Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Epílogo · Nadie llegó tarde
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Epílogo · Nadie llegó tarde

Epílogo Nadie llegó tarde

La boda fue el sábado veinticinco de septiembre, a las seis de la tarde, en la Alqueria del Pi, en la huerta de Alboraia, bajo una parra tan vieja que tenía el tronco más gordo que la cintura de la novia.

Carmen llegó a las cinco y diez.

No porque le tocara llegar antes. Llegó antes porque Samuel le había dicho a las cuatro, en el rellano del tercero de la plaza de Benimaclet, con un traje gris que le quedaba bien y una corbata que no sabía anudarse, que Marina había llamado a Álvaro a las tres y media para decirle que ella iba a llegar diez minutos antes.

Que se lo había prometido hacía casi un año, en una azotea, con un café de puchero.

Y que Álvaro, al oírlo, había dejado caer el teléfono al suelo de la cocina de la casa de su padre y había tenido que sentarse.

—Llega antes que él —dijo Samuel, mientras Carmen le anudaba la corbata en el rellano, con la puerta del piso abierta y Kafka mirándoles desde la alfombra del salón con su cara de trámite administrativo—.

A su propia boda. Lo tiene todo calculado.

Álvaro va a llegar a las seis menos cinco y se la va a encontrar allí, esperándole.

—¿Y por qué tenemos que llegar nosotros a las cinco?

—Porque Pilar ha dicho que el que llegue después de la novia no come croquetas.

Carmen terminó el nudo. Lo ajustó con un tirón seco, como se ajustaba el casco blanco del ayuntamiento antes de una inspección.

—Llegamos a las cinco —dijo.

Al cerrar la puerta del piso, Samuel se detuvo un momento, como hacía cada vez desde julio.

En la puerta, debajo del buzón, atornillada con cuatro tornillos de latón que había puesto él mismo una tarde de domingo con un destornillador de su abuelo, había una placa.

Rectangular. Del tamaño de una cuartilla.

Con dos letras entrelazadas y un punto en medio.

V·O.

No ponía arquitectos . Esa parte la habían tapado con una tira de latón que Pepa había soldado en el taller de la plaza, a la vieja usanza, con el soplete de Manolo. Ahora solo ponía las dos letras y el punto. Como quien se presenta.

Samuel pasó el dedo por encima. Carmen le esperó en el primer peldaño, sin decir nada, como esperaba siempre.

*  *  *

La Alqueria del Pi había abierto en mayo, con tres semanas de retraso sobre el plan de Elena Boix y una cubierta de madera con un par gemelo pegado a un par roto que Dani había dejado a la vista a propósito, en el comedor de la andana, para que los clientes que subían a tomar horchata lo miraran y preguntaran.

Le había puesto una pequeña placa de madera de cerezo al lado, tallada a gubia: Par 3.

Se partió por cansancio. Le pusimos un hermano.

Era la frase más fotografiada de la alquería. Más que la parra. Más que el pozo cegado. Más que la cocina con su hogar de dos siglos.

A las cinco y diez, el patio ya estaba lleno de sillas blancas de madera alineadas bajo la parra, con un pasillo en el centro cubierto de pétalos de buganvilla que Júlia había recogido esa mañana, uno a uno, de la pérgola de la entrada, porque no se fiaba de los pétalos comprados.

Al fondo, junto al pozo, una mesa con un mantel de lino y un ramo de azahar.

Y en el centro, bajo la parra, de pie, con una carpeta en la mano y la expresión de alguien que se va a casar a dos personas que le importan mucho, Ramón Casal.

Lo había pedido Marina. Que nos case Ramón.

Ramón había dicho que no podía, que no era juez ni concejal ni cura.

Marina había contestado que eso ya lo sabía, que la parte legal la había hecho el martes en el juzgado de la calle Navarro Reverter con dos testigos, y que en la alquería lo único que quería era que alguien que les quisiera dijera unas palabras debajo de una parra.

Ramón había tardado dos días en contestar.

Luego había dicho que sí. Con la condición de que nadie le ayudara a llegar hasta la parra.

Nadie le ayudó. Llegó solo, con su bastón, a las cinco menos cuarto. Tardó once minutos en cruzar el patio desde el coche. Se abrochó solo los siete botones de la camisa blanca. Tardó siete minutos. Récord personal.

Carmen y Samuel se sentaron en la tercera fila, en el lado del novio.

Delante de ellos, en la segunda, Júlia y Dani.

Júlia con un vestido verde oscuro con la espalda descubierta, el pelo recogido con un pasador de carey y la agenda de pestañas en el bolso, por si acaso.

Dani con el traje de Serrano arreglado con la aguja de su abuela y un pequeño paquete envuelto en papel de periódico sobre las rodillas: el regalo, una mesa de comedor de madera de olivo que había tardado cuatro meses en hacer y que no cabía en ningún paquete, así que había tallado una miniatura del tamaño de una caja de cerillas para dársela a los novios, con una nota que decía La de verdad está en el Kangoo .

A su lado, Teresa Roca, de Morella, con un vestido negro de los domingos y los mismos ojos grises que su hijo.

