Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 14 · Calle Colón, catorce
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Capítulo 14 · Calle Colón, catorce

El despacho de Marcos Bellver estaba en la quinta planta de un edificio modernista de la calle Colón, con una fachada de piedra color miel, miradores de hierro y cristal en las esquinas y un portal de mármol con un portero uniformado detrás de un mostrador de madera de caoba.

Samuel lo conocía. Lo había estudiado en tercero, en Historia de la Arquitectura, con una diapositiva en blanco y negro proyectada en la pared del aula magna.

Era de mil novecientos diez. Era precioso.

Turia Capital ocupaba la planta entera. Al salir del ascensor, Samuel se encontró en una recepción blanca, minimalista, con suelo de microcemento gris, paredes desnudas, una mesa de recepción de cristal sin un solo papel encima y una recepcionista de veinticinco años con auriculares que le sonrió como quien sonríe a un cliente de un hotel de lujo.

—El señor Bellver le espera.

Habían quitado todo. Samuel lo vio enseguida.

Las molduras de escayola del techo. Las puertas de madera de cuarterones.

El suelo hidráulico, que en un edificio así tenía que haber sido de mosaico nolla, de colores, con cenefas.

Las chimeneas de mármol. Todo. Lo habían vaciado por dentro hasta dejar solo la caja, y luego habían llenado la caja de blanco y de gris y de cristal.

Por fuera, el edificio de mil novecientos diez. Por dentro, nada.

Samuel pensó que era la metáfora más exacta de Marcos Bellver que había visto en su vida.

—Samuel, Samuel. Siéntate. ¿Un café? Tengo una máquina italiana que hace un ristretto que te cambia la vida.

—No, gracias.

—Como quieras. —Bellver se sentó detrás de una mesa de nogal macizo, la única pieza de madera de toda la planta, con un ordenador portátil plateado, una carpeta negra y una pluma estilográfica de laca roja.

Detrás de él, un ventanal de suelo a techo daba a la calle Colón, al Mercado de Colón, a sus columnas de hierro y sus naranjos de trencadís brillando al sol de mayo—.

Me alegro de que hayas entrado en razón.

—No he entrado en razón. He venido a firmar un papel.

—Es lo mismo. —Bellver abrió la carpeta negra y la giró hacia él—.

Precontrato de arrendamiento de servicios profesionales.

Arquitectura. Proyecto básico y de ejecución de edificio plurifamiliar de veinticuatro viviendas en la calle Sueca, cuarenta y uno, con integración del elemento singular del reloj.

Honorarios de mercado más un diez por ciento.

Pago a la firma del contrato definitivo, que será cuando se resuelva el procedimiento de catalogación en sentido desfavorable.

—¿Y si es favorable?

—Entonces no hay edificio que hacer, y el precontrato se extingue. —Bellver sonrió—. Sin indemnización por ninguna de las partes. Muy limpio.

Samuel leyó el precontrato. Lo leyó entero, despacio, como le había enseñado Carmen a leer cualquier documento a los diecinueve años en la biblioteca de la Escuela: primero de arriba abajo, luego de abajo arriba, luego las notas al pie, luego los anexos.

Eran cuatro páginas. En la tercera, había una cláusula que le hizo detenerse.

Cláusula quinta. Durante la vigencia del presente precontrato, el arquitecto se abstendrá de participar, directa o indirectamente, en cualquier procedimiento administrativo o judicial relativo a la finca objeto del encargo, así como de prestar asesoramiento técnico a terceros con intereses contrarios a los del promotor.

—Esto no estaba —dijo.

—Es una cláusula estándar.

—Es una mordaza.

—Es una cláusula de exclusividad. —Bellver se encogió de hombros—. No puedo tener a mi arquitecto trabajando para los inquilinos que me quieren parar la obra. Es de sentido común, Samuel.

Samuel no dijo nada. Pasó a la cuarta página.

