Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 20 · El tren de las once y diez
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Capítulo 20 · El tren de las once y diez

El tren salía de Barcelona-Sants a las seis y cinco de la mañana.

Era el único que todavía llegaba a la Estació del Nord.

Los demás, los rápidos, los que tardaban tres horas, paraban en la estación nueva de Joaquín Sorolla, en el sur de la ciudad, entre avenidas anchas y aparcamientos.

Este no. Este era un regional lento, de los de antes, con asientos de skay azul y ventanillas que se podían abrir, que paraba en Tarragona, en L'Aldea, en Vinaròs, en Benicarló, en Castellón, en Sagunto y en todos los pueblos de en medio, y que tardaba cinco horas y cinco minutos en llegar al andén tres de la Estació del Nord de Valencia.

Llegaba a las once y diez.

Samuel lo había comprobado tres veces la noche anterior, en el ordenador del estudio, mientras el resto de Estudio Mediterráneo celebraba la resolución de la comisión en el bar de Toni con cava y croquetas y Pilar contaba a todo el mundo, por cuarta vez, cómo la inspectora había dicho como una idiota delante de siete catedráticos.

Lo comprobó y luego, sin decírselo a nadie, salvo a Álvaro, que le vio la cara y no hizo ninguna pregunta, cogió un tren rápido a Barcelona a las siete de la tarde, durmió cuatro horas en un hostal de la calle Numancia y a las seis menos cuarto de la mañana estaba en el andén siete de Sants, con un café de máquina, una mochila y una caja de zapatos bajo el brazo.

Subió al regional de las seis y cinco. Se sentó junto a la ventanilla. Puso la caja de zapatos sobre las rodillas.

El tren arrancó.

*  *  *

No pensó en nada hasta Tarragona. Miró por la ventanilla.

Polígonos industriales, naves, grúas, autopistas, todo gris en la luz azulada de antes del amanecer.

Luego el mar. De pronto, a la izquierda, como siempre aparece el mar en esa línea, sin avisar: plano, plateado, con una franja rosa en el horizonte donde iba a salir el sol.

En Tarragona subieron dos chicas con mochilas y un señor mayor con un periódico. En L'Aldea, una familia con un niño que lloraba. En Vinaròs, nadie.

En Vinaròs empezó a pensar.

Pensó que dieciséis años atrás, el veintitrés de junio de dos mil once, él tenía que haber cogido un tren en ese mismo trayecto.

No este, otro, el de las siete y cuarenta, más rápido, que ya no existía.

Pensó que si lo hubiera cogido, habría pasado por esta misma estación de Vinaròs a las nueve y cuarto de la mañana, y habría visto este mismo mar, y habría tenido la placa de latón en la mochila, envuelta en papel de seda, y habría ido pensando qué le iba a decir cuando bajara en el andén tres.

No lo cogió. Estaba en una sala de reuniones de la calle Pujades mirando el reloj de la pared.

Abrió la caja de zapatos. La placa estaba allí, envuelta en el mismo papel de seda amarillento. La desenvolvió. La miró a la luz de la ventanilla, con el mar detrás. V·O. VIDAL & ORTUÑO · ARQUITECTOS. Ciento veinte euros en un taller del barrio Gótico. Casi todo lo que le quedaba ese mes.

No sabía si ella iba a estar.

Pregúntamelo mañana. Eso había dicho. Y luego, cuando él preguntó dónde, se había dado la vuelta sin contestar.

No había contestado porque no hacía falta. Los dos lo sabían. Había un solo sitio en Valencia donde se podía preguntar algo un veintitrés de junio.

Pero ella había dicho pregúntamelo . No había dicho te espero .

Y Samuel había entendido, en algún momento de la noche, en el hostal de la calle Numancia, mirando el techo a las tres de la madrugada, que esta vez no le tocaba a ella esperar.

Que hacía dieciséis años que ella esperaba en un andén y él no llegaba.

Que esta vez tenía que llegar él. En el tren de verdad.

En el que no cogió. Sin saber si había alguien esperando.

Eso era preguntar. Eso era lo único que podía hacer: subirse al tren y llegar a la hora, y que fuera ella quien decidiera si estaba o no estaba en el andén.

Si no estaba, se bajaría igual. Y se sentaría en el banco. Y entendería.

En Benicarló salió el sol.

*  *  *

En Castellón subieron muchos. Estudiantes, trabajadores, una señora con una jaula con un canario.

El tren se llenó. Un chico de veinte años se sentó enfrente de Samuel con unos auriculares enormes y un libro de Teoría de las Estructuras abierto sobre las rodillas, subrayado con rotulador fluorescente.

Samuel le miró subrayar durante veinte minutos.

Luego, sin poder evitarlo, se inclinó hacia él.

—Esa fórmula —dijo, señalando una página—. La del momento flector en una viga biempotrada. Tienes un error en el subrayado. Has marcado la carga distribuida como puntual.

El chico se quitó un auricular. Le miró. Miró la página.

—¿Es usted profesor?

—Arquitecto.

—¿Y cómo lo ha visto desde ahí?

—Porque yo cometí el mismo error en segundo. —Samuel sonrió—. Y una compañera me lo corrigió en la biblioteca a las dos de la madrugada. Con un bolígrafo rojo. Y me dijo que si no lo entendía, iba a suspender.

