Capítulo 19 · La comisión
La Comisión Técnica de Patrimonio Cultural se reunió el veintidós de junio, a las diez de la mañana, en la sala de juntas de la Conselleria de Cultura, en un palacio del siglo dieciocho de la calle de Caballeros con un patio de columnas, una escalera de piedra con barandilla de hierro y, en la sala, un techo de vigas de madera pintadas con flores y pájaros que nadie miraba nunca.
Carmen lo miró. Llegó a las nueve y media y, mientras esperaba a que abrieran la puerta, se quedó en el umbral con la cabeza echada hacia atrás, contando vigas.
Veintidós. Pino. Policromadas al temple.
Con una pequeña flecha en la cuarta, cerca del muro, apenas visible, que no era una flor ni un pájaro.
No se lo dijo a nadie. Le pareció que había firmas que eran solo de quien las encontraba.
* * *
La sala era alargada, con una mesa de nogal en forma de herradura para los siete miembros de la comisión, tres filas de sillas tapizadas de terciopelo granate para el público y, al fondo, junto a la ventana, una mesa más pequeña con un micrófono para los comparecientes.
A las diez menos cinco no quedaba ni una silla libre.
Carmen se sentó en la tercera fila. Sola.
Llevaba un traje gris, la coleta tirante y la carpeta de anillas sobre las rodillas.
No iba como inspectora. Iba como ciudadana.
Lo había preguntado tres veces en la secretaría de la comisión, por escrito, y le habían contestado tres veces que sí, que podía intervenir en el turno de público si lo solicitaba, como cualquier vecina de Valencia.
Lo había solicitado. Le habían dado el último turno. Después de todos.
En la primera fila estaban los vecinos de la Finca del Reloj.
Don Paco, con un traje negro que le quedaba grande, la llave de hierro en el bolsillo de la chaqueta, porque dijo que no salía sin ella, y una caja de zapatos sobre las rodillas.
La señora Visitación en su silla de ruedas, en el pasillo, con una blusa de seda y un collar de perlas.
Los Martínez. Quique, con una camisa blanca abotonada hasta arriba y su dibujo de la torre enrollado en la mano.
Y a su lado, la señora Empar Soriano, noventa años, en una silla de ruedas que le había prestado la residencia de Alfafar, con un bolígrafo de tinta azul en la mano y una expresión de duquesa ofendida.
En la segunda fila, Estudio Mediterráneo.
Ramón Casal con su bastón y su boina en las rodillas.
Iván con su mochila. Júlia con la agenda de pestañas y una carpeta de cartón.
Álvaro y Marina. Dani. Pau, sin el casco de purpurina, por primera vez en semanas, con el pelo engominado y cara de ir a una boda.
Pilar con un abanico y un táper que nadie sabía cómo había pasado el control de seguridad.
Y Samuel. En el extremo de la segunda fila. Sin rotulador en la oreja. Con gafas. Con una camisa blanca. Mirando hacia delante.
No se había vuelto a mirarla al entrar. Carmen se lo agradeció.
En el otro lado de la sala, en las dos primeras filas de la izquierda, estaba Turia Capital.
Marcos Bellver con un traje azul marino, sin corbata, los zapatos de ante y una sonrisa que se le quedaba quieta con frecuencia.
Dos abogados con trajes grises y maletines de piel.
Y un hombre de unos sesenta años, calvo, con gafas de montura dorada, que Carmen identificó como el ingeniero de Madrid que había firmado el informe de ruina. Y los otros tres.
Bernabé Coll no estaba. Desde el lunes de la semana anterior estaba de baja médica.
Nieves le había contado a Carmen que la fiscalía de urbanismo había abierto diligencias de investigación el viernes y que había pedido a la concejalía de Personal el expediente de Coll.
Nieves no sabía nada más. Su cuñada de régimen disciplinario tampoco.
A las diez en punto, el presidente de la comisión, un catedrático de Historia del Arte de setenta años con una barba blanca muy cuidada y unas gafas de media luna, abrió la sesión.
Habló primero la propiedad. Durante cuarenta minutos.
El ingeniero de Madrid presentó su informe con una presentación en la pantalla: fotos de grietas con luz rasante, cálculos de valoración, una tabla con el cincuenta y tres por ciento.
Habló de pérdida de capacidad portante, de humedades crónicas, de una estructura agotada.
Habló bien. Era un profesional. Carmen le escuchó con atención y pensó que, si no hubiera visto los tres agujeros con una lupa, le habría creído.
Luego habló uno de los abogados. Dijo que la propiedad estaba dispuesta a conservar el reloj e integrarlo en una nueva edificación de calidad.
Dijo que la catalogación supondría condenar el edificio a una ruina lenta, porque nadie podía asumir el coste de una rehabilitación.
Dijo que se ofrecían indemnizaciones generosas a los inquilinos.
Y luego dijo algo más.