Y Consuelo y Josep Ferrer, él con una chaqueta de Serrano, mirando la parra con la atención de quien revisa una escritura.

Y Neus, con el pelo teñido de violeta, que había venido de Berlín con un fagotista que se llamaba Matthias y que no entendía una palabra de valenciano pero aplaudía en todos los momentos adecuados.

En la primera fila, en el lado de la novia, una mujer de sesenta y dos años con el pelo corto y gafas rojas, Amparo Lluch, de Xàtiva, con un pañuelo de lino portugués en la mano que ya había empezado a usar a las cinco y cuarto, antes de que pasara nada.

En la primera fila, en el lado del novio, Pilar Sanchis. Con un vestido de flores, un abanico, un sombrero de paja con una cinta azul y, sobre las rodillas, un transportín abierto. Dentro, Bruja. Mirándolo todo con un ojo verde y otro color miel.

Y al final de la primera fila, en una silla de enea que había traído de su casa, don Paco Ibáñez.

Con un traje negro que le quedaba grande.

Con la llave de hierro con mango en forma de trébol en el bolsillo de la chaqueta.

Porque dijo que no salía sin ella. Porque esa misma mañana, a las nueve, había subido los ciento doce peldaños de la torre de la Finca del Reloj para darle cuerda, como cada sábado desde que la catalogación había hecho que el ayuntamiento le nombrara, por escrito, en una resolución con sello oficial, conservador honorario del reloj público de la calle Sueca .

Le pagaban un euro al año. Él había dicho que con eso le sobraba.

Elena Boix, que había comprado la Finca del Reloj en agosto a Turia Capital por un precio que nadie conocía, después de que Marcos Bellver fuera citado a declarar como investigado por la fiscalía de urbanismo y decidiera vender todo lo que tenía en Russafa, estaba de pie junto a la puerta de la cocina de la alquería, sin asistente, con unas sandalias planas y un vestido de lino blanco.

Había anunciado en julio que la rehabilitación de la finca empezaría en enero, con los siete inquilinos de renta antigua viviendo dentro, con sus contratos intactos, y que el proyecto lo haría un estudio del Cabanyal que ya conocía bien.

Samuel no podía firmarlo, porque estaba la inspectora.

Lo firmaría Júlia. Con Dani en la madera.

Y con Ramón, que había pedido que le dejaran firmar también, con la izquierda, aunque solo fuera de testigo.

Carmen no sabía todo eso por su trabajo.

Lo sabía porque en el estudio todo se sabía.

Y porque los viernes, desde julio, subía a la azotea a comer paella.

Con permiso por escrito de su nuevo jefe de servicio, que había sustituido a Bernabé Coll en agosto, después de que Coll pidiera la jubilación anticipada dos días antes de su citación en la fiscalía.

El nuevo jefe se llamaba Ferrán Soler, tenía cuarenta y cinco años, llevaba vaqueros a la oficina y había firmado la autorización sin leerla, diciendo: «Ortuño, con tu historial, si me pides permiso para comer paella los viernes, es que la paella es buena».

*  *  *

A las cinco y cincuenta, Marina Lluch llegó a la Alqueria del Pi.

Llegó en bicicleta. Por el camino de tierra entre los campos de chufa, con un vestido blanco de lino, sin cola, recogido con una pinza para que no se le enganchara en la cadena, unas zapatillas de lona blancas, el pelo suelto con un lápiz atravesado que alguien le había dicho que se quitara y que ella se había negado a quitar, y un ramo de azahar en la cesta de mimbre de la bici.

Toda la alquería se levantó.

Marina frenó en el patio, junto al pozo. Bajó de la bici. Se quitó la pinza del vestido. Miró a su alrededor: las sillas blancas, la parra, los pétalos de buganvilla, Ramón de pie debajo de la parra con su bastón y su carpeta. Miró el reloj de su muñeca.

—Diez minutos —dijo, en voz alta, a nadie en particular—. Diez minutos antes. Como prometí.

Amparo Lluch se echó a llorar en la primera fila. Pilar aplaudió. Bruja maulló.

Álvaro llegó a las seis menos cinco.

Llegó en el Volvo gris de dieciocho años, que aparcó encima de un arriate de margaritas con una impunidad absoluta.

Bajó con un traje azul marino, una camisa blanca, la corbata perfectamente anudada y la cara de alguien que ha llegado cinco minutos antes a su propia boda y descubre que la novia ha llegado diez.

Se quedó quieto junto al coche. Miró a Marina, de pie junto al pozo, con su vestido de lino y su lápiz en el pelo.

—Llegas antes —dijo.

—Diez minutos.

—Me lo prometiste.

—Te lo prometí.

—Pensé que era una broma.

—Yo no hago bromas con los plazos —dijo Marina—. Soy la project manager .

Álvaro se echó a reír. Toda la alquería se echó a reír.

Y luego Álvaro cruzó el patio entre las sillas blancas, sin esperar a nadie, sin ningún protocolo, y la besó delante del pozo, delante de Ramón, delante de todos, antes de que nadie dijera ninguna palabra, y Ramón, debajo de la parra, cerró la carpeta y dijo, con su voz torcida en las eses: