Capítulo 3. Sueños frustrados
Ben
Estar en la policía había sido un sueño frustrado.
Tres años. En tres malditos años se había roto.
Después de pasar por la academia y por su etapa de novato, en el mes número seis, en una intervención, le dieron la paliza de su vida.
Y no solo eso, mataron a su compañero. Apenas recordaba cómo fue.
Se habían dirigido a la casa. Su compañero lo mandó por delante y él fue por la parte de atrás.
Había llamado a refuerzos, porque según decía, eso le olía mal.
Llamó a la puerta y al escuchar gritos, le dio una fuerte patada.
Ben entró armado, buscando a quien gritaba y a su compañero. Hasta allí llegaban sus recuerdos más nítidos. Alguien lo golpeó y no tenía mucha más información. A su compañero le pegaron un tiro. A él, casi lo matan a golpes.
Tanto, que casi se muere. Tanto, que decidió dejar el cuerpo. Mentalmente se había quedado muy mal.
Sus padres se horrorizaron cuando lo vieron.
No había parte de su cuerpo que no le doliera.
El sargento fue a visitarlo al principio y también algún compañero.
Pero luego se fueron distanciando. Ni siquiera pudo ir al funeral.
Y decidió no volver. No por miedo, sino porque les había costado demasiado sufrimiento como para tomar una buena decisión.
Cuando les dijo que no volvería a la policía, ellos suspiraron aliviados.
Se instaló en la pequeña casita de sus padres en los Hamptons cuando le dieron el alta. Apenas podía caminar si no era con ayuda de un bastón y los dolores recorrían todo su cuerpo como si fueran sanguijuelas. Su padre tenía que ayudarle a ducharse, porque era incapaz de doblar la espalda.
Su padre había trabajado de jardinero en varias casas, incluida la de los Cresswell-Donovan, aunque ya se había retirado por la edad.
Su madre, peluquera, todavía seguía en activo visitando a sus clientas.
Y su hermana, que había estudiado derecho, trabajaba en la ciudad.
La madre de Bella la había colocado en el bufete con el que ellas trabajaban y ganaba un buen sueldo, y una parte había ido para sus gastos médicos.
Como siempre, los Donovan, los ayudaban.
Jacob llegó ese fin de semana a casa de sus padres para visitarlo.
Aunque se veían en la ciudad, él solo acudía allí en verano.
Demasiado dolor y él sabía por qué. Salió cojeando hasta la terraza con dos cervezas.
La suya, sin alcohol. Se sentaron en el porche y notó que su amigo lo miraba con una pregunta.
—Estoy mejor. De verdad. ¿Y tú? ¿Cómo va la vuelta?
—Lo voy llevando.
—Ya. Y volver aquí… está Bella, ¿no? ¿Le has dicho algo? Ya sois adultos.
Jacob bufó. Hacía tiempo que le había confesado que estaba enamorado de ella, que estuvieron juntos un tiempo hasta que vieron que era imposible, que su relación era casi como algo prohibido.
Entonces él se marchó a estudiar fuera. Eso no enfrió su amistad, porque siempre solían quedar en la ciudad, sacaban tiempo de donde fuera.
Jacob tenía un piso alquilado bastante pequeño, y trabajaba en un taller de restauración.
Él estaba en la policía y cuando podían, quedaban a tomar unas cervezas y a charlar durante horas. Eso se había acabado.
—Es complicado, Ben. No funcionaría. Le daríamos un disgusto a mi padre y a Margot.
—¿Por qué? No sois parientes.
Apuró su cerveza y negó con la cabeza. Era un tema del que no quería hablar. Después de un rato en silencio, se giró hacia él, con media sonrisa.
—Oye, que he pensado en algo, Ben. Y puede que te necesite.
—Lo que sea. Todavía te debo pasta por los gastos del hospital.
—Ya me lo devolverás, no va de eso.
