20. Dossier Baquero. Pieza IV
(Material reservado. Declaración reconstruida a partir de testimonio indirecto y minuta interna)
El despacho del general Ruiz olía a jerarquía; uno de esos olores densos que se impregnan en la ropa y nunca terminan de irse.
Una mesa de madera encerada imponía su presencia, ocupando casi media estancia como un baluarte inexpugnable.
Las persianas, medio bajadas, filtraban una luz amarillenta y enferma, la misma que se proyectaba en los pasillos de los hospitales de provincia.
Sobre la mesa no había una sola fotografía familiar.
En la pared descansaban tres cuadros alineados con precisión milimétrica: el Rey, el Cristo de Lepanto y una fotografía antigua del general en Melilla, con treinta kilos menos y una mirada limpia que el hombre de ahora ya no poseía.
Ruiz Mira aún conservaba, en la mano derecha, un anillo dorado con un sello de armas que brillaba bajo la lámpara de escritorio.
El ambiente destilaba una hostilidad sorda, especialmente contra aquellos que no se plegaban al dogma y a las directrices de su mando.
El sargento Manolo Baquero esperaba de pie, justo enfrente de la mesa.
Sabía que no debía sentarse hasta que se lo ordenaran, pero también sabía que la espera formaba parte del castigo.
El general Ruiz hojeaba un expediente sin mirarle directamente.
Las letras pesaban más que las personas que las encarnaban.
—¿Sabe por qué está aquí, sargento? —preguntó el general al fin, sin levantar la vista de los informes.
—No, mi general —respondió Manolo con voz neutra.
—Eso ya me lo imaginaba.
Pasó una página, hizo una marca con el bolígrafo.
—En Información, las cosas se saben o se imaginan, casi siempre demasiado tarde.
Encendió un cigarrillo.
—¿Le apetece uno?
—No, gracias, mi general.
—Fuma demasiado el que tiene miedo, dicen.
—He conocido cobardes con los pulmones limpios, mi general.
Ruiz Mira detuvo el gesto. No hubo sonrisa, pero tampoco reproche inmediato. Solo un leve parpadeo de quien, en ese mismo instante, estaba tomando nota mental de que el hombre que tenía enfrente no se iba a quebrar con trucos de cadete.
—Tiene sentido del humor. O instinto. Da igual, las dos cosas matan con la misma eficacia.
Cerró el expediente con un golpe seco. En la portada, Manolo alcanzó a leer su propio nombre, escrito con caligrafía impecable.
Ruiz Mira se recostó en el sillón de cuero, que crujió bajo su peso.
—Aquí dice —leyó, sin entonación—: «Baquero, Manuel. 38 años. Buen expediente. Valor en acto de servicio. Sin incidentes disciplinarios. Casado. Una hija».
Alzó la vista. Sus ojos eran dos agujeros negros.
—Eso está bien. Pero luego dice algo que no figura en los informes del cuerpo: «inquieto».
Dejó caer el cigarro en el cenicero.
—¿Por qué diría alguien eso de usted?
Manolo aguantó la mirada, sosteniendo el peso de la jerarquía sobre sus hombros.
—Porque sigo preguntando cuando no debería hacerlo.
El general soltó una pequeña carcajada.
—Eso también lo sospechaba. Mire, Baquero, voy a ahorrarle el teatro de pasillo. Lo que voy a decirle no está en ninguna parte. Nadie tendrá constancia de que hayamos tenido esta conversación.
Se levantó con una agilidad impropia de su edad y caminó hacia la ventana. Afuera, el patio de armas de la Comandancia reflejaba un calor invisible que deformaba el aire.
—Usted estuvo en Serrano —dijo el general sin girarse—. Varias madrugadas. Vigilar esa zona no estaba en su cuadrante.
—Cumplía instrucciones de la Jefatura, mi general.
—No, sargento. No es así exactamente.
Giró y volvió hacia él con pasos lentos.
—Cumplía órdenes de su curiosidad.
La palabra cayó como un código.
A Manolo se le secó la garganta.
—Mi obligación es entender las cosas que investigo, mi general.
—No siempre. A veces es más sano no entenderlas. O fingir que no las entiendes.
El general se detuvo junto a la mesa. Tomó el expediente y golpeó el canto suavemente contra el borde, como un metrónomo.
—¿Sabe lo que es la lealtad de Estado?
—Sí, mi general.
—No, no lo sabe.
Encendió otro cigarro, pero no se lo llevó a la boca. Lo sostuvo en la mano como un arma.
—La lealtad de Estado no significa decir la verdad. Significa mantener el equilibrio. Significa no quemar la casa aunque tengas una cerilla y gasolina.
