Este no era mi plan (y tú tampoco) (Familia Cresswell-Donovan 5) Capítulo 7. Hace unos días #2
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Capítulo 7. Hace unos días #2

—No mato a nadie. Ya no. ¿Te interesa? —preguntó con el mismo tono.

El jefe volvió a reír. —Eres un puto loco. Podría pegarte un tiro y nadie te miraría. No tienes ni idea de con quién estás tratando.

—Puede que no. Pero yo no lo he buscado.

—Encima no eres idiota. La mayoría de los tipos que trabajan para mí no saben casi ni leer. Es raro encontrar a alguien que lo haga.

Miró a la chica y ella se acercó. Metió la mano por debajo de la camiseta y le sobó toda la espalda, luego las piernas y hasta se atrevió a cogerle de las pelotas.

—Nada, jefe.

—Si querías algo solo tenías que pedirlo, Kitty.

Ella le hizo una peineta y se quedó a un lado.

—Está bien, empezaremos por algo fácil. Uno de mis distribuidores me ha robado pasta y se niega a decirme dónde está. Lo encontrarás en el campamento de caravanas debajo de la estatal.

—Allí hay muchos gilipollas. No pretenderás que vaya solo.

—No, claro. Irás con un par de muchachos. Sácale a Ringo la ubicación de mi dinero. Tienes libertad para usar lo que necesites. Kat, dale una pistola.

—No voy a matarlo. Es una regla para mí.

—¡Qué exquisito, Black! —dijo ella dándole la pistola. La examinó y se la guardó detrás, en el cinturón.

—Gusano y Serpiente te dirán dónde se esconde. Vete ya.

Se terminó la cerveza y se marchó sin pagar.

Estaba claro que eso era una prueba. La pistola solo tenía un par de balas, con eso, no iba a poder hacer mucho si se ponían idiotas.

Dos tipos más bajos que él le hicieron un gesto y se dirigieron hacia el callejón donde los esperaba un destartalado Escalade gris totalmente rozado y lleno de bollos.

Le indicaron que se montara delante, en el asiento del copiloto y miró las calles mientras se alejaban del centro.

Seguro que los Donovan dormían ajenos a todo esto que estaba pasando.

Debería hablar con ellos, tal vez cuando pudieran pillar al tipo.

Llegaron a la zona de caravanas y los dos le señalaron una.

—Ringo es un tipo con el pelo verde. Dale de hostias y que te dé el dinero.

—¿Y no vais a venir?

Se echaron a reír de forma desagradable.

—Jódete y te apañas. Eres el nuevo, tienes que pasar tu iniciación. —Señaló una caravana—. Es esa, la que tiene el grafiti.

Frunció el ceño y caminó hacia el destartalado vehículo. Había multitud de trastos tirados por el suelo y cogió una pata de una silla. No le entusiasmaba la idea de dar una paliza, pero era lo que hacían los agentes infiltrados y, en ese momento, le tocaba.

Se acercó por un lateral y se asomó por la ventana. Luego dio un toque con la pata en la puerta. Dos disparos la atravesaron. Miró enfadado a los dos tíos que se encogieron de hombros.

—¡Largo! —exclamó alguien desde dentro.

—Joder, me has dado. Quería comprar…

Tiró un sillón para hacer ruido, como si hubiera caído un cuerpo, y la puerta se abrió con lentitud. Una cabeza con el cabello azul se asomó. La mano llevaba una pistola y le temblaba. Ben le quitó el arma en segundos y lo cogió del pelo hasta tirarlo al suelo. Le puso su enorme pie en la garganta.

—A ver, tío. ¿No sabes que es de mala educación disparar a quien llama a tu puerta?

Se removió y apretó su garganta. El tal Ringo levantó las manos, rendido.

—Me bastaría un poco más de presión para romperte el cuello. O tal vez puedo empezar por darte un golpe en la rodilla y aplastarla. No volverías a caminar en tu puta vida.

El tipo lo miró con los ojos desorbitados.

—¿Qué quieres?

—Scarface me manda por el dinero. Así que ya estás largando.

Vio que los otros dos se acercaban, sacando la pistola. Lo comprendió cuando el chico abrió aterrorizado los ojos al mirarlos. Quitó el pie y el tal Ringo se metió corriendo en la caravana.

—Vaya, vaya. Gusano y Serpiente. Qué bien os va el nombre. Así que os habéis quedado con la pasta y queríais que ese tío me diera dos tiros. Tal vez lo mataríais después.

—No iba a hacer falta. Es un mierda y acabará muerto cualquier día. Pero lo has jodido, Black. Ahora tendremos que liquidarte nosotros.

Levantó la mano.

—Tíos, me la suda quién se quede la pasta, bien por vosotros si sois capaces de engañar al jefe.

—Tarde.

Ben se lanzó contra Gusano y le dio un puñetazo que lo tiró al suelo.

Pero Serpiente ya se le había echado encima y se revolcaron con puños y patadas.

Sonó un disparo, pero no sintió dolor, así que no le habían dado.

Uno de ellos le dio un culatazo en la cabeza y se quedó inmóvil, algo que otro aprovechó para darle una patada en el estómago.

Le partieron la pata de la silla en la espalda.

Se quedó sin aire, pero se alejó rodando y se levantó.

Los dos lo apuntaban. Echó la mano detrás, no encontró nada.

Lo iba a sentir por su madre, por Stella y por sus amigos.

—Has llegado en el peor momento —dijo riéndose uno de los dos—, cuando ya tenemos toda la pasta preparada para largarnos.

—Ah, ¿sí? Pues tendréis una buena maleta.

