Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 17 · Nadie me ha preguntado #2
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Capítulo 17 · Nadie me ha preguntado #2

—Mi servicio. Del que soy inspectora. Desde mañana. —Carmen apretó la taza—. Porque han retirado la denuncia contra mí. Porque él ha firmado. Porque Bellver necesitaba su firma y me ha devuelto mi despacho a cambio.

Nadie dijo nada. La ironía se quedó flotando sobre la mesa de metal, entre las tarjetas de colores.

—Mañana es miércoles —dijo Pilar—. ¿Quién está de guardia en tu servicio los miércoles?

Carmen tardó un segundo en contestar.

—Yo —dijo—. Los miércoles estoy de guardia yo. Desde hace catorce años. Lo pidió Coll. Porque los miércoles hay menos denuncias y Ferrandis tiene pilates.

Pilar sonrió. Una sonrisa lenta, satisfecha, de alguien que ha ganado una partida de dominó haciendo trampas.

—Pues ya está —dijo.

*  *  *

El miércoles a las siete y veintiocho, Carmen cogió el autobús a la avenida de Aragón.

A las siete y cincuenta entró en el edificio de Urbanismo.

El de seguridad la saludó con un «buenos días, Ortuño» como si no hubiera pasado nada.

En el ascensor se encontró a Ferrandis, que la miró con una mezcla de sorpresa y de vergüenza y bajó la vista a sus zapatos.

En el pasillo del tercer piso, Nieves, que había subido de terrazas expresamente para verla llegar, le dio un abrazo y un donut envuelto en una servilleta.

—Has vuelto —dijo Nieves.

—He vuelto.

—Ten cuidado. Coll está raro. Lleva dos días sin la segunda caricia.

Su despacho estaba igual. La mesa de formica gris.

El archivador metálico. El ficus de plástico.

La silla de las visitas coja. El calendario de la Junta Central Fallera, que alguien había cambiado de marzo a mayo mientras ella estaba en terrazas.

Carmen se quedó en la puerta mirándolo todo.

Luego se sentó. Encendió el ordenador. Le habían devuelto el acceso al sistema a las siete de la mañana.

A las ocho y cuatro entró en el registro una denuncia.

Denuncia por intervención sin licencia en edificio en trámite de catalogación como Bien de Relevancia Local.

Finca de la calle Sueca, número cuarenta y uno.

Desmontaje previsto de la maquinaria del reloj público de 1928, elemento singular objeto de la incoación, para el jueves a las ocho horas, mediante grúa, sin autorización previa de la Dirección General de Patrimonio.

Denunciante: Francisco Ibáñez Roig, inquilino del cuarto piso.

Adjuntaba la foto de la orden de desmontaje que Dani había hecho el lunes. Y una nota manuscrita, escaneada, con letra temblorosa, en una hoja de libreta de hule negro:

Le doy cuerda desde 1975. Lunes y jueves. Mañana es jueves.

Carmen la leyó dos veces. Luego la asignó al servicio de guardia. Al inspector de guardia. A ella.

Tardó cuarenta minutos en redactar la orden.

La redactó como lo hacía todo, con su letra pequeña y vertical convertida en tipografía de ordenador, punto por punto, artículo por artículo, sin un adjetivo de más.

Orden de suspensión inmediata de cualquier intervención sobre la maquinaria del reloj público de la finca de la calle Sueca, número cuarenta y uno, por carecer de autorización de la Dirección General de Patrimonio, preceptiva en virtud del artículo cuarenta y siete de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano.

Con apercibimiento de las responsabilidades administrativas y penales en caso de incumplimiento.

Le pidió a la policía local un agente para notificarla en mano a las siete y media del jueves en la calle Sueca.

Mandó copia a la Dirección General de Patrimonio.

Y a la fiscalía de medio ambiente y urbanismo, con una nota breve y el dosier de cuarenta páginas sobre Inversiones Marí-Albert, S.L.

, las tres fincas de Héctor Mollà y la solicitud de la señora Empar Soriano.