Cláusula sexta. El promotor podrá hacer pública, a efectos de información a la administración y a los medios de comunicación, la identidad del arquitecto redactor del proyecto desde la firma del presente precontrato.

Samuel levantó la vista.

—¿Desde la firma?

—Desde la firma.

—No era el trato. El trato era que retirabas la denuncia contra ella.

—Y la retiro. Esta mañana. Ya está hecho.

—Bellver giró el portátil hacia él. En la pantalla había un escrito con el membrete de Turia Capital, dirigido a la sección de régimen disciplinario del Ayuntamiento de Valencia, con un sello de registro electrónico en la esquina: 09:31 —.

Malentendido. Dos compañeros de carrera tomando un café.

Ninguna queja sobre la imparcialidad. —Sonrió—.

Tu amiga vuelve a su despacho el miércoles. Como te prometí.

Samuel miró el sello. 09:31. Hacía treinta minutos.

—La has retirado antes de que firme.

—Confío en ti, Samuel. Fuimos compañeros seis años.

—Bellver se recostó en la silla—. Además, si no firmas, mañana vuelvo a presentarla.

Con un par de fotos nuevas que no te he enseñado.

—Hizo una pausa—. De la torre del reloj.

A medianoche. Hay un edificio enfrente, en la calle Cádiz, con un ático vacío que es mío.

Se ve muy bien la esfera iluminada por dentro.

Samuel se quedó quieto.

Pensó en doce campanadas. En una luna de cristal con los números romanos al revés.

En un beso que había durado lo que duran las últimas dos campanadas y mucho más, mientras alguien, desde un ático vacío de la calle Cádiz, con un teleobjetivo, apuntaba a la esfera de un reloj de mil novecientos veintiocho.

—Y la cláusula sexta —dijo, con la voz muy plana—. ¿Por qué?

—Porque necesito que la historia cambie.

Te lo dije por teléfono. —Bellver cogió la pluma estilográfica de laca roja—.

Un arquitecto de prestigio, el que más ha estudiado el edificio, el que ha medido su medianera tres veces, firma el proyecto de sustitución.

Eso le dice a la Comisión de Patrimonio que incluso él piensa que la finca no tiene salvación.

—Le tendió la pluma—. El proyecto básico ya está hecho.

Lo ha dibujado mi equipo. Solo falta tu nombre en el cajetín.

Lo presento esta mañana, en cuanto firmes.

Samuel no cogió la pluma.

—No he visto el proyecto.

—Lo verás. Es muy bonito. Te va a gustar. Integra el reloj en una fachada de vidrio. Como una joya en una vitrina.

—Un reloj en una vitrina no da la hora a nadie.

—Da la hora a los que viven en la vitrina. —Bellver sonrió—. Que son los que pagan.

Samuel miró la pluma de laca roja. Miró el sello de las nueve y treinta y uno en la pantalla. Miró por el ventanal el Mercado de Colón, sus columnas de hierro, sus naranjos de trencadís brillando al sol.

Pensó en Carmen en un despacho sin ventanas, con un cactus en miniatura.

Pensó en seis años de suspensión, traslado forzoso, el final de una carrera .

Pensó en una torre, a medianoche, y en que la había besado sin decirle lo que sabía, y en que eso era culpa suya, y en que lo justo era que lo pagara él.

Él solo. Sin que ella tuviera que enterarse de nada.

Sin que ella tuviera que esperar en ningún andén.

Él lo arreglaría por dentro, en silencio, como se arregla una viga sin que nadie vea la cicatriz.

Y pensó, durante medio segundo, en Lucía en un escalón diciendo no te vayas .

Lo apartó. Esto no era irse. Era quedarse. Era hacer algo.

Cogió la pluma.

—Vale —dijo.

Firmó las cuatro páginas. Con su firma de siempre, grande, inclinada, con una flecha que no era normativa saliendo de la última letra. Le temblaba la mano. Bellver lo vio. No dijo nada.

