Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 16 · Peldaño sesenta y tres #2
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Capítulo 16 · Peldaño sesenta y tres #2

—Esta máquina lleva casi cien años aquí —dijo, dando vueltas—.

La encargó un arquitecto que había llegado tarde a demasiadas cosas en su vida.

Y yo le llevo dando cuerda cincuenta y un años.

Lunes y jueves. Nunca he faltado. Ni el día que se murió mi mujer.

—Terminó. Sacó la llave. La miró—. Y el jueves vienen con una grúa a llevársela a un taller de Paterna, con un papel firmado por usted.

—No van a venir.

—¿Cómo lo sabe?

Samuel entró en la sala de la máquina. La luz blanca de la tarde entraba a través de la esfera del reloj. El péndulo iba y venía. Tic. Tac.

—Porque voy a hacer lo que no he hecho nunca —dijo.

—¿Qué?

—Pedir ayuda.

*  *  *

Lo hizo esa misma noche. En orden. Como una lista de comprobación. Como lo habría hecho ella.

A las ocho, desde el estudio, con Álvaro delante, envió un burofax a Turia Capital, calle Colón catorce, quinta planta, a la atención de don Marcos Bellver Puig.

Lo redactó Júlia, que había heredado de su padre una capacidad para escribir burofaxes que daba miedo.

Era una página. Decía que el arquitecto Samuel Vidal Mora rescindía unilateralmente el precontrato de arrendamiento de servicios firmado esa misma mañana, por vicio en el consentimiento, por inclusión de cláusulas abusivas no negociadas y por uso fraudulento de su firma en un documento que no había suscrito.

Que no autorizaba la utilización de su nombre en el proyecto básico presentado en el registro municipal.

Y que se reservaba el ejercicio de las acciones penales que le correspondieran por falsificación de documento.

—Te van a demandar —dijo Álvaro, leyéndolo por encima de su hombro.

—Que me demanden.

—Por incumplimiento del precontrato. Por daños y perjuicios. Por todo lo que se les ocurra.

—Que me demanden —repitió Samuel—. El dinero va y viene. Lo dijo Dani.

—Lo dijo Dani —asintió Álvaro, con media sonrisa—. Que es carpintero.

A las nueve, desde el estudio, con Júlia delante, presentó por registro electrónico un escrito en el expediente de urbanismo de la Finca del Reloj, retirando su nombre del proyecto básico de Turia Capital y comunicando que la firma que aparecía en la orden de desmontaje del reloj había sido utilizada sin su consentimiento.

Adjuntó la foto de Dani, ampliada, con el borde pixelado de la flecha.

A las nueve y media, desde la comisaría de policía de la calle Gran Vía de Fernando el Católico, con Ramón Casal sentado a su lado en una silla de plástico porque había insistido en acompañarle y nadie había podido convencerle de lo contrario, presentó una denuncia por falsificación de documento privado contra Marcos Bellver Puig.

Tardaron dos horas. Ramón no se quejó ni una vez.

Cuando terminaron, al salir de la comisaría, Ramón se detuvo en la acera, apoyado en el bastón, y le miró con su media sonrisa torcida.

—Yo en el noventa y tres hipotequé mi casa sin decírselo a nadie —dijo—. Para proteger a mi mujer y a mi socia. Y se me fueron las dos.

—Me lo ha contado Pilar.

—Pilar lo cuenta todo. —Ramón se encogió de hombros—. Pero no te ha contado cómo volvieron.

—¿Cómo?

—Fui a buscarlas. Con los papeles. Y les di la firma.

—Ramón le dio una palmada en el brazo con la mano buena—.

No les pedí perdón. Les di la firma. Para que decidieran ellas conmigo.

—Hizo una pausa—. Tú hoy has hecho lo contrario.

Le has quitado la firma a ella y se la has dado a otro.

—Se volvió hacia el taxi que esperaba en la esquina—. Ahora tienes que devolvérsela.

*  *  *

A las once y cuarto de la noche, en el sofá de terciopelo verde de su piso de la calle Literato Azorín, sin perro, porque era semana par y Mies dormía en un ático de la Gran Vía sobre una manta de cuadros junto a un sofá blanco prohibido, Samuel cogió el móvil.

Abrió la conversación con Carmen. Sus nueve mensajes sin respuesta. Sus dos marcas grises.

Escribió. Borró. Escribió otra vez. Borró. Escribió durante veinte minutos y borró durante veinte minutos, y al final, a las once y cincuenta y cinco, se quedó con la pantalla en blanco y el cursor parpadeando, como un péndulo muy pequeño.

Entonces escribió lo único que no había escrito nunca. A nadie. En cuarenta años.

No te pido perdón todavía. No me lo merezco todavía. Te pido ayuda.

He rescindido el precontrato. He retirado mi nombre del proyecto. He denunciado a Bellver por falsificar mi firma en una orden para desmontar el reloj el jueves con una grúa.

Pero no sé cómo parar la grúa. Y no sé cómo salvar la finca sin ti. Y no sé cómo hacer nada de esto bien si no me lo dices tú.

Tengo miedo. Lo digo en voz alta. Aunque esté tachado.

Necesito ayuda. Ya.

Lo leyó tres veces. Le puso un punto al final. Lo envió a las once y cincuenta y siete.

Dos marcas grises.

Se quedó mirando la pantalla. Las doce. Las doce y cuarto. Las doce y media. Nada. Las marcas seguían grises. Se levantó. Fue a la cocina. Bebió un vaso de agua. Volvió al sofá. La una. Nada.

A la una y veinte se quedó dormido en el sofá de terciopelo verde, con el móvil en el pecho, sin perro en los pies, sin gafas, sin rotulador.

Le despertó una vibración a las cuatro y doce de la madrugada.

Abrió los ojos. Miró la pantalla.

Dos marcas azules.

Y debajo, un mensaje. Corto. Con letra de móvil, que no era pequeña ni vertical ni grande ni inclinada, pero que él leyó como si lo fuera.

¿Qué necesitas?

No era un perdón. Era una pregunta.

Samuel se quedó mirándola en la oscuridad del salón hasta que se le apagó la pantalla. Luego la encendió otra vez y la siguió mirando, porque era lo más bonito que le habían escrito nunca.