18. La deuda
«La ciudad no es un conjunto de calles y edificios. Es un tablero. Cada habitante es una pieza con un valor asignado. El Máster no juega contra las piezas; juega contra el azar. Su objetivo es eliminar la incertidumbre».
— Estirpes. Libro del Origen
El aire en los bajos era una mezcla densa de orín, humedad de sótano y tabaco rancio.
Era un laberinto de pasillos subterráneos donde la ciudad sepultaba lo que no quería ver en la superficie.
El heavy metal atronaba desde el Gatuperio, mezclándose con el bakalao machacón del Inn que llegaba desde el pasillo contiguo.
Tribus que se odiaban compartiendo el mismo suelo pegajoso.
—Ha quedado de lujo, tío —dijo Ramón, acariciando la tapa de plástico—. Parece material oficial.
—Es material oficial —corrigió Carlos con voz plana—. La realidad es solo un consenso de mentes débiles, Ramón. Si el papel dice que eres un agente, el mundo te tratará como a un agente.
Habían quedado con Antonio en la esquina. Carlos le había dicho que necesitaba ayuda para mover unas cajas; una mentira blanca para atraerlo a su terreno. Quería reclutarlo, pero Antonio se retrasaba. Y en los bajos de Argüelles, esperar en una esquina era un deporte de riesgo.
Tres tipos salieron del Lemmy. Treinta y tantos, chupas de cuero cuajadas de parches, camisetas de Anthrax y cadenas oxidadas colgando de los cinturones.
Tenían esa mirada turbia de quien busca un saco de boxeo para volcar la frustración de una vida de mierda.
Ramón, gesticulando con demasiada energía, golpeó sin querer el brazo de uno de ellos.
—¡Eh! —bramó el tipo. Un armario con bigote y ojos inyectados en sangre—. ¿Qué haces, niñato?
El hombre le propinó un manotazo a la carpeta. Los folios salieron volando, aterrizando sobre el charco de una bebida derramada. El material oficial ahora parecía simple basura mojada.
—Oye, tranquilo, tronco… —balbuceó Ramón, agachándose instintivamente.
—¿Tranquilo? —El del bigote pateó los papeles, pisoteando un mapa del distrito de Moncloa—. Me has manchado la chupa, imbécil. La chupa es sagrá.
Carlos dio un paso adelante. Su cerebro analizaba la situación: tres oponentes, intoxicación etílica visible, coordinación motora reducida. Sujetos Alfa: agresivos, impulsivos, predecibles. Pensó que podía manejarlo.
—Caballeros —dijo Carlos, levantando las manos con las palmas abiertas, usando su mejor tono de delegado de clase—. No hace falta esto. Mi amigo ha tropezado. Les pagamos una ronda de minis y aquí no ha pasado nada. Somos gente civilizada.
El del bigote se giró hacia Carlos, mirándole de arriba abajo. Se fijó en su jersey de pico, su camisa por dentro, su cara de niño bien.
—¿Civilizada? ¿Caballeros? —repitió, imitándole con voz de pito—. ¿Tú te crees que esto es el Club de Campo? ¿Tenemos pinta de Carlos Lozano o Andoni Ferreño?
Carlos sintió el frío en el estómago. Sus trucos dialécticos rebotaban contra la violencia como piedras lanzadas contra un tanque.
—Les aconsejo que… —empezó Carlos, intentando mantener la dignidad.
No pudo terminar la frase. El tipo le agarró del cuello de la camisa y lo levantó del suelo. Carlos pataleó, con los pies colgando a diez centímetros del asfalto, sintiéndose ridículo, patético. Solo un trozo de carne.
—Te voy a aconsejar yo que te tragues los dientes, pijo de mierda —dijo el tipo, cerrando el puño.
Carlos cerró los ojos instintivamente, esperando el impacto, el dolor. La humillación de tener que explicarle esto a su abuelo. Entonces oyó un ruido. No fue un grito. Fue un crujido seco, como cuando pisas una rama muerta.
La presión en su cuello desapareció. Carlos cayó al suelo, tosiendo, buscando aire. Al levantar la vista, vio que el tipo del bigote ya no estaba delante de él. Estaba en el suelo, agarrándose la rodilla y aullando, con la boca abierta en un grito mudo que no le salía.
Delante de Carlos, una figura tapaba la luz de la farola: Antonio. Llegaba a la cita, con puntualidad militar. No había dicho nada. No había avisado. Los otros dos agresores, despertando del shock, rugieron al unísono.
—¡Será hijo puta!
Carlos se levantó, todavía temblando. Con dedos torpes, trató de ajustar el cuello de su camisa, ahora rasgado y humillante.
Miró los cuerpos que se retorcían en el suelo y luego fijó la vista en Antonio.
Por primera vez, no vio al chico pobre de La Ventilla al que rescataba del aburrimiento invitándolo al cine.
Vio un arma. Vio la fuerza bruta y necesaria que le faltaba a sus ecuaciones.
Antonio se giró, su respiración empezaba a normalizarse.
—¿Estáis bien? —Su voz era grave, desprovista de la adrenalina del combate.
Ramón asintió, pálido como la cera, mientras rescataba los papeles mojados del suelo como si fueran fragmentos de un tesoro sagrado. Carlos se acercó a Antonio. Le llegaba apenas por el hombro, pero en su cabeza ya estaba empezando a medirlo, a encajarlo en su diseño.