Cuando terminó, Bellver cogió la carpeta, la cerró y la guardó en un cajón de la mesa de nogal. Luego cogió el teléfono.

—Laura —dijo, a alguien—. Presenta el proyecto de Sueca. Con el nombre de Vidal en el cajetín. Ya.

Colgó. Se levantó. Le tendió la mano por encima de la mesa.

—Bienvenido, Samuel. Llevo doce años esperando a trabajar contigo otra vez.

Samuel no le dio la mano. Se levantó, se ajustó las gafas y salió del despacho sin decir nada, por el pasillo de microcemento gris, hasta el ascensor, hasta el portal de mármol, hasta la calle Colón.

En la acera, se apoyó en la fachada de piedra color miel del edificio de mil novecientos diez y vomitó el café del desayuno en un alcorque, entre las raíces de un plátano de sombra, mientras una señora con un carrito de la compra le miraba con una mezcla de asco y de pena.

Eran las diez y doce.

*  *  *

Llamó a Carmen a las diez y quince. El móvil estaba encendido. Daba tono. Nadie contestó.

Volvió a llamar a las diez y veinte. Tono. Nada.

Le escribió: Tengo que contarte una cosa antes de que te enteres por otro sitio. Por favor. Llámame.

Dos marcas grises. No azules.

Cogió un taxi a Benimaclet. En el taxi, volvió a llamar. Tono. Nada. Se bajó en la plaza a las diez y cuarenta. Llamó al portero automático del tercero. Nadie. Miró hacia el taller de Pepa. La persiana verde estaba bajada. El gato negro del grafiti le miraba desde su torre de reloj pintada.

Se sentó en un banco de la plaza. Esperó. A las once y cuarto le sonó el móvil.

No era Carmen. Era Júlia.

—¿Qué has hecho? —dijo Júlia, sin saludar, con una voz que Samuel no le había oído en diez años: aguda, temblorosa, furiosa.

—Júlia…

—Estoy en el estudio. Con el ordenador. Tengo una alerta en el registro electrónico del ayuntamiento para el expediente de la Finca del Reloj.

La puse el viernes de la azotea, para saber si entraba algo.

—Júlia respiraba deprisa—. Ha entrado algo.

A las diez y diecisiete. Un proyecto básico de Turia Capital.

Veinticuatro apartamentos. Un reloj en una vitrina de vidrio.

Y en el cajetín, Samuel, en el cajetín, pone…

—Ya lo sé.

—¿Ya lo sabes?

—Lo he firmado esta mañana.

Hubo un silencio al otro lado de la línea tan largo que Samuel pensó que Júlia había colgado.

—¿Por qué? —preguntó ella al fin, muy bajo.

—Por ella. Para que retiraran la denuncia. La han retirado. Vuelve el miércoles.

—¿Y se lo has preguntado?

Samuel no contestó.

—¿Se lo has preguntado, Samuel? —repitió Júlia—. ¿Le has preguntado si quería que vendieras la Finca del Reloj para salvar su carrera?

—No había tiempo.

—Siempre hay tiempo para preguntar. —A Júlia se le quebró la voz—.

Yo hice lo mismo. En marzo. Le hice a Dani un plan a cinco años sin preguntarle, porque creía que le estaba salvando.

Y casi le pierdo. Me lo dijiste tú, en mi casa, una noche, con un café.

«Júlia, a la gente no se la salva por la espalda». Me lo dijiste tú.

Samuel cerró los ojos en el banco de la plaza de Benimaclet.

—Lo sé.

—Vuelve al estudio —dijo Júlia—. Ahora. Álvaro quiere hablar contigo.

*  *  *

Álvaro le esperaba en la sala grande. De pie, junto al panel de corcho, con los brazos cruzados.

Marina estaba a su lado. Júlia en su mesa, con los ojos rojos.

Dani, apoyado en la puerta de la cocina.

