Capítulo 20 · El tren de las once y diez #2
Se quedaron un momento en silencio, con los cafés en las manos, mirando las vías vacías.
—¿Cómo sabías que vendría en este tren? —preguntó él.
—Porque es el único que llega a esta estación desde Barcelona.
—Carmen sopló el café—. Y porque me llamó Álvaro anoche a las once.
Me dijo: «Ha cogido un tren a Barcelona.
No me ha dicho para qué. Pero ha comprobado tres veces el horario de un regional que sale de Sants a las seis y cinco».
—Hizo una pausa—. Y luego me dijo: «No le digas que te lo he dicho. Cláusula séptima».
Samuel se rio.
—Álvaro habla demasiado.
—Álvaro tiene miedo por ti. Lo dijo en voz alta. —Carmen le miró de reojo—. En tu estudio todo el mundo dice el miedo en voz alta. Es insoportable.
—Lo sé.
—Me gusta.
Samuel se volvió hacia ella. Ella seguía mirando las vías.
—Me dijiste que te preguntara —dijo él.
—Te dije que me preguntaras.
—Hoy.
—Hoy.
—Aquí.
—No te dije dónde. —Carmen se encogió de hombros—. Lo has deducido tú. Muy bien deducido.
Samuel dejó el café en el banco. Dejó el bocadillo encima de la caja de zapatos. Abrió la caja. Sacó el paquete de papel de seda amarillento. Se lo tendió.
Carmen lo miró. No lo cogió enseguida. Luego lo cogió. Lo desenvolvió despacio, con los dedos, como quien desenvuelve una carta que lleva mucho tiempo sin abrir.
La placa de latón apareció entre el papel de seda, brillando bajo la marquesina de la estación.
V·O. VIDAL & ORTUÑO · ARQUITECTOS.
Carmen se quedó mirándola durante mucho tiempo. No dijo nada. Pasó el pulgar por las dos letras entrelazadas, por el punto en medio.
—La copiaste de la servilleta —dijo al fin, muy bajo.
—Del bar de la Escuela. Tercero. La guardé en la cartera seis años.
—¿Cuándo la hiciste?
—En mayo de dos mil once. En un taller del barrio Gótico. Ciento veinte euros. —Samuel tragó saliva—. Era para dártela aquí. El veintitrés de junio. En este andén. Al bajar del tren de las once y diez.
Carmen no levantó la vista de la placa.
—Y no viniste.
—Y no vine.
—Y la guardaste dieciséis años.
—En una caja de zapatos. En el altillo. Detrás de los adornos de Navidad.
Carmen cerró los ojos un momento. Luego los abrió.
—No te voy a pedir que dejes tu trabajo —dijo Samuel, muy deprisa, antes de que se le cerrara la garganta—.
Ni que montemos un estudio. Ni que hagamos nada que tenga que ver con esta placa.
Eres inspectora. Eres la mejor inspectora de Valencia.
Lo ha dicho una comisión de siete catedráticos y una señora de noventa años con un bolígrafo de tinta azul.
—Entonces, ¿para qué me la das?
Samuel se quedó callado un momento. Luego metió la mano en el bolsillo de la camisa.
Sacó el rotulador. El de siempre. El de pizarra, gordo, que llevaba detrás de la oreja desde el instituto y que ella había mirado como una herejía en la primera clase de Dibujo Técnico, en septiembre de dos mil cuatro. Se lo tendió.
—Te doy la firma —dijo.
Carmen se quedó mirando el rotulador.
—Ramón le dio la firma a Pilar en el noventa y tres —siguió Samuel—.
Y a su mujer. Para que decidieran con él.
—Le puso el rotulador en la mano, encima de la placa—.
Yo te la quité en mayo. Firmé por ti. Sin preguntarte.
Te la devuelvo. Lo que hagamos a partir de ahora, lo decides tú conmigo.
No yo por ti. Nunca más. —Hizo una pausa—.
Esa es la pregunta. No sé hacerla mejor. ¿Quieres decidir conmigo?
Carmen tenía el rotulador en una mano y la placa en la otra. No se movía. Le caían lágrimas por la cara, sin ruido, como le habían caído en ese mismo banco hacía dos semanas, delante de su madre y de un bocadillo de tortilla que se cayó al suelo.
