Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 15 · Otra vez la estación #2
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Capítulo 15 · Otra vez la estación #2

El tren llegó a las cuatro y veintidós. Dos minutos de retraso. Se abrieron las puertas. Bajó gente. Una familia con niños y maletas. Dos chicos con mochilas. Una mujer mayor con un bastón. Un hombre de negocios con un maletín. Un grupo de turistas japoneses.

Nadie que ella esperara. Porque no esperaba a nadie.

Lo pensó así, con esas palabras, con una claridad que le cortó la respiración.

Porque no esperaba a nadie. Hacía dieciséis años que no esperaba a nadie.

Lo había decidido en ese banco, a las once y diez de la noche de un veintitrés de junio, cuando se subió a la furgoneta del taller de su padre muerto con su madre al volante.

Nunca más esperar a nadie. Cumplir todas las normas.

No dejar ninguna puerta abierta. Así nadie te deja en un andén.

Y había funcionado. Nadie la había dejado en un andén en dieciséis años.

Tampoco ha venido nadie.

*  *  *

—Te he traído un bocadillo.

Carmen se volvió.

Su madre estaba de pie junto a la columna de fundición pintada de verde, con unos vaqueros, una camisa de cuadros remangada, el pelo blanco cortado a lo garçon y una bolsa de papel del horno de la plaza de Benimaclet en la mano.

—¿Cómo sabías…?

—Me ha llamado una tal Pilar. —Pepa se sentó a su lado en el banco, con un crujido de rodillas—.

Me ha dicho que habías salido del estudio de ese chico hace cuatro horas, que no cogías el teléfono y que sospechaba que estarías en uno de dos sitios.

En el mar o en la estación. —Le tendió la bolsa de papel—.

He probado primero en la estación. Te conozco.

Carmen cogió la bolsa. Dentro había un bocadillo de tortilla de patatas. Como el que le llevó su madre hace dieciséis años, a las tres de la tarde, cuando volvió a ver si había llegado alguien.

No se lo comió. Lo dejó en la bolsa, sobre las rodillas.

—Ha firmado la demolición —dijo—. Para que me retiraran el expediente. Sin preguntarme.

—Lo sé. Me lo ha contado Pilar. —Pepa miró las vías, el andén, el panel de llegadas—. Esa mujer cuenta las cosas muy bien. Debería escribir novelas.

—No le voy a perdonar.

—No te he preguntado eso.

—Ya lo sé. Te lo digo igual.

Pepa no dijo nada. Se quedaron un rato sentadas en el banco, madre e hija, mirando pasar un tren de cercanías que iba a Xàtiva.

—¿Sabes lo que me dijo tu padre cuando me pidió que me casara con él? —preguntó Pepa, de pronto.

—No.

—Me dijo: «Pepa, yo soy herrero. Sé soldar dos piezas de hierro.

Pero no sé si las piezas aguantan hasta que les pones peso encima».

—Pepa sonrió, mirando las vías—. Y yo le dije: «Pues ponles peso, Manolo, y ya veremos».

Y aguantamos treinta y dos años. Con deudas, con un taller que no daba, con una hija que hacía preguntas sobre el escape de áncora a los doce años. Aguantamos.

—Papá te escondía las deudas.

—Me escondía las deudas. Y yo me enteraba por el banco. Y le gritaba. Y él me pedía perdón. Y yo le perdonaba. Y la próxima vez me las volvía a esconder. —Pepa se encogió de hombros—. Era un idiota. Lo quise treinta y dos años.

Carmen se volvió hacia ella.

—¿Me estás diciendo que le perdone?

—Te estoy diciendo que tu padre era un idiota que me escondía las cosas para protegerme.

Y que nunca me dejó en un andén. —Pepa le cogió la mano.

Áspera. Llena de cicatrices de soldar—. Ese chico tuyo es otro idiota que esconde las cosas para protegerte.

Pero esta vez no te ha dejado en un andén, Carmen.

Esta vez se ha subido al tren equivocado para que tú no tuvieras que subirte a ninguno.

—Le apretó la mano—. No es lo mismo. Es igual de idiota. Pero no es lo mismo.

Carmen se quedó mirando las vías. Le caían lágrimas por la cara, sin ruido, sin que ella hiciera nada para pararlas. Por primera vez en dieciséis años, lloraba en un sitio donde la podía ver alguien.

—No sé qué hacer, mamá —dijo.

—Ya lo sé. —Pepa le pasó un brazo por los hombros—. Pues no hagas nada todavía. Cómete el bocadillo. Que no has comido.

Carmen sacó el bocadillo de la bolsa. Le dio un mordisco. Estaba bueno. Tortilla con cebolla. Como siempre.

Y en ese momento le vibró el móvil en el bolsillo.

No era Samuel. Era un número fijo de Russafa. Lo cogió con el bocadillo en la otra mano.

—¿Señorita Ortuño? —La voz de don Paco Ibáñez, muy pequeña, muy temblorosa—. Perdone que la moleste. Usted me dijo que la llamara si pasaba algo.

—¿Qué ocurre, don Paco?

—Han venido unos señores. De la empresa.

De Turia. Con un papel. —Don Paco hizo una pausa—.

Dicen que como hay un proyecto nuevo que integra el reloj, tienen que desmontar la máquina para llevársela a un taller y restaurarla.

Para conservarla. Mientras dura la catalogación.

—Se le quebró la voz—. Han subido a la torre.

Están midiendo. Dicen que vuelven el jueves con una grúa.

Carmen se levantó del banco de golpe. El bocadillo se le cayó al suelo del andén.

—No les deje tocar nada, don Paco.

—No puedo impedírselo. Tienen un papel. Con un sello. Y una firma.

—¿De quién?

Al otro lado de la línea, el relojero tardó mucho en contestar.

—Del arquitecto del proyecto —dijo al fin—. Vidal. El muchacho del peldaño sesenta y tres.