Capítulo 18 · Al lado
La grúa llegó a las siete y doce.
Las seis y treinta y uno. Exacto. Como siempre.
No estaba solo mucho tiempo.
A las seis y cuarenta llegó Pau, en patinete eléctrico, con el casco de purpurina puesto y una pancarta enrollada bajo el brazo.
A las seis y cuarenta y cinco, Dani, en el Kangoo, con Vicent en el asiento del copiloto y cuatro sillas plegables en la parte de atrás.
A las seis y cincuenta, Júlia y Marina, juntas, andando desde el Cabanyal, con la agenda de pestañas y un taco de tarjetas.
A las seis y cincuenta y cinco, Álvaro con Ramón, en el Volvo gris, que aparcó encima de la acera con una impunidad que solo tienen los Volvos de dieciocho años.
A las siete, Toni, con una mesa plegable, un termo enorme de café y una bandeja de cruasanes, porque decía que no había manifestación que aguantara sin desayuno.
A las siete y cinco, Pilar, con dos tápers y una silla de playa.
Y a las siete y diez, por la esquina de la calle Cádiz, despacio, con un bastón que no había traído nunca y que alguien le había prestado, don Paco Ibáñez bajó del portal del cuarenta y uno con su chaleco de punto granate, sus gafas de relojero en la frente y la llave de hierro con mango en forma de trébol en la mano derecha.
Detrás de él, la señora Visitación en su silla de ruedas, empujada por el señor Martínez.
Y Quique, con su dibujo de la torre y el gato negro, que vio a Pau y corrió a abrazarle.
Pau desenrolló la pancarta. La misma sábana vieja del lunes de la catalogación. EL RELOJ NO MIENTE. La colgaron entre dos farolas, delante del portal.
Samuel les miró a todos, de pie en la acera, con el termo de café en la mano, sin poder decir nada.
Nadie le había pedido que vinieran. No se lo había pedido. Había escrito en el grupo del estudio una sola línea, a las once de la noche del miércoles: Mañana a las 7:30 viene la grúa a la calle Sueca. Nada más. No había escrito venid . No había escrito os necesito .
Habían venido todos.
Pilar se le acercó. Le quitó el termo de las manos. Le sirvió un café. Se lo puso en la mano.
—No has escrito venid —dijo—. Pero lo has escrito.
La grúa era un camión pluma amarillo, enorme, con un brazo articulado de treinta metros plegado sobre la cabina como el cuello de una jirafa dormida.
Llegó por la calle Sueca desde la Gran Vía, despacio, haciendo retroceder a dos coches mal aparcados, y se detuvo delante de la Finca del Reloj con un suspiro neumático.
Detrás de él venía una furgoneta blanca con el logotipo de un taller de restauración de Paterna.
Y detrás de la furgoneta, el coche eléctrico negro, sin hacer ningún ruido.
Bellver bajó del coche negro a las siete y catorce.
Traje azul marino. Zapatos de ante. Sin corbata.
Una sonrisa de colonia que se le quedó quieta, apenas un instante, al ver la pancarta, las sillas plegables, la mesa de Toni con los cruasanes, la señora Visitación en su silla de ruedas, Quique con su dibujo, y a quince personas de pie en la acera delante del portal del cuarenta y uno.
Luego vio a Samuel.
La sonrisa volvió. Más ancha.
—Samuel, Samuel. —Cruzó la calle con los brazos abiertos—. ¡Qué madrugador! Has venido a ver el desmontaje. Me alegro. Es tu proyecto, al fin y al cabo.
—Ya no es mi proyecto.
—Lo de tu burofax. —Bellver hizo un gesto con la mano, como quien espanta una mosca—.
Ya lo he leído. Muy dramático. Mis abogados dicen que no tiene ningún valor.
Firmaste un precontrato sin coacción, ante testigos, en mi despacho, con mi pluma.
—Sonrió—. Te vamos a demandar, claro. Pero eso es otra cosa. Hoy venimos a conservar el reloj.
—Hoy no vais a tocar el reloj.
—Tengo una orden de intervención de urgencia. Firmada por el arquitecto del proyecto. —Bellver sacó un papel del bolsillo de la americana y lo desplegó—. Con tu firma.
—Esa firma está denunciada en una comisaría de la Gran Vía desde el lunes a las once y media de la noche.
Bellver le miró. La sonrisa se le quedó quieta otra vez. Más tiempo.
—Una denuncia no es una sentencia —dijo.
—Ya lo sé.
—Hasta que un juez diga lo contrario, esta orden vale. —Bellver dobló el papel—. Y la grúa sube a las siete y media.
Samuel miró el reloj de la torre. Las siete y dieciséis.
No dijo nada. Pensó en decir algo. Pensó en una frase brillante, una de las suyas, de las que hacían reír a todo el mundo en las reuniones, de las que había usado durante cuarenta años como quien se pone una chaqueta.
La tenía en la punta de la lengua. Marcos, tu reloj de acero cuesta lo mismo que esta obra y no da la hora tan bien. Algo así.
No la dijo.
Había escrito al lado . Y ella había escrito no delante .
Se apartó un paso. Se quedó junto al portal, junto a don Paco, que tenía la llave de hierro apretada contra el pecho como un crucifijo, y no dijo nada más.
