Este no era mi plan (y tú tampoco) (Familia Cresswell-Donovan 5) Capítulo 6. No me entiendo
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Capítulo 6. No me entiendo

Stella

Salió de la habitación y Stella se recostó en la almohada, casi con lágrimas en los ojos. Lorelai le tomó la mano.

—Cariño, ¿qué te pasa?

—Es que… qué triste. Estoy fatal y no tengo familia… solo este cabezota que quiere cuidarme.

—Puedes venir a mi casa, si quieres. Pero no podré impedir que él venga a verte. Está enamorado.

—Eso no puede ser. Lo trato mal. No le hago ni caso.

—Te salvó la vida. Y ahora… te cuida. ¿Por qué no lo aceptas? Entiendo que si no te gusta…

—Me gusta.

Lorelai alzó las cejas. —¿Entonces?

—Son cosas mías. Si… si tienes sitio en tu casa, me gustaría estar acompañada unos días. Me dan el alta en un par de días.

—Claro que sí, Stella. Serás bienvenida. Y está Armando que nos ayuda mucho.

—¿Tienes sitio de verdad? —preguntó casi con una lágrima cayendo.

—Y si no lo hay, me lo inventaré. Eres una persona estupenda, algo gruñona, pero buena gente. Y Ben también lo es.

—Supongo que no podré evitar verlo. Además, ha pagado mis facturas. No sé cómo voy a poder devolvérselo.

—¿Acaso crees que lo hace porque le debas un favor? Él no es así.

—No estoy acostumbrada a que la gente se porte bien. Supongo que es eso.

—Ya. Entiendo que piensas que los ricos no lloran, pero lo hacen —dijo echándose a reír—. A veces, no entienden que todo no se cura con el dinero, pero hay que reconocer que ayuda mucho. No seas orgullosa y déjate cuidar. Y te lo digo por pura experiencia.

—¿Mack?

—Así es. No sé en qué acabará, pero me gusta de verdad.

—Pues suerte, según sé, es bastante introspectivo. O sea, que no suele hablar como los otros. Pero es educado y amable.

—Lo sé. Ya veremos. Antes de irme pasaré a verte. Y no seas tan gruñona con ese hombre que besa el suelo por donde pisas.

Se marchó y miró por la puerta. Ben no parecía que fuera a volver. Quizá se había hartado y tampoco le extrañaba. En el fondo no se entendía a sí misma y su animadversión hacia él.

No volvió a entrar y al cabo de unos días, Lorelai la llevó a su casa. Él no fue a verla. Normal que se hubiera cansado de su forma de ser.

Lorelai o Lori, como le pidió que la llamase, la instaló en el cuarto de su hijo. Fran se fue a dormir con su madre y Armando dormiría en el pequeño cuarto de invitados. Eran tan amables con ella que no sabía cómo darles las gracias sin echarse a llorar.

Le ayudaban mucho, incluso a moverse, porque, aunque no mostraba lo mal que se encontraba y lo que le dolía todo el cuerpo, lo intuían.

Al final de semana, llamaron al timbre. Ella se levantó nerviosa. Tal vez era Ben que venía a visitarla. Pero no. Alguien traía un pedido de un supermercado.

Armando salió a recogerlo y abrió asombrado los ojos cuando entraron un par de cajas llenas.

—Lori se ha pasado comprando, tenemos para un mes. Ha debido cobrar una lotería.

Cuando volvió de trabajar, ella les dijo que no había sido. Entonces comprendieron que el detalle venía de Ben. Stella se sintió molesta y se sentó en el pequeño jardín que tenían. Armando se puso a su lado, en el suelo.

—¿Por qué, Stella?

—Por qué, qué.

—Por qué no aceptas la ayuda de Ben o ni siquiera verlo. Es un tío impresionante. Salvó la vida de Lori cuando tuvo problemas por mi culpa.

—Ya, es un angelito.

