Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 16 · Peldaño sesenta y tres
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Capítulo 16 · Peldaño sesenta y tres

Nadie habló durante mucho tiempo después de que Carmen se fuera.

Samuel se quedó de pie en el centro de la sala grande, con el rotulador en la mano, mirando el protocolo plastificado que ella había dejado sobre la mesa.

Los seis puntos de letra pequeña y vertical.

El séptimo, con su letra grande e inclinada, tachado con una línea recta, gruesa, de lado a lado. Las dos firmas al lado, intactas.

No lo había roto. No se podía romper. Estaba plastificado. Lo había tachado y lo había dejado ahí, encima de la mesa, como quien deja una prueba en un expediente para que alguien la lea.

Pilar fue la primera en moverse. Entró en la sala grande, cerró la puerta del estudio despacio, sin hacer ruido, y fue a la cocina.

Se oyó el ruido de la cafetera. Nadie dijo nada mientras el café subía.

Luego Pilar volvió con una bandeja con seis tazas, la dejó sobre la mesa junto al protocolo y se sentó en la silla de la entrada.

—Bueno —dijo—. Ya está. Ya ha pasado lo peor.

—Pilar, no ha pasado lo peor —dijo Samuel.

—Sí ha pasado. Lo peor es cuando te lo dicen a la cara delante de todos. —Pilar cogió una taza—. Lo que viene ahora es lo difícil. Que es otra cosa.

Álvaro se acercó a la mesa. Cogió el protocolo. Lo leyó entero, de arriba abajo, sin decir nada, con su cara de hoja de cálculo. Cuando llegó al punto séptimo tachado, se detuvo.

—«Si alguna de las partes tiene miedo, lo dirá. Aunque sea en usted» —leyó en voz alta.

—Lo escribí yo —dijo Samuel—. En El Palmar. Con este rotulador. Copiando tu cláusula.

—Mi cláusula la escribió Marina —dijo Álvaro—. Yo solo la firmé.

—Yo también firmé esta.

—Ya lo veo. —Álvaro dejó el protocolo sobre la mesa—. Y luego hiciste exactamente lo contrario.

Samuel no contestó.

Marina se acercó por detrás de Álvaro. Le puso una mano en el brazo, un gesto pequeño, casi invisible, que Samuel había visto muchas veces desde diciembre y que siempre le había parecido de una intimidad casi insoportable.

—En diciembre —dijo Marina, mirando a Samuel—, cuando me fui de aquí con una mochila, estuve una semana sin saber qué hacer. Ordené el piso. Fui a Xàtiva. Fui a la calle Sagunto a ver un edificio. —Hizo una pausa—. Y lo que me hizo volver no fue que él me pidiera perdón. Fue que me pidió ayuda.

—«Necesito ayuda. Ya.» —dijo Pilar, desde la silla—. Con punto.

Marina sonrió, sin alegría.

—No me pidió perdón. Me pidió ayuda. Eso fue lo que me hizo volver. Porque era lo único que no había hecho nunca. —Se volvió hacia Samuel—. ¿Le has pedido ayuda alguna vez a Carmen? ¿En dieciséis años? ¿Una sola vez?

Samuel lo pensó. Lo pensó de verdad, con todo el cuerpo, de pie en el centro de la sala grande, con el rotulador en la mano.

En la Escuela, era ella la que le ayudaba. Con Teoría de las Estructuras. Con los cálculos. Con la vida. Y él la hacía reír. Eso era el trato. Ella sabía cosas y él hacía bromas.

En la estación, él no la llamó. No le pidió que le esperara tres meses más. No le preguntó si le parecía bien. Decidió solo. Y luego le mandó un mensaje explicándole lo que había decidido.

En la torre, él no le contó lo de las fotos.

Esta mañana, él firmó solo.

—No —dijo.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer —dijo Marina.

*  *  *

Fue Dani quien le dio la noticia del reloj.

Llegó a las seis de la tarde, sin aliento, con la camiseta llena de serrín y el móvil en la mano.

Había ido a la Finca del Reloj a ver las tejas que había fijado con Vicent el sábado y se había encontrado a dos hombres con chaleco reflectante bajando de la torre con un metro láser, una tablet y un papel.

—Dicen que van a desmontar la máquina —dijo—. El jueves. Con una grúa por la fachada. Para llevársela a un taller de Paterna y restaurarla. Mientras dura la catalogación. Para «conservarla». —Dani se sentó en una silla, jadeando—. Don Paco estaba en el rellano del cuarto llorando. Pau está con él.

—No pueden desmontar la máquina —dijo Júlia—. Hay una incoación de catalogación. Cualquier intervención sobre el elemento singular necesita autorización de Patrimonio.

—Tienen un papel. —Dani le tendió el móvil a Samuel—. Le he hecho una foto.

Samuel cogió el móvil. Amplió la foto.

Era una hoja con el membrete de Turia Capital.

Orden de intervención de urgencia sobre elemento singular.

Desmontaje preventivo de la maquinaria del reloj para su conservación en taller especializado durante la tramitación del procedimiento de catalogación.

Con una fecha, la de ese mismo día. Con un sello.

Y al pie, una firma. Grande, inclinada, con una flecha que no era normativa saliendo de la última letra.

La suya.

Samuel se quedó mirándola sin poder respirar.

—Yo no he firmado esto —dijo.

—Es tu firma —dijo Dani.

—Es mi firma. Pero yo no he firmado esto.

—Samuel amplió más la foto. La miró de cerca.