Bellver le miró, desconcertado. Esperaba algo. Una pelea, una broma, un discurso. No esperaba que Samuel Vidal se callara.
—Bien —dijo Bellver al fin—. Me alegro de que seas razonable.
* * *
A las siete y veinticinco, los operarios del taller de Paterna empezaron a desplegar el brazo de la grúa.
Fue un movimiento lento, hidráulico, enorme.
El brazo amarillo se desplegó sobre la calle Sueca como el cuello de un animal prehistórico desperezándose.
Una sección. Dos. Tres. Subió por delante de la fachada de la Finca del Reloj, por delante de los balcones de forja con forma de olas, de los miradores de hierro y madera, del balcón del primer piso con su grieta en diagonal y sus tres agujeros tapados con mortero de cemento.
Subió hasta la cornisa. Hasta la base de la torre.
En la acera, nadie hablaba. La señora Visitación se tapó la boca con la mano. Quique se agarró al brazo de Pau. Don Paco no se movió.
Samuel miraba el reloj. Las siete y veintiocho.
Miró hacia la esquina de la calle Cádiz. Nada.
Las siete y veintinueve.
Miró hacia la Gran Vía. Nada.
El brazo de la grúa se detuvo a la altura de la esfera blanca del reloj, a un metro de distancia, con el gancho balanceándose delante de los números romanos. Un operario con un chaleco reflectante se asomó desde la cesta, con un taladro en la mano, preparado para quitar los tornillos de la esfera.
Las siete y treinta.
Y el reloj dio la media.
Una campanada sola. Grave. Enorme. A un metro del operario de la cesta, que se sobresaltó tanto que se le cayó el taladro.
El taladro bajó por la fachada de la Finca del Reloj dando vueltas, rebotó en una barandilla de forja con forma de ola y se estrelló en la acera, a dos metros de los zapatos de ante de Marcos Bellver, partido en tres trozos.
Hubo un silencio absoluto en la calle Sueca.
Y en ese silencio, por la esquina de la calle Cádiz, se oyó un coche patrulla.
* * *
No traía la sirena. Traía las luces azules encendidas, girando, sin ruido, y se detuvo detrás de la grúa amarilla con una suavidad casi educada.
Se abrió la puerta del conductor. Bajó un agente de la policía local, joven, con gafas de sol y una carpeta bajo el brazo. Se abrió la puerta del copiloto.
Bajó Carmen.
Llevaba unos pantalones grises, una camisa blanca, la coleta tirante y el casco blanco del ayuntamiento bajo el brazo, como el primer jueves de la inspección.
En la otra mano, una carpeta de anillas.
No miró a nadie. Ni a Bellver, ni a la grúa, ni a la pancarta, ni a las quince personas de la acera. Ni a Samuel.
Fue directa al camión. Se detuvo junto a la cabina. Levantó la vista hacia el operario de la cesta, que seguía a un metro de la esfera del reloj, sin taladro, con la cara blanca.
—Baje, por favor —dijo, con la voz de las inspecciones.
El operario miró a Bellver. Bellver no dijo nada.
—Baje, por favor —repitió Carmen—. Tiene usted una orden de suspensión inmediata de cualquier intervención sobre el elemento singular de este edificio. Se la va a notificar ahora mismo el agente.
El agente de la policía local se acercó a Bellver. Abrió la carpeta. Sacó un papel. Se lo tendió.
—¿Don Marcos Bellver Puig? En representación de Turia Capital, S.L.
Bellver no cogió el papel.
—Esto es un error —dijo—. Tengo una orden de intervención de urgencia firmada por el arquitecto.
—La orden de intervención de urgencia de su empresa no sustituye la autorización preceptiva de la Dirección General de Patrimonio —dijo Carmen, sin volverse hacia él, sin dejar de mirar al operario de la cesta—.
Artículo cuarenta y siete de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano.
Con la incoación de catalogación vigente desde el diecinueve de abril.
Y con copia a la Dirección General desde ayer a las nueve menos diez.
—¿Quién firma esto?
—Yo. —Carmen se volvió por fin hacia él. Se quitó el casco de debajo del brazo y se lo puso, despacio, ajustándolo con un tirón seco—. Carmen Ortuño Peris. Inspectora urbanística. De guardia.
Bellver se quedó mirándola. La sonrisa ya no estaba. No se le quedaba quieta. Simplemente no estaba.
—Te habían retirado el expediente disciplinario —dijo, muy bajo—. Gracias a mí.
—Me habían devuelto la carrera a cambio de la firma de otra persona. Sin preguntarme. —Carmen le sostuvo la mirada—. No acepté el trato.
—Te vas a arrepentir.
—Probablemente. —Carmen se volvió hacia el agente—. Notifíquele, por favor.
El agente le tendió otra vez el papel a Bellver.
Bellver lo miró. Miró la grúa. Miró al operario de la cesta, que bajaba ya, despacio, con el brazo hidráulico replegándose detrás de él como un animal que se retira.
Miró a las quince personas de la acera. A la señora Visitación.
A Quique. A don Paco, con su llave de hierro contra el pecho.
Cogió el papel.
—Mis abogados… —empezó.