—Entonces… ¿qué necesitas? Todavía no estoy en forma, pero si tengo que darle una paliza a tu hermano, por ejemplo, lo haré. O sea, me cae bien…
Jacob se echó a reír.
—Mi hermano anda por Brasil, creo. No, no es eso. Voy a abrir una galería de arte, ya he conseguido el local, gracias a la… la herencia de mi madre. Al final he decidido cómo usarla. Y necesito un socio para que me ayude.
—Joder, Jacob, no tengo ni idea de arte —dijo estirándose—. No necesito tu… compasión.
—Mira que eres capullo, Ben. Sé que se te dan de maravilla el tema de la contabilidad y los números y yo lo odio. Si eres mi socio, te encargarías de la gestión del negocio, yo de la parte artística.
—No es un trato muy favorable para ti, Jacob —dijo con una leve esperanza. En realidad, no sabía qué iba a hacer con su vida.
—Aunque tengas pinta de boxeador, tu cabeza está demasiado bien amueblada. Y aparte de mi hermano, no podría confiar en nadie mejor que en ti.
Tragó saliva y miró al frente. Apenas podía contener las lágrimas. No podía seguir aprovechándose de sus padres y aunque al principio no ganase dinero, al menos no sería un parásito. Tendió la mano a su amigo.
—Acepto.
Jacob se echó a reír. —Todavía no sé si ganaremos algo. Al menos lo intentaremos.
Se estrecharon la mano y sonrió, esperanzado.
La vida le estaba dando una nueva oportunidad.
O no la vida, su amigo. ¿Cómo una persona podía ser tan generosa?
Claro que era igual que su padre, Richard, que lo había acogido en su casa, aunque sus orígenes fueran diferentes.
Le solían regalar la ropa de Mack, tan alto como él y muchas veces lo incluían en algunas celebraciones familiares.
Sí, les debía mucho a la familia de sus amigos y jamás lo olvidaría, en todo lo que le quedase de vida.
Jacob esperó casi un mes para mostrarle el local. No estaba en la calle principal, pero sí en una lateral con bastante movimiento. Era un sitio diáfano con grandes ventanales.
—¿Lo ves? Aquí colocaremos una pared falsa, aquí irán los cuadros más grandes y este cuarto lo aprovecharemos para el almacén y el despacho. Hay dos baños que hay que reformar, pero ¿no te parece estupendo?
Ben sonrió, mirándolo todo. Veía su futuro. Le dio un abrazo a Jacob, ya no llevaba muleta y aunque le seguía doliendo todo el cuerpo, nadie se enteraba.
—¿Qué color vas a elegir para las paredes? Igual blanco es demasiado.
—¡Exacto! —exclamó Jacob. Estaba emocionando, paseando por el lugar—. Será de un color casi blanco, con un poco de gris cálido, para que haga destacar los lienzos.
—No sabía que existía el color gris cálido, Jacob.
Ambos se echaron a reír. Y sí, la mayoría del montaje del local, incluida la pintura y la renovación de los baños fue por cuenta suya. Jacob no quería pedirle prestado a su madrastra pese a que ella insistía y él no se quejó de los horribles dolores que todavía tenía. Se lo debía.
Para la primera exposición, Jacob se retiró a los Hamptons para pintar.
Según sabía, no salía de su estudio. Mientras, él reformaba y preparaba la promoción.
Aprendió lo básico para la web y redes con mucho interés.
Todavía no estaban tan metidos en el mundillo como para conocer a futuros autores y debían hacer marketing.
Su hermana también le ayudó. Jacob terminó de pintar algunos cuadros y aprovechó otros que ya tenía y en cuatro meses, inauguraron con un pequeño evento.
Hasta su madre había colaborado preparando canapés.
Estaban nerviosos y emocionados, pero la galería se veía increíble.
Toda la familia Cresswell-Donovan acudió, Bella también.
Los vio mirarse, saludarse, pero no se acercó a ella.
