró con la voz temblorosa.
Ejecutor lo miró fijamente.
—Guárdalo —dijo, sin necesidad de levantar el tono.
El cuchillo se quedó a medio camino de salir de la bolsa.
—Pero…
—Guárdalo. No nos hace falta.
Caos tragó saliva y obedeció, volviendo a meter el metal en la bolsa. Lo hizo deprisa, vencido por la necesidad de parecer seguro: la torpeza de quien quiere demostrar que controla.
El Máster pasó una página. Con el pulgar, alisó una esquina doblada. Parecía leer, pero en realidad miraba a Caos: examinaba su pulso, la ansiedad que se le escapaba por las manos. Era su punto débil. Calculó los pros y los contras de llevar armas.
—Llévate solo una. La que haga poco ruido y sea fácil de manejar.
Caos asintió. Se conformó con cantar línea en lugar de bingo. Sacó la navaja pequeña y la guardó en el bolsillo interior de la cazadora, pegada al pecho. Acarició el bulto un instante, sin darse cuenta.
Ejecutor cruzó la estancia y se plantó ante el perchero. Descolgó tres pasamontañas con un gesto limpio, sin prisa. La tela áspera rozó sus dedos al separarlos. Se cubrió el rostro sin mirarse, ajustándolo con la soltura de un hábito adquirido, sin margen para la duda.
El Máster lo imitó un instante después, repitiendo cada movimiento con precisión contenida.
Caos tardó un poco más; se le enredó y el sudor le nubló los ojos hasta que Ejecutor le bajó el borde con un solo movimiento de mano.
La habitación se llenó de rostros sin rostro, de ojos flotando sobre una tela que anulaba lo humano.
Hubo un silencio solemne: el repaso tácito de las reglas y la certeza de que estaban cruzando al siguiente nivel.
El Máster se acercó a un cajón y cogió un pequeño paquete.
Lo puso sobre la mesa y lo abrió. Dentro, guantes de látex finos y pálidos.
Caos se quedó mirando sin saber bien qué hacer.
Nunca se había puesto unos así. Ejecutor, en cambio, no dudó.
Tomó un par y se los puso casi sin mirar, estirando el plástico con maña.
El látex se pegó a su piel con un chasquido mínimo.
El Máster se calzó los suyos mientras observaba a Caos, que seguía torpe, enredándose con el primero.
—No es como en las películas —dijo, dirigiéndose a Caos—. Se ponen así: primero te aseguras de que las manos estén secas. Si hay humedad, se pegan y los rompes al entrar.
Caos alzó la vista, con esa impaciencia de quien cree saber más de lo que sabe.
—¿Y ya está?
—No. Luego los sujetas por el borde, sin tocar la parte exterior con los dedos desnudos. Primero uno, después el otro. Y no tires como un bruto cualquiera; si los estiras demasiado, los marcas antes de tiempo.
—Parecen de seda.
—Parecen frágiles porque lo son. Por eso hay que quitárselos bien también. Si no, acabas tocando justo lo que no debes. Los guantes no sirven para ocultarte. Sirven para no dejar nada de ti donde no debes.
Salieron a la calle. Las farolas teñían el barrio de un naranja enfermo. A lo lejos pasó un coche, arrastrando una música que no llegaba a ser música: solo un golpe de graves que rompía el silencio.
Caminaban sin prisa. No querían llamar la atención.
Ejecutor iba al frente. Caos se mantenía un paso por detrás. El Máster caminaba a su lado, aunque ligeramente rezagado, con el ángulo justo para abarcarlo todo de una sola mirada.
Divisaron el punto señalado. Era un callejón sin nada especial: un hueco entre edificios, un pasillo de ladrillo y basura aplastada, uno de esos lugares donde la ciudad dejaba lo que no quería ver.
El olor era intenso. Las paredes estaban mojadas, por humedad vieja o por orín reciente.
Ejecutor se detuvo en la boca del callejón y comprobó que no hubiera nadie que pudiera interrumpir sus acciones. Solo se oía el zumbido eléctrico de la farola y, de vez en cuando, el ladrido de un perro en alguna terraza.
El Máster sacó la libreta apenas un instante. No la abrió; solo la tocó, verificando que seguía ahí. Luego se la guardó de nuevo.
Caos no dejaba de moverse. Miraba a un lado y a otro de la calle, nervioso, con la respiración un poco más alta de lo normal. Parecía el único que todavía entendía que aquel lugar no era un simple punto de encuentro.
Era una trampa esperando paciente, y la presa no tardó en caer.
El repetidor apareció solo. Había cortado por el callejón porque era más rápido y porque nunca le había pasado nada.
Iba escuchando en un Discman Sony un mixtape grabado con temas de Nirvana y The Cure .
Cada paso destilaba ese tipo de despreocupación que no se aprende: la que da el dinero cuando todavía no conoces el miedo.
Llevaba unos vaqueros Levi’s 501 , recién lavados, el bajo perfectamente doblado sobre unas Nike Air Jordan VI blancas con detalles rojos, impolutas.
Las Air Max del año anterior estaban ya en todas las esquinas; él prefería ir un paso por delante.
Mientras caminaba, sonreía a su reflejo en las lunas de los coches, convencido de que el mundo era suyo.
Cuando entró en el callejón, las Air Jordan partieron un charco con un crujido húmedo. Maldijo por lo bajo y ni siquiera notó que en la oscuridad tres sombras lo esperaban.
Ejecutor dio un paso hacia él. Solo uno. Suficiente para cortarle la salida.
—¡Eh! ¿Qué coño llevas en la cabeza? —dijo, con voz de fastidio que no era fastidio.
