17. La autopsia
Los fluorescentes del pasillo parpadeaban con un zumbido eléctrico que se metía en las sienes.
Bajo esa luz blanca y barata, la piel de los guardias parecía tener ictericia.
Inés se frotó el pulgar contra el índice.
Áspero. La tierra del descampado seguía ahí.
Una línea negra, terca, incrustada bajo sus uñas, resistiendo al jabón barato de los baños.
Se rascó hasta hacerse daño, pero el grano no salió.
A su lado, Bruno abrazaba una carpeta de cartón azul contra el pecho como si fuera un escudo.
En la esquina inferior, donde apretaba el pulgar, el papel se estaba oscureciendo por el sudor.
La puerta del despacho estaba abierta. Dentro, el aire estaba viciado por el humo estancado.
Parrondo no levantó la cabeza. Tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, mostrando los antebrazos llenos de pelo negro.
Su mesa era una trinchera: pilas de diligencias inestables, fotos en blanco y negro desparramadas y un cenicero desbordado.
—Mi sargento, con permiso, ya tenemos toda la información de la víctima —dijo Bruno desde el quicio de la puerta.
El sargento no contestó de primeras. Trazó una línea roja sobre un papel con una regla de plástico mellada. El ruido del bolígrafo rasgando la hoja fue lo único que se oyó.
—Al Anatómico —dijo sin saludar. Su voz sonó a papel de lija—.
Quiero información del forense en caliente.
Nada de poesía. Conozco a Larra; que no se enrolle.
Quiero trayectorias, quiero saber si hubo defensa y quiero saber cuántas manos hubo implicadas —levantó la regla y señaló a Bruno primero y luego a Inés—.
Lo que no salga en la foto, me lo traéis en la cabeza.
Yo me quedo aquí cruzando llamadas. Si lofoscopia saca algo del látex, quiero saberlo antes que el juez.
Inés apretó la mandíbula. Asintió una vez, seca. Bruno se cuadró instintivamente. Parrondo ya había dejado de mirarles. Su mano descolgó el teléfono antes de que ellos se hubieran dado la vuelta.
—Y una cosa —añadió el sargento, mientras marcaba un número en el disco con violencia—. Id, mirad y volved. Las teorías, aquí. Sobre todo las de psicología —remató, mirando directamente a Inés.
Salieron al pasillo. Al cerrar la puerta, el ruido de la fotocopiadora del fondo pareció subir de volumen.
Bajaron las escaleras rápido. El aire del vestíbulo golpeó a Inés en la cara: olía a lejía reciente.
Inés se miró las manos sucias una vez más.
Bruno se aflojó el nudo de la corbata. Las palabras de Parrondo no se habían quedado arriba.
Bajaban con ellos, pegadas a la suela de los zapatos.
11:30 h. Instituto Anatómico Forense
El aire allí dentro tenía una textura masticable. Olía a formol, a productos de limpieza industrial y a ese aroma dulzón, casi metálico del hierro de la sangre, que se te queda pegado en las fosas nasales cuando abren un cuerpo.
El doctor Larra se quitó las gafas para limpiarlas con el faldón de la bata.
Estaba de pie junto a la mesa de acero inoxidable, bajo una luz fluorescente que aplanaba los colores y las sombras.
Sobre la mesa, Cristóbal Márquez ya no era Cristóbal.
Era la Autopsia número 49/94. Un mapa de secretos dibujado sobre la piel.
Inés y Bruno estaban al otro lado del cristal. Larra les indicó con la mano que entrasen. Cogieron unos guantes y una mascarilla y entraron en la sala.
—Sargento… perdón, Cabo —dijo Larra, corrigiéndose al ver que el jefe no estaba—. Acérquense. Esto ya no muerde.
Inés dio un paso al frente. Bruno la siguió.
Se colocaron junto a la mesa de disección.
Inés notó el calor del brazo de Bruno rozando el suyo.
Normalmente se habría apartado un paso para mantener la distancia profesional, pero en aquella nevera gigante, el contacto humano era casi un instinto de supervivencia. No se movió.
Larra señaló el torso del cadáver con un bolígrafo.
—He contado diecisiete heridas inciso-punzantes. Pero lo interesante no es el número. Es la caligrafía.
—¿Caligrafía? —preguntó Bruno. Su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.
—Mirad esta —dijo Larra, señalando la incisión en el costado—.
Es una herida «de libro». El arma entró limpia, sin vacilación.
Hay una ausencia total de tentativas alrededor.
El sujeto A sabía exactamente dónde estaba el espacio intercostal.
En cambio, estas otras… —movió el bolígrafo hacia el pecho— son chapuceras.
Hay desgarro, hay cola de ratón al final del corte.
El sujeto B no estaba matando; estaba experimentando.
Es una caligrafía a dos manos: una escribe con mayúsculas y la otra garabatea con miedo.
Inés se inclinó sobre el cuerpo, fascinada por el horror y la crudeza técnica. Bruno hizo lo mismo. Sus hombros volvieron a tocarse. Inés pudo oler la colonia de Bruno —cítricos y tabaco rubio— por encima del olor a desinfectante.
—Dos manos —dijo ella—. Confirmado.
Larra asintió, satisfecho.
—Exacto, señorita. Dos manos. Y yo diría que dos alturas, pero eso es más relativo.
El forense hizo un gesto mímico en el aire. Inés lo tradujo a palabras.
