Capítulo 5. En el hospital
Ben
Después de ayudar a Lori y Armando había empezado a ir a visitarlos.
Le caían muy bien y aunque se resistía a decírselo a alguien que no fuera Jacob, o incluso Leo, les confesó que hacía años que estaba enamorado de Stella, sin que ella le correspondiera.
Ella lo consoló. También tenía sus propios problemas con Mack.
El hombre había perdido la confianza y se notaba por sus ojeras que ella lloraba por las noches.
El doctor siempre había sido muy suyo, cabezota y a veces algo intransigente.
Animó a Lorelai y ella a él. Seguramente el doctor entraría en razón, porque esa mujer era encantadora y muy buena persona.
Estaba pasando unos días en su casa, la galería estaba esperando recibir los cuadros para otra exposición y según Jacob, no ocurría nada por cerrarla de vez en cuando, ya que se movían en subastas y por Internet. Así que él, encantado de estar por ahí.
Ese día acudió a La Sirena. Los hermanos iban a ir algo más tarde y él fue antes, por si podía hablar con ella. Solo le sirvió cerveza, así que ni se molestó en insistir. Seguía sin entender por qué ella era tan cabezota. Y por qué a él le seguía gustando. Era absurdo.
Los hermanos llegaron y se puso a hablar con ellos.
La lluvia caía fuerte y miraban preocupados por la ventana.
Pero se escuchó un trueno tremendo y cuando se volvió, vio que la pared se cayó sobre algunos clientes.
Él, que siempre sabía dónde estaba ella, se lanzó hacia el desastre, pero no llegó.
La pared la había atrapado justo debajo.
Su corazón se alborotó y se volvió loco.
Empezó a quitar cascotes, llamándola desesperado, hasta que vio su pequeña mano.
—Te sacaré de ahí, Stella, aguanta.
Todos ayudaron a quitar los ladrillos y las dos vigas que se habían derrumbado. Cuando por fin pudo acceder a ella, estaba inconsciente y sangraba por la cabeza. Las ambulancias llegaron enseguida y también un camión de bomberos. Los técnicos lo apartaron con suavidad y la atendieron.
—Nos la llevamos al hospital, tiene el abdomen inflamado.
Siguió a la camilla y les dijo que era su esposo. La ambulancia voló mientras le ponían el gotero. Él la cogió de la mano hasta que llegaron. Luego, lo enviaron a la sala de espera mientras la llevaban de urgencia al quirófano.
Se quedó de pie, mirando el pasillo como si pudiera atravesar las paredes y ver cómo estaba. Vio a Lori, que se acercaba corriendo a él. Parecía que se acababa de poner el uniforme. Lo abrazó.
—Me he enterado. Voy a ver cómo va y te digo lo que sea, ¿de acuerdo?
Solo pudo asentir.
Paseó durante dos horas y no pudo evitar que las lágrimas cayeran amargas.
Fue al baño para lavarse las manos, ni siquiera se había dado cuenta de que iba cubierto de polvo.
Al final, se apoyó en la pared y cerró los ojos.
Alguien le tocó la mano. El médico de urgencias.
Le dijo le habían tenido que extraer el bazo y ponerle un tornillo en la cadera, pero la operación había ido bien y que la dejaban en la UCI.
Pasó a verla unos segundos y se le cayó el alma a los pies.
Estaba entubada y con heridas por el rostro y manos.
Volvió a la sala, no podía quedarse allí.
Al poco se acercó Lorelai. Al ver su cara, le tomó de las manos.
—¿Qué pasa? ¿Está mal?
—Regular, Lorelai. Le va a costar recuperarse, pero todavía no se ha despertado. Dije a los médicos que era su marido y por eso me han dejado verla, pero está en la UCI.
—¿Y su familia?
—No tiene. Su madre murió y nunca habla de su padre. O sea, dice que es como si no lo tuviera.