Vio el borde pixelado alrededor de la flecha.

La tinta ligeramente más gris que el resto del documento.

El trazo idéntico, exactamente idéntico, milímetro a milímetro, al de la cuarta página del precontrato que había firmado esa mañana con una pluma de laca roja—.

La han escaneado. Del precontrato. La han pegado.

—Eso es falsificación de documento —dijo Júlia, muy despacio.

—Eso es Bellver —dijo Samuel.

Dejó el móvil sobre la mesa. Se quedó mirando el panel de corcho. La columna de la Finca del Reloj. La tarjeta de Marina: Samuel V. Bloqueado: él mismo.

Y entendió, de golpe, con una nitidez que le dio frío en la nuca, que no había comprado la carrera de Carmen.

Había vendido su firma. Y que Bellver iba a usarla para todo.

Para desmontar el reloj. Para la prensa.

Para la Comisión de Patrimonio. Para cualquier cosa que necesitara, durante todo el tiempo que hiciera falta, con una flecha que no era normativa saliendo de la última letra.

—Tengo que ir a la finca —dijo.

Don Paco estaba en el rellano del cuarto, sentado en una silla de cocina que Pau le había sacado de su piso, con la llave de hierro con mango en forma de trébol sobre las rodillas y la cara entre las manos.

Pau estaba de pie a su lado, con el casco de purpurina colgado del cuello, sin saber qué hacer con las manos.

Samuel subió los cuatro pisos de mármol con la escalera de hierro en forma de olas y se detuvo en el último peldaño.

Don Paco levantó la vista. Le miró. Tenía los ojos de agua enrojecidos.

—Usted —dijo.

—Yo no he firmado eso, don Paco.

—Es su firma.

—Es mi firma. La han copiado de otro papel. De un papel que firmé esta mañana. —Samuel se acercó. Se agachó delante de la silla, a la altura del relojero—. Firmé algo que no debía firmar. Por miedo. Para proteger a una persona. Y ahora lo están usando para hacer cosas que yo no he decidido.

Don Paco le miró un rato largo, en silencio. Luego miró la llave de hierro sobre sus rodillas.

—Es lunes —dijo—. Me toca dar cuerda.

—Le acompaño.

—No necesito que me acompañe. —Don Paco se levantó, despacio, apoyándose en la pared—. Pero suba conmigo igual.

Subieron la escalera de caracol de la torre. Ciento doce peldaños. Don Paco delante, contándolos en valenciano, despacio. Samuel detrás, con las manos abiertas, sin tocarle. Pau se quedó abajo, en el rellano, sentado en la silla de cocina.

En el peldaño sesenta y tres, don Paco se detuvo.

No dijo nada. Se quedó quieto, con una mano en la barandilla de hierro, respirando. Samuel se detuvo dos peldaños más abajo. Esperó.

—Aquí —dijo don Paco, sin volverse—. Aquí se pararon ustedes. Hace veinte años.

—Sí.

—Ella le estaba explicando el escape de áncora. Y usted la besó para que se callara.

—Sí.

—Y ella no se calló. —Don Paco se volvió a medias, con la mano en la barandilla—. Le terminó de explicar el escape de áncora. Y luego le besó ella. Lo vi desde arriba. Lo apunté en la libreta. Domingo. Dos estudiantes. Ella sabe más que él. Él lo sabe. Buena señal.

Samuel no dijo nada. Le temblaban las manos, abiertas, a los lados.

—¿Sabe usted qué es el escape de áncora, señor Vidal? —preguntó don Paco.

—Ella me lo explicó. Hace veinte años. No me acuerdo.

—Pues se lo explico yo. —Don Paco siguió subiendo, despacio, contando—.

Sesenta y cuatro. Sesenta y cinco. Un reloj tiene un muelle o unas pesas que empujan las ruedas, todo el rato, con mucha fuerza.

Si no hubiera nada que las frenara, las ruedas girarían de golpe y el reloj se descargaría en un segundo.

Setenta. Setenta y uno. El escape de áncora es una pieza pequeña, en forma de ancla, que va unida al péndulo.

Con cada oscilación, el ancla deja escapar un diente de la rueda.

Uno. Solo uno. Y luego lo vuelve a sujetar.

Ochenta. —Se detuvo un momento a respirar—.

Tic, deja pasar uno. Tac, lo sujeta. Tic.

Tac. Así el reloj no se descarga de golpe. Así da la hora durante cien años.

Samuel subía detrás, escuchando.

—Usted es un muelle, señor Vidal —dijo don Paco, sin volverse—.

Lo he visto en estas semanas. Mucha fuerza.

Todo el rato empujando. Haciendo cosas. Bromas.

Planos. Firmas. —Noventa. Noventa y uno—.

Y ella es el ancla. La que dice «uno, solo uno, y espera».

La que pide permiso para mirar una casa antes de firmar que se cae.

Cien. Ciento uno. —Llegaron arriba. Don Paco se apoyó en el bastidor de roble de la máquina, jadeando—.

El problema no es que usted sea un muelle.

Un reloj necesita un muelle. El problema es que esta mañana usted se ha soltado del ancla.

Y se ha descargado de golpe. En un segundo. Sin que ella pudiera sujetarle.

Samuel se quedó en el último peldaño. No podía moverse.

Don Paco metió la llave de hierro en el agujero del tambor. Empezó a darle cuerda. Una. Dos. Cinco. Diez. Las pesas subieron. La cadena subió.