Capítulo 15 · Otra vez la estación
Nadie se movió.
Carmen lo vio todo de un vistazo, como veía una fachada al llegar a una inspección, de arriba abajo, de izquierda a derecha, sin saltarse nada.
Álvaro Casal junto al panel de corcho, con los brazos caídos.
Marina Lluch a su lado, con un rotulador en la mano.
Júlia Ferrer en su mesa, con los ojos rojos.
Dani Roca en la puerta de la cocina. Pau, el chaval de los rizos, sentado en una silla con un casco de purpurina entre las manos.
La gata gris en la butaca de mimbre, mirándola con un ojo verde y otro color miel.
Y Samuel. En el centro de la sala grande. Sin gafas. Sin rotulador en la oreja. Con la cara gris.
Vio también el panel. La columna de la Finca del Reloj, con todas sus tarjetas marcadas con un hecho en verde. Y una nueva, recién clavada, en el sitio donde el viernes de la azotea había estado una tarjeta en blanco con su nombre. Samuel V. Bloqueado: él mismo.
No dijo nada de eso. Levantó el móvil.
—Proyecto básico de edificio plurifamiliar de veinticuatro viviendas en la calle Sueca, cuarenta y uno —leyó, con la voz de las inspecciones—. Sustitución respetuosa con integración del elemento singular del reloj. Registrado hoy a las diez y diecisiete. Arquitecto redactor: Samuel Vidal Mora.
Samuel no dijo nada.
—Y a las nueve y treinta y uno —siguió Carmen—, una hora antes, la propiedad de la Finca del Reloj retira la denuncia contra mí por falta de imparcialidad.
Malentendido. Dos compañeros de carrera tomando un café.
—Bajó el móvil—. Me lo ha contado una compañera de terrazas cuya cuñada trabaja en régimen disciplinario.
Me lo ha contado como una buena noticia.
—Carmen…
—Una hora. Entre una cosa y la otra hay una hora. —Carmen le miró a los ojos—. ¿Cuánto te ha costado, Samuel? ¿Cuánto vale mi carrera?
—No es…
—¿Cuánto?
Samuel tragó saliva.
—Honorarios de mercado más un diez por ciento —dijo—. Y una cláusula de exclusividad que me impide participar en la catalogación. Y otra que le permite a Bellver poner mi nombre en el proyecto desde la firma.
Hubo un murmullo en la sala. Júlia se tapó la boca con la mano.
Carmen no se movió. Se quedó de pie en el centro de la sala grande de Estudio Mediterráneo, con el móvil en la mano y la coleta tirante, y sintió que algo se le rompía por dentro, en diagonal, limpio, sin ruido, como se rompe una clave de piedra que lleva demasiado tiempo cargando más de lo que debía.
—Me has vuelto a dejar en el andén —dijo.
—No.
—Sí. —Carmen dio un paso hacia él—. Pero esta vez es peor. Hace dieciséis años no cogiste el tren y no me lo dijiste. Esta vez has cogido otro tren. Uno que yo no había pedido. Y me has comprado el billete de vuelta. Sin preguntarme.
—Te iban a suspender seis años.
—¡Ya lo sé! —Era la primera vez que levantaba la voz.
En la sala grande, todos se sobresaltaron.
Bruja levantó la cabeza—. ¡Ya lo sé que me iban a suspender seis años!
¡Lo sé desde el viernes a las diez y veinte!
¡Llevo tres días sabiendo que me iban a suspender seis años!
—Bajó la voz, de golpe, como quien cierra una puerta—.
Y llevo tres días trabajando para que no pase. Yo. Sola. A mi manera.
Samuel la miraba. Ella sacó de la mochila una carpeta. Gruesa. La dejó sobre la mesa más cercana, junto a una maqueta.
—Alegaciones al expediente disciplinario —dijo—.
Cuarenta páginas. Con un acta de un pleno municipal de hace once años, una escritura de ampliación de capital y una consulta al Registro Mercantil.
—Abrió la carpeta. Sacó una hoja. La levantó—.
Inversiones Marí-Albert, S.L. Administradora única: Rosa Marí Albert.
Esposa de Bernabé Coll Ferrús, jefe del Servicio de Inspección Urbanística.
Un millón doscientos mil euros en Turia Capital. Desde hace dos años.
Nadie respiró en la sala. Álvaro dio un paso hacia la mesa. Marina se quedó con el rotulador en el aire.
—Y una solicitud de copia de expediente de ruina de una finca de la calle Puerto Rico, número siete, derribada en dos mil veinticuatro.
Firmada esta mañana por su antigua inquilina, la señora Empar Soriano, noventa años, residente en Alfafar, con un bolígrafo de tinta azul.
—Carmen dejó la hoja—. Para ver quién firmó que su casa se caía.
Hay dos más. Calle Sueca diecinueve y calle Cádiz cincuenta y dos. Me los dio Héctor Mollà. Ayer.
Samuel se había quedado blanco.
—Iba a presentarlo el miércoles —dijo Carmen—.
Por registro. Al expediente disciplinario.
Para demostrar que el problema de imparcialidad no era mío, sino de mi jefe.
Y para que el juzgado de guardia tuviera algo que mirar.
—Cerró la carpeta—. Y ahora no tengo expediente disciplinario.
Porque lo han retirado. A cambio de que el arquitecto que más sabe de la Finca del Reloj firme su demolición.
