Capítulo 18 · Al lado #2
—Sus abogados tienen diez días para presentar recurso —dijo Carmen—.
Y la fiscalía de urbanismo tiene desde ayer un dosier de cuarenta páginas sobre tres fincas de Russafa derribadas en los últimos tres años con informes de ruina del mismo ingeniero de Madrid.
Y sobre una sociedad que se llama Inversiones Marí-Albert.
—Hizo una pausa—. Supongo que sus abogados también estarán interesados en eso.
Bellver no dijo nada.
Se volvió. Cruzó la calle. Subió al coche negro. El coche negro se fue por la calle Sueca hacia la Gran Vía sin hacer ningún ruido.
Detrás de él, despacio, con un suspiro neumático, la grúa amarilla plegó su brazo de treinta metros sobre la cabina, arrancó y se fue.
Detrás de la grúa, la furgoneta blanca del taller de Paterna.
El agente de la policía local se tocó la gorra, le dijo algo a Carmen que nadie oyó, se subió al coche patrulla y se fue también, con las luces azules apagadas.
La calle Sueca se quedó en silencio.
Y luego, desde la mesa plegable de los cruasanes, Toni empezó a aplaudir.
* * *
Fue un aplauso largo, desordenado, de quince personas en una acera de Russafa a las ocho menos veinte de la mañana de un jueves de mayo.
Pau gritó algo y levantó a Quique en brazos.
Pilar se puso de pie en su silla de playa, cosa que nadie le había visto hacer nunca, y aplaudió con los brazos en alto.
Júlia lloraba y apuntaba algo en la agenda a la vez.
Marina abrazó a Álvaro. Dani y Vicent se dieron una palmada en la espalda que sonó como un portazo.
Ramón Casal, apoyado en el bastón, sonreía con media cara, con la otra media llena de lágrimas.
La señora Visitación, desde su silla de ruedas, le tendió a Carmen el ramo de margaritas que llevaba en el regazo.
Carmen lo cogió. No sabía qué hacer con él. Se quedó en mitad de la acera con el casco blanco puesto, la carpeta de anillas en una mano y un ramo de margaritas en la otra, sin saber dónde mirar.
Y don Paco Ibáñez se acercó a ella. Despacio. Con su bastón prestado. Con su llave de hierro. Se detuvo delante de ella. La miró por encima de las gafas de relojero.
—Es jueves —dijo.
—Es jueves —repitió Carmen.
—Me toca dar cuerda. —Le tendió la llave de hierro con mango en forma de trébol—. Hoy la da usted.
Carmen se quedó quieta. Miró la llave. Miró a don Paco.
—No sé hacerlo.
—Sabe hacerlo. Me hizo once preguntas sobre el escape de áncora hace veinte años. —Don Paco sonrió—. Sabe más que yo.
Carmen cogió la llave. Pesaba más de lo que parecía. Estaba caliente, de la mano de don Paco.
Luego se volvió. Por primera vez desde que había bajado del coche patrulla, miró a Samuel.
Él estaba donde había estado toda la mañana. Junto al portal. Al lado. No delante. Con las manos vacías, sin gafas, sin rotulador, sin ninguna broma. Mirándola.
—¿Me acompañas? —preguntó Carmen.
Samuel tardó un segundo en entender que le estaba preguntando.
—Sí —dijo.
* * *
Subieron la escalera de caracol de la torre los dos solos. Don Paco se quedó abajo, en la acera, con los demás, sentado en la silla plegable de Pilar, con un cruasán de Toni y una expresión de profunda satisfacción.
Ciento doce peldaños. Ella delante, con la llave de hierro. Él detrás, con las manos abiertas, sin tocarla.
En el peldaño sesenta y tres, Carmen se detuvo.
Samuel se detuvo dos peldaños más abajo. No dijo nada. Esperó.
—Gracias por no hablar —dijo Carmen, sin volverse.
—¿Cuándo?
—Abajo. Con Bellver. Antes de que llegara yo.
—Carmen apretó la llave—. Te conozco. Tenías una frase brillante en la punta de la lengua.
Algo sobre su reloj de acero. Lo vi en tu cara desde la esquina de la calle Cádiz.
Llevaba diez minutos en el coche patrulla esperando a que fueran las siete y media.
—¿Diez minutos?
—Quería que el reloj diera la media antes de bajar. —Carmen se encogió de hombros—. Me pareció más elegante.
Samuel se rio. Bajito. Por la nariz. En el peldaño sesenta y uno de una escalera de caracol de hierro.
—Y no la dijiste —siguió Carmen—. La frase. Te apartaste. Te pusiste al lado de don Paco. Y te callaste.
—Me dijiste al lado .
—Y te dije no delante .