Baquero apretó las manos contra las rodillas para no hablar antes de tiempo.
—Hay cosas que no están bien, mi general.
—Hay cosas que no están bien vistas, sargento. No las confunda.
El tono seguía neutro, pero ya había una corriente subterránea de amenaza; una música casi amable que dolía más que un grito.
Ruiz Mira rodeó el escritorio y se sentó frente a él, al otro lado del humo.
—Voy a serle franco. Hay personas que sostienen este país.
Silencio.
Algunas llevan uniforme.
Silencio.
Otras no.
Señaló la carpeta.
—Cuando un hombre como usted mete la mano en la maquinaria, el engranaje puede romperle los dedos.
—¿Son ellos quienes lo dicen o lo dice usted?
El general sonrió.
—Yo solo transmito sabiduría ajena.
Se quedó unos segundos mirando el humo del cigarro antes de continuar.
—Hay llamadas que uno no devuelve, Baquero. Y otras que uno devuelve demasiado deprisa.
Levantó la vista hacia él.
—Cuando eso ocurre, lo inteligente es entender que la conversación ha terminado antes incluso de empezar.
Le tendió un papel. Manolo lo miró. Era un informe de traslado con destino Ceuta, fechado esa misma semana.
—Le he conseguido esto. Un ascenso. Dos meses de margen. Su mujer podrá vender el piso con ayuda. Calmado, limpio, digno.
—¿Y mis investigaciones?
—Archivadas. Como todo lo que se archiva en este país: en un cajón que nadie abre.
Silencio.
Baquero bajó la mirada hacia el borde del papel. Bastaría un gesto para borrar una vida de servicio.
—¿Por qué tanta generosidad, mi general?
—Porque no me gusta perder hombres valiosos. Y porque me han pedido que sea yo quien se lo diga; preferible que se lo diga un amigo a que se lo explique la calle.
—¿La calle?
—Usted entiende. La gente se cruza en sitios equivocados. Los coches fallan. Los relojes se paran.
El aire se volvió espeso.
Manolo levantó la mirada.
—Entonces es una amenaza.
—No, sargento. Es un favor.
El general apagó el cigarro con dedos lentos.
—Su padre fue guardia, ¿verdad?
—Sí, mi general.
—Su padre llegó entero a viejo. Imagine que su hija pueda decir lo mismo de usted.
Manolo se inclinó ligeramente hacia adelante. La voz le salió en un tono nuevo, sin rabia pero sin miedo.
—Mi hija no entendería nada de esto.
—Nadie tiene que entenderlo. Ni siquiera usted.
El reloj del despacho dio un clic seco. Un segundo partido.
Ruiz Mira cerró el informe y lo deslizó hacia él.
—Piénselo. No lo decida hoy. Pero si elige quedarse, al menos deje de escribir.
—¿Perdón?
—Me refiero a las libretas, Baquero. Las que guarda en el coche. Las que rellena fuera de informe. Eso es dinamita.
—Solo notas.
—No existen las notas cuando hay hombres con nombres.
Manolo respiró por la nariz. Cada palabra del general era una orden disfrazada de consejo.
Se levantó.
—¿Nada más, mi general?
Ruiz Mira se acomodó en la silla, satisfecho.
—Nada más. Y recuerde: la disciplina también es una forma de supervivencia.
Cuando Manolo extendió la mano para despedirse, el general se la estrechó con fuerza. La piel del anillo le raspó los nudillos. No fue un accidente.
—Le daré un último consejo, sargento —dijo el general, sin soltar su mano—:
No se mata solo al que habla. También al que escucha con demasiada atención.
Soltó.
Manolo saludó con corrección militar y salió.
En el pasillo, la moqueta amortiguaba los pasos y multiplicaba el sudor.
Cruzó la antesala. La secretaria no levantó la vista de la máquina de escribir.
Antes de salir al patio, se detuvo un instante: miró sus propios dedos, enrojecidos por el roce del anillo ajeno, y pensó que aquel gesto valía más que cualquier firma.
Afuera, el aire estaba lleno de polvo y de pájaros que no veían jerarquías.
Encendió un cigarro con manos temblorosas.
El viento le movió el humo hacia la cara y, por primera vez en semanas, Manolo no intentó apartarlo.
Era solo aire sucio. Ya estaba acostumbrado.
Dentro del bolsillo, la libreta seguía vibrando contra el pecho.
Y aunque supo que esa vibración era miedo, la apuntó.
Porque, mientras pudiera escribir, aún tendría la sensación de que no lo habían callado del todo.