Este no era mi plan (y tú tampoco) (Familia Cresswell-Donovan 5) Capítulo 4. El desastre
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Capítulo 4. El desastre

Stella

Escuchó a Margot hablar con Bella en una mesa, tomando café.

Buscaban a alguien mientras Martha, la mujer que trabajaba para ellos tomaba unos días libres.

Por lo visto, la persona que solía sustituirla no podía ir.

No lo pensó mucho. La conocían y ella quería…

acercarse a su padre. Le pidió vacaciones a su jefe y nada más que se lo dijo a la señora Donovan, aceptó sin dudarlo.

El primer día acudió con ropa de deporte y Margot le explicó dónde estaba cada cosa.

La casa estaba muy ordenada y aunque Mack descansaba de ese horrible ataque, o la pequeña solía rondar en silencio por todas partes, observando todo, el lugar era demasiado agradable.

Su papel era limpiar y fregar las habitaciones, los baños, un poco todo.

Nada que no hiciera en La Sirena. Y allí todo el mundo recogía sus cosas.

Mientras recogía la cocina, suspiró pensativa. Si su madre le hubiera dicho al señor Donovan que era su hija, ¿qué habría pasado?

—Stella, ¿puedes ayudarme? —dijo Margot, como quería que la llamasen. Por lo que había escuchado, desde que se había retirado para cuidar de su marido, estaba mucho menos estresada.

—Voy.

Dejó los platos que estaba recogiendo y salió al jardín. Richard acababa de volver de su primera quimio y estaba echado a la sombra. Se había volcado una mesa por una racha de viento y Margot no podía levantarla. Enseguida acudió y entre las dos, la pusieron en su lugar.

—Gracias. Richard está disgustado por no poder ayudar, ya sabes.

—Lo entiendo. Al menos, ¿se está recuperando?

—Es pronto todavía. Tengo que subir a ver cómo va Mack. ¿Puedes hacerle un zumo de naranja y llevárselo?

—Desde luego.

No se había atrevido a acercarse demasiado a él.

Aunque tenía curiosidad, se retenía para no tener la tentación de decírselo.

Quizá había sido una mala idea ir, aunque fueran dos semanas.

Estaba alterada y nerviosa. Entró en la cocina, donde Sophie dibujaba en la mesa y sacó los vasos para preparar el zumo.

—¿Quieres uno?

La niña la miró y asintió. Tenía ojeras. No debía de ser fácil tampoco para ella. Exprimió ambos y coló el de la niña. No le gustaba encontrarse con pulpa. Se lo llevó y ella pareció titubear, como si quisiera decirle algo.

—Dime, cariño.

—Tú no tienes padres, ¿verdad?

—No. No conocí a mi padre —dijo tragando saliva— y mi madre murió hace poco.

—Entonces eres huérfana.

—Supongo que sí.

—No quiero que a papá le pase nada, Stella.

Se sentó junto a ella.

—Cielo, que a lo largo del tiempo se vayan nuestros seres queridos es algo natural. Se aprende a vivir con ello. Pero eso no significa que tu padre se vaya ahora. Hay muchas técnicas novedosas para tratar su enfermedad y por suerte, no os faltan medios para poder pagarlas.

La niña dio un respingo y supo que había metido la pata.

—¿Quieres decir que a veces hay personas que mueren por no poder pagar los medicamentos?

—No siempre. Pero a veces pasa —susurró—. Tengo que llevar el zumo a tu padre. Anímate. Seguro que tu hermano Mack encuentra algo.

—Es super listo, ¿verdad?

—Por supuesto, como tú.

Se levantó con el corazón encogido y salió a la terraza llevando una bandeja con el zumo de naranja. Richard tenía ojeras y se tocaba el cabello. Dejó la bandeja en una mesita, sin irse.

—A veces se cae el pelo, pero no siempre, señor Donovan.

—Solo Richard, por favor. Gracias por el zumo, Stella. ¿Te sientas un poco aquí? Me vendrá bien algo de compañía.

Ella tragó saliva, pero lo hizo. Él se quedó mirando el lago, con el muelle, los arbustos florales que él mismo había plantado. Luego, la miró a ella.

—¿Qué tal te va la vida, Stella?

La pregunta le cogió desprevenida y dio un pequeño respingo en la silla. Él la miró preocupado.

—Disculpa, no he querido molestarte. He oído que perdiste a tu madre no hace mucho.

—Sí. Voy llevándolo. Y estoy feliz de trabajar en La Sirena, bueno, ellos son como mi familia.

—Estuviste aquí de pequeña, me lo ha comentado Jacob. No sé si te recuerdo, ya disculparás.

—Supongo que es porque soy más joven que sus hijos, no íbamos en el mismo grupo.  Además, estuve un tiempo y luego mi madre y yo volvimos a la ciudad.

—Este es un lugar precioso para residir. Me gusta cuando vienen todos nuestros hijos y se reúnen, aunque a veces resulta algo caótico.

Sonrió con tristeza. A ella se le encogió el corazón.

—Al menos ha disfrutado de todos ellos durante un tiempo. Estar con la familia compensa cualquier cosa.

—En eso te doy la razón. Para mí la familia es lo único importante.

Ella se sintió miserable. Desvió la mirada.

—Lo siento, Stella. He sido bastante insensible. Echarás de menos a tu madre. ¿Cómo se llamaba? Tal vez la conociera.

