19. Monstruo
El teléfono llevaba tres tonos sonando cuando Carlos levantó la vista del cuaderno.
Reconoció el ritmo de los tonos: los de siempre.
Cuarto tono.
Carlos no se movió de la silla. Miraba el teléfono como quien mira un objeto que no termina de reconocer, aunque lo hubiera visto mil veces. El auricular blanco. El cable enroscado, siempre en el mismo ángulo, porque él mismo lo enderezaba cada vez que alguien lo dejaba torcido.
Quinto tono.
Pensó, con la misma precisión con la que anotaba las tiradas de Ejecutor, en las palabras exactas que vendrían si contestaba: «Cariño, ¿cómo estás? Te noto raro últimamente. ¿Comes bien?»
Le vino entonces, sin buscarla, la frase que su abuelo había dejado caer aquella Nochebuena: «Tu madre dice que le das miedo a tu hermana pequeña».
No supo si lo que sintió fue vergüenza o desprecio. No tuvo tiempo de decidirlo.
Sexto tono.
Su mano se movió hacia el auricular. Se detuvo a dos centímetros, suspendida, y ahí se quedó un segundo de más —el tiempo justo para que él mismo se diera cuenta de que había dudado, y ese descubrimiento le molestó más que la llamada.
Séptimo tono.
Retiró la mano.
El teléfono sonó dos veces más y luego se detuvo, dejando un silencio distinto al de antes, uno con forma, con el hueco todavía caliente del ruido que ya no estaba.
Carlos se quedó mirando el aparato unos segundos. Después, con un movimiento seco, como quien corrige una cifra mal apuntada, volvió al cuaderno. Pasó la página. Debajo del último módulo escribió, en una esquina, una sola palabra, más pequeña que las demás, casi ilegible:
Ruido.
No añadió nada más. Cerró el cuaderno y se levantó a poner un disco.
5 de mayo de 1994. Madrid. Comandancia de la Guardia Civil. Despacho del comandante Ledesma.
El despacho del comandante Ledesma olía a urgencia: había diarios nacionales, montañas de ellos, todos gritando lo mismo con distinta tipografía: «La ola neonazi llega a Madrid». «Alarma social: ¿dónde está el asesino?».
Ledesma, pelo cortado a cepillo y ojeras profundas, señaló los titulares con un dedo manchado de tinta.
—¿Veis esto? Esto no es periodismo. Esto es una invitación al pánico. Y el pánico mueve a los jueces, mueve a los políticos, y los marrones van descendiendo hasta nosotros. ¡Es una cascada de mierda! Y nosotros somos la base donde acaba todo.
Parrondo estaba sentado al fondo, masticando un palillo que se movía rítmicamente entre los dientes. Inés y Bruno ocupaban sillas laterales, sentados en el borde del asiento.
—El juez instructor me ha llamado a las ocho —siguió Ledesma—. Está dispuesto a firmar lo que haga falta: pinchazos, horas extra, balizas, fondos reservados. Pero tiene una condición.
Ledesma dejó caer una carpeta gruesa sobre la mesa.
Pum.
—Necesita una trama.
—¿Una trama? —preguntó Parrondo, entornando los ojos.
—Un muerto en un descampado es un homicidio, sargento. Eso no justifica intervenir cincuenta teléfonos. Pero una «red organizada de violencia política» es otra cosa. Eso abre la caja fuerte de los recursos.
Inés no pudo contenerse.
—Con el debido respeto, mi comandante. Estamos forzando las piezas.
—Explíquese, Baquero.
—El perfil no encaja —Inés señaló la pizarra donde habían colgado las fotos de pintadas en la sierra—.
Ya se lo dijimos en la Comandancia. Esto no es griterío de manada, es cálculo.
Diecisiete puñaladas y ni un testigo. Si vendemos una red de skins, buscaremos perros cuando lo que tenemos es un lobo.
Ledesma se aflojó el nudo de la corbata.
—Baquero, a veces la verdad es un lujo que no nos podemos permitir. Necesitamos recursos para atrapar a esos lobos. Necesitamos venderle al juez un monstruo. Si tenemos que vestir al lobo de skinhead para que nos den las herramientas, lo vestiremos.
Antes de que Inés pudiera replicar, la puerta se abrió de golpe. Un teniente de la sala de operaciones entró pálido como la cera.
—Mi comandante, ponga la tele. Malas noticias.
Ledesma cogió el mando. La pantalla escupió humo negro, sirenas y una fachada destrozada.
«…confirmamos la explosión de un coche bomba en la plaza de Ramales…»
«…el objetivo ha sido el vehículo oficial del teniente general Francisco…»
Un olor a goma quemada le llenó las fosas nasales a Inés, aunque estaba a kilómetros de distancia.
—ETA —murmuró Parrondo. Ya no tenía el palillo en la boca.
«…tres víctimas mortales confirmadas… el conductor, un transeúnte y el teniente general… veinte heridos…»
Ledesma se desplomó en la silla y se pasó las manos por la cara.
Fue entonces cuando Bruno se puso en pie. No con la vacilación de un subordinado, sino con la precisión de alguien que ya ha hecho esto antes. Cogió el teléfono supletorio sin pedir permiso.