—No seas idiota, la hemos transferido a una cuenta privada. Mi hermano sabe hacer esas cosas —dijo Serpiente.

—Muy bien, pues adelante. Ya tengo lo que necesitaba.

Se quedaron mirando y sonaron dos tiros. Había visto a Kat ponerse detrás de ellos con un arma y hacerle un gesto con el dedo para que no dijera nada. Los dos cayeron al suelo al instante.

—No has estado tan mal, Black. El jefe sospechaba de estos dos, pero no tenía cómo saberlo.

—¿Y si me hubieran disparado?

—Mmm, mala suerte.

—Que te jodan.

Se volvió y cogió las llaves del coche de los dos tipos, se subió, cojeando y se marchó. Si Farrel quería más historias, que las hiciera él. Dejó el coche varias manzanas y solo al mostrarle un billete de cien al taxista, consintió en llevarlo a su casa.

Subió como pudo y se metió en la ducha. Le dolía todo el cuerpo como cuando le dieron aquella paliza que casi lo matan. Y aunque no quería tomar nada, porque en esa ocasión casi se engancha, el dolor era demasiado fuerte.

Se sentó en el sofá con la toalla y se tomó dos pastillas. Puede que llevase alguna costilla rota.

—Joder.

Le sonó el teléfono y contestó.

—Ben, ábreme.

—Que te jodan, Farrel —dijo y colgó.

Al poco, llamaron a la puerta de forma insistente. Cogió la pistola y se asomó. Sí, era Farrel con puntos en la ceja y la cara algo perjudicada. Eso le consoló. Cerró de inmediato.

—Estás fatal. Voy a cogerme una cerveza.

Se sentó de nuevo y el agente trajo dos, una para él.

—Casi me matan, joder.

—Has pasado la prueba, Ben. Creo que Scarface está entusiasmado.

—Me da igual, ¿qué quieres que haga, Farrel? Ese tipo está muy vigilado, no voy a sacar nada en claro.

—Sé que se va a reunir con alguien importante. Si nos consigues ese nombre, nos vale. Y alguna prueba, claro. Te pondríamos un micro con cámara.

—Ya me registraron.

—Por eso. No volverán a hacerlo. Acude mañana para pedir la pasta y vemos qué ocurre. ¿Te recuerdo por quién lo estamos haciendo?

—No me gusta el chantaje, Farrel. Mañana iré, y se acabó.

—Lo respeto, Ben. Y siento que te hayas llevado una paliza.

Se fue y se recostó en la cama, sin comer nada. Se despertó al día siguiente sobre las cuatro de la tarde, hambriento. Descongeló una lasaña mientras miraba sus mensajes. Tenía uno de Jacob. Decidió decirle algo.

Oye, tío, que he estado escuchando que los de esa organización están cabreados. Imagino que no harán nada, pero tened cuidado.

¿En serio? ¿Crees que puede pasar algo?

No lo creo. Pero mantén los ojos abiertos y díselo a Leo. Sé discreto.

Vale. ¿Todo bien? Tu trabajo o lo que sea…

Bien. Hablamos pronto.

Dejó el móvil sobre la mesa y se puso a comer. No quería alarmarlos innecesariamente, pero tampoco que no se dieran cuenta de nada.

Terminó la lasaña y se tomó otras dos pastillas. Y sí, debería ir al médico. Le trajeron la pequeña cámara que iría en un botón. Dos horas más tarde, tomó el metro para acercarse al sitio. Kat sonrió al verlo, pero no fue como el día anterior. Más bien parecía satisfecha.

—El jefe está contento contigo.

—Más le vale, pero paso de esta gente. Que me paguen y me largo.

—¿Eres un cobarde, Black?

—Si el primer día me rompen un par de costillas no es cuestión de valentía sino de supervivencia. Pensaba que me iban a proponer algo más sencillo. Amenazar o dar alguna paliza es pasable. No que me la den a mí.

—Pasa, el jefe te pagará.

Entró en el despacho casi cojeando. El dolor era bastante fuerte. El jefe contaba billetes y lo miró.

—Te han dejado para el arrastre, Black. Aunque peor quedaron ellos. Mi Kat tiene muy buena puntería.

—Mire, yo paso de todo. Págueme y me largo. Como le decía, dar una paliza o amenazar, lo aguanto, pero no que casi me maten.

—Lo respeto —dijo él soltándole un par de miles—, pero podrías ganar mucha pasta, una vez te cures de esa paliza. No eres estúpido, como ellos.

—Al menos habrá recuperado su dinero del hermano ese.

—Ah, sí, ha cantado todo. Lo malo, que acabó en el río con una viga en el cuello.

—Imagino que habrá muchas de esas —dijo Ben sonriendo—. Me lo pensaré. Necesito un par de días para recuperarme. Aunque esto lo hará más llevadero —acabó agitando los billetes.

—Vuelve el jueves, me acompañarás a una reunión.

—Tal vez —dijo él y se marchó. Eso hacía que esta…

misión se alargase más en el tiempo. Procuró que no lo siguieran, pero fue a un dispensario que conocía en sus tiempos de policía.

El médico confirmó lo que se temía, además de las contusiones por todo el cuerpo, tenía dos costillas rotas y posiblemente una fisura en el pómulo.

Ya estaba demasiado mayor o poco en forma para esto.

Le vendaron el torso y envió las imágenes a Farrel. Al menos, había confesado que mató a ese tipo. Y que poco menos que tenía un cementerio de cadáveres.

Se pasó dos días casi todo el tiempo echado en la cama. El viernes era la exposición del primo de Lori y no tenía claro si iba a poder ir. Menos, si los ponía en peligro a todos. Por suerte, ya estaba todo organizado.