Capítulo 8. Vuelta al ahora
Stella
Volvió a trabajar casi con total normalidad.
Suerte que el médico le había recetado pastillas para el dolor, porque los pinchazos le llegaban desde la rodilla a la cadera.
El fin de semana pasó pronto y el martes, que le tocaba cerrar, estaba agotada.
Aun así, aguantaría. Bastante paciente había sido su jefe con el tiempo que estuvo en el hospital o recuperándose.
El bar estaba oscuro y ella terminaba de fregar el suelo cuando escuchó un toque suave en el cristal de la puerta. Se dio un susto de muerte y agarró el palo de la fregona como si fuera un arma letal. Se acercó a la puerta y enseguida reconoció la silueta. Dio una vuelta a la llave y abrió.
—¿Ben? ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Hola, Stella. Yo… no te voy a decir que pasaba por aquí porque he venido de propio. Después de lo que hablamos el otro día… quería… no sé qué quería.
Ella lo admiró. Llevaba un sencillo jersey negro y vaqueros. Y no podía estar más guapo.
—Pasa. ¿Una cerveza?
—No, mejor no, ando con pastillas para el dolor.
—Ah, mira, igual que yo.
La cogió de los brazos y se arrepintió al instante de contárselo.
—¿Qué te duele? ¿La pierna? ¿La espalda? Este trabajo es muy duro.
—Tranquilízate. Estoy recuperándome. Es normal que me duela. Te pondré una limonada. Ya estoy acabando. Y mientras, te piensas lo que has venido a hacer.
Le guiñó el ojo para suavizar la frase. Dos días llevaba pensando en toda su vida, en lo antipática que había sido especialmente con él y que sin duda no se merecía. No podía estar más arrepentida.
Se sentó en una silla, cerca de la barra y ella le puso una limonada fría. Luego, continuó fregando al fondo del local, consciente de que él no la perdía de vista y no podía negar que le agradaba.
—Entonces, ¿qué tal la exposición? ¿Fue rentable? —preguntó ella mientras terminaba de subir las sillas. Enseguida se acercó a ayudar. No protestó.
—Sí, la verdad. Vinieron algunos amigos de la señora Donovan y le compraron media colección. No hay como tener contactos en esta vida, la verdad.
—Ya. Ricos comprando a ricos —suspiró ella y luego se mordió el labio y lo miró—. Perdona. Lo tengo muy arraigado.
—¿Por qué?
—Son cosas familiares. No sé. Siempre hemos pasado apuros y… bueno, mi madre se quedó embarazada de un hombre de aquí, de los Hamptons.
Ben se giró con rapidez, molesto.
—¿Y él no se hizo cargo de ti? ¿Estaba casado?
—No estaba casado y ella nunca se lo dijo.
Tampoco a mí por mucho que le preguntase.
Y cuando se sintió morir, vinimos aquí y bueno, ella no quería que me relacionase con ninguno de vosotros.
Entendí que tal vez… habría algún parentesco y mientras todos disfrutabais…
bueno, ya sabes. Supongo que sentía celos.
—Joder, lo siento, Stella. ¿Y ya sabes quién es tu padre?
—Mi madre nunca me lo dijo —contestó. No mentía. Ella no se lo contó, aunque lo descubriera más tarde—. Prefiero no hablar de ello.
—Bueno tú y yo seguro que no somos hermanos, mi padre nunca fue rico —comentó con una sonrisa triste—, pero no sé si es razón para odiarlos a todos… o a mí.
—Tienes razón —dijo subiendo otra silla—. Has tenido razón todo el tiempo. Supongo que soy de las que se obcecan en una cosa y a pesar de todo… me has ayudado tanto que me tienes… descolocada.
Se limpió las lágrimas, avergonzada y se marchó dentro de la barra porque estaba temblando. Él la abrazó por detrás y apoyó la cabeza en la suya.
—No pasa nada porque no sientas nada por mí. Lo peor que podría pasarme es que te sintieras agradecida y por ello quisieras…
Ella se giró y lo abrazó con media sonrisa y el rostro lleno de lágrimas.
—Siempre me has gustado, Ben. Incluso cuando pensaba que eras un niño rico o cuando eras un chaval de diecisiete, a pesar de que yo tenía solo doce. Era invisible para ti, sin duda, pero me fascinabas.
Ben acarició su rostro y limpió con el pulgar su mejilla.
—¿Es en serio? —Sonrió—. Jamás me acerqué a ti porque eras más joven y luego te fuiste, volviste y… pensé que el corazón se me saldría del pecho. Creía que, si insistía, si lograbas verme, tal vez te dieras cuenta de que soy perfecto para ti.
Ella soltó una risita. —¿Me vas a besar o no?