La firmó a las nueve menos diez.

A las nueve y cinco, Bernabé Coll entró en su despacho sin llamar.

*  *  *

No se sentó. Se quedó de pie en el umbral, con el traje gris, el Montblanc en el bolsillo y una cara que Carmen no le había visto nunca en nueve años: sin sonrisa, sin voz de radio, sin caricias. Una cara de clavo en una tabla lijada.

—Anúlala —dijo.

Carmen no se levantó.

—Buenos días, señor Coll.

—Anula la orden. Ahora.

—No puedo. Ya está notificada a Patrimonio. Y a la policía local.

—Pues mándales otra. Diciendo que ha sido un error.

—No ha sido un error. —Carmen apoyó las manos sobre la mesa de formica—.

Hay una denuncia de un vecino. Hay una incoación de catalogación.

Hay un artículo de una ley. Hay una intervención prevista sin autorización.

Y hay una inspectora de guardia. —Hizo una pausa—.

Yo. Como todos los miércoles desde hace catorce años. Porque Ferrandis tiene pilates.

Coll entró en el despacho. Cerró la puerta. Se acercó a la mesa. Se inclinó sobre ella, con las dos manos apoyadas en la formica gris, a medio metro de su cara.

—Carmen —dijo, en voz muy baja—. Te han retirado la denuncia. Has vuelto a tu despacho. Tienes tu carrera. Tienes tu sueldo. Tienes tu silla coja. —Le temblaba un músculo en la mejilla—. Te lo han devuelto todo. ¿Sabes por qué?

—Sí.

—Entonces sabes lo que te va a pasar si sigues.

—Sí.

—¿Y sigues?

Carmen le sostuvo la mirada. Pensó en un hombre con gafas de pasta y un rotulador detrás de la oreja vomitando el café en un alcorque de la calle Colón, aunque ella no lo había visto. Pensó en una firma pegada con un borde pixelado. Pensó en te pido ayuda .

—Me han devuelto la carrera a cambio de la firma de otra persona —dijo—.

Sin preguntarme. Y yo no he aceptado el trato.

—Abrió el cajón de la mesa. Sacó una carpeta.

Gruesa. La dejó sobre la formica, entre las manos de Coll—.

Esto es una copia de lo que he mandado a la fiscalía de urbanismo esta mañana.

Le dejo una a usted. Por cortesía. —Hizo una pausa—.

Página once. Inversiones Marí-Albert. Su mujer.

Coll se quedó inmóvil. Miró la carpeta. No la tocó.

Pasó un tiempo muy largo. En el pasillo se oía a alguien hablar por teléfono. El ficus de plástico estaba quieto en su rincón, como siempre.

Luego Bernabé Coll se enderezó. Se ajustó la americana. Cogió la carpeta.

—Eres la más rigurosa del servicio —dijo, muy despacio. Una sola vez. Sin caricia.

—Lo dice siempre —contestó Carmen.

Coll salió del despacho. No cerró la puerta.

Carmen se quedó sentada. Le temblaban las manos. Las puso sobre la mesa, abiertas, y las miró hasta que dejaron de temblar. Tardaron cuatro minutos.

Luego cogió el móvil. Abrió la conversación. Escribió.

Orden de suspensión firmada a las 8:50. Notificación en mano mañana a las 7:30 con un agente de la policía local. Copia a Patrimonio y a fiscalía. Coll lo sabe.

La respuesta llegó en catorce segundos.

Gracias.

Y luego, un minuto después:

¿Qué más necesitas tú?

Carmen se quedó mirando la pantalla. Él le estaba preguntando. Otra vez. A ella. Qué necesitaba ella.

Pensó en contestar nada . Era lo que contestaba siempre. A su madre, a Nieves, a todo el mundo. Nada, estoy bien, no necesito nada.

Escribió otra cosa.

Que estés mañana a las 7:30 en la calle Sueca. Al lado. No delante.

Lo envió antes de arrepentirse.

La respuesta tardó un rato. Cuando llegó, era una sola palabra.

Al lado.