Luego destapó el rotulador.
Se agachó sobre la mochila que llevaba a los pies, una mochila pequeña de lona que Samuel no había visto hasta entonces. La abrió. Sacó una funda de plástico transparente.
El Protocolo . Plastificado. Con sus seis puntos de letra pequeña y vertical. Con el séptimo de letra grande e inclinada. Con la línea gruesa de rotulador tachándolo de lado a lado.
Carmen lo apoyó sobre la placa de latón, sobre las rodillas. Y debajo del séptimo tachado, con el rotulador de Samuel, con una letra que no era ni la suya ni la de él, sino una mezcla de las dos, escribió:
Octavo. Se restablece el séptimo. Con una enmienda: las partes podrán tutearse.
Y lo firmó.
Le tendió el rotulador a Samuel.
Samuel lo cogió. Le temblaba la mano. Firmó al lado. Con su firma grande, inclinada, con una flecha que no era normativa saliendo de la última letra.
Carmen miró las dos firmas. Luego le miró a él.
—Llegas tarde —dijo.
—Dieciséis años.
—Dieciséis años y un minuto antes. —Carmen se secó la cara con el dorso de la mano—. Que se compensa.
—¿Se compensa?
—En un escape de áncora, sí. —Carmen sonrió, por fin, despacio, con todo el cuerpo—. El péndulo se adelanta, se atrasa, y al final da la hora exacta. Es lo que te expliqué en el peldaño sesenta y tres. Si me hubieras escuchado en lugar de besarme…
Samuel la besó.
No para que se callara. Ella no se calló.
Terminó la frase contra su boca, … lo sabrías , y luego le besó ella, en el tercer banco del andén tres de la Estació del Nord, a las once y veintiséis de la mañana del veintitrés de junio, con un vestido amarillo, una placa de latón sobre las rodillas, un bocadillo de tortilla en el suelo y un empleado de la limpieza que se detuvo con su carrito a mirarles y luego siguió, despacio, sin decir nada, como quien ha visto pasar muchos trenes.
* * *
Esa noche fueron a la playa de la Malvarrosa.
Fue todo el mundo. Era San Juan. A las once de la noche, la playa entera, desde el Cabanyal hasta la Patacona, era una línea de hogueras encendidas en la arena, cientos de ellas, de familias, de grupos de amigos, de vecinos, con la gente sentada alrededor en mantas y toallas, con neveras portátiles, guitarras, sardinas asadas, sangría en garrafas, niños corriendo con bengalas y el mar al fondo, negro, tranquilo, con la luna casi llena encima.
La hoguera de Estudio Mediterráneo la había montado Dani con restos de madera del taller: recortes de cerezo, de nogal, de pino de Godella, de olivo.
Ardía con un olor dulce que nadie más tenía en toda la playa.
Alrededor, en mantas de cuadros, estaban todos.
Pilar con su silla de playa y un táper. Ramón en una silla plegable con Bruja en un transportín abierto, mirando las llamas con un ojo verde y otro color miel.
Toni y su mujer. Vicent y su mujer, que nadie había visto nunca y que resultó ser una señora menuda y risueña que le cogía la mano a Vicent todo el rato.
Pau y Quique, que había venido con sus padres y no se separaba de él.
Júlia y Dani, ella con la agenda cerrada sobre las rodillas por primera vez en años. Marina y Álvaro.
Y don Paco Ibáñez, con su chaleco de punto granate, en una silla de playa que le había traído Pau, mirando el mar con la llave de hierro en el bolsillo.
Pepa Ortuño llegó a las once y media, con una nevera portátil y una botella de mistela.
Miró a su hija, sentada en la manta de cuadros con la cabeza apoyada en el hombro de Samuel, y no dijo nada.
Se sentó al lado de Pilar. Se pusieron a hablar de soldaduras y de rejas de balcones de la calle de la Reina como si se conocieran de toda la vida.
Y a las doce menos cuarto llegó un coche eléctrico blanco al paseo marítimo, aparcó en doble fila con las luces de emergencia, y de él bajó una mujer rubia con un vestido de lino color arena y un basset hound de veintiséis kilos tirando de la correa hacia la arena.