—No digo que lo sea. Es un hombre honesto, bueno. Y si hay que dar de puñetazos para proteger a los suyos, lo hace. Dime qué ves de malo en él. Dame una sola razón.

Ella se quedó callada.

—¿Lo ves? Ni siquiera lo sabes.

—Ha pagado mis facturas y se ha hecho pasar por mi esposo.

—¿Y eso es malo? Stella, no sabía que eras tan orgullosa.

—No se trata de orgullo, sino de principios, Armando.

—Estás equivocada y esos tontos principios también lo están. Si alguien se ofrece generosamente y sin pedirte nada a cambio a ayudarte, serás bien pendeja si no lo aceptas.

Se levantó y se marchó dentro. Ella se mordió el labio, intentando no llorar. Le habían dado un buen rapapolvo y se lo merecía. Solo que ahora no tenía ni idea de cómo salir de ese lío.

Después de unos días, se enteró de que estaba en la galería, preparando una nueva exposición y como se encontró mejor, condujo hacia la ciudad.

Lori le había dado la dirección de la galería.

Incluso con el coche aparcado y detrás de uno de los buzones cercanos al local, estaba dudando si entrar o no.

Lo vio salir con una camiseta vieja, subiéndose a la escalera, bromeando con el personal que estaba montando unos andamios.

—¿Vas a entrar o no? Llevo pizzas —dijo Jacob a su lado, sobresaltándola. Se llevó la mano al pecho del susto.

—Yo... tenía curiosidad. En realidad, solo quería darle las gracias. Estoy en deuda con él y no sé cómo se lo voy a devolver.

Jacob suspiró, mirando al hombre.

—Ben me devolvió hasta el último centavo de sus gastos médicos cuando le dieron la paliza que le hizo decidir dejar de ser policía. Nunca se lo pedí, pero él insistió. No sé a quién me recuerda —dijo con media sonrisa.

—Sí, pues como no venda un riñón, no sé bien cómo se lo devolveré. A menos, a corto plazo.

—Desde luego, el bazo ya no lo puedes vender.

—¿Has hecho una broma, Jacob Donovan?

—Algo parecido. A veces se me pegan las tonterías de mi hermano. Venga, entra, Stella. Le alegrará verte. Míralo. Ahí, con su camiseta sudada. Está sexy.

—Qué idiota eres, Jacob. Está bien. Entraré porque ya que he venido, le daré las gracias. ¿Sabes que nos llenó la nevera para un mes?

—Ben es así. Generoso con los que aprecia. Ah y lo más importante, hay pizza de cuatro quesos.

—En ese caso, entraré.

Cuando abrió la puerta Jacob con las pizzas, se volvieron. Ben estaba sujetando una escalera y abrió la boca, sorprendido, sin dejar de mirarla.

—Baja, Tom, que han llegado las pizzas —apresuró al operario.

El chico bajó y él se acercó a ella. La miró con atención.

—¿Cómo estás? ¿Has venido conduciendo?

—Bien y sí. Yo... venía a...

—¿Verme?

La tomó del brazo con suavidad y la condujo a su despacho donde la hizo sentarse. Se limpió el sudor con la camiseta y ella pudo ver sus deliciosos abdominales.

—Estoy un poco sucio, estábamos montando la exposición. Entonces, ¿has venido a verme?

—Quería agradecerte las cajas de comida y también, como... como no nos vemos mucho, me gustaría hacer un plan de pagos para devolverte el dinero.

Él movió la mano quitándole importancia.

—No me corre prisa. Y lo de la comida era también para agradecer a Lori todo. ¿Te quedas a tomar pizza? Si se te hace tarde vivo muy cerca. Sin... sin otras intenciones.

—Es que eres demasiado, Ben —sopló ella.

—Lo sé. Vamos a tomar pizza.

Prepararon una mesa y varias sillas y Jacob abrió las cajas con una sonrisa. Ella se sentó mientras Ben se iba a lavar las manos y la cara.

