Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 17 · Nadie me ha preguntado
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Capítulo 17 · Nadie me ha preguntado

Le había contestado a las cuatro y doce de la madrugada porque a las cuatro y once había terminado de leer el mensaje por décima vez.

Carmen estaba en la cama, a oscuras, con el móvil boca abajo sobre la mesilla, desde las doce menos dos.

No había dormido. No había intentado dormir.

Había oído vibrar el móvil a las once y cincuenta y siete y había sabido quién era sin mirarlo, y lo había dejado boca abajo durante cuatro horas, mirando el techo, escuchando a Kafka moverse en su terrario con la lentitud de un trámite administrativo, pensando en un banco de madera del andén tres de la Estació del Nord y en un bocadillo de tortilla con cebolla que se le había caído al suelo.

A las cuatro menos diez lo había girado. Había leído el mensaje.

Te pido ayuda.

Lo había leído diez veces. A la décima, se había dado cuenta de que llevaba dieciséis años esperando leer esas tres palabras.

No lo siento . No te quiero . No vuelve .

Te pido ayuda. Dichas por un hombre que en cuatro años de carrera y dieciséis de ausencia nunca le había pedido nada, ni una sola vez, porque siempre había preferido hacer una broma.

No le había perdonado. Lo sabía con la cabeza. Seguía enfadada. Seguía sintiendo la línea gruesa de rotulador sobre el plástico del protocolo, de lado a lado, como una cicatriz.

Pero le había preguntado.

¿Qué necesitas?

Y luego había apagado el móvil y se había dormido dos horas, de golpe, como se cae un andamio cuando le quitas el último anclaje.

A las ocho de la mañana del martes, Marina Lluch la estaba esperando en la puerta del bar de Toni.

No había quedado con ella. No había quedado con nadie.

Había salido de casa a las siete y cuarto, por costumbre, aunque no tenía adónde ir hasta el miércoles, y había cogido el autobús de las siete y veintiocho, por costumbre también, y en lugar de bajarse en la avenida de Aragón se había bajado en la avenida del Puerto, sin saber por qué, y había caminado hasta el Cabanyal.

Y Marina estaba allí, con un vaso de café en cada mano, en la acera, delante del bar.

—Toni me ha mandado un mensaje —dijo Marina, tendiéndole uno de los cafés—. Te ha visto bajar del autobús en la avenida del Puerto. Tiene un primo que conduce la línea diecinueve.

—Este barrio es una red de espionaje.

—Este barrio es una familia. Que es parecido. —Marina señaló la terraza con la barbilla—. Siéntate. Están viniendo.

—¿Quiénes?

Marina no contestó. Carmen se sentó en una silla de la terraza, de metal, fría todavía por la noche.

A los dos minutos llegó Júlia Ferrer, en bici, con la agenda de pestañas en la cesta y una bolsa de papel con ensaimadas.

A los cinco, Pilar Sanchis, andando despacio por la calle de la Reina, con un táper de cristal y una chaqueta de punto encima de los hombros.

Se sentaron las tres alrededor de la mesa de metal sin decir nada, como quien se sienta en un velatorio.

Toni salió del bar con una bandeja. Cuatro cortados, sin preguntar cómo los quería nadie. Una horchata. La dejó delante de Carmen.

—Invita la casa —dijo—. Por lo de ayer.

—No ha pasado nada ayer.

—Ayer subiste sola la escalera del estudio y bajaste sola la escalera del estudio. —Toni se encogió de hombros—. Eso pasó. Lo vi desde la barra.

Y volvió a entrar.

Carmen miró la horchata. No la tocó.

—Bueno —dijo Pilar, abriendo el táper. Dentro había croquetas, frías, de pollo y jamón—. Estamos aquí.

—¿Para qué?

—Para que nos digas lo que no dijiste ayer. —Pilar le empujó el táper—. Ayer dijiste muchas cosas. Muy bien dichas. Muy rigurosas. Con el registro mercantil y todo. Me dejaste impresionada. —Hizo una pausa—. Pero no dijiste lo importante.

—¿Y qué es lo importante?

Pilar no contestó. Miró a Marina.

Marina dejó el café en la mesa. Se quedó un momento callada, mirando el vaso de cartón.

—En diciembre —dijo—, Álvaro me apartó de la obra del Rosario con un correo de tres puntos numerados.

Para protegerme, dijo. Y yo me fui. Con una mochila.

Delante de todos. —Levantó la vista hacia Carmen—.

Y lo que más me dolió no fue que me apartara.

Fue que no me lo preguntara. Que decidiera él solo qué era lo mejor para mí.

Carmen no dijo nada.

—En marzo —dijo Júlia, abriendo la agenda sin mirarla, más por tener las manos ocupadas que por otra cosa—, yo le hice a Dani un plan a cinco años.

Sin preguntarle. Porque creía que se estaba desperdiciando.

Le inscribí en un concurso público sin decírselo.

—Cerró la agenda—. Y él lo encontró. Y me dijo que no me lo había preguntado porque sabía lo que iba a decir.

Y yo le dije que no me lo había dicho porque sabía lo que iba a hacer.

—Sonrió sin alegría—. Los dos habíamos decidido por el otro.

Carmen miró la horchata. Miró las croquetas. Miró a las tres mujeres sentadas a su alrededor en la terraza de un bar del Cabanyal a las ocho de la mañana de un martes.