No acabó la frase, Ben se lanzó a sus labios con suavidad, pero ella no quería que fuera suave. Sus manos recorrieron sus anchos hombros y acabaron por debajo de su jersey. Él se estremeció y ella se apartó.
—Disculpa, te duele.
—Me duele más que no me toques.
Acarició su rostro y sonrió. —Podemos ir despacio, Stella. No se pasa de odiarme a que me… aprecies en unos días.
—No diría que te aprecio, me gustas, Ben. Supongo que siempre lo hiciste y por fin ha caído la venda de mis ojos.
Él sonrió tanto que a ella se le cayó el alma a los pies. Incluso tan grande, tan alto y con moratones, no podía ser más tierno.
—Te acompaño a casa, si me dejas. Hasta la puerta, quiero decir.
Ella se echó a reír. —Vale, iremos despacio. Además, no me apetece que los Donovan se enteren.
Cerró la puerta mientras Ben la miraba. —¿Por qué? Quiero decir, son mis mejores amigos, como si fueran mis hermanos. Ellos saben que siempre me gustaste. Entonces…
—De momento no. Por favor. Dame… una semana. Veremos cómo vamos.
Él resopló y le tendió la mano. —Al menos, ya que es de noche y nadie nos ve, ¿puedes darme la mano?
—Ya lo sé, Ben. Soy una persona horrible —dijo ella tendiendo su mano. Él se la tomó, era grande, un poco áspera y rodeaba la suya por completo, sin apretar.
—No creo que seas así. Te dije que tenía buen gusto —contestó con una risa alegre.
Comenzaron a caminar—. Supongo que viendo a esta gente que tiene tanta pasta y que algunos la derrochan tontamente, jode mucho.
Sobre todo, viendo lo que cuesta ganar cada dólar.
Lo sé. Pasé por ahí. Antes de meterme en la academia y durante, estuve trabajando duro, descargando camiones, para poder subsistir.
Supongo que también me fue bien para hacerme más grande.
—Yo tuve que dejar la universidad. Era imposible pagarla.
—¿Y nunca insististe a tu madre para que te dijera el nombre de tu padre? Quizá podría haberte ayudado.
Caminaron en silencio durante unos minutos.
—No. Jamás buscaría el dinero de un hombre. No soy así.
—Ya veo. Eres orgullosa y… no es que eso esté mal, pero te niegas oportunidades. ¿Qué hay de malo que un tipo forrado reconozca que eres su hija? Claro que si no sabes… Yo podría ayudarte a encontrarlo.
—No —se apresuró a decir mientras caminaba. No lo miró.
—Lo sabes. Sabes quién es. Y estás aquí esperando que… ¿qué esperas? ¿Que te reconozca nada más verte?
—Eso no va a suceder, Ben. Y prefiero no hablar de este tema o ahora mismo te das media vuelta.
—Está bien, lo dejaré por el momento. Por cierto, me gustaría presentarte a mi madre.
—¡Ben! ¿Qué no entiendes de… esperar un poco?
—Nos conocemos de toda la vida, Stella. Ahora nos damos la mano, algún beso… con el tiempo nos casaremos… Ya fingimos ser esposos una vez.
—Tú lo fingiste y te debo mucho dinero. Joder, Ben —dijo ella soltándole la mano—. Parecerá que salgo contigo por ese motivo.
—No lo creo. Y, además, ¿sales conmigo? —preguntó mirándola con una sonrisa. Ella bufó.
—Un poco.
Ben soltó una carcajada. —No existe ese término. O sales conmigo o no. No voy a aceptar otra cosa.
Se giró hacia ella, serio y la atrajo de la cintura.
—Dejemos de jugar, Stella. O sí o no. Piénsatelo, pero no aceptaré una respuesta vaga.
—Supongo que mereces sinceridad. Pero me muero de miedo, Ben.
La abrazó contra su pecho y acarició su espalda. —Mientras yo viva nadie te dañará y me incluyo a mí. Nunca te haría daño, Stella.
Ella se abrazó a él y hundió la cara en su pecho. Quería creerlo, de verdad que sí. Lo apartó con suavidad.
—Dame unos días y te daré una respuesta. Yo… no sé qué pensar.
—Está bien —contestó con la mandíbula tensa.
—Vivo aquí. Gracias por acompañarme.
Se despidió sin darle un beso. Normal. Había estado poniendo palos en su relación toda la vida, dándole largas.
Cuando por fin él se abría y ella consideraba estar juntos, se moría de miedo.
Porque si descubría que Richard Donovan era su padre, que los gemelos eran familia, tal vez su lealtad hacia ellos hiciera que se alejase de ella, incluso cuando no pensaba en obtener dinero, por muy bien que le viniese para pagar el dinero que le debía.
Cerró la puerta desanimada. ¿Cómo no iba a estar confusa?