—Te has recuperado muy bien, Stella, me alegro. Algunas operaciones no van tan bien como la tuya —dijo Jacob. Le ofreció la caja para que picara. Ella tenía hambre y tomó un pedazo.

—Debe de ser la genética —dijo sin pensar. Él asintió. Si supiera que... tal vez debería empezar por decírselo a Jacob. En realidad, era el que mejor le caía.

Ben salió con otra camiseta, peinado y con las manos y cara lavados. Jacob soltó una risita al verlo. Se sentó junto a Stella.

—Te estás comiendo mi pizza.

—Ay, Dios, es que...

—Es broma. Entonces, por la ciudad...

—Sí. Creo que podré volver a trabajar pronto.

Él se envaró.

—No creo que Hans te obligue a incorporarte tan pronto. Aún cojeas.

—Lo sé, pero tengo una deuda grande...

Ben bufó. Se metió un buen bocado para no contestar. Poco a poco, los ayudantes se fueron y Jacob recogió las cajas.

—Oye, Stella, que este finde vamos a hacer una ceremonia pequeñita en casa. Me caso con Bella porque, bueno, ya sabes cómo está mi padre. Lo hemos adelantado. Te espero por ahí.

—No te sientas obligado, Jacob.

—Para nada. Quiero que vengas. Y ahora me largo o mi futura esposa me hará dormir en el sofá.

—Yo recojo todo. Gracias.

Ella se apretó las manos mientras el gemelo salía guiñándole un ojo. Qué descarado.

—En serio, Stella, es un poco tarde. ¿Dónde tienes el coche?

—A una calle de aquí. Está bien aparcado, pero...

—No vamos a hacer nada, eso ya lo sabes. Pero llegarás de noche a los Hamptons y tampoco me viene bien llevarte, porque mañana tenemos mucho trabajo.

—Está bien, cabezota. Acepto tu invitación.

Él sonrió y cerró todo. Se llevaron las cajas de pizza para reciclar y lo que quedaba, lo fueron mordisqueando por el camino. Él acompasó su paso al de ella. No había cogido su bastón por puro orgullo y ahora le penaba. Él le ofreció su brazo. Ella dudó.

—Vamos, mujer. No seas tan dura contigo misma.

Lo cogió y sabía lo que iba a pasar. Que le gustaría demasiado.

No caminaron más de una manzana y llegaron a unos elegantes apartamentos.

El suyo estaba a media altura. Abrió la puerta.

El orden dominaba todo el piso. Ella observó atenta.

Sillones cómodos, una chimenea en el medio del salón.

Una mesa de comedor enorme y lámparas modernas, con mucho gusto.

—¿Quieres algo? ¿Café? ¿Infusión?

—No, nada. Puedo dormir en el sofá, parece cómodo.

—Tengo dos habitaciones, Stella. A veces viene mi madre a visitarme y se queda a dormir. Pero antes, hablemos.

—Sí. Quería disculparme contigo, Ben. Supongo que no soy una buena persona.

Él soltó una carcajada.

—¿Y esa tontería? Que yo sepa, tengo buen gusto, Stella. Si fueras una cabrona, aunque a veces lo parezcas, no me interesaría por ti.

—¿En serio? —preguntó volviéndose hacia él que se había sentado a su lado.

—En serio.

Él alargó la mano y rozó su dorso. Ella se levantó y caminó hacia la librería, incómoda. Revisó los libros. Había fotos de sus padres. Y muchos libros, sobre todo, novela negra. Él se puso a su lado tan sigiloso que cuando se volvió, se dio un susto.

—Stella, entiendo que no estés interesada en mí. No voy a insistir más. Sé cuándo parar. Esa es la puerta de tu habitación, tienes baño incluido y recambio de cepillo de dientes. Las sábanas están limpias. Buenas noches.