Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 13 · Lo que se apunta
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Capítulo 13 · Lo que se apunta

El sábado, Carmen no salió de casa hasta la noche.

No por tristeza. O no solo. No salió porque no sabía adónde ir.

Llevaba catorce años saliendo de casa cada mañana a las siete y cuarto para coger el autobús de las siete y veintiocho a la avenida de Aragón, y los sábados a la una y media para comer en casa de su madre, y los domingos a las nueve para ir al mercado de Benimaclet, y de pronto, sin despacho, sin expediente, sin una norma que le dijera a qué hora tenía que estar en ningún sitio, el piso de tres habitaciones con su balcón de geranios y su tortuga se había convertido en una isla.

Así que hizo lo único que sabía hacer cuando no sabía qué hacer. Ordenó.

Ordenó la estantería de los libros, que ya estaba ordenada.

Ordenó el armario, la nevera, los cajones de la cocina.

Limpió el terrario de Kafka, que no lo necesitaba, y la tortuga la miró desde un rincón con su cara de trámite administrativo como quien mira a alguien que ha perdido la cabeza.

Regó los geranios del balcón dos veces. A las cuatro de la tarde se sentó en el suelo del salón, rodeada de carpetas, y se dio cuenta de que había ordenado todo lo que se podía ordenar en un piso de setenta metros y que seguía sin saber qué hacer con lo único que no estaba en ninguna carpeta.

El móvil estaba sobre la mesa baja. Apagado. Desde el viernes a las cuatro.

No lo encendió.

Se quedó mirándolo. Pensó en las nueve llamadas perdidas que seguramente habría. En los mensajes. En una voz rota diciendo cada hora que pasaba era más difícil . En un mensaje de Nokia de dieciséis años atrás que decía exactamente lo mismo con otras palabras.

Pensó en su madre diciendo nadie te ha dejado. Tampoco ha venido nadie.

Pensó en una torre de reloj a medianoche y en doce campanadas.

Y luego, porque no podía seguir pensando en eso sin romperse, cogió el portátil y se puso a trabajar.

No tenía acceso al sistema del ayuntamiento. Se lo habían cortado el viernes a las once, una hora después del despacho seiscientos doce. Tampoco tenía acceso al expediente de la Finca del Reloj, ni a su informe preliminar archivado, ni a nada que tuviera un sello municipal.

Pero tenía lo que tiene cualquier ciudadano. Y en catorce años de inspecciones había aprendido que lo que tiene cualquier ciudadano, si se mira con paciencia, es muchísimo.

Empezó por el Boletín Oficial del Registro Mercantil.

Era público. Era gratuito. Era de una aridez que espantaba a todo el mundo, y por eso nadie lo leía.

Carmen lo leía a veces por las noches, como otros leen novelas policiacas, porque en sus columnas de nombramientos, ceses, ampliaciones de capital y cambios de domicilio social se escondían historias enteras, si uno sabía mirar.

Buscó Turia Capital, S.L.

Constituida hacía cinco años. Domicilio en la calle Colón, catorce.

Administrador único: Marcos Bellver Puig.

Capital social: tres mil euros. Ampliaciones: tres.

La última, hacía dos años, de un millón doscientos mil euros, suscrita íntegramente por una sociedad que se llamaba Inversiones Marí-Albert, S.L.

Carmen buscó Inversiones Marí-Albert, S.L.

Constituida hacía nueve años. Domicilio en una calle de Godella. Objeto social: tenencia de valores. Administradora única: Rosa Marí Albert.

Carmen se quedó mirando el nombre.

No le sonaba de nada. Rosa Marí Albert. Lo buscó en internet. Encontró una profesora de inglés en Torrent, una farmacéutica en Alicante, una corredora de maratones en Castellón. Ninguna tenía pinta de suscribir ampliaciones de capital de un millón doscientos mil euros.

Buscó en el Boletín Oficial de la Provincia. En el Diari Oficial de la Generalitat. En las actas de los plenos municipales, que también eran públicas y que tampoco leía nadie.

A las ocho y diez de la noche, en un acta de un pleno del Ayuntamiento de Valencia de hacía once años, en un punto del orden del día sobre la renovación de los miembros de un tribunal de oposiciones, la encontró.

Doña Rosa Marí Albert, en representación de su cónyuge, don Bernabé Coll Ferrús, jefe de servicio, que excusa su asistencia por motivos de salud.

Carmen se quedó quieta en el suelo del salón. Kafka, que pasaba por allí camino del sofá, se detuvo a mirarla.

La mujer de Bernabé Coll. La que le regalaba los Montblanc al suegro de Coll. La administradora única de una sociedad que había metido un millón doscientos mil euros en Turia Capital.

Bernabé Coll tenía dinero en la empresa que pedía la ruina de la Finca del Reloj. A través de su mujer. Y había firmado, el viernes de la azotea, una orden de desalojo cautelar de siete inquilinos de renta antigua sin que nadie de su servicio pisara el edificio.

Carmen hizo una captura de pantalla del acta. Del registro mercantil. De la ampliación de capital. Las guardó en una carpeta del portátil que llamó, sin pensarlo, Ojo, aquí cede.