—Antonio, no sé qué decir… —empezó Carlos, con una voz que recuperaba su tono de mando.
—Vámonos —cortó el gigante, sin esperar agradecimientos—. Antes de que venga la madera o los colegas de estos gilipollas busquen refuerzos.
Antonio echó a andar hacia la salida de los Bajos, abriéndose paso entre la multitud que ahora se apartaba con una mezcla de respeto y pavor. Carlos se quedó un segundo inmóvil, observando la anchura de esa espalda. Sonrió. El temblor de sus manos se esfumó, sustituido por una certeza fría.
—¡Espéranos! —gritó Ramón, echando a correr tras la sombra de Antonio.
Esa noche, mientras volvían a casa en silencio con el olor a tóner y sangre en la ropa, Carlos supo que el juego había cambiado.
Ya no era teoría. Sacó el cuaderno, pasó a una página en blanco y escribió, por primera vez, un nombre que no era el de un compañero de clase.
Ahora tenían dientes. La violencia era un idioma práctico, y acababa de aprender su primera palabra.
Al día siguiente, Carlos los había citado con la excusa de ver un VHS alquilado en su casa.
Mientras se inflaban a patatas Matutano y algún refrigerio, Carlos estaba inquieto, sin prestar mucha atención a cómo el actor Bruce Campbell, convertido en el héroe Ash, se enfrentaba a legiones de esqueletos en una Inglaterra medieval de cartón piedra.
El televisor bañaba el salón de Pintor Rosales con una luz azulada y parpadeante.
—¿Dónde trabajas ahora? —preguntó Carlos.
Antonio soltó un bufido, con los ojos fijos en la pantalla, aunque parecía estar a mil kilómetros de allí.
—Donde sale algo, tío. Pegando carteles, descargas en Legazpi, algún bar de mala muerte… lo que sea. Mi padre… —se cortó en seco, apretando la mandíbula hasta que le marcó el músculo.
Carlos asintió. Para él la frase incompleta ya bastaba.
—Conozco a alguien que necesita un chico fuerte. Un taller. No es bonito, pero es fijo. Y pagan bien. Además, si lo haces bien, puedes promocionar.
Antonio dejó de mirar la pantalla. Sus ojos se entrecerraron, llenos de esa desconfianza de quien ha aprendido que los regalos siempre llevan un anzuelo escondido.
—¿Conoces a alguien?
—Sí.
—¿De dónde?
Carlos tardó un segundo, solo uno.
—De casa. De la familia.
Antonio se rio sin ganas.
—Nadie da duros a cuatro pesetas, Carlos. Nadie da nada por nada.
Carlos inclinó la cabeza.
—A veces sí.
Ramón intentó colarse en la conversación.
—¿Y yo qué?
—Tú cállate. Ahora estamos con lo mío —sentenció el gigante, volviendo su atención a Carlos.
Carlos no se distrajo. Siguió centrado en los ojos de Antonio, buscando la grieta.
—Y si quieres… puedo ayudarte con lo del graduado. Por las noches, aquí mismo. Yo te hago los apuntes, preparamos el examen juntos. Te sobra capacidad, Antonio. Solo te falta método.
Antonio lo miró desconcertado. Le estaba hablando en un dialecto de otro planeta. La oferta del graduado le golpeó más fuerte que el trabajo en el almacén. Era la promesa de dejar de ser un bruto.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Antonio en un susurro, casi con miedo a la respuesta.
Carlos sonrió apenas.
—Porque no me gusta perder el talento, Antonio. Y porque me gusta rodearme de gente fuerte. Pero, sobre todo… —hizo una pausa para que la palabra se grabara a fuego— de gente leal.
Antonio sintió el impacto de esa palabra más que el cabezazo que le habían intentado dar en los Bajos.
Se quedó pensativo, mirando sus propios nudillos pelados.
En ese momento, en aquel salón de Pintor Rosales que olía a libros viejos y a privilegios, decidió que ese chico flaco de jersey de pico era el único que veía algo valioso en él.
—No quiero deberte nada —murmuró al final, con una resolución nueva en la mirada—. Me lo voy a pensar. Nos vemos mañana en mi casa.
Carlos asintió, volviendo a encender la televisión. En la pantalla, los créditos de la película subían en silencio.
La casa de Antonio parecía un piso como otro cualquiera, pero era un lugar donde la ciudad se había olvidado de mirar. Detrás de Plaza de Castilla, lejos del brillo de las torres, había portales con pintura roída, ropa tendida secándose al sol, bicicletas sin ruedas.
Antonio abrió con una llave gastada. La hoja chirrió sobre el marco y una luz amarillenta, escasa, le iluminó las facciones. La televisión estaba encendida sin que nadie la mirara, excepto un vaso volcado en el suelo con una aureola rojiza. Un olor agrio que no era de comida inundaba el salón.
—¡Má! —dijo Antonio.
Apareció una mujer delgada, de hombros caídos y manos enrojecidas por el roce constante del estropajo.
Tenía los ojos llorosos, velados por una fatiga antigua.
Carlos, con su precisión de escáner, se fijó en un moratón de color verde oscuro, del tamaño de una moneda, justo debajo de la oreja izquierda.
Estaba ahí, al final de la mandíbula, como una marca de propiedad.
—Hola, Toño. ¿Con quién vienes?
—Un amigo —dijo Antonio, incómodo.