—Me quedaré contigo, Ben. Voy a llamar a mi cuñado para que se quede con Fran.
Una hora más tarde, salió la jefa de urgencias y ella la interceptó en el pasillo.
—Stella Adams, ¿sabes cómo está?
—Mal, tenía aplastamiento de cadera y extracción del bazo. Le han arreglado con un tornillo, pero… Lorelai, no tiene seguro médico. Le pregunté a su marido y dijo que lo pagaría todo.
—Y lo hará. El marido dirige una galería de arte. No te preocupes por nada.
—Puede que con el tiempo desarrolle una aplasia medular. Si no hay un donante compatible… no sé. Habrá que buscarlo.
—Se lo diré a su marido. ¿Puede pasar a verla?
—Todavía no. Que descanse. Mañana podrá verla.
Lorelai se lo llevó a su casa a pesar de sus protestas, y Armando le dejó un pijama para dormir en el sofá. La verdad, no quería volver a su casa en ese estado. Su madre se asustaría. No pudo dormir mucho y cuando amanecía, se vistió con una camisa que le prestó Armando. La suya estaba destrozada.
Llegó a verla y le informaron de que se estaba recuperando bien. La habían trasladado a la habitación y aunque parecía débil cuando entró, lo miró mal.
—¿Qué haces?
—Cuidarte. No pasa nada por ello.
Una muchacha entró con una bandeja.
—Le traemos una comida suave, ya que se ha recuperado tan bien, ¿su esposo se la dará?
—Desde luego —dijo Ben con una sonrisa.
Le puso la mesita y la bandeja, mirándola a la expectativa.
—Perdona, ¿ha dicho mi esposo? O me estoy volviendo loca.
—Sí. La única forma de que me permitieran estar fue diciéndolo. No pasa nada. Come. Estás hecha polvo.
—Ya lo sé.
Lo miró confundida y él tomó un poco de papilla dulce con la cuchara.
—Abre la boca, cabezota.
Ella la abrió y comenzó a darle de comer. Pero seguía con el ceño fruncido.
—Se te harán arrugas —dijo y con su dedo, masajeó el entrecejo. Ella suspiró.
—No sé por qué haces esto con lo mal que te he tratado, Ben.
—Debo de ser masoquista.
Ella no dijo nada, pero tomó mitad de plato. El doctor entró con unos papeles y se los dio a firmar a Ben. Luego, se fue.
—¿Qué cojones es eso, Ben?
—Tus facturas. Me haré cargo. Y puedes venir a mi casa a recuperarte. Tengo una habitación de invitados.
—No puedes hacer eso, es… ilegal. Es…
Él se quedó de pie, tenso mientras ella lo miraba enfadada. Lorelai entró entonces. Cuando entró ella lo señaló.
—¿Pues no te crees que este se ha hecho pasar por mi marido?
—Y no me parece mal, Stella. Te está cuidando. ¿Qué tal te encuentras?
—Bien. Mejor, me duele todo, pero es pasable. ¿Le puedes decir que se vaya?
—No me voy a ir, Stella. Si me echas de la habitación, me quedaré fuera —contestó él cruzando los brazos.
—Déjalo. No te hace ningún daño, mujer —insistió Lorelai. Ella se enfurruñó.
—Lo que quiero es irme a casa.
—Tienes una recuperación larga. ¿Quién te va a cuidar? Yo puedo, joder, te lo he dicho mil veces.
—No quiero compasión de un niño rico.
—¡Joder! —exclamó él exasperado—. Voy a por un café. A ver si puedes hacerla entrar en razón.
¿Cómo podía ser tan cabezota? Sacó un café de la máquina y se apoyó en la pared. No le pedía nada a cambio, joder. Solo cuidarla. Claro que… a lo mejor ella lo odiaba por otros motivos.
La conoció desde que era una cría y siendo él bastante mayor que ella, le pareció gracioso el descaro de la chica.
Empezaba a estar harto de tanto desprecio.