Luego se tumbó boca arriba en la alfombra del salón, con los brazos abiertos, y se quedó mirando el techo durante mucho tiempo.

*  *  *

A las once y media de la noche del sábado, sin saber muy bien por qué, Carmen cogió un taxi a Russafa.

No se lo dijo a nadie. No había nadie a quien decírselo.

Se puso unos vaqueros y una chaqueta, dejó a Kafka dormida debajo del sofá y bajó los tres pisos sin ascensor de la plaza de Benimaclet con el móvil apagado en el bolsillo.

En la plaza paró el primer taxi que pasó y dijo la dirección sin pensarla, como quien dice su propio nombre.

—Calle Sueca. Esquina con Cádiz.

El taxista, un hombre mayor con una radio puesta en un programa de llamadas de madrugada, la miró por el retrovisor.

—¿La del reloj? —preguntó.

—La del reloj.

—Mi padre ponía la hora por ese reloj. —El taxista arrancó—. Trabajaba en la fábrica de Tabacalera. Decía que era el único reloj de Valencia que no mentía.

Carmen no dijo nada. Miró por la ventanilla las calles de la ciudad de noche, las terrazas de los bares de Benimaclet todavía llenas, el puente sobre el cauce del Turia, la Gran Vía con sus plátanos de sombra y sus farolas de hierro.

Se bajó en la esquina de la calle Cádiz a las doce menos diez. Pagó. El taxista le dio el cambio y le dijo, sin que ella le preguntara:

—Faltan diez minutos para las campanadas. Si se pone usted en la acera de enfrente, junto al horno, se oyen mejor.

Carmen se puso en la acera de enfrente, junto al horno de leña, que estaba cerrado, con la persiana bajada y un olor a pan que no se iba nunca de la madera de la puerta.

Desde allí se veía la Finca del Reloj entera.

Las cinco plantas de ladrillo rojo oscuro.

Los miradores de hierro y madera en las esquinas.

Los balcones con barandillas en forma de olas.

El balcón del primer piso, con su grieta en diagonal y sus tres agujeros que ella había visto con una lupa.

La pancarta de sábana vieja todavía colgada entre dos farolas, un poco descolorida por una semana de sol: EL RELOJ NO MIENTE .

El andamio de la obra del treinta y tres, con su lona verde, a la izquierda, quieto.

Y en lo alto, la torre. Con su tejadillo de teja vidriada verde. Y la esfera blanca del reloj, iluminada por dentro con una luz amarilla, como una luna pequeña colgada sobre Russafa.

Las doce menos cuatro.

En el cuarto piso, en un balcón, había una luz encendida. Carmen vio una silueta detrás de la cortina. Pequeña. Con un chaleco de punto. Inmóvil, mirando la calle.

Las doce menos uno.

Carmen no sabía qué hacía allí. Lo sabía.

Había ido a oír las campanadas. Las mismas que había oído una semana antes, desde dentro de la torre, sentada en el suelo de tablones de la sala de la máquina, con un hombre al lado que no le había contado lo que sabía.

Había ido a oírlas desde fuera. Sola. Para saber si sonaban igual.

A las doce, el reloj dio la hora.

La primera campanada cruzó la calle Sueca como una ola.

Grave, lenta, enorme, rebotando en las fachadas, en las persianas cerradas, en los adoquines.

La segunda. La tercera. Una pareja que paseaba por la acera se detuvo a escucharlas.

Un hombre se asomó a un balcón con un cigarro.

En la puerta de un bar de la esquina, dos camareros dejaron de recoger sillas.

Desde fuera sonaban distinto. Más lejos. Más tristes. Más bonitas.

En la novena, Carmen se dio cuenta de que estaba llorando. En la acera. Junto al horno de leña cerrado. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Sin hacer nada para pararlo.

En la duodécima, la silueta del cuarto piso abrió la puerta del balcón.

Era don Paco. En pijama, con su bata de cuadros. Se asomó a la barandilla de forja con forma de olas y miró hacia abajo, hacia la calle, hacia la acera de enfrente, hacia el horno de leña. La vio. No dijo nada. Levantó una mano, despacio, como quien saluda a alguien desde un barco.

Carmen levantó la suya.

Se quedaron así un rato, mientras la última campanada se apagaba sobre Russafa. El relojero en su balcón del cuarto piso y la inspectora suspendida en la acera de enfrente, con la mano levantada, en silencio.

Luego don Paco volvió a entrar. Cerró la puerta del balcón. Apagó la luz.

Carmen cogió otro taxi a Benimaclet. Al llegar a casa, se sentó en el suelo del salón, encendió el portátil y trabajó hasta las cinco en las alegaciones, frase a frase, artículo a artículo, como quien busca una grieta en una fachada con la luz de lado.

*  *  *

El domingo encendió el móvil a las nueve de la mañana. No para leer los mensajes de Samuel. Para hacer una llamada.

Tenía catorce llamadas perdidas. Nueve de Samuel. Dos de Marina Lluch. Una de Júlia Ferrer. Una de Pilar Sanchis. Una de un número que no conocía. Y un mensaje de voz de su madre que decía, en su totalidad: Vino el chico. Le cerré la persiana. Tenía el perro. El perro es bonito. Llámame.