Este no era mi plan (y tú tampoco) (Familia Cresswell-Donovan 5) Capítulo 9. La única opción
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Capítulo 9. La única opción

Ben

Se recostó en la cama de su casa en la playa.

Había ido para descansar unos días, aunque también quería verla, sin saber cómo lo iba a recibir.

Y no había estado mal del todo, supuso. Se levantó dolorido y le costó poner cara de póker a su madre.

Le había preparado su desayuno energético, huevos revueltos, tostada con mantequilla de cacahuete y un café doble. Al menos, ella se encontraba bien.

Le puso el café delante y lo miró con los ojos entrecerrados.

—No voy a discutir tus andanzas, Benjamín Torres, pero te aseguro que no me gusta verte tan magullado. Eres un hombre grande y sabes defenderte, pero…

—Mamá. Estoy bien. Ayudé a un compañero del FBI. No te puedo contar más, pero al menos todo fue legal. No me he metido en cosas extrañas.

La mujer exhaló un suspiro.

—Hijo mío, no puedo soportar que te pueda pasar nada, sobre todo cuando no me has dado ningún nieto todavía.

A él se le escapó una pequeña sonrisa. Ella la captó de inmediato.

—Ay, mi cielo. ¿Hay una muchacha que te hace sonreír? Quiero conocerla.

—Todo llegará, mamá. Estamos empezando a salir.

—¡Ya era hora! Tus amigos se han comprometido todos, incluso Leo que parecía un cabecita loca. Es hora de que pienses en ti. Y no creas que no sé que sigues protegiéndolos y… bueno, yo también les estoy muy agradecida, pero tienen su vida como tú debes tener la tuya.

—Que sí. Lo sé. Te la presentaré en cuanto la convenza de que soy el hombre de su vida.

La madre se echó a reír. —Entonces está chupado, porque eres lo mejor de lo mejor, Ben.

—Lo dice mi madre.

Se acercó a él, pensaba que le iba a dar un abrazo, pero le dio un pequeño capón en la nuca. Luego lo abrazó y le dio esos besos que solo una madre latina daba.

—Eres lo mejor que hay en el mundo y si esa chica no se da cuenta, ella se lo perderá. Y come, hijo, que estás muy delgado.

Se echó a reír y terminó su plato. Ella estaba pensativa.

—Esa chica… no será Estrellita. La del bar. Siempre fuiste detrás de ella.

—Ni confirmo ni desmiento.

Ella aplaudió. —Conocí a su madre cuando estuvieron por aquí. Era un tanto particular, muy… ¿cómo se dice? Hippy, eso. Le gustaba ir a mirar las estrellas y luego se quedó embarazada, pero nunca quiso decirme quién fue el padre.

—¿Sospechas de alguien?

—Tampoco éramos tan amigas. Pero más de una vez la vi salir por la noche. No para mal, ¿sabes? Decía que iba a ver las estrellas. Quizá también se encontrase con ese hombre que le hizo un bebé. Stella se tenía que llamar, claro. ¿Ella no sabe quién es su padre?

—No, no lo sabe. O eso creo. ¿Sabes quién podría saberlo?

—La dueña de la casa donde ahora vive su hija las alojó entonces. Si tanto te interesa, puedes preguntar —dijo su madre guiñándole el ojo.

—Es por ella. A mí me da igual quién sea su padre, la verdad.

—Solo te interesa ella. Ya era hora, Ben. Es una chica muy trabajadora y cabezota, algo que te vendrá bien a ti.

—Me voy, mamá. Eres lo peor. Siempre adivinas todo —dijo, pero sonrió y su madre se levantó junto a él y le dio un abrazo que le llegó a medio pecho. Era bajita y hermosa y la quería muchísimo. La abrazó por encima y ella le hizo agacharse para darle dos buenos besos en cada mejilla.

—Tu padre estaría muy orgulloso, a pesar de tus moratones. Te has convertido en un gran hombre, Ben.

Asintió, en silencio y se marchó caminando hacia la casa de los Donovan.

Quería visitar a Richard y al resto de la familia, y ver cómo estaban.

Ahora que Leo estaba con Harper, y aunque Jacob apenas aparecía por la galería, imaginó que estarían tranquilos.

Además, tenía una ligera sospecha, una idea de algo.

Le sonaba que los gemelos miraban las estrellas con un catalejo que tenían en la buhardilla. Tal vez Richard conociera a su madre.

Sophie le abrió la puerta y se le quedó mirando, extrañada.

—Te has peleado, Ben.

—No es nada, peque. Cosas de polis y cacos. ¿Ha venido alguno de los gemelos?

—No, solo estamos los tres. ¿Quieres pasar a ver a mi padre?

—Si no te importa…

—Claro. Vamos.

Lo acompañó hasta el porche. Lo cierto era que, a pesar del infarto, tenía mucho mejor aspecto.

