Estirpes 18. La deuda #2
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18. La deuda #2

Apartó la vista de su madre, huyendo de la evidencia del golpe, y Carlos supo en ese instante que ya tenía el código de acceso al alma de Antonio: la culpa.

Carlos dio un paso adelante, mientras se quitaba la gorra.

—Buenas tardes. Soy Carlos. Gracias por dejarnos pasar. Es usted muy amable.

La madre parpadeó. No estaba acostumbrada a esa educación.

—¿Y qué queréis? Aquí no hay mucho que ofrecer. Y Antonio, ya sabes que no me gusta que traigas gente a casa. Hoy no es buen día, tu padre…

—Solo… saludar. Le quería felicitar por tener un hijo tan responsable.

Antonio no sabía cómo reaccionar ante esa afirmación. Desde una habitación del fondo llegó un ruido: un gemido, una tos, algo que caía. Una voz que no formaba palabras sino gruñidos.

Antonio endureció la cara.

—Es mi padre —dijo rápido—. Está… enfermo.

Carlos asintió con una comprensión ensayada. Detuvo su mirada un segundo de más en la puerta cerrada del pasillo, donde la tos volvía a retumbar contra la madera desconchada.

—Entiendo perfectamente, Antonio. Espero que se recupere pronto. El descanso es fundamental.

No era una frase cualquiera. Era una decisión táctica, un objetivo preciso: no humillar. Carlos sabía que la dignidad era el único cebo que Antonio mordería sin sospechar del anzuelo.

La madre lo observaba detenidamente. El chico no estudiaba la casa buscando animales en un zoo. Su mirada no era la de un turista. Tampoco miraba a su hijo como un caso perdido.

—Siéntate —ordenó, de pronto.

Trajo una botella de casera y un pan frito. Todo el lujo que se podía encontrar en esa casa. Carlos lo aceptó con un «gracias» sencillo. Empezó a hablar del puesto en el almacén sin elevar el tono, sin prometer milagros y, sobre todo, sin mencionar apellidos.

—Puede ser un comienzo, señora —dijo él, mojando el pan—. Nada más. Y nada menos.

La madre no preguntó detalles. Algo en ella le dijo que no era buena idea.

Antonio apretó los dientes.

—No quiero líos, Carlos. No me gusta deber favores.

—No es un lío —dijo Carlos—. Es un trabajo. No te estoy regalando dinero.

Antonio resopló.

—Todo es un lío, siempre.

Carlos lo miró, tranquilo.

—Entonces elige uno que te pague. Te repito: no te estoy dando dinero, es un trabajo. Si lo haces mal, te echan y punto.

Desde el pasillo llegó otra vez la tos, pero esta vez fue seguida de una arcada violenta y húmeda. La madre se levantó a toda prisa, con el rostro endurecido por una rutina de años.

—No pasa nada. Vosotros seguid a lo vuestro.

Carlos se levantó también, instintivo, pero ya era tarde.

—¿Quiere que…?

—No. Gracias. No hace falta. Cómete el pan.

Antonio sacó una llave de un cajón y se la tendió a su madre.

No hubo ninguna explicación. Ella la cogió rápido y se dirigió al pasillo.

Cuando la madre desapareció, el piso se quedó con un silencio raro.

Antonio miró la puerta con una culpa vieja.

A Carlos le pareció que Antonio hablaba, por una vez, sin esa agresividad innata.

—Aquí no entra mucha gente; por lo menos gente como tú.

—Antonio, yo no meto a cualquiera en mis planes —alargó la mano—. Puedes confiar en mí. Somos colegas.

Antonio lo miró con una expresión que seguía siendo de desconfianza.

—¿Por qué haces esto?

Carlos giraba el vaso entre los dedos.

—Porque no me gusta perder gente. Como habrás visto, no tengo muchos amigos. Y menos que sean útiles —se arrepintió al segundo de haber dicho esa palabra.

—¿Útil?

Levantó la vista. Pensó en cómo podía maquillarlo.

—Útil, fuerte y lo más importante, alguien en quien puedo confiar. Un amigo leal.

