Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 13 · Lo que se apunta #2
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Capítulo 13 · Lo que se apunta #2

No escuchó los mensajes de Samuel. No los leyó. Los vio en la pantalla, con su nombre, Samu , sin apellido, y deslizó el dedo para quitarlos de en medio, como quien aparta una carpeta para que no le moleste mientras trabaja.

Llamó al número que no conocía.

—Héctor Mollà —contestó una voz de hombre mayor, cordial, sorprendida.

—Buenos días. Soy Carmen Ortuño. Inspectora de urbanismo. —Hizo una pausa—. Suspendida.

Hubo un silencio al otro lado.

—Ah —dijo Mollà—. Usted es la del reloj.

—Soy la del reloj.

—Álvaro Casal me dio su número el viernes. Me dijo que a lo mejor me llamaba. No pensé que lo haría. —Otra pausa—. Siento lo de la suspensión. Me lo ha contado Elena Boix. Este sector es pequeño.

—Álvaro Casal le dijo a la gente de mi estudio… del estudio —se corrigió Carmen— que usted tenía los nombres. De otros tres edificios de Russafa. Vaciados con informes de ruina de un ingeniero de Madrid.

—Los tengo.

—¿Me los da?

Mollà tardó en contestar.

—¿Para qué los quiere? —preguntó—. Está usted suspendida. No puede abrir ningún expediente.

—No quiero abrir ningún expediente. Quiero presentar alegaciones al mío. Y en mis alegaciones quiero demostrar que la denuncia contra mí no es un problema de imparcialidad mío. Que es un problema de imparcialidad de otro.

—¿De quién?

Carmen respiró hondo.

—De mi jefe —dijo—. Su mujer tiene un millón doscientos mil euros en Turia Capital.

Al otro lado de la línea, Héctor Mollà se quedó callado durante tanto tiempo que Carmen pensó que se había cortado.

—Calle Sueca, número diecinueve —dijo al fin—.

Dos mil veintitrés. Calle Puerto Rico, número siete.

Dos mil veinticuatro. Calle Cádiz, número cincuenta y dos.

Dos mil veinticinco. —Hizo una pausa—. Los tres con informes de ruina del mismo ingeniero.

Los tres con inquilinos de renta antigua.

Los tres derribados. En los tres solares hay ahora apartamentos turísticos de Turia Capital.

Carmen apuntó las tres direcciones con su letra pequeña y vertical en la carpeta de anillas.

—¿Y quién firmó las ruinas municipales?

—No lo sé. —Mollà suspiró—. Nunca he podido verlo. No tengo acceso a los expedientes. Soy un promotor. Solo veo lo que pasa en la calle.

—Yo tampoco tengo acceso. Estoy suspendida.

—Entonces ninguno de los dos puede demostrar nada.

—No. —Carmen dejó el bolígrafo—. Pero los inquilinos de esas tres fincas sí tienen acceso. Son parte interesada. Pueden pedir copia de sus expedientes. Si alguno sigue vivo y sabemos dónde está.

Mollà tardó un momento en contestar. Cuando lo hizo, había algo distinto en su voz. Algo que se parecía a la admiración.

—La señora Empar Soriano —dijo—. Vivía en el segundo de la calle Puerto Rico, siete.

Ahora vive en una residencia de Alfafar.

Tiene noventa años y una cabeza mejor que la mía.

Le pagaron siete mil euros por irse. Lo sé porque fue a mi oficina a preguntarme si eso era legal.

—Hizo una pausa—. Le dije que no lo sabía.

Fue lo más cobarde que he dicho en mi vida.

—Gracias, señor Mollà.

—Señora Ortuño.

—¿Sí?

—Su… —Mollà pareció buscar la palabra—. El arquitecto Vidal. Le conocí en la inauguración del Rosario, en enero. Hablamos cinco minutos de vigas. Es muy bueno.

Carmen no dijo nada.

—Tenga cuidado con Bellver —dijo Mollà—. No es un mal hombre. Es peor. Es un hombre que cree que todo el mundo tiene un precio. Y casi siempre acierta.

Colgó.

*  *  *

El domingo por la tarde fue a Alfafar.

La residencia se llamaba Los Naranjos y no tenía ni un solo naranjo: era un edificio de ladrillo de los años noventa, con un jardín de césped artificial, unas sillas de plástico blancas y una sala común con una televisión enorme donde quince ancianos veían un concurso.