Margot le ofreció un café y lo aceptó. Estaba dudando, pero necesitaba preguntárselo, aclarar dudas.

Que Stella no quisiera decírselo a los Donovan podría querer decir que Richard sabía algo.

Su instinto le decía que había una relación.

Se sentó con Richard y él adivinó que quería hablar con él.

—Querida, ¿no querías recortarle el flequillo a Sophie? Estoy bien acompañado.

Ella asintió y se fue. Richard se quedó mirando el paisaje y suspiró.

—¿Qué tal con Leo en la galería?

—Bien, la mayoría de la gente al principio lo confunde con Jacob, aunque después de hablar treinta segundos con él, ya se ve que no es. Es un experto en relaciones públicas, la verdad.

—Aunque agradezco tu visita, porque estoy la mar de aburrido, sé que no has venido por verme solamente. Te conozco desde hace muchos años, Ben.

—Así es, Richard. Quería preguntarte algo, aunque no puedo decirte por qué de momento. Sé que es extraño y entenderé que no quieras contestarme.

—Suéltalo. Puedo llamar a mi abogada que no está demasiado lejos —dijo sonriendo.

—Qué va. Solo… ¿estuviste aquí entre el año 2000 y 2001? Todavía no salías con Margot, ¿no?

—Sí que es una pregunta extraña. Espero no haberme metido en algún lío.

—Ben negó—. Déjame pensar. Sí, unos amigos nos invitaron a los tres a pasar ese verano en la playa.

Los gemelos tenían siete años. Me anularon un proyecto y la verdad, fue bastante duro.

En ese tiempo no tenía demasiado dinero y me vino bien.

Al menos, ellos estuvieron entretenidos. ¿No os conocisteis entonces?

—Sí, coincidimos en la playa, me llevaba mi madre. Entonces, ya estabas divorciado.

—Sí. Mi exesposa estaba de viaje en Shanghái y, puesto que yo estaba libre, me quedé con ellos todo el verano. Lo disfruté muchísimo, desde luego. Nos bañábamos todo el día en la playa, íbamos a contemplar las estrellas por la noche. Fue un gran verano.

Ben tragó saliva.

—¿Había mucha gente a la que le gustaba ir a ver el cielo nocturno?

—Me pregunto por qué quieres saberlo, pero te diré que no. Íbamos un grupo de cuatro o cinco personas. No hay tantos locos de la naturaleza, no en esa zona. ¿Qué ocurre, Ben?

—Todavía no puedo contártelo, Richard. ¿Puedes decirme quiénes erais? Y no te haré más preguntas.

—Está bien —contestó algo incómodo—. Hace tiempo de eso. Íbamos mi amigo Grant Maxwell, en cuya casa me alojaba, Lorna Willson, a veces se unía Frank Marshall y Annie, aunque nunca nos dijo su apellido. Ella no era de las familias de la zona… ya sabes.

—De acuerdo. Muchas gracias por la información, Richard.

—¿Me contarás por qué querías saber esto?

—Te prometo que sí, aunque no ahora.

—Está bien, Ben. Siempre he confiado en ti y eres el mejor amigo de los gemelos, no hay problema.

Se terminó el café y se despidió. Margot le miró con una pregunta y él simplemente sonrió.

Apostaría su sueldo a que ella había estado escuchando.

Pero se fue sin dar más explicaciones. Iría al ayuntamiento de los Hamptons, donde esperaba conseguir información.

No sabía cómo se llamaba la madre de Stella, pero seguro que era esa Annie.

No se había atrevido a preguntar si alguno de los tres hombres había tenido una relación con ella, porque tal vez Richard no lo supiera. Si había sido él, bueno, sería un shock para toda la familia. Así que primero tenía que asegurarse.

Una vez en el ayuntamiento investigó a los dos hombres. Grant era de color, así que Stella, con su pálida piel, no podría ser su hija. En cuanto a Frank, había una posibilidad.

Había dos hombres con el mismo nombre y apellido en la guía de teléfonos.

Tal vez eran padre e hijo. En todo caso, le interesaba el padre.

Se sentó en una cafetería con la dirección del hombre.

Claro que… ¿iba a presentarse y a preguntarle si se había acostado hacía veinticinco años con una mujer llamada Annie?

Si era listo, lo negaría. Las demandas de paternidad estaban a la hora del día y por lo que había buscado en Internet, tenía una floreciente empresa de venta de coches.

Siguió buscando en Internet, en Facebook, donde esperaba que tuviera un perfil.

Tal vez al ver las fotos, podría ver si Stella se parecía a él.

Por fin, tras media hora y dos cafés, lo encontró.

Se quedó pálido. Tenía… esposo desde hacía veinte años y dos hijos adoptados.

Así que, si Grant era de piel oscura y el tal Frank era gay, solo quedaba una sola opción.

Y era la que menos le gustaba. Porque iba a cambiarlo todo.