—El agresor A —señaló la herida profunda— ataca desde arriba o en horizontal, con mucha potencia. Probablemente alguien alto, fuerte. El agresor B —continuó Inés, leyendo las heridas como un texto— ataca con menos fuerza. Duda. Quizás más bajo. O más nervioso.
—O estaba aprendiendo —añadió Larra.
Estaban muy cerca. Inés notó por el rabillo del ojo que él no miraba las heridas; la miraba a ella. A cómo le caía un mechón de pelo sobre la frente, o quizás a la tensión de su mandíbula.
—¿Aprendiendo? —preguntó él.
—Parece una clase práctica —murmuró Inés, sintiendo un escalofrío que no venía del aire acondicionado—. Uno sujeta, el otro pincha. Uno enseña, el otro copia.
—Hay más —dijo Larra, rompiendo el momento—. Heridas defensivas en los antebrazos. Muchas.
El forense levantó el brazo inerte del cadáver.
—Luchó. No fue una ejecución rápida. Fue una cacería lenta, como la de las leonas con las gacelas que se ven en los documentales de La 2. Le dieron tiempo a tener miedo.
Larra se quitó los guantes con un chasquido húmedo.
—En mi informe pondré shock hipovolémico por perforación cardíaca y pulmonar. Pero entre nosotros… a este chico lo mataron dos personas como mínimo. Una que sabía lo que hacía y otra que quería saber qué se sentiría al hacerlo. Y definitivamente fue una carnicería. No fue un acto improvisado.
13:15 h. Cafetería frente al Anatómico
Pidieron en la barra y se sentaron en una mesa del fondo, lejos del ruido de la cafetera y de la televisión que seguía escupiendo noticias sobre la ola skin . Bruno se pidió un zurito. Inés, un té verde. Bruno sacó un paquete de tabaco y le ofreció uno. Inés lo cogió y se lo llevó a los labios.
Bruno encendió el mechero. Protegió la llama con la mano.
La luz iluminó sus ojos castaños, cansados pero cálidos.
Inés se inclinó. Sus dedos rozaron la mano de Bruno al sujetar su muñeca para estabilizar la llama.
El contacto duró un segundo más de lo necesario.
Inés dio una calada profunda y soltó el aire hacia el techo, rompiendo la tensión.
—Parrondo no va a querer oír esto —dijo Bruno, mirando su vaso, aunque Inés notó que le costaba apartar la vista de ella—. Él tiene su teoría skin: manada de lobos. Y lo de las dos manos le encaja: varios tíos pegando a la vez.
Inés negó con la cabeza.
—No encaja, Bruno. Los skins atacan en tropel, sí. Pero usan botas. Usan bates. Quieren romper huesos. Esto… —Inés señaló con el cigarro hacia el edificio del Anatómico—. Esto ha sido íntimo. Guantes. Navajas. Contacto físico. Y esa distinción entre «el fuerte» y «el nervioso».
Bruno sonrió de medio lado. Una sonrisa cansada que le marcaba un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—Tienes buen ojo, Inés. Está claro que lo llevas dentro, en la sangre.
—Es solo método.
—No, no es solo método —Bruno se echó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo suavemente su espacio—. Parrondo mira el crimen y ve el expediente. Tú miras el crimen y ves a la gente.
Se quedaron callados. El ruido de la cafetería pareció bajar de volumen.
—Conocí a tu padre, ¿sabes? —dijo Bruno de repente.
Inés se tensó. El humo se detuvo en el aire.
—¿Ah, sí? ¿Cuánto llevas en el Cuerpo?
—Pues once años ya. Parece que fue ayer cuando estaba en el colegio de Valdemoro. Un polilla de diecisiete años.
—¿Y de qué hablasteis?
—Solo le conocí de vista. Cuando yo entré en la Academia, él era leyenda en Información. Decían que era el mejor siguiendo rastros. Que veía cosas que los demás ignoraban. Vino a dar una charla. Fue en 1983…
A Inés le cambió la cara. Era el año de su muerte. Bruno se dio cuenta de su error al mencionar ese año en concreto. La miró a los ojos, serio, e intentó cambiar de tema.
—Sé que soy muy atrevido, pero te pareces a él. Tienes la misma mirada de no dejar pasar ni una. La charla fue la mejor del curso. A todos nos entraron ganas de empezar a trabajar.
Inés sintió que se sonrojaba. Ocultó la reacción bebiendo un sorbo largo de té.
—A veces ver demasiado te mata, Bruno.
Bruno extendió la mano sobre la mesa; iba a tocarle el brazo, pero se detuvo a medio camino y jugueteó con el azucarero.
—Pues entonces tendré que cubrirte la espalda para que no te pase nada —dijo, intentando que sonara a broma, pero sonando a promesa.
Inés aplastó el cigarro en el cenicero. Su corazón latía un poco más rápido de lo normal. —Me voy a casa —dijo, levantándose bruscamente. Necesitaba aire. Necesitaba distancia—. Tengo que pensar y necesito estar sola.
Bruno la miró subir la cremallera de su cazadora.
—Descansa, Inés. Si Parrondo pregunta, te estoy dictando el informe.
—Gracias, Cabo.
—Bruno —corrigió él—. Llámame Bruno cuando no llevemos el tricornio.
Inés se detuvo en la puerta y se giró.
—Gracias, Galván.
19:45 h. Casa de los Baquero. Carabanchel