Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 19 · La comisión #2
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Capítulo 19 · La comisión #2

—Soriano. Empar Soriano Llop. —La anciana no esperó a que le dieran el micrófono—.

Viví setenta y dos años en el segundo piso de la calle Puerto Rico, número siete.

Un día aparecieron tres grietas en mi fachada.

Rectas. Como si las hubiera dibujado un niño con una regla.

Vinieron unos señores con traje y me dijeron que la casa se caía.

Me dieron siete mil euros. Firmé. A los dos meses, la casa ya no existía.

Ahora hay apartamentos turísticos. —Señaló con el bolígrafo de tinta azul hacia la primera fila de la izquierda—. De ese señor.

El silencio en la sala fue absoluto.

—Ayer —siguió la señora Empar— me llegó por correo la copia de mi expediente de ruina.

La pedí hace un mes con este bolígrafo. —Levantó un sobre—.

El informe técnico lo firma ese otro señor.

El calvo de las gafas doradas. —Señaló al ingeniero de Madrid—.

Y la declaración de ruina municipal la firma un tal Ferrandis.

Jefe de sección. Con el visto bueno de un tal Coll.

Jefe de servicio. —Bajó el sobre—. Sin visita al inmueble.

Lo pone en el expediente. Informe basado en la documentación aportada.

Nadie vino a ver mi casa. Nadie subió a mi piso. Setenta y dos años y nadie subió.

Se volvió en su silla de ruedas. Miró a la tercera fila. A Carmen.

—Esta chica sí subió a la Finca del Reloj —dijo—. Cinco horas. Con una lupa. Me lo ha contado el relojero. —Hizo una pausa—. Ojalá hubiera subido a la mía.

*  *  *

El turno de Carmen llegó a las doce y cuarenta.

Se levantó de la tercera fila. Caminó por el pasillo central, entre las sillas de terciopelo granate, con la carpeta de anillas contra el pecho.

Pasó junto a la silla de ruedas de la señora Empar, que le dio una palmada en el brazo con el bolígrafo de tinta azul.

Pasó junto a la primera fila, junto a don Paco y su caja de zapatos, junto a Quique y su dibujo enrollado.

Pasó junto a la segunda fila sin mirar a nadie.

Se sentó en la mesa pequeña. Ajustó el micrófono.

—Me llamo Carmen Ortuño Peris —dijo—. Soy inspectora urbanística del Ayuntamiento de Valencia. Hoy no intervengo como inspectora. Intervengo como ciudadana.

Abrió la carpeta de anillas. No la miró.

—El primer jueves de abril inspeccioné la Finca del Reloj por encargo de mi jefe de servicio, Bernabé Coll.

Me pidió el informe de ruina para el viernes.

Tardé cinco horas en la inspección. Encontré tres perforaciones recientes en el arranque de la grieta de la fachada, selladas con mortero de cemento.

Las fotografié con luz rasante, con escala y con fecha.

—Pasó una hoja de la carpeta, sin mirarla—.

Pedí dos semanas más y un estudio independiente.

Al día siguiente, mi jefe de servicio me apartó del expediente.

A la semana siguiente, me abrieron un expediente disciplinario por falta de imparcialidad, con fotografías tomadas por un detective privado contratado por la propiedad.

Hizo una pausa. En la primera fila de la izquierda, uno de los abogados de Turia Capital se inclinó hacia el otro y le dijo algo al oído.

—El abogado de la propiedad ha dicho hace dos horas que mantengo una relación sentimental con el arquitecto Samuel Vidal Mora —siguió Carmen, con la misma voz plana, precisa, de las inspecciones—. Y que eso compromete la imparcialidad del informe de los inquilinos.

Levantó la vista. Miró a los siete miembros de la comisión, uno por uno.

—Es verdad.

La sala se quedó inmóvil.

—Estudiamos juntos en la Escuela de Arquitectura de Valencia entre dos mil cuatro y dos mil diez —dijo Carmen—.

Fuimos pareja cuatro años. Él se fue a Barcelona.

Prometió volver en un año. No volvió. Le esperé doce horas en el andén tres de la Estació del Nord el veintitrés de junio de dos mil once.

—Le tembló la voz. No hizo nada por sujetarla—.

Dieciséis años después me lo encontré en mi despacho con un anexo de refuerzo de fachada y un rotulador detrás de la oreja.

Y he vuelto a enamorarme de él. Como una idiota. Contra todas mis normas.

Nadie respiraba en la sala de juntas de la Conselleria de Cultura. En la segunda fila, Samuel tenía los ojos cerrados. En la primera, don Paco sonreía. Pilar se había tapado la boca con el abanico.

—Así que sí —dijo Carmen—. Tengo interés.

Tengo todo el interés del mundo. —Pasó otra hoja de la carpeta—.

Y aun así, los tres agujeros de la fachada de la Finca del Reloj siguen teniendo mortero de cemento con menos de seis semanas de carbonatación.

Y el péndulo de un reloj de mil novecientos veintiocho se siguió desplazando seis segundos la noche del ocho de marzo.

Y la medianera sigue siendo perfectamente vertical.

