Capítulo 20 · El tren de las once y diez #3
Mies cruzó la playa a una velocidad que nadie le había visto nunca.
Esquivó tres hogueras, dos neveras portátiles y una guitarra.
Llegó hasta la manta de cuadros. Olió a Samuel.
Olió a Carmen. Y se sentó encima de los pies de ella, con la cabeza apoyada en su rodilla, mirándola con sus ojos tristes de funcionario jubilado.
Lucía llegó detrás, sin aliento, con las sandalias en la mano.
—Es semana par —le dijo a Samuel—. Pero es San Juan. Y a Mies le gusta el mar. —Se volvió hacia Carmen. La miró de arriba abajo, despacio—. Tú eres Carmen.
—Sí.
—Lucía. —Le tendió la mano—. El perro está gordo por su culpa. Quería que lo supieras.
Carmen le estrechó la mano. Y luego, sin saber muy bien por qué, se echó a reír. Lucía también.
* * *
A las doce menos cinco, todo el mundo en la playa sacó papeles.
Es lo que se hace en San Juan en Valencia.
Se escriben en un papel las cosas que uno quiere dejar atrás, o los deseos que quiere que se cumplan, y a medianoche se echan al fuego.
Luego se saltan las llamas tres veces. Y luego se va a la orilla y se saltan siete olas, de espaldas al mar, para tener suerte todo el año.
Carmen sacó de la mochila la funda de plástico transparente. El Protocolo . Con sus seis puntos, su séptimo tachado y su octavo restablecido. Con las cuatro firmas.
Samuel la miró.
—¿Lo vas a quemar?
—No. —Carmen lo guardó otra vez—. Está plastificado. No arde. Y además, es un documento vigente.
—Entonces, ¿qué vas a quemar?
Carmen sacó otra cosa de la mochila. Una hoja de agenda.
Amarillenta, arrugada, doblada en cuatro, alisada después con cuidado.
La hoja del veintitrés de junio de dos mil once.
Con una línea escrita a mano con su letra pequeña y vertical, de veinticinco años: Tren 7:40 Barcelona. Llega 11:10. Andén.
—Mi madre la sacó de la papelera al día siguiente —dijo Carmen—. La ha guardado dieciséis años. Me la ha dado esta tarde. Dice que las piezas que fallan se guardan para saber por qué fallaron. —Miró la hoja—. Y que cuando ya sabes por qué, se queman.
A medianoche, toda la playa de la Malvarrosa echó sus papeles al fuego a la vez.
Cientos de hogueras se avivaron con un resplandor amarillo que iluminó la arena, las caras, el mar.
Carmen echó la hoja del veintitrés de junio de dos mil once a la hoguera de recortes de cerezo, de nogal, de pino y de olivo de Dani, y la vio arder, despacio, enroscándose, hasta que solo quedó una ceniza blanca que el viento del mar se llevó hacia arriba.
Luego saltaron las llamas. Tres veces. Ella delante, él detrás. Con Mies ladrando.
Y luego fueron a la orilla.
El agua estaba tibia. Era la primera noche de verano.
Se metieron hasta las rodillas, de espaldas al mar, ella con el vestido amarillo remangado y él con los vaqueros empapados, cogidos de la mano.
Y esperaron a que llegaran las olas. Y las saltaron.
Una. Dos. Tres. Contándolas en voz alta, como don Paco contaba los peldaños de la torre.
Cuatro. Cinco. En la sexta, Carmen perdió el equilibrio y Samuel la sujetó. Al lado. No delante.
La séptima llegó más grande que las demás.
Les cubrió hasta la cintura. Les empapó entero.
Carmen gritó. Y luego se rio, con la cabeza echada hacia atrás, en el agua, a medianoche, con el vestido amarillo pegado al cuerpo y el pelo suelto mojado y el reloj de su padre en la muñeca, empapado, que no era sumergible y que dejó de funcionar esa noche a las doce y siete minutos y no volvió a funcionar nunca.
—Se ha parado —dijo Carmen, mirándolo, en la orilla, empapada—. El reloj de mi padre. Se ha parado.
Samuel la miró. Ella miraba el reloj, la esfera pequeña empañada por dentro, las agujas quietas en las doce y siete.
—Lo puedo llevar a don Paco —dijo él—. Lo arregla.
Carmen se quedó un momento callada. Luego se quitó el reloj de la muñeca. Lo miró a la luz de las hogueras. Y se lo guardó en el bolsillo del vestido amarillo.
—No —dijo—. Déjalo así. Las doce y siete. —Le miró—. Es la hora a la que dejé de esperar.
Samuel pensó en un andén. En seis trenes que ella había mirado llegar, uno detrás de otro, desde un banco de madera, con un vestido amarillo.
En una hoja de agenda que acababa de convertirse en ceniza.
En un reloj de pulsera que se había quedado quieto, por fin, en una hora que no era la de ningún tren.
Samuel no dijo nada. La besó, en la orilla, empapados, con el agua tibia del primer día de verano por los tobillos, mientras detrás de ellos, en la arena, cientos de hogueras ardían a lo largo de la playa como una ciudad de luz, y en una de ellas, la que olía a cerezo, un relojero de ochenta y cuatro años miraba el mar con una llave de hierro en el bolsillo y una libreta de hule negro abierta sobre las rodillas, apuntando con un lápiz, a la luz del fuego, con su letra pequeña y temblorosa:
23 de junio. Noche de San Juan. Dos estudiantes en la orilla. Ella sabe más que él. Él lo sabe. Buena señal.