Capítulo 15. Encerrona
Ben
Se marchó a la ciudad. Debía atender la galería, llevaba demasiado retraso y, además, tenía que pensar.
Porque Stella no parecía demasiado dispuesta a irse a vivir con él y estaba disgustado, con la sensación de que, si no se decidía, la iba a perder. Y ya había sufrido bastante tiempo.
Así que se metió al despacho después de organizar unas cajas con las nuevas piezas que estaban llegando hoy. Miró el correo, tenía uno de Farrel de hace dos días, en el que le decía que cuando estuviera por la ciudad que lo llamase.
Ni ganas tenía.
Pero algo en su mensaje le hizo cambiar de opinión. De todas formas, no debería ser nada importante o urgente, puesto que, si lo fuera, le habría llamado por teléfono.
Después de poner al día los papeles, le mandó un mensaje al agente del FBI para que comiera con él en el restaurante del hermano de Ruby.
Pasó a saludarlos y le colocaron en una mesa con una cerveza.
Farrel entró ya vestido de agente, con su traje oscuro, camisa blanca y corbata y el cabello fijado.
Le sonrió y se dieron un pequeño abrazo.
Pidieron otra cerveza y les trajeron la carta. Después de decidir, Ben lo miró muy serio.
—Ya te han devuelto la placa, por lo que veo.
—Sí, y con una felicitación del jefe.
—¿Y Kat? O Lisa, o como se llame de verdad.
—Han decidido no encarcelarla, es un activo demasiado habilidoso y tiene mucha información sobre otros grupos violentos que actúan por distintos estados. Y... Ben. Estoy... formando un equipo.
—Ni de puta coña, Steve. No cuentes conmigo si es lo que me vienes a decir.
—Joder, Ben. ¿Lo ves? Por eso quiero contar contigo, como externo y en ocasiones puntuales. Infiltrarte se te da de lujo.
—No. Gracias, pero no. Tengo mi galería con mi socio, ahora pareja y soy feliz. No necesito dinero ni ponerme en peligro o que me den de hostias. No, Farrel. De ninguna manera.
—Me gustaría que te lo pensaras. Hay muchas ratas con las que acabar.
—No lo dudo, Steve. Y seguro que hay otros policías mejor preparados que yo.
—Tú querías ser policía, servir y proteger, ¿recuerdas?
—Recuerdo y las prioridades cambian. Pero mi decisión no lo hará. Nunca.
—Está bien. Me rindo. Aunque podemos quedar para hablar, ¿no es así?
—Claro que sí. Sigo teniendo amigos policías. Que no me una a tu grupo no significa que no podamos comer juntos.
—Es una lástima, te lo digo de verdad. Un tipo tan habilidoso como tú...
Ben se echó a reír. —No me conseguirás tampoco de esa forma. Ya está. No definitivo.
Farrel suspiró y luego sonrió. —¿Qué tal con Stella?
—Pues bien, se va recuperando y va a pasar unos días con la familia y después me gustaría que viniera a vivir conmigo, pero es muy cabezota.
—Bueno, son demasiadas cosas las que le han pasado.
—Justo por eso, Steve. Nadie se libra de que pueda pasar cualquier cosa y entonces solo habría lamentos de por qué no hice esta cosa o estuve con esta persona.
Hay que vivir al día. Me lo enseñó mi compañero de patrulla y tenía razón.
Le dispararon en el mismo caso en el que me dieron una paliza que casi me mata.
Solo tenía cuarenta y un años y dos críos pequeños.
Farrel se estiró, incómodo.
—¿Qué?
—Ese caso que casi te cuesta la vida sigue sin resolverse, Ben. Lo tengo en el montón de casos que vamos a investigar.
—Joder, Farrel. Eso es un golpe bajo.
—No tienes por qué. Ya te contaré. Pero... tu compañero no era lo que tú pensabas. Tenía una cuenta con varios cientos de miles.
—Imposible. Era un tipo honrado. Y no solía llegar a fin de mes. ¿Cómo es posible que pudiera tener dinero extra? Eso es falso.
—Eso pensamos. Queremos ver quién estaba implicado. Tal vez quieras venir a ver el expediente. Creo que cuando saliste del hospital, ya no volviste.
—Qué cabrón eres, Steve. Iré, quiero verlo, pero no cuentes conmigo para nada más. ¿Dónde acudo?
—No es en la agencia, hemos montado una oficina distinta. Porque puede que haya algún tipo de filtración. Después de lo del subdirector de la policía, mi jefa directa ya no se fía de nadie.
—Que vaya a echar un vistazo no significa que me una —repitió. Quería que lo asimilara del todo.
—Lo respeto, Ben. ¿Quieres ir ahora? Si no te pilla mal. No estamos lejos. Mis compañeros ya están trabajando en ello.
—Está bien. Una única y última vez, Steve. No me putees más.
—Te invito a comer, es lo menos que puedo hacer.
Se marcharon caminando hacia unas oficinas no demasiado lejos ni llamativas. El de recepción los identificó y los dejó pasar.
—Es un edificio federal, más bien de tipo administrativo, pero tenemos un lugar para nosotros.
Además, con el pendrive de Kat, vamos a poder reabrir algún caso más.
Ella lo había guardado en un lugar oculto, y según me aseguró, no era para chantajear a nadie, sino para descubrir a los corruptos.
Nos costará años desenredar ese entramado.
—Mucha suerte, de verdad que os la deseo y ya podéis tener cuidado. Seguro que esa gente tiene tentáculos por todas partes.
—Es lo que me temo. Por eso quería contar contigo. —Ben lo miró muy serio y él levantó las manos—, pero sí, entiendo que no quieras. Solo que creo que te interesará ver este expediente.
Ben bufó y no dijo nada. Bajaron al sótano y le invitó a pasar a una espaciosa sala con varios ordenadores, mesas y sillas, pizarras y bastantes cajas amontonadas. Kat se acercó a saludarlo.
—Te veo muy bien...como te llames ahora. Ya veo que Farrel te ha fichado.
—Agente Cameron López. Ese es mi verdadero nombre. ¿Qué tal, Ben? Por cierto, gracias por salvarme, estamos en paz.
—Todo bien. De visita solamente.
Ella asintió, mirando a Farrel de reojo. Eso tampoco le gustaba porque no le iban a convencer ni de coña. Dos agentes más se acercaron. Uno de ellos le sonaba. No sabía si habían coincidido. Se presentaron como Nolan y Parker.
—Hay tres agentes más que ahora mismo andan por ahí. Somos un grupo reducido, Ben. Vamos, pasa.
—Jefe, salgo un momento. Vamos a recoger unas cajas de la central. Nolan, ¿te vienes? —dijo Cameron.
—Si no hay otro remedio.
Farrell le indicó una mesa y Ben se sentó.
—Echa un vistazo, por si recuerdas algo. Según los informes, tuviste una amnesia temporal.
Asintió. Era cierto, apenas recordaba nada de ese día. Se quitó la americana y esperó. El agente le trajo una caja y mientras él se metía en el despacho, el tal Parker se ponía a ordenar algunos papeles, a dos mesas de distancia.
Empezó a sacar los archivos. Leyó el expediente.
Recordar ese hecho tan importante para él le enfermaba.
Allí perdió a su compañero, él casi muere y los gastos del hospital llevaron a la ruina a su familia.
No se creía ni de lejos que fuera corrupto.
Vio las fotos, incluso las suyas. Lo golpearon con saña.
Recordó que... que le pusieron una capucha en la cabeza.
Eso no estaba por ninguna parte. ¿Por qué? ¿Qué es lo que querían que no viera?
Leyó los informes médicos de su compañero. Una bala por detrás. Pero él entró el primero. Le dijo que irían cada uno por un lado. Habían llegado refuerzos. Todo estaba confuso.
—¿Qué tal Ben? ¿Recordando malos momentos?
Se había acercado de forma sigilosa y lo sobresaltó. Negó con la cabeza.
—Lo cierto es que no recuerdo casi nada, Parker. Me golpearon muy fuerte. Pero es duro ver a mi compañero tirado en el suelo, o mi cara deformada y herida.
—Fue una putada. Yo os encontré, no sé si me recordarás. Te llevé a la ambulancia.
—No, lo siento. Casi no recuerdo nada de ese día. Es como si los golpes me hubieran robado la memoria.
—Estabas muy mal. Todo el mundo pensó que morirías.
—Yo también lo pensé. Supongo que no era mi momento.
Parker se volvió hacia su mesa y se sentó, mirándolo de vez en cuando. Empezaba a estar incómodo.
Revisó las fotos de la casa. Habían entrado con el FBI, eso sí lo recordaba, pero ellos fueron por otro lado, creía.
Se supone que era el lugar donde se reunían un grupo de delincuentes, y sí, de esos que daban palizas, como los que habían conseguido desmontar con su infiltración.
Y eso le hizo pensar. Farrel no lo había traído aquí por ver si recordaba algo. Había algo más.
Revisó las fotografías varias veces, intentando recordar algo. Farrel salió de su despacho.
—Voy a por un café a la planta dos. ¿Os traigo uno?
—Sí, jefe, un cappuccino.
—Gracias, Steve, uno solo para mí.
Se marchó y siguió mirando las fotografías.
Había tres o cuatro hombres jóvenes en el suelo, muertos.
No recordaba eso. Estaban por todas partes, pero según él recordaba, solo disparó una vez y no mortal.
¿Por qué no habían intervenido los refuerzos?
Recordó que su compañero avisó y que vino una patrulla.
El FBI estaba... estaba examinando el garaje o el sótano.
Y él estaba solo. Escuchó un tiro. Llamó a su compañero.
Salió. Estaba tirado en el suelo, boca abajo y había alguien que le había disparado.
Luego, alguien le golpeó por detrás y empezó la paliza.
Se masajeó las sienes.
—Tienes mala cara, Ben. Deberías dejarlo.
—La verdad es que sí. No voy a sacar nada en claro.
Metió los expedientes en la caja y el tipo pareció respirar aliviado.
—Aunque...
Volvió a sacar la autopsia de su compañero. Él no había disparado. Una fugaz imagen le vino a la mente. Un rostro. Miró a Parker. La memoria lo alcanzó como un rayo.
—Te dije que lo dejaras, Ben.
Sacó una pistola y lo apuntó.
—Tú mataste a mi compañero. ¿Por qué?
—Me pilló, sin más.
—¿Y cómo vas a justificar pegarme un tiro, Parker? Tienes segundos para decidirlo.
—Puto Ben. No tendrías que haber vuelto, quedarte con tus negocios de niño rico. Lo siento, pero esto es más grande que tú y que yo.
—¿Y por qué te metiste en este grupo?
—El que me paga quería saber qué se cocía. Pero que hayas venido está mal, sobre todo para ti. La idea es que me atacaste por no salvar a tu amigo. Algo así. O tal vez que tú también eras corrupto. Un simple policía lesionado no puede tener tanto dinero sin ilegalidades.
—Ahí te equivocas, Parker. Todo lo que tengo ha sido por mi trabajo y por la ayuda de buenos amigos.
—Da igual. Quizá cambie de idea, vamos a la azotea. Puede que te suicides al recordar viejos tiempos.
—No se lo va a creer nadie.
—Me arriesgaré.
—¿Quién te paga? Al menos, dímelo.
—Gente poderosa que diversifica sus ingresos. Hay quien trafica con drogas o con mujeres. Ellos recaudan un impuesto, como la vieja mafia. Lo curioso es que incluso estos grupos les pagan a ellos. Los tienen acojonados.
—Ya entiendo. Muy poderosos, mucho dinero y ojos en todas partes. Deberías entregarte, Parker, hablar sobre la organización. Te protegerían. Farrel lo hará.
—Nadie tiene idea de lo que hay montado, ni siquiera yo. Se extiende por todo el país y por Latinoamérica. Vamos al ascensor, Ben. Cuando caigas, morirás al instante.
Lo empujó hasta un montacargas y subieron a la azotea. Qué faena. Bien que decía que valía la pena vivir como si fueras a morir. Aprovechar el tiempo.
—¿Tienes familia, Parker? —preguntó mientras seguían subiendo.
—Dos hijos, mi mujer quería divorciarse, pero cuando le dije que me habían subido el sueldo, se quedó. Lo hago por ellos.
—Eso no es cierto y lo sabes. Si tu mujer se queda por el dinero es que no te quiere de verdad.
Le dio un empujón despectivo y Ben aprovechó para coger su muñeca y golpearla contra la puerta para hacerle soltar la pistola. Parker era un hombre enorme, como él y sin duda, más en forma. Pero estaba en juego su vida.
Le dio un rodillazo en el estómago y apartó la pistola con el pie.
El montacargas se movía con sus golpes y empujones.
Recibió un puñetazo en la cara antes de poder darle otro a él.
Lo agarró del cuello y apretó. El tipo se removía y sabía que no iba a aguantar mucho.
Al menos, la pistola estaba en la otra esquina y no llegaban. Ninguno de los dos.
La puerta se abrió cuando Parker se soltó y se acercó a la pistola.
—Yo no haría eso si fuera tú —dijo Farrel apuntándolo. El tipo se lanzó igualmente, pero Cameron le dio una patada en la mandíbula.
—¡Escoria! —exclamó ella.
Ben se sentó en el suelo con la camisa fuera, manchada de sangre. Steve le ofreció su mano mientras Cameron y Nolan esposaban a Parker. Ben rechazó la ayuda y se levantó.
—Hijo de puta. Lo has hecho a propósito.
—Lo siento, Ben. No estábamos seguros de él y necesitábamos una confirmación positiva. Pensé que ver las fotos te recordaría todo.
Salieron del montacargas y tomaron el ascensor hacia la oficina. Cogió su chaqueta y se la puso.
—Deja que te curemos la herida, hombre.
—No vuelvas a acercarte a mí en tu puta vida, Farrel. No se juega así con la gente.
—Sabía que te ibas a defender. Serías un buen agente.
—Que te den. Me largo.
—Gracias a ti seguramente desmontemos algo gordo. Al menos puedes estar satisfecho y, Ben, limpiaremos el nombre de tu compañero.
Él suspiró y se marchó hacia la calle. Menuda encerrona. Cuando lo viera Stella otra vez con la cara machacada y el cuerpo, que le dolía todo. Demasiados golpes acumulados. Mejor se quedaba unos días recuperándose.
Se fue a su piso, se duchó y se metió en la cama con un par de pastillas. No tenía fuerzas para nada.