—Nadie me ha preguntado —dijo.

Lo dijo muy bajo. Casi sin voz. Las tres se quedaron quietas.

—Nadie me ha preguntado nunca nada —siguió Carmen, mirando la mesa—.

Hace dieciséis años, él decidió no coger un tren y me lo dijo una semana después.

Mi padre decidió esconderle a mi madre cuarenta mil euros de deudas y se murió sin decírselo.

Mi jefe decidió apartarme del expediente por mi propio bien.

Y ayer él decidió vender la Finca del Reloj para salvar mi carrera.

—Levantó la vista—. Todo el mundo decide por mí.

Por mi bien. Para protegerme. Y nadie me pregunta.

—Por eso cumples todas las normas —dijo Pilar, muy suave.

Carmen se volvió hacia ella.

—Porque las normas sí te preguntan —siguió Pilar—. Te dicen qué hay que hacer, y tú decides si lo haces. Y si lo haces bien, nadie te puede decir nada. Las normas son lo único que no decide por ti.

Carmen se quedó sin respiración.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque yo me fui seis meses a Castellón en el noventa y tres. —Pilar cogió una croqueta—. Por lo mismo. Porque alguien decidió por mí. Para protegerme. Con una hipoteca.

Hubo un silencio en la mesa de metal. En la calle, pasó un repartidor en bici. Un perro ladró en un balcón.

Marina sacó el móvil del bolsillo. Lo dejó sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba. En la pantalla, una captura. Un mensaje. Te pido ayuda.

—Me lo ha enseñado él esta mañana —dijo Marina—.

A las siete. En el estudio. Llevaba allí desde las cinco.

Me ha preguntado si estaba bien escrito.

Si le faltaba algo. Si se había equivocado en algo.

—Hizo una pausa—. Le he dicho que no le faltaba nada.

Que era la primera vez en diez años que le veía escribir algo sin una sola broma.

Carmen miró la captura. No dijo nada.

—Te está preguntando, Carmen —dijo Marina—. Por primera vez. Ahora. Te está preguntando qué hacer.

—Ya lo sé. Le he contestado.

Las tres levantaron la cabeza a la vez.

—¿Le has contestado? —preguntó Júlia.

—A las cuatro y doce de la madrugada.

—¿Y qué le has dicho?

Carmen cogió la horchata. Le dio un sorbo, por fin. Estaba fría, dulce, con un punto de canela. Estaba buenísima.

—Le he preguntado qué necesita —dijo.

Pilar dejó la croqueta en el táper. Se tapó la boca con la mano. Júlia cerró los ojos un segundo. Marina sonrió, despacio, con una sonrisa que le cambiaba la cara entera.

—Eso no es un perdón —dijo Carmen, muy rápido—. Que quede claro. No le he perdonado.

—Ya lo sabemos —dijo Marina.

—Sigo enfadada.

—Ya lo sabemos.

—Mucho.

—Ya lo sabemos —dijo Pilar—. Se te nota. Comes la croqueta de lado. Como tu padre.

Carmen se quedó quieta.

—¿Conoció a mi padre?

—Me hizo la reja del balcón de la calle de la Reina en el ochenta y cuatro.

—Pilar sonrió—. Hablaba mucho. Muy simpático.

Y cuando un cliente no le pagaba, comía de lado.

Lo vi una vez en el bar de Toni. —Se encogió de hombros—.

Este barrio es pequeño, hija. Todo el mundo ha conocido a todo el mundo.

*  *  *

Planearon el jueves en la mesa de metal de la terraza del bar de Toni, entre croquetas frías, ensaimadas y cortados que Toni iba renovando sin que nadie se los pidiera.

Lo planearon como Marina planeaba las obras: con tarjetas.

Marina sacó un taco del bolso y un rotulador, y cada vez que alguien decía algo, lo apuntaba en una tarjeta y la ponía sobre la mesa, alineada con las demás.

Al cabo de una hora había diecisiete tarjetas sobre la mesa de metal, sujetas con los cortados para que no se las llevara el viento.

—El problema es el papel —dijo Carmen—. La orden de desmontaje.

Tiene un sello de Turia Capital y la firma de Samuel.

Aunque la firma sea falsa, mientras no lo diga un juez, es un papel firmado por un arquitecto.

Y una empresa con un papel firmado por un arquitecto puede hacer una intervención de urgencia en un edificio de su propiedad sin licencia previa.

—Pero hay una incoación de catalogación —dijo Júlia—. Artículo cuarenta y siete. Cualquier intervención sobre un elemento singular necesita autorización previa de Patrimonio.

—Sí. Pero Patrimonio no está en la calle Sueca el jueves a las ocho de la mañana con una grúa.

—Carmen dejó la croqueta—. Patrimonio está en un despacho de la Generalitat.

Y para que alguien de Patrimonio se entere de que hay una grúa en la calle Sueca, alguien tiene que llamarle.

Y para que ese alguien mande un inspector, tiene que haber un expediente abierto. Y para abrir un expediente…

—Hace falta una denuncia —dijo Marina.

—Hace falta una denuncia. Por intervención sin licencia en un bien en trámite de catalogación. —Carmen asintió—. La puede presentar cualquier vecino. Mañana miércoles. Por registro. Y la tramita el servicio de inspección urbanística del ayuntamiento. Que es…

—Tu servicio —dijo Júlia.