El repetidor tardó medio segundo en entenderlo: ese pasamontañas no era de carnaval, y aquel encuentro no era casualidad. Intentó retroceder, pero ya era tarde. Entonces vio a los otros dos emergiendo de las sombras.
Todo pasó rápido. Ejecutor lo empotró contra la pared de ladrillo, con el antebrazo apretándole la garganta. El repetidor intentó gritar, pero Caos ya estaba encima, ansioso, con las manos temblorosas tapándole la boca.
El Máster se quedó atrás, en su ángulo perfecto, viendo cada detalle.
—Ahora sí que miras —dijo con voz neutra, sin emoción—. En el instituto no mirabas. Ahora pareces atento de verdad.
El repetidor forcejeó, soltando un sonido gutural que quería ser un insulto pero se hundió en la palma sudorosa de Caos.
Ejecutor se acercó a su cara. La tela negra del pasamontañas quedó a centímetros, y el repetidor sintió el aliento caliente filtrándose a través de la tela.
—Quieto, o esto va a peor —masculló.
El Máster se aproximó por el lado, colocándose a la altura exacta para hablarle al oído.
—Te gusta molestar, ¿verdad? —susurró—. Tu valentía es un espejismo. No corriges. Humillas.
El repetidor sacudió el cuerpo, negando con los ojos desorbitados. Caos metió la mano en la cazadora y sacó la navaja pequeña. La abrió con un clic que retumbó como un disparo en el callejón.
—Ya no eres tan guay sin tu chupipandi, ¿eh? —dijo, con voz ansiosa.
Ejecutor giró la cabeza y lo fulminó con la mirada. El Máster no se inmutó, pero retomó el control con un gesto seco de la mano.
—Dilo —dijo el Máster—. Dilo y se acaba.
Caos acercó la navaja al cuello del chico.
—Guárdala —cortó Ejecutor—. No la necesitamos.
Caos obedeció a medias, pero la hoja seguía brillando demasiado cerca.
—Estáis colgados, joder —balbuceó el repetidor.
Ejecutor apretó más el antebrazo contra su garganta. El chico intentó tragar, pero solo salió un sonido roto, como un animal atrapado. Entonces se quebró: primero un temblor en las rodillas. Luego la rendición: una flojera total, un calor oscuro que le bajó por el muslo.
Se meó encima. Sin aviso. La mancha se extendió rápida por los Levi’s , brillando bajo la farola. El olor ácido invadió el callejón como un puñetazo.
Caos soltó una risa nerviosa, un ladrido corto e involuntario.
—Cállate —dijo Ejecutor, sin mirarlo.
El Máster observó la mancha. No con asco. Con interés clínico. La respuesta fisiológica era la esperada.
—Mírate. Todo ese ruido… y al final, esto.
El repetidor gimoteó, un sonido húmedo y roto. Ya no era amenaza. Ya no era matón. Solo carne acorralada en un rincón podrido.
Ejecutor se inclinó un poco más. La voz amortiguada por el pasamontañas.
—Vas a pedir perdón.
El repetidor negó con la cabeza. Por costumbre. Por orgullo residual. Sus ojos, hinchados y rojos, rebotaban de uno a otro, buscando caras bajo la tela negra. Pero solo veía ojos. No reconocía nada.
El Máster levantó una mano, preciso.
—No es una petición —dijo el Máster, voz neutra como un bisturí—. Di que lo sientes. Di que no volverá a pasar. Esto es corrección. No venganza. No queremos tener que aplicar la violencia, pero si no queda otro remedio…
Caos apareció en la visual del repetidor, mascullando algo inaudible y el odio bulléndole en la mirada. Quería el corte, la marca permanente. La rabia estaba contenida.
El chico forcejeó un último espasmo. El calor de su propia vergüenza le bajaba por las piernas, empapando los Levi’s . El hedor ácido lo traicionaba, anclándolo al suelo mugriento.
—Lo siento —farfulló al fin—. No… no volverá a pasar. Por favor…
Caos soltó una risa sorda, ansiosa.
El Máster lo cortó con una mirada gélida.
—Más alto. Que se quede grabado en tu cabeza.
—¡Lo siento! —chilló el repetidor con un falsete roto—. ¡No volverá a pasar, joder! ¡Por favor!
El Máster asintió. Protocolo cumplido. Cerró la libreta.
—Buen chico. Ahora reflexiona, y si mañana nos ves en la calle, somos fantasmas.
Se apartaron en sincronía. Ejecutor lo soltó el último, dejándolo deslizarse al charco. El repetidor sollozó, acurrucado. Las Air Jordan flotaban en su propia porquería.
De vuelta caminando, Caos escupió al suelo.
—Deberíamos haberlo marcado. Para que aprenda de verdad.
El Máster lo miró de reojo.
—Aprenderá. El miedo corrige mejor que la sangre.
El Máster abrió su libreta y escribió solo una palabra, en mayúsculas pequeñas, apretadas:
LÁTEX .
Debajo añadió otra palabra.
SUMISIÓN.
Cerró la cubierta.
No había salido a castigar a nadie.
Había salido a comprobar una hipótesis.
Funcionaba.
Mientras guardaban el material, comprendió que lo que habían aprendido aquella noche ya no se olvidaría.
Cuando doblaron la esquina, el callejón volvió a quedarse vacío. Solo quedó el muchacho, temblando entre el olor a orina y ladrillo húmedo. Carlos no volvió la vista atrás. Ya había obtenido lo único que necesitaba aquella noche: la certeza de que el método funcionaba.