—Mi comandante, hay que cerrar los enlaces de la M-30 con la carretera de Burgos y el nudo de Manoteras. Si el coche ha estallado hace diez minutos, todavía no han quemado el vehículo de huida.
Ledesma lo miró, descubriendo a un extraño bajo el uniforme del cabo. Parrondo, que ya se había levantado a medias, se quedó quieto. Bruno era un novato en investigación criminal, pero había pasado tres años en Intxaurrondo. En ese momento era el más capacitado de la sala.
—Hágalo, Galván —masculló Ledesma, recuperando un hilo de mando—. Llame a la Sala.
—Joder —Ledesma miró a Parrondo—, se acabó el juego, sargento. Con esto en las noticias, nadie va a mirar a vuestro muerto del descampado. Todos los recursos van a Antiterrorismo. Vuestro monstruo neonazi se acaba de quedar pequeño.
Inés miraba la pantalla. Aquello sí era real. Aquello sí era odio puro, político, indiscriminado. No había engaños. Y sin embargo, su mano fue instintivamente al bolsillo de su pantalón, donde guardaba la nota de su padre: «NO FUE ETA». Allí fuera, ETA mataba generales con bombas.
Lo que no cuadraba era lo de su padre.
—No —dijo Parrondo de repente.
Se levantó. Caminó hasta la televisión y la apagó.
—Esto nos viene bien.
Todos le miraron.
—¿Cómo dice? —preguntó Inés, horrorizada.
—El miedo —dijo Parrondo, girándose hacia ellos—.
La gente va a pedir seguridad —se apoyó en la mesa de Ledesma—.
Comandante, dígale al juez que los grupos de extrema derecha se están armando.
Que Cristóbal fue un ensayo. Que si no los paramos ahora, tendremos otra banda terrorista sumada a ETA. Aproveche el pánico.
—Eso es mentira —saltó Inés temblando de rabia—. ¡Eso es manipular el terror! Cristóbal no tiene nada que ver con ETA, ni con tramas políticas. ¡Fue un crimen ritual! ¡Es teatro!
Parrondo cruzó el despacho en dos zancadas y se plantó frente a ella.
—¡Mantenga la disciplina! Esto no es un debate de la Facultad de Psicología. Esto es una guerra, y en la guerra se usan las armas que hay, no las que uno desea.
—Pero mi sargento…
—¡Déjeme terminar! ¿Teatro, Baquero? ¿Crees que porque no usen bombas no son terroristas?
—Son gente jugando a ser dioses —se defendió Inés—. No son un comando.
—¿Ah, no? —Parrondo sonrió, y fue una sonrisa cruel—. Háblame de Lucrecia Pérez. Inés se calló.
—Vamos, dímelo. Noviembre del 92. Four Roses. Aravaca.
—Eso fue distinto…
—¿Distinto? —Parrondo golpeó la mesa con el puño—. Entraron encapuchados. Hubo tu famoso reparto de papeles . Uno conducía, otro vigilaba, otro disparaba. —Bajó la voz, para que doliera más—. ¿Y sabes quién disparó, Inés? ¿Sabes quién era el líder de esa manada de chavales?
Inés se humedeció los labios. Lo sabía. Todo el cuerpo lo sabía.
—Un compañero.
—Exacto. Un compañero. Un hombre con placa y pistola reglamentaria que cogió a tres niñatos neonazis y los llevó a cazar inmigrantes como si fuera un safari. Eso fue una acción de comando, Inés. Lo dijo la sentencia. Asesinato con alevosía. Organización.
Se acercó a su oído.
—Así que no me digas que unos críos no pueden ser monstruos organizados. Y no me digas que el mal no puede llevar uniforme.
Inés se quedó paralizada. Parrondo acababa de usar la herida más oscura del cuerpo para justificar su mentira actual. Y, sin querer, le había dado la razón: el peligro real suele llevar uniforme o estar protegido por él.
Ledesma se aclaró la garganta.
—El sargento tiene razón. El caso Lucrecia sentó jurisprudencia.
Podemos venderlo así: células organizadas.
—Cogió el teléfono—. Voy a llamar al juez.
Quiero redadas esta misma noche. Argüelles, Moncloa, la plaza de los Cubos.
Que detengáis a todo el que lleve botas militares y el pelo rapado. Sacudid el árbol.
Parrondo cogió su chaqueta.
—Vámonos —ordenó a Bruno e Inés.
Salieron al pasillo. El teletipo escupía noticias sin parar sobre el coche bomba. La maquinaria del miedo estaba en marcha. El relato ya estaba escrito. Solo faltaba encontrar a los culpables que encajaran en él.
Inés caminaba detrás de Parrondo, mirándole la nuca.
«No me digas que el mal no puede llevar uniforme», había dicho él.
Inés tocó la nota en su bolsillo.
«No te lo digo, sargento. Te lo confirmo».
Sobre la mesa seguía abierta la fotografía del descampado.
Mientras todas las patrullas corrían hacia la plaza de Ramales, el verdadero monstruo acababa de recibir el mejor regalo posible: que dejaran de buscarlo.