Y doce tejas siguen teniendo marcas de una palanca.

Y tres fincas de Russafa siguen estando derribadas con informes de ruina del mismo ingeniero y declaraciones municipales sin visita al inmueble.

—Cerró la carpeta—. Yo puedo estar enamorada. Los agujeros no.

Se levantó.

—Gracias —dijo. Y volvió a la tercera fila, por el pasillo central, entre las sillas de terciopelo granate, sin mirar a nadie.

*  *  *

La comisión deliberó cuarenta minutos a puerta cerrada.

Esperaron en el patio de columnas del palacio, con su fuente de piedra en el centro, sus naranjos en macetas y un calor de junio que entraba por el portón y se quedaba atrapado entre los arcos.

Nadie hablaba mucho. Pilar repartía croquetas del táper que nadie sabía cómo había pasado el control de seguridad.

Quique jugaba con el gato negro de su dibujo, haciéndolo andar por el borde de la fuente.

Don Paco estaba sentado en un banco de piedra con la caja de zapatos sobre las rodillas y los ojos cerrados.

Carmen estaba de pie junto a una columna, sola, con la carpeta contra el pecho.

Samuel no se acercó. Se quedó en el otro extremo del patio, junto a la fuente, con las manos en los bolsillos. Al lado de Ramón. No delante.

A la una y cuarenta, el secretario de la comisión salió al patio con un papel.

Leyó la resolución de pie, junto a la fuente, sin micrófono, con una voz de funcionario que se quebraba a ratos por el calor.

La Comisión Técnica de Patrimonio Cultural informaba favorablemente, por unanimidad, la declaración de la Finca del Reloj, en la calle Sueca número cuarenta y uno de Valencia, obra del arquitecto Rafael Llobet i Soler, como Bien de Relevancia Local, con protección integral del edificio y especial protección del reloj público de mil novecientos veintiocho y su maquinaria original.

Se desestimaba la solicitud de declaración de ruina.

Y se acordaba dar traslado de las actuaciones a la fiscalía, por si los hechos relativos a las perforaciones de la fachada, las tejas y los procedimientos de ruina de las fincas de la calle Sueca diecinueve, Puerto Rico siete y Cádiz cincuenta y dos pudieran ser constitutivos de delito.

Nadie aplaudió. No hacía falta.

Don Paco abrió los ojos en el banco de piedra.

Se levantó. Fue hasta el secretario de la comisión, despacio, con la caja de zapatos.

Le pidió el papel. El secretario se lo dio.

Don Paco lo leyó entero, moviendo los labios.

Luego sacó de la caja de zapatos la libreta de hule negro de ese año.

La abrió por la página del día. Sacó un lápiz del bolsillo del chaleco.

Y escribió, con su letra pequeña y temblorosa:

22 de junio. La comisión dice que el reloj no miente. +1 s. Calor.

Cerró la libreta.

*  *  *

Samuel la encontró a las dos y cuarto, en la acera de la calle de Caballeros, cuando ya casi todo el mundo se había ido.

Bellver y sus abogados se habían marchado sin decir nada en el coche negro.

Los vecinos, en la furgoneta de la residencia de Alfafar, que la señora Empar había ofrecido para todos con un gesto de duquesa.

El estudio, a celebrarlo en el bar de Toni.

Ella se había quedado en la acera, junto al portón del palacio, sin saber muy bien adónde ir.

Él se detuvo a un metro. Al lado.

—Has dicho que me quieres —dijo Samuel—. Delante de siete catedráticos y un notario.

—He dicho que me había enamorado como una idiota. —Carmen no le miró—. Es distinto.

—¿En qué?

—En que lo de idiota es lo importante.

Samuel se rio. Bajito. Ella no.

—No te he perdonado —dijo Carmen.

—Lo sé.

—Lo he dicho porque era verdad. Y porque el abogado lo iba a usar. Y prefería decirlo yo. —Carmen apretó la carpeta—. Eso no significa nada.

—Lo sé.

—Mañana es veintitrés de junio.

Samuel se quedó quieto.

—Lo sé —dijo, muy bajo.

—San Juan.

—Lo sé.

Carmen se volvió por fin hacia él. Le miró.

Tenía los ojos rojos y una expresión que él no le había visto nunca: ni enfadada, ni triste, ni con protocolo.

Una expresión de alguien que ha subido una escalera de caracol de ciento doce peldaños y está en el peldaño sesenta y tres, sin saber si seguir subiendo o bajar.

—Me preguntaste en la torre qué creía que debías hacer —dijo—. Te dije que te lo diría cuando lo pensara.

—Sí.

—Lo he pensado.

Samuel no se movió. No dijo nada. Esperó.

—Pregúntamelo mañana —dijo Carmen.

—¿Dónde?

Ella le miró un momento más. Luego se dio la vuelta y echó a andar por la calle de Caballeros, hacia la plaza de la Virgen, con la carpeta contra el pecho y la coleta tirante, sin contestar.

Samuel se quedó en la acera, junto al portón del palacio, viéndola irse.

Sabía dónde. Lo sabía desde hacía dieciséis años.

Lo que no sabía era si ella iba a ir.