—Y me dijiste no delante .
Carmen se volvió por fin. Le miró desde dos peldaños más arriba, con la llave de hierro en la mano y el casco blanco todavía puesto.
—No te he perdonado —dijo.
—Lo sé.
—Sigo enfadada.
—Lo sé.
—Firmaste una cosa sin preguntarme. Por miedo. Para protegerme. Y para protegerte. —Le temblaba la voz—. Eso no se arregla con una grúa.
—Lo sé.
—Pero hoy me has preguntado qué necesitaba. Y has hecho exactamente lo que te he dicho. Ni más ni menos. —Carmen respiró hondo—. Y eso no lo habías hecho nunca. En veinte años. Nunca.
Samuel no dijo nada. No podía.
—La comisión de patrimonio es el veintidós de junio —dijo Carmen—.
Me lo han dicho esta mañana desde la Dirección General.
Van a decidir la catalogación. Y quieren oír a todo el mundo.
A los vecinos. A los técnicos. A la propiedad.
—Hizo una pausa—. A mí no, porque soy la inspectora. Pero puedo ir como ciudadana.
—¿Y yo?
—Tú eres el arquitecto que firmó un precontrato con la propiedad y luego lo rescindió. —Carmen le miró—. Bellver va a usar eso. Va a decir que estás resentido. Que tienes intereses. Que tu obra rompió la medianera.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
Samuel tardó en contestar. Pensó en una frase brillante. Pensó en un plan. Pensó en una forma de arreglarlo todo él solo, por dentro, en silencio, como se arregla una viga sin que nadie vea la cicatriz.
Lo apartó.
—No lo sé —dijo—. ¿Qué crees tú que debería hacer?
Carmen se le quedó mirando. Muy quieta. En el peldaño sesenta y tres.
Luego, muy despacio, sonrió. No mucho. Una sonrisa pequeña, de lado, que se le escapó como se le escapaban las risas en El Palmar, por la nariz, contra su voluntad.
—Esa pregunta —dijo— me la deberías haber hecho hace dieciséis años.
—Ya lo sé.
—En el bar de la Escuela. Con dos cafés con leche.
—Ya lo sé.
—Pero me la has hecho ahora. —Carmen se volvió. Siguió subiendo, despacio, con la llave de hierro—. Sesenta y cuatro. Sesenta y cinco. Ya te lo diré. Cuando lo piense.
—¿A tu velocidad?
—A la mía. —Carmen no se volvió—. Que es la de un escape de áncora. Uno. Solo uno. Y espera.
Llegaron arriba. La sala de la máquina, con la luz blanca de la mañana entrando a través de la esfera del reloj y el péndulo yendo y viniendo, tic, tac, sin saber nada de grúas ni de órdenes ni de fiscalías.
Carmen se acercó al tambor. Metió la llave de hierro en el agujero. Se quedó un momento quieta.
—¿Cuántas vueltas? —preguntó.
—No lo sé —dijo Samuel—. Pregúntale al reloj.
Carmen le miró de reojo. Luego empezó a dar cuerda, despacio, escuchando. Una. Dos. Cinco. Diez. Las pesas subieron. La cadena subió. A la vuelta once, la llave se resistió. Carmen se detuvo.
—Ya está —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ha dicho que ya está bien. —Carmen sacó la llave—. Lo ha dicho la madera del bastidor. Ha crujido un poco.
Samuel se quedó mirándola. Ella le devolvió la mirada, en la sala de la máquina de un reloj de mil novecientos veintiocho, a las ocho de la mañana de un jueves de mayo, con una llave de hierro en la mano y un casco blanco en la cabeza.
—Eso lo dice Dani —dijo Samuel—. Que la madera habla.
—Ya lo sé. —Carmen se quitó el casco—. Me lo ha contado Júlia. Tienes un estudio lleno de gente que habla con las cosas.
—Tú también hablas con las cosas.
—Yo hablo con una tortuga —dijo Carmen—. Que no contesta.
—Kafka —dijo Samuel.
—Kafka —asintió ella—. Veintitrés años. Sin opinión sobre nada.
—A mí me miró el zapato.
—Eso es una opinión. —Carmen dejó la llave de hierro sobre el bastidor de roble, junto a la máquina—. Es la primera que le he visto tener en diez años.
Y entonces, por primera vez desde una acera de la avenida de Aragón con una caja de cartón en el brazo, Carmen Ortuño se rio.
De verdad. Con la cabeza echada hacia atrás.
En la torre del reloj. Y Samuel se rio con ella, a un metro, sin tocarla, al lado, mientras el péndulo iba y venía entre los dos, tic, tac, como si nada hubiera pasado y todo hubiera pasado a la vez.