Este no era mi plan (y tú tampoco) (Familia Cresswell-Donovan 5) Capítulo 7. Hace unos días #3
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Capítulo 7. Hace unos días #3

Al menos, sabía que toda la familia estaba bien. De Stella, nada. Ella tampoco es que le hubiera llamado. Le sonó un mensaje en su móvil de Black.

Vente elegante. Camisa negra, pantalones oscuros, zapatos. Te daremos la cartuchera. A las siete. Kat

Ok

Por suerte, tenía todo eso y se arregló, se recogió el cabello en una coleta y ya que llevaba la venda por las costillas, no se puso chaleco antibalas y tampoco el dispositivo. No estaba dispuesto a que lo registrasen de nuevo. Llamaron a la puerta y sacó la pistola.

—¿Quién?

—Farrel. Abre.

Le abrió y lo miró de arriba abajo.

—Así que la reunión es hoy. Y no me lo ibas a decir. Pensé que estábamos juntos en esto.

—Voy porque no me queda otra, ya lo sabes. Pero no llevaré nada.

—Si es lo que sospechamos, se va a reunir con su superior.

No tenemos ni idea de quién es, pero te cubriremos.

Tengo una lentilla que graba todo. Es indetectable.

La he traído, por si accedías. Es importante, Ben.

Mis jefes le han echado la bronca a mi compañera por sacarme de una pelea y eso que creemos que no sospechan nada de ti.

—Última vez. Prefiero meter a los Donovan en una caja fuerte si hace falta hasta el juicio.

—En cuanto a eso, Ben. No lo sabe nadie, pero esos tipos han sufrido un accidente en la cárcel. Ninguno va a poder declarar desde la morgue.

Apretó los puños.

—Entonces ya está. Si nadie los puede relacionar con él…

—Es posible. Pero hay alguien más, Ben. Sube más arriba.

—Dame esa puta lentilla, joder.

Se metió al baño y se la colocó. Farrel abrió la aplicación y se conectó.

—No tiene un alcance muy grande, pero podré encontrarte en caso de que…

—¿De que... otra vez intenten matarme? —exclamó enfadado—. Me largo.

Lo dejó en el piso y salió de la puerta. Tomó un taxi y se encaminó al local. Estaba más que cabreado. Cuando llegó, Kat volvió a meterle mano, hasta que se quejó por las costillas.

—Si no confiáis en mí me voy, así de simple.

—No seas niño. El jefe necesita un par de matones grandes a sus espaldas, no vas a tener que hacer nada más. La cita es en un restaurante cercano. Solo mantente firme y olvida todo lo que escuches o veas. Toma, para la pistola.

Le dio una elegante funda de hombros que se colocó a su medida. La pistola no llevaba número, pero era nueva. También le dio otro cargador que se metió en el bolsillo.

—Si me das todo esto es porque esperáis problemas.

—En teoría, no. Es una tranquila conversación de negocios. Es para demostrar fuerza, nada más.

La puerta del despacho se abrió y salió el jefe con un traje de chaqueta y corbata. Lo miró y asintió. Dos tíos más de su tamaño, también con camisa negra y pistolera lo miraron y fueron tras el jefe. Ben los siguió.

—El sitio está cerca, iremos caminando.

—Tú detrás —le dijo uno de los tipos. Ellos se pusieron a ambos lados y todos miraban alrededor.

Llegaron al restaurante sin problema. Estaba cerrado solo para ellos.

Entraron. El tipo con el que iba a hablar estaba sentado al final del comedor, en la penumbra, pero acompañado por cuatro tipos enormes.

El jefe se sentó frente al tipo y los otros dos se colocaron detrás.

Él hizo lo mismo y casi se le salen los ojos de las órbitas.

¿Pues no era el subdirector de la policía?

Por suerte, él no conocería a un patrullero novato.

Procuró no mirar, pero vigilaba a los tipos que parecían tan matones como ellos. Y no, no eran policías.

—Bueno Thomas, ¿cómo va nuestro pequeño negocio? —preguntó el jefe de policía.

—De maravilla. Obstáculos eliminados, y nadie podrá testificar.

—Y los niñatos, ¿qué pasa con ellos?

—Da igual. Su testimonio no vale para nada. Sí, les dieron una paliza, pero esa calle está cerrada.

—Pero el cliente sigue pidiendo que los asusten. A ellos y a esa mujer. Es un buen amigo y no quiere que salgan a la luz sus travesuras con otras chicas.

—Entonces asustaremos a quien haga falta, jefe. Rubens puede estar tranquilo. Ninguna de ellas podrá testificar.

—Están protegidas. Ni yo sé dónde se encuentran —dijo con fastidio el subdirector.

—Yo me encargo, jefe. ¿Qué hay del otro asunto? El de mis locales. Necesito el permiso de apertura.

—Los bomberos son muy escrupulosos, pero hablaré con el jefe de bomberos de la ciudad, es mi amigo y seguro que hace la vista gorda. Comamos y dejemos de hablar de negocios.

Se retiraron un paso atrás mientras les traían los platos.

Ben estuvo mirando a todos y cada uno a la cara y esperaba que Farrel no estuviera demasiado lejos, que hubiera podido captar todo.

Ya estaban en los postres cuando escuchó un ruido.

Entraban en el local y los guardaespaldas del subdirector comenzaron a disparar.

Decidió salvar su culo y el del jefe, porque sería un buen elemento para delatar a otros, así que se tiró sobre él y lo puso debajo de la mesa.

No quería que se lo cargasen ahora que podía cantar y encerrar a esta gente.

—Me has salvado la vida, Black —dijo él. Enseguida acabaron los disparos.

—Vosotros, salid de ahí con las manos en alto —dijo un policía.

Se quitó de encima y el policía lo desarmó y lo esposó. El subdirector miraba con rabia a los agentes, pero también estaba esposado. Vio a Farrel de reojo, pero este no le hizo ni caso.

Lo metieron en un furgón con otro de los guardaespaldas del subdirector y los llevaron a comisaría. Después de ficharlos, pasaron a una celda separada.

—Interrogaré a ese —dijo Farrel señalándolo. Lo sacaron a empujones y lo llevaron a la sala. Cuando entró, le quitó las esposas y le dio un abrazo.

—Se ha montado un buen follón, pero has estado de miedo. Con lo que hemos grabado no solo empapelaremos al subdirector, sino a Rubens. Joder, Ben. ¡Lo has hecho!

—Entonces, ¿ya no están en peligro?

—No, pero todavía no se va a descubrir todo esto. Debemos ser prudentes. Vete a casa y dúchate.

—Deberíais detener a la ayudante, a la tal Kat.

—No lo creo. Me he enterado de que es de la DEA. Lleva infiltrada un año, aunque ella no sabía que tú también eras del lado bueno. Un día os presento formalmente. Sal disimuladamente.

Se quitó la lentilla y se la dio a Farrel. Esperó a que no hubiera nadie y salió por la puerta. Parecía que había acabado todo. En cuanto al subdirector, estaba en shock . Siempre le había parecido un tipo honesto, pero bien equivocado que estaba.

A veces los ricos y poderosos se disociaban tanto de la realidad que creían que estaban a salvo, hicieran lo que hicieran. Que eran invencibles y que nadie les iba a discutir ni una sola decisión que tomasen.

Solo que también a veces, la policía, los jueces o incluso sus propios cómplices cantaban y los dejaban con el culo al aire. Y eso era realmente satisfactorio.

Pero para él, afortunadamente, ya se había acabado todo.