Antonio tragó saliva y se frotó los nudillos despacio.

—Entonces somos eso —murmuró—. Amigos leales.

Ahí, en ese gesto mínimo, se decidía algo.

—Venga —dijo al fin—. Me apunto. Mañana estaré allí.

Carlos asintió, pero el pacto no pudo celebrarse.

Desde el pasillo estalló una tormenta de gritos y golpes contra la pared.

El padre de Antonio apareció tambaleándose, con la piel grisácea y el sudor del síndrome de abstinencia pegándole la camiseta al torso.

El mono estaba en pleno apogeo, transformando al hombre en un animal desesperado.

—¿Quién coño es este pijo? Antonio, ten cuidado con esta gente. ¿Qué te ha prometido?

Antonio miró a su madre. Fue un contacto visual rápido, lleno de una amargura vieja.

Ella metió la mano en el bolsillo del delantal, sacó la llave y se la entregó a su hijo con los dedos temblorosos.

Antonio la rodeó con el puño. Se acercó a su padre y le pasó el brazo por la espalda.

Miró a Carlos mientras se dirigía hacia la puerta.

Sus ojos hablaban más que las palabras: este es mi pan frito de cada día.

Al pasar junto a Carlos, el padre le lanzó un manotazo.

—Niño rico, ¿no tendrás algo de dinero para prestarme? Mi hijo te lo devolverá. Con cinco mil pesetas me puedo apañar.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, el hombre se abalanzó sobre Carlos. Le agarró del cuello del jersey de pico, arrugando la lana cara con manos sucias, e intentó meterle los dedos en los bolsillos del pantalón con una urgencia frenética.

—Venga, chaval… saca el dinero, ¡joder! ¡Sácalo ya!

Antonio agarró a su padre por los hombros y lo arrastró por el pasillo. Fue una maniobra limpia, de una fuerza mecánica que no admitía réplica. Lo empujó dentro del cuarto y, antes de que el hombre pudiera revolverse, sacó la llave y cerró.

Los golpes comenzaron de inmediato. Los nudillos del padre contra la madera sonaban como disparos sordos.

—¡Sácame de aquí, hijo de puta! ¡Te voy a matar! ¡Acabaré contigo! ¡Vete a currar y trae dinero! ¡Niño rico, me he quedado con tu cara!

Antonio regresó con la cabeza agachada. Su madre estaba llorando. Antonio se la llevó hasta otro cuarto, pero los sollozos y las lamentaciones se seguían oyendo. A la vuelta, Antonio miró a Carlos sin vergüenza, pero con hastío.

—Siento que hayas visto eso. —Antonio levantó la llave—. Cuando está así, lo encierro. He tenido que poner un cerrojo reforzado porque reventaba los marcos.

—¿Y cuánto tiempo lo tienes así?

—Lo que tarde en dejar de prometer que nos mata —miró la puerta del pasillo—. Esta llave es lo único que separa a ese cabrón de mi madre y mis hermanos.

Carlos alargó el brazo y ofreció su mano.

—Amigos leales. Te conseguiré ese trabajo y podrás salir de aquí. Con tus hermanos y tu madre. Tu padre —Carlos hizo una pausa deliberada, midiendo el peso de la sentencia— parece que ha elegido su propio lugar. Él ya no forma parte de tu mapa.

Carlos sintió que se la había jugado. Un padre era un padre. Pero Antonio, por sus gestos, parecía que estaba de acuerdo, aunque el remordimiento era entendible. Se acercó casi a un centímetro de Carlos, mirándole desde las alturas.

—Cada cosa a su tiempo. Ahora tenemos cosas más importantes en las que centrarnos. Nos vemos mañana para cerrar el tema del trabajo.

Carlos tenía claro que la visita a esa casa había terminado. Cuando estaba abriendo la puerta para irse, oyó una última frase.

—Voluntad de hierro, Carlos. Impondremos el orden en esta ciudad.

Al bajar las escaleras del portal, Carlos sonrió. La deuda estaba contraída.