Pau, sentado en una silla, con el casco de purpurina en las manos, mirando al suelo.

Pilar no estaba. Era la única que no estaba.

Bruja estaba en la butaca de mimbre. De espaldas a la puerta.

Samuel entró y se detuvo en el umbral.

—Lo sé —dijo, antes de que nadie hablara—. Lo sé todo. Lo he hecho mal. No hace falta que me lo digáis.

—No te lo íbamos a decir —dijo Álvaro—. Te íbamos a preguntar una cosa.

—¿Qué?

—¿Has hecho esto para protegerla?

Samuel le miró. Álvaro tenía la cara de hoja de cálculo, la que ponía cuando no quería que se le notara nada, y sin embargo se le notaba todo.

—Sí —dijo Samuel.

—Eso mismo dije yo —dijo Álvaro—. En diciembre. Delante de este panel. Con un correo de tres puntos numerados. «Para protegerla». —Descruzó los brazos—. Y ella me contestó que no la había apartado para protegerla a ella. Que la había apartado para protegerme a mí.

Samuel no dijo nada.

—¿A quién estás protegiendo, Samuel? —preguntó Álvaro, muy despacio.

Samuel abrió la boca. La cerró.

Pensó en un andén. En un tren que no cogió porque no sabía cómo decirle que no iba a cogerlo.

En un mensaje de Nokia. En una torre a medianoche y unas fotos que no le contó.

En una firma con una pluma de laca roja, a solas, en un despacho de microcemento gris, para arreglarlo todo por dentro sin que ella tuviera que enterarse de nada.

Para no tener que mirarla a la cara y decirle tengo miedo y no sé qué hacer .

—A mí —dijo.

Nadie dijo nada. En la butaca de mimbre, Bruja se dio la vuelta y le miró con los dos ojos.

Marina se acercó al panel. Cogió una tarjeta en blanco. Escribió algo con su letra pequeña e inclinada. La clavó en la columna de la Finca del Reloj, en el hueco donde el domingo había estado la tarjeta de Carmen, la que Samuel se había llevado en el bolsillo de la camisa.

Samuel V. Bloqueado: él mismo.

Samuel se quedó mirándola.

—Ahora hay que arreglarlo —dijo Marina—. No tú solo. Esta vez no.

—No se puede arreglar. He firmado un precontrato con una cláusula de exclusividad. No puedo participar en la catalogación. No puedo asesorar a los vecinos. Si lo hago, me demandan.

—Pues que te demanden —dijo Dani, desde la puerta de la cocina.

Todo el mundo se volvió hacia él.

—Una demanda es dinero —siguió Dani, encogiéndose de hombros—. El dinero va y viene. Lo otro no. —Miró a Júlia—. Me lo enseñó alguien en una cantera. Bueno, en una alquería. Bajo la lluvia.

Júlia se secó los ojos con el dorso de la mano.

Y en ese momento, en el silencio, se abrió la puerta del estudio.

No era Pilar.

Era Carmen.

Llevaba vaqueros, un jersey gris y la coleta tirante. Tenía en la mano un móvil con la pantalla encendida, y en la pantalla, Samuel lo vio desde donde estaba, a cuatro metros, un documento con el escudo del ayuntamiento y un cajetín.

Le habían avisado. Nieves. O alguien. No importaba.

Se quedó en el umbral. No miró a nadie más que a él.

Detrás de ella, en el rellano, apareció Pilar, sin aliento, con una mano en el pecho.

—Ha subido sola —dijo Pilar—. No he podido pararla. Lo siento. No la he podido parar.

—No hacía falta pararla, Pilar —dijo Carmen, sin volverse, con la voz de las inspecciones, plana, precisa, sin temblar—. Solo vengo a hablar con el arquitecto redactor del proyecto de la calle Sueca, cuarenta y uno.

Dio un paso dentro de la sala grande.

—Aquí —dijo—. Delante de todos.