—¿Y suspendió?

—Saqué un cuatro coma ocho. —Samuel se encogió de hombros—. El profesor me lo subió a cinco porque ella le caía bien.

El chico se rio. Corrigió el subrayado. Volvió a ponerse el auricular. Pero en Sagunto, al bajarse, se volvió desde la puerta del vagón y le dijo:

—Suerte con su compañera.

Samuel no supo cómo lo había sabido. Quizá lo llevaba escrito en la cara. Quizá lo llevaba escrito en la placa de latón, que tenía otra vez sobre las rodillas, sin envolver, con la luz de la mañana rebotando en las letras.

*  *  *

El tren llegó a Valencia a las once y nueve.

Un minuto antes. Samuel lo vio en el reloj del vagón y no supo si era buena o mala señal.

Entró en la ciudad por el sur, por las vías que cruzaban la huerta de Russafa, y luego frenó, despacio, chirriando, bajo la marquesina de hierro y cristal de la Estació del Nord, con sus columnas de fundición pintadas de verde y sus mosaicos de trencadís, y se detuvo en el andén tres con un suspiro neumático.

Samuel se levantó. Envolvió la placa en el papel de seda.

La metió en la caja de zapatos. Se colgó la mochila.

Se quedó de pie junto a la puerta del vagón, detrás de una señora con una jaula de canario, con el corazón latiéndole tan fuerte que oía el pulso en las orejas, por encima del ruido de los frenos.

No miró por la ventanilla. No se atrevió.

Las puertas se abrieron.

La señora del canario bajó. Samuel bajó detrás.

El andén tres estaba lleno de gente. Viajeros que bajaban del tren con maletas, con mochilas, con niños.

Gente que esperaba con carteles de bienvenida, con flores, con globos.

Un grupo de turistas con un guía con un paraguas rojo.

Un carrito de equipajes. Una pareja que se besaba junto a la columna de fundición pintada de verde.

Samuel se quedó quieto en el andén, junto a la puerta del vagón, mirando.

Miró la columna de fundición pintada de verde. Miró los bancos de madera y hierro, con el respaldo curvado, restaurados. Contó desde la cabecera. Uno. Dos. Tres.

El tercer banco estaba vacío.

Samuel sintió que algo se le caía por dentro. Algo grande. Muy despacio. Como un péndulo que se para.

Se quedó mirando el banco vacío mucho tiempo. La gente pasaba a su lado. El tren se vació. Las puertas se cerraron con un pitido. Un empleado de la estación pasó con un carrito de limpieza. El andén se fue quedando en silencio.

Y entonces, cuando ya no quedaba casi nadie, cuando el tren ya arrancaba otra vez hacia las cocheras con un chirrido largo, vio que en el suelo, junto al tercer banco, a los pies del respaldo curvado, había algo.

Una bolsa de papel. Del horno de la plaza de Benimaclet.

Samuel se acercó. Despacio. Se agachó. La cogió.

Dentro había un bocadillo de tortilla de patatas con cebolla, envuelto en papel de aluminio, todavía caliente. Y un post-it amarillo, pegado al papel de aluminio, con una letra pequeña y vertical escrita con un rotulador de pizarra que no era normativo.

Llegas un minuto antes. Me he ido a por un café. Siéntate y espera. Uno. Solo uno.

Samuel se quedó de pie en el andén tres de la Estació del Nord con un bocadillo de tortilla en una mano y una caja de zapatos en la otra, y se echó a reír. Solo. En voz alta. Con los ojos llenos de lágrimas. Delante de un empleado de la limpieza que le miró como se mira a un loco.

Se sentó en el banco. El tercero empezando por la cabecera. Junto a la columna de fundición pintada de verde.

Y esperó.

Esperó once minutos.

Fueron los once minutos más largos de su vida.

Más largos que una reunión en la calle Pujades mirando el reloj de la pared.

Más largos que una noche en el hostal de la calle Numancia.

Más largos que dieciséis años. Los contó en el reloj del andén, uno a uno.

Las once y diez. Las once y quince. Las once y dieciocho.

No se comió el bocadillo. Lo sostuvo sobre las rodillas, encima de la caja de zapatos, como quien sostiene algo que puede romperse.

A las once y veintiuno la vio.

Venía por el andén desde el vestíbulo, despacio, con dos vasos de café de cartón en las manos, uno en cada una.

Llevaba un vestido amarillo. No era el de hacía dieciséis años: este era más sencillo, de lino, sin mangas, con un cinturón fino.

Pero era amarillo. Llevaba el pelo suelto.

No llevaba la coleta tirante. No llevaba la carpeta de anillas.

Llevaba en la muñeca izquierda el reloj de su padre, con su correa de piel marrón demasiado ancha.

Se detuvo delante del banco. A un metro.

Samuel se levantó. El bocadillo se le cayó de las rodillas. Lo recogió. Se quedó de pie con el bocadillo en una mano y la caja de zapatos en la otra, sin saber qué hacer con ninguna de las dos cosas.

—Has llegado un minuto antes —dijo Carmen.

—Lo sé. Lo siento.

—No lo sientas. —Carmen le tendió uno de los cafés—. Es la primera vez en tu vida que llegas antes a algo.

Samuel cogió el café. Ella se sentó en el banco. Él se sentó a su lado. Al lado.