—No lo creo. Si me permite, tengo que recoger los platos.

Se levantó deprisa y preocupada. Había desaprovechado ese momento perfecto para darle el nombre, decirle que ella era su hija, pero no…

no podía. Estaba demasiado delicado. ¿Y si le causaba daño?

Además, tampoco es que quisiera pedirle nada, solo...

no sabía qué quería. Recogió las cosas y terminó de limpiar la cocina.

Luego, pasó a quitar el polvo del salón. Sobre la chimenea, había una foto de toda la familia. Quizá si su madre se lo hubiera dicho antes, puede que ella estuviera incluida. O no. No lo sabía.

—¿Miras la foto de mi familia? —preguntó Sophie. La pequeña era muy sigilosa cuando quería.

—En realidad limpiaba el polvo. Aquí eras muy pequeña.

—Sí, era una niña. Solo tenía tres o cuatro años. ¿Algún día me enseñarás una foto de tu madre?

—Las tengo en casa. Puede ser.

Llamaron a la puerta y la niña fue corriendo a abrir. Ben y Jacob entraron en la casa. Ella se quedó parada. Jacob la saludó y se llevó a Sophie. Ben dejó los papeles sobre la mesa.

—No sabía que... ¿Vas a trabajar aquí?

—No, solo en las vacaciones de Martha. Quiero ahorrar para comprarme un coche.

Era mentira, pero fue su excusa. Ben la miró con atención. Todavía tenía la foto en la mano, así que se volvió para dejarla sobre la repisa.

—Pero vas a seguir en La Sirena, ¿no?

—Sí.

Parecía indeciso, con su hermosa camisa blanca que se ajustaba a sus hombros y su cabello sujeto en una coleta. Era demasiado. Él se acercó.

—¿Tienes fiesta algún día?

—Claro que sí, es lo legal.

Ben sonrió de lado.

—Entonces, tendrás tiempo para salir a cenar, ¿no es así?

—Ben, no —dijo ella poniendo la mano en su pecho. Y fue lo peor que pudo hacer. Porque su tacto hizo palpitar su corazón.

—Anda... ¿sois novios? —dijo Sophie entrando por la puerta. Jacob, que iba detrás, soltó una risita. Ella se apartó y salió deprisa de la habitación.

Fue a la cocina para limpiar lo que fuera. Todos salieron al porche. Ben la siguió con la mirada. Ella se la sostuvo como pudo.

—Tu madre es la mejor, lástima que se haya retirado —decía Margot atusándose el cabello.

—Sabes que si la llamas viene y te corta el pelo sin problema —contestó Ben.

—Nada de eso, está retirada. Eso sí, a ver si algún día se acerca a vernos, díselo, Ben.

—Eso está hecho.

Ella se retiró y limpió la mesa del comedor. No entendía nada. ¿La madre de Ben cortaba el cabello? ¿Era estilista? No importaba. Tampoco es que fuera a salir con él.

Después de una semana, seguía sin decidirse a contar nada, pero sí que apreciaba cada vez más el carácter de Richard, siempre amable, y sin duda, en eso Jacob se parecía bastante.

Tal vez ella no se parecía a él. Cuando casi estaba convencida de decírselo, Martha volvió y aunque Margot le pagó las dos semanas, volvió a marcharse a trabajar en su puesto.

Su jefe no le preguntó. Tampoco es que fuera a decirle nada.

Su trabajo volvió a la rutina de siempre.

Al cabo de unos días e incluso a pesar del verano, empezó a caer una lluvia torrencial.

Una de esas terribles y hermosas tormentas de verano.

Su jefe, Hans, miró preocupado la cubierta del tejado, no había goteras, pero se habían caído dos tejas.

Esa zona era un añadido que había hecho su padre cuando él era pequeño. Un gran trueno retumbó en el local.

—Quizá deberíamos cerrar —dijo su jefe.

—Está viniendo más gente y mientras dure la tormenta se quedarán a beber. Aprovecha el momento.

—De acuerdo, pero no creas que me gusta el panorama.

Ella se fue a limpiar unas mesas y vio de reojo que entraban la familia: Jacob, Leo, Mack y Bella.

Se reunieron con Ben, que estaba al fondo de la barra.

Lo había ignorado toda la tarde, solo para servirle cervezas.

Se saludaron con verdadero afecto y la sonrisa del expolicía le fascinó.

Era guapo, no podía negarlo. No creía que fuera tan perfecto como parecía, con su coleta rubia y su camisa de marca.

El caso es que de joven no parecía tener tanto dinero, quiso recordar.

Empezó a retirar las botellas vacías de una mesa cuando se escuchó un gran estruendo y la pared se le vino encima.

No solo a ella, sino a todos los que estaban en esa zona.

Una mesa se le clavó en el vientre y los cascotes le cayeron encima, golpeando todo su cuerpo.

Le dolía todo horrores y escuchaba a varias personas gritar.

Mientras, la lluvia se empezaba a colar por todas partes.

Intentó girarse, pero estaba atrapada. Alguien la llamaba y levantó los dedos por un hueco.

Le cogieron la mano y acariciaron su dorso.

—Aguanta, Stella, te sacaré de ahí.

Y supo que era él. Que la iba a salvar. Porque siempre, siempre, había estado allí. Sus ojos se cerraron y se dio cuenta de que iba a perder el conocimiento.