La señora Empar Soriano no veía el concurso.

Estaba sentada junto a la ventana, en una butaca de orejas, haciendo un crucigrama con un bolígrafo de tinta verde, y levantó la vista cuando Carmen se presentó, la miró de arriba abajo con unos ojos negros, vivísimos, y le dijo:

—Usted es del ayuntamiento.

—Lo era. Ahora estoy suspendida.

—Ah. —La señora Empar cerró el crucigrama—. Entonces siéntese. Los del ayuntamiento que vienen de pie no me interesan. Los suspendidos, sí.

Carmen se sentó. Le explicó lo que necesitaba. La señora Empar la escuchó sin interrumpir, con el bolígrafo verde entre los dedos, asintiendo a veces. Cuando Carmen terminó, se quedó un rato callada, mirando por la ventana el jardín de césped artificial.

—Setenta y dos años viví en esa casa —dijo al fin—.

Desde que me casé. Allí nacieron mis tres hijos.

Allí se murió mi marido. En la cama del dormitorio que daba al patio.

—Hizo una pausa—. Un día vinieron unos señores con traje y me dijeron que la casa se caía.

Que tenía grietas. Yo había vivido setenta y dos años en esa casa y no había visto ninguna grieta.

Y de pronto, en un mes, aparecieron tres.

Rectas. Como si las hubiera dibujado un niño con una regla.

Carmen no dijo nada.

—Me dieron siete mil euros. Y un papel para firmar. —La señora Empar apretó el bolígrafo—. Mis hijos me dijeron que firmara. Que era lo mejor. Que no iba a poder ganar a una empresa así. Firmé. A los dos meses, la casa ya no existía.

—Señora Soriano —dijo Carmen—. ¿Usted pediría una copia de su expediente de ruina al ayuntamiento?

La señora Empar se volvió hacia ella. La miró durante mucho tiempo.

—¿Para qué?

—Para ver quién firmó que su casa se caía.

La anciana sonrió. Una sonrisa lenta, de alguien que lleva dos años esperando que le hagan exactamente esa pregunta.

—Tráigame el papel —dijo—. Y un bolígrafo de tinta azul, que con el verde no me dejan firmar nada oficial.

*  *  *

El lunes a las diez y veinte, Carmen estaba en la cocina de su piso con la carpeta de las alegaciones casi terminada, una solicitud firmada por la señora Empar Soriano con un bolígrafo de tinta azul y una taza de café, cuando le sonó el móvil.

Era Nieves. La de terrazas.

—Ortuño —dijo Nieves, sin saludar, en voz muy baja, como si llamara desde el baño—. Te tengo que contar dos cosas. Una buena y otra que no sé lo que es.

Carmen dejó la taza.

—Dime.

—La buena. —Nieves bajó todavía más la voz—.

Ha entrado esta mañana a las nueve y media un escrito en régimen disciplinario.

De la propiedad de la Finca del Reloj. Retiran la denuncia contra ti.

Dicen que ha sido un malentendido. Que las fotos son de dos compañeros de carrera tomando un café y que no tienen ninguna queja sobre tu imparcialidad.

—Una pausa—. Me lo ha contado la secretaria de la seiscientos doce, que es mi cuñada.

Dice que lo van a archivar. Que el miércoles estás otra vez en tu despacho.

Carmen se quedó quieta en la cocina, con la mano todavía en la taza.

No sintió alivio. Sintió otra cosa. Algo frío, en la nuca, como cuando el péndulo de un reloj de 1928 se desplaza seis segundos en una noche sin lluvia.

—¿Por qué? —preguntó.

—Eso es lo que no sé. Y eso es la otra cosa.

—Nieves hizo una pausa larguísima—. A las diez menos cuarto ha entrado en el registro de urbanismo otro escrito.

De Turia Capital. Un proyecto básico. Para la calle Sueca, cuarenta y uno.

Para cuando se resuelva la catalogación.

Una «sustitución respetuosa con integración del elemento singular del reloj».

Así lo pone. —Otra pausa—. Veinticuatro apartamentos.

Carmen cerró los ojos.

—¿Quién lo firma, Nieves?

Al otro lado de la línea, Nieves tardó mucho en contestar.

—Ortuño —dijo al fin, muy bajito—. ¿El arquitecto de la obra de al lado no se llamaba Vidal?