—Esta comisión debe saber —dijo el abogado, con la voz de alguien que deja caer una piedra en un estanque— que el informe técnico presentado en nombre de los inquilinos ha sido coordinado por el arquitecto Samuel Vidal Mora, director de una obra colindante con micropilotes en la medianera compartida, cuya posible responsabilidad en los daños de la finca está siendo estudiada por esta parte.
El señor Vidal firmó además, el pasado mes de mayo, un precontrato con mi cliente para redactar el proyecto de sustitución, que luego rescindió unilateralmente.
—Hizo una pausa—. Y mantiene, según consta en un expediente disciplinario del ayuntamiento, una relación sentimental con la inspectora municipal que intervino inicialmente en el procedimiento.
Dejo a la consideración de esta comisión la imparcialidad del informe.
Hubo un murmullo en la sala.
Carmen no se movió. En la segunda fila, Samuel no se movió. Nadie de la segunda fila se movió.
El presidente de la comisión anotó algo en un papel con una pluma estilográfica.
—Gracias —dijo—. Turno de los inquilinos.
* * *
No habló Samuel.
Habló Ramón Casal.
Se levantó de la segunda fila con el bastón. Se negó a que nadie le acompañara. Caminó despacio hasta la mesa pequeña del micrófono, con la boina en la mano izquierda, la buena, y se sentó. Tardó un minuto. Nadie dijo nada.
—Me llamo Ramón Casal Benlloch —dijo, con la voz un poco torcida en las eses—.
Arquitecto colegiado número ochocientos doce desde mil novecientos setenta y seis.
He firmado el informe técnico de los inquilinos.
Con la mano izquierda, porque la derecha se me quedó en una obra de Benimaclet hace dos años.
—Hizo una pausa—. No tengo ninguna obra colindante.
No tengo ningún precontrato con nadie. Y no tengo ninguna relación sentimental con nadie de esta sala, salvo con una gata que se llama Bruja y que hoy no ha podido venir.
Hubo una risa en la sala. Pequeña. El presidente de la comisión sonrió debajo de la barba.
—Mi maestro se llamaba don Vicente Gisbert —siguió Ramón—.
Fue aprendiz de Rafael Llobet en la Finca del Reloj, con dieciséis años, en mil novecientos veintiocho.
Me contaba que Llobet subía cada mañana a la obra y tocaba las vigas antes de que las colocaran.
Y que firmaba las que le gustaban más. —Se volvió hacia la segunda fila—.
Mi colega Júlia Ferrer ha encontrado tres de esas firmas.
En tres edificios distintos. Les va a hablar de ellas.
Y le pasó el micrófono a Júlia.
Durante dos horas, la segunda fila habló.
Júlia presentó la carta de Llobet, la del reloj.
He llegado tarde a demasiadas cosas en mi vida como para no intentar que otros no lleguen.
La leyó en voz alta, con la voz temblando un poco en la última frase.
Enseñó las fotos de las tres firmas: la de la viga del techo de su dormitorio, la de la buhardilla de la Finca del Reloj, la de la factura de Novelda de la casa del Rosario. Ll · 1925. Ll · 1928. Sr. Ll.
Iván presentó el informe estructural. Habló muy poco, como siempre.
Pero cuando terminó de hablar del mortero de los tres agujeros y su carbonatación, de las doce tejas levantadas y las marcas de la palanca, y de la medianera perfectamente vertical, el ingeniero de Madrid de la primera fila de la izquierda había dejado de tomar notas.
Luego Iván enseñó el acta notarial. La del reloj. Don Emili Carbonell, con su sombrero panamá, había venido a ratificarla en persona. Se levantó en la tercera fila, se quitó el sombrero y dijo: «Doy fe». Nada más. Se volvió a sentar.
Y luego habló don Paco.
Se levantó de la primera fila con la caja de zapatos en los brazos. La dejó sobre la mesa del micrófono. La abrió. Dentro había cincuenta y tres libretas de hule negro, en columnas, ordenadas por años, desde 1975.
—Le doy cuerda a ese reloj desde hace cincuenta y un años —dijo don Paco, con una voz muy pequeña que el micrófono hizo enorme—.
Lunes y jueves. Y cada vez apunto cuánto se ha equivocado.
Aquí está todo. —Sacó la última libreta, la de ese año.
La abrió por marzo—. Y aquí, el nueve de marzo, apunté que el péndulo se había ido seis segundos.
Y que el domingo por la noche había oído una taladradora en la fachada.
Y pensé que eran los jóvenes de la calle.
—Levantó la vista hacia la primera fila de la izquierda.
Hacia Marcos Bellver—. No eran los jóvenes de la calle.
Bellver no le sostuvo la mirada.
Y luego habló la señora Empar Soriano.
Nadie la había anunciado. Nadie sabía que iba a hablar. La residencia de Alfafar la había traído en su furgoneta y Pau la había empujado hasta el pasillo central en su silla de ruedas, y cuando don Paco terminó, la señora Empar levantó la mano con el bolígrafo de tinta azul, como en la escuela.
El presidente de la comisión la miró por encima de las gafas de media luna.
—¿Señora…?