—Yo no sabía…
—No lo sabías porque no me lo preguntaste.
—Carmen se acercó un paso más. Estaba a un metro de él—.
No me preguntaste nada, Samuel. Ni el sábado, cuando te llamó Bellver.
Ni el domingo en la torre. Ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles.
Ni ayer, cuando decidiste firmar. Decidiste tú.
Solo. Qué tenía que pagar yo y qué tenías que pagar tú.
Como si yo fuera una viga que hay que apuntalar sin decirle nada para que no se asuste.
—Lo hice por ti.
—No. —Carmen negó con la cabeza, despacio—.
Lo hiciste por ti. Para no tener que mirarme a la cara y decirme que tenías miedo.
Para arreglarlo todo por dentro, en silencio, sin que yo viera la cicatriz.
—Le temblaba la voz y no hizo nada por sujetarla—.
Yo habría preferido seis años de suspensión.
¿Lo entiendes? Seis años en terrazas con Nieves y su donut.
Antes que esto. Antes que salir del despacho el miércoles sabiendo que mi carrera la ha comprado un promotor con tu firma.
Yo elijo lo que pago, Samuel. Yo. Es lo único que he tenido claro desde los veinticinco años. Lo único.
Samuel no dijo nada. No podía.
Carmen se quedó mirándole un momento más. Luego metió la mano en la mochila. Sacó la funda de plástico transparente. El Protocolo . Plastificado, con sus seis puntos con letra pequeña y vertical y el séptimo con letra grande e inclinada, y las dos firmas al lado.
Lo dejó sobre la mesa. Encima de la carpeta de alegaciones.
Luego alargó la mano hacia la cara de Samuel.
Él cerró los ojos, sin saber qué iba a hacer.
Ella no le tocó la cara. Le cogió el rotulador de pizarra del bolsillo de la camisa, donde lo llevaba cuando no lo llevaba en la oreja.
Lo destapó. Y sobre el plástico, encima del punto séptimo, trazó una línea recta, gruesa, de lado a lado.
Si alguna de las partes tiene miedo, lo dirá. Aunque sea en usted.
Tachado.
—Ya no tengo miedo —dijo Carmen, y le devolvió el rotulador—. Ahora estoy enfadada.
Cogió la carpeta de las alegaciones. Dejó el protocolo. Se dio la vuelta.
En la puerta del estudio, Pilar se apartó para dejarla pasar sin decir nada. Pero Bruja bajó de la butaca de mimbre, cruzó la sala grande sin mirar a nadie y la siguió hasta el rellano, y se quedó sentada en el primer peldaño de la escalera de mármol, mirándola bajar.
Carmen no se volvió. Bajó los tres tramos sin agarrarse a la barandilla. En el segundo rellano, la mano le rozó una hoja de acanto de hierro forjado al final del pasamanos, brillante, pulida por cien años de manos cansadas. No se detuvo.
No sabía adónde ir.
Caminó por el Cabanyal sin rumbo, con la carpeta contra el pecho, por calles de casas bajas con fachadas de azulejos y balcones llenos de geranios.
Pasó por delante de una casa con una cenefa de naranjos en la fachada y una placa de cerámica que decía Restaurada en 2026 por Estudio Mediterráneo .
No la miró. Llegó al paseo marítimo. Se sentó en un banco frente al mar.
Se quedó allí una hora, mirando las olas, sin pensar en nada, o pensando en todo a la vez, que era lo mismo.
Luego se levantó, cogió un autobús y fue a la Estació del Nord.
No lo decidió. Se encontró allí, a las cuatro de la tarde, bajo la fachada modernista con sus naranjas de cerámica y sus mosaicos de trencadís, como quien vuelve sin querer al sitio donde se le cayó algo hace mucho tiempo.
Entró en el vestíbulo, con su techo de madera, sus taquillas de madera tallada, sus mosaicos de cerámica con las palabras Bon viatge repetidas en las paredes, en valenciano, en letras doradas. Bon viatge. Bon viatge. Bon viatge.
Compró un billete de andén. Cincuenta céntimos. Lo seguían vendiendo. No sabía por qué le sorprendió.
Salió al andén tres. El de los trenes de Barcelona.
El banco estaba en el mismo sitio. De madera y hierro, con el respaldo curvado. El tercero empezando por la cabecera, junto a una columna de fundición pintada de verde. Lo habían restaurado. La madera era nueva, el hierro estaba pintado. Pero era el mismo banco.
Se sentó.
Dieciséis años. Un vestido amarillo. Una agenda abierta por el veintitrés de junio.
Seis trenes de Barcelona. Uno a las once y diez, otro a la una y media, otro a las cuatro, otro a las seis y veinte, otro a las ocho y cuarenta y cinco, otro a las once y diez de la noche.
Los había mirado todos. Había mirado cada puerta de cada vagón abrirse y había mirado bajar a cada persona y había pensado el siguiente .
Seis veces. Hasta que su madre la recogió con la furgoneta del taller.
Ahora el panel de llegadas decía que el próximo tren de Barcelona llegaba a las cuatro y veinte.
Carmen se quedó mirándolo. No esperaba a nadie. Lo sabía. No había venido a esperar a nadie. Había venido a ver si el banco seguía allí. A ver si podía sentarse en él sin que le doliera.
Le dolió.