Al parecer, Margot había invitado a gente de su entorno y consiguieron vender tres cuartas partes de los lienzos, lo que les dio un primer sueldo nada despreciable.
Ninguno de los dos se sentía mal por la ayuda de la esposa de su padre. Todos ganaban.
Dos años más tarde, le había devuelto todo el dinero a Jacob.
Trabajaba duro, descargaba las obras, gestionaba al centavo la contabilidad y lo bueno es que la galería funcionaba.
En parte, por el ojo artístico que tenía Jacob, por la otra, Margot Cresswell, que tenía muchos clientes de hoteles y empresas, recomendaba la obra.
Y eso les estaba haciendo ganar mucho dinero.
Iba a comprar una casita en los Hamptons, su padre había fallecido hacía cuatro meses y le pidió a su madre que se retirase y que viviera en la casa, donde estaría más cómoda. Además, había alquilado un apartamento en la ciudad algo mayor que el primero al que pudo optar.
Se dijo que era para ver a su madre, para visitarla.
Pero suspiraba por esa camarera cabezota que no quería saber nada de él.
Y ni siquiera sabía el motivo. Porque, aunque él ahora tenía una buena economía, no olvidó sus humildes orígenes.
Stella ni se había molestado en saber nada de él.
Era llegar los tres y su rostro cambiaba.
Le había ido bien, tenía mucho que ofrecer a una futura esposa y aunque desde luego había salido con algunas mujeres, su memoria volvía una y otra vez a Stella. Ni siquiera sabía por qué. La había invitado a salir durante varias etapas de su vida y estaba a punto de tirar la toalla.
La posible boda de Bella con ese tal Edward había trastornado mucho a Jacob y le pidió que fuera con él.
Se marchaba de su casa a la de Ben a menudo y charlaban durante horas.
Él intentó convencerle de que si no actuaba en ese momento se arrepentiría durante toda su vida.
Incluso le preguntó si lo investigaba, seguía teniendo algunos amigos en la policía, pero Jacob se negó.
Lo único que le consolaba era pintar. Por suerte, gracias a la intervención de todos los hermanos, incluso a pesar del posible escándalo que podría generarse al unirse Bella y Jacob, se unieron. Y nunca había visto a su amigo tan feliz.
Lo malo, que a Richard le habían detectado un cáncer.
Eso afectaba a toda la familia. Y luego sucedió todo el problema de Mack y Lorelai.
Pero él estaba dispuesto a hacer todo lo posible por ellos, como cuando protegió a Lorelai de los intrusos que querían entrar en su casa, buscando a Armando, su cuñado.
En ese momento fue cuando volvió a encontrarse con el agente del FBI Steve Farrel, que agradeció su colaboración.
Le dio su tarjeta, por si le interesaba en algún momento volver a la acción.
Pero eso no era lo que quería. Le gustaba su trabajo, y sí, aunque por su aspecto alto y fornido no lo parecía, se podía pasar horas con los números, optimizando el balance, revisando albaranes, e incluso hacía fotografías de los cuadros y mantenía las redes sociales y la página web con soltura.
Porque tenía que reconocer que en todo eso, Jacob era un desastre.
Eso sí, tenía un ojo impresionante para encontrar artistas que les reportaban una buena cantidad de dinero.
Habían pasado muchas cosas ese verano y no solo el amor de Jacob y Bella.
Mack también se había enamorado de Lrrelai, una atractiva pediatra que conseguía sacar una sonrisa de un tipo tan serio.
Y los gemelos y Charlie estaban rodando una película, con un aliciente para Charlie, una preciosa maquilladora pelirroja.
Se alegraba por ellos, desde luego que sí. Pero cada vez que iba a La Sirena, ella seguía mirándolo mal. Jacob tampoco lo entendía. Siempre fue correcto con ella.
Ya estaba a punto de tirar la toalla cuando ocurrió un desastre.