21. El Palco
En el palco presidencial, el ambiente era de velatorio.
El ministro de Obras Públicas miraba al césped con la mirada perdida, hundido en su butaca de piel.
El presidente del club se aflojaba el nudo de la corbata, rojo de ira contenida.
Perder la liga en casa contra el eterno rival era, en ese microcosmos, una catástrofe de Estado.
Solo un hombre parecía inmune al desastre.
Sentado en la segunda fila, con un abrigo de cachemira oscuro sobre los hombros.
Su anillo brillaba bajo los focos del estadio mientras observaba la decepción general con la curiosidad de un antropólogo.
No le importaba el fútbol. Le importaba el control de masas. Y esta noche, la masa estaba herida.
A su lado, un general de la Guardia Civil, con uniforme de gala y la mandíbula tensa, negaba con la cabeza.
—Qué desastre. Qué puto desastre —masculló el general.
El hombre giró levemente la cabeza.
—Es solo un juego, general.
—Es el honor. Perder así… en casa… esto va a caldear la calle. La gente va a salir del estadio con ganas de romper algo.
El hombre sonrió. Una sonrisa fina, sin dientes.
—La gente siempre tiene ganas de romper algo, general.
Por eso les damos fútbol. Para que rompan gargantas en lugar de escaparates —bebió un sorbo de su copa de brandy, el único que seguía bebiendo con calma en todo el palco—.
Pero tiene razón en una cosa. La frustración es peligrosa si no se canaliza.
El general le miró, entendiendo que la conversación había cambiado de tercio.
—¿Se refiere a…?
—Me refiero a la otra liga que se juega en Madrid —bajó un tono la voz, obligando al militar a inclinarse—.
Llevamos días con titulares sobre nazis, cacerías y descampados.
Mis socios extranjeros leen los periódicos y me preguntan si Madrid es Berlín en el 33 —se acercó al general hasta que sus hombros se rozaron—.
La inestabilidad es mala para el ladrillo.
Y lo que es malo para el ladrillo, es malo para el Ministerio, para usted y para todos nosotros.
El general tragó saliva.
—Tengo al comandante Ledesma con ello. Hemos doblado las patrullas en Argüelles, en Vallecas y en cualquier sitio que huela a Skin. Pero esos chicos de Bases Autónomas son escurridizos. No tenemos pruebas de sangre que los vinculen directamente al muerto del descampado.
—No necesito sangre —cortó el hombre, suavemente—.
Necesito culpables. Necesito una foto en portada con esposas.
No me importa si son los ideólogos o unos cabezas rapadas de Vallecas que no saben leer.
Quiero limpieza. Quiero estabilidad. En los negocios es fundamental trabajar en un tablero estable.
El hombre hizo un gesto imperceptible con la mano del anillo. El editor, que conversaba apenas dos filas más atrás, captó la señal y se acercó con una sonrisa profesional.
—¿Señor? Vaya nochecita, ¿eh?
—Dramática. Pero al menos nos da una lección: cuando no hay defensa, te marcan gol —el hombre señaló al general—. El general me estaba contando que la Guardia Civil va a meter un gol importante esta semana. Una redada masiva contra los grupos neonazis.
El periodista arqueó una ceja, interesado. El fútbol pasó a segundo plano.
—¿Ah, sí? ¿Inminente?
El general, pálido bajo la luz de los focos pero esforzándose por proyectar una seguridad de granito, asintió con un movimiento seco.
—Por supuesto. Estamos cerrando el cerco. Muy pronto encontraremos a los culpables.
—Perfecto —dijo el hombre—. Sería bueno que la prensa informara debidamente de esa victoria. Al país le gustan los finales felices, sobre todo cuando pierde su equipo.
El editor se retiró para hacer una llamada. El árbitro pitó el final del partido. Los silbidos se mezclaron con un mar de pañuelos blancos y el lanzamiento de almohadillas que volaban hacia el césped como proyectiles de frustración.
El hombre del anillo se levantó con parsimonia, se ajustó el abrigo de cachemira y le dio una palmada condescendiente en el hombro al general.
—Ya tiene su titular, general. Los periódicos ya saben lo que ocurrió. Ahora solo falta que la Guardia Civil se ponga de acuerdo con ellos.