17. La autopsia #2
Inés subía las escaleras arrastrando los pies, sintiendo el peso de la muerte de Cristóbal y el olor a formol pegado en la pituitaria. Al llegar al descansillo del tercero, la puerta del vecino se abrió antes de que ella pudiera sacar las llaves.
—¡Inés! ¡Quieta ahí! —El señor Burrull apareció con su habitual determinación, esta vez armado con un plato cubierto por un paño de cocina—. Le he oído subir. Lleva usted un paso que parece que viene de la batalla de Cavite, hija mía. Derrotada.
—Hola, señor Burrull. Ha sido un día largo, de verdad…
—Largo es el brazo de la ley, pero el estómago es corto y agradecido —Burrull le tendió el plato—. Torrijas. Ya sé que no es Semana Santa, pero me han salido de concurso.
Inés aceptó el plato. El azúcar y la canela lucharon contra el recuerdo del olor metálico de la mesa de acero inoxidable de Larra.
—Gracias, de verdad. Me vienen muy bien.
—¡Faltaría más! —Burrull se cuadró un poco, bajando la voz—.
Su padre, que en paz descanse, decía que un guardia con hambre no distingue a un honrado de un maleante.
Así que coma. Y si necesita que le grabe algo de la tele, me lo dice, que tengo una cinta de tres horas preparada para el programa de Hermida y Cía. ¡Mano dura, Inés!
Inés sonrió de verdad, aliviada. Entró en casa y dejó las torrijas en la cocina. El aroma dulce de la casa de Burrull era el único refugio que tenía contra la oscuridad que estaba a punto de abrir en el despacho de su padre.
El piso estaba en silencio. Su madre seguía en el pueblo. Mejor. Inés dejó las llaves en el mueble de la entrada. Se tocó la muñeca, justo donde los dedos de Bruno la habían rozado al encender el cigarro. La piel parecía tener memoria. Sacudió la cabeza. «Céntrate, Baquero».
Entró en el despacho de su padre. No había cambiado nada en los últimos once años. La misma mesa de aglomerado, la misma butaca de skay verde que crujía al sentarse. Inés se sentó.
—¿Qué habrías visto tú, papá? —preguntó al aire—. ¿Habrías visto a los skins? ¿O habrías visto la mentira?
Miró la estantería. Entre los libros de derecho penal y las enciclopedias, había una caja de zapatos de Calzados Bravo. Inés sabía lo que había dentro. La había abierto mil veces de niña para llorar, y luego de adolescente para recordar. Pero nunca la había abierto como guardia civil.
La bajó. Quitó la tapa. El olor a cuero viejo salió de la caja como un fantasma. Las gafas de sol Ray-Ban con un cristal rayado. La cartera de piel, deformada por el uso. Y el reloj. El Casio con la pantalla estallada, detenido para siempre a las 08:15 h.
—No fue a las ocho y cuarenta —murmuró Inés, recordando lo que se dijo de forma oficial—. Fue a las ocho y cuarto.
Apartó el reloj con reverencia. Abrió la cartera de piel. En el plástico transparente, la foto de su Primera Comunión la miraba con inocencia. Inés notó un abultamiento detrás de la foto. Algo que no era cartón. Con cuidado, deslizó los dedos y sacó la foto. Cayó un papelito suelto.
Un trozo de hoja arrancado y doblado en cuatro pliegues, escondido al fondo.
No tenía sentido que estuviese ahí. Inés lo desdobló.
El papel crujió, seco por los años. No había frases largas.
No había explicaciones. Solo había dos líneas garabateadas con prisa, con esa letra picuda de los últimos días:
Objetivo: A.V.
M-4509-CZ Serrano, 80. Pintor Rosales, 40
Culebra
Inés frunció el ceño. Leyó las direcciones otra vez.
Serrano, 80. Eso era el Barrio de Salamanca.
La milla de oro. ¿Qué hacía su padre, un sargento de Información encargado de la lucha antiterrorista, vigilando un portal en la calle más cara de Madrid?
Los comandos de ETA no se escondían en Serrano.
Se escondían en pisos francos de Aluche, o en pensiones de mala muerte en algún barrio céntrico.
Y Pintor Rosales no se quedaba atrás. Barrio muy vinculado con el antiguo régimen y el ejército.
—Esto no cuadra —murmuró Inés.
No era una prueba de nada. Podía ser un favor a un amigo, un trabajo extra, o simplemente un error. Su padre se había salido del guion. Había estado mirando donde no le tocaba.
Inés sintió un pinchazo de inquietud. No era miedo todavía; era la picazón del investigador que ve un zapato fuera de sitio en una habitación ordenada.
Miró el papel. Luego miró la caja de efectos personales.
La versión oficial decía que su padre murió siguiendo a un comando.
Pero este papelito insinuaba que su padre estaba siguiendo a otro tipo de persona.
—¿En qué te metiste, papá? —susurró.
Dudó un segundo.
Podía dejar el papel donde estaba. Cerrar la caja. Volver a colocarla en la estantería y seguir creyendo la versión oficial.
Pero Inés Baquero nunca había sabido convivir con las preguntas.
Dobló el papel con cuidado y se lo guardó en el bolsillo.
Cerró la caja de zapatos. Apagó la luz del despacho.
Al salir, volvió la vista un instante hacia la oscuridad de la habitación.
No acababa de encontrar una prueba.
Acababa de encontrar una grieta.