Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 12 · La entrega de Mies
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Capítulo 12 · La entrega de Mies

El domingo a las once de la mañana, como cada domingo de semana par, Samuel bajó a Mies a la calle con la correa, el cuenco de viaje, la bolsa de pienso de salmón bajo en grasa que nadie le daba en su casa y la manta de cuadros sin la que el perro no dormía, y esperó en el portal de la calle Literato Azorín a que llegara Lucía.

No había dormido. No había dormido desde el viernes a las diez y cuarenta, cuando Carmen le colgó en mitad de una frase. La había llamado nueve veces. No había contestado ninguna. Le había escrito cuatro mensajes. Los cuatro tenían dos marcas azules. Ninguno tenía respuesta.

El viernes por la tarde había ido a Benimaclet.

Era la primera vez en diez años que pisaba Benimaclet.

Bajó del autobús en la plaza, con Mies, y se quedó un momento quieto en la acera, mirando a su alrededor como quien entra en un país donde estuvo exiliado.

La plaza era igual. La iglesia. Los bancos.

El horno de la esquina. La persiana verde de un taller cerrado con un rótulo descolorido que decía Talleres Ortuño — Cerrajería y Carpintería Metálica , y encima, una pintada de un grafitero que representaba un gato negro sentado en una torre de reloj.

Samuel se quedó mirando el gato negro durante mucho rato.

Llamó al portero automático del tercero. Nadie contestó. Volvió a llamar. Nada. Llamó una tercera vez y entonces, a su espalda, se oyó el estruendo metálico de una persiana subiendo.

Era la del taller. Debajo, en el hueco, con unos vaqueros, una camisa de cuadros remangada, el pelo blanco cortado a lo garçon y un soldador apagado en la mano, estaba Pepa Ortuño.

—No está —dijo—. Y si estuviera, no te abriría.

—Señora Ortuño…

—Pepa. Me llamabas Pepa a los veinte años. Me robabas croquetas de la nevera. —Pepa dejó el soldador sobre un banco de trabajo—. Ahora me llamas lo que quieras. Pero no te va a servir de nada.

Samuel se quedó quieto en la acera. Mies se sentó a sus pies y miró a Pepa con interés, olfateando el aire, porque del taller salía olor a metal y a café.

—¿Dónde está?

—En su casa. Con el móvil apagado y la tortuga. Desde el viernes a las cuatro. —Pepa se cruzó de brazos—. Me ha llamado para decirme que no te abra. Por si venías. Me ha dicho «por si viene». Ni siquiera tu nombre.

—Necesito hablar con ella.

—Ella no necesita hablar contigo. —Pepa le miró de arriba abajo, despacio, con la mirada de una soldadora que examina una unión mal hecha—. ¿Sabes cuántas horas estuvo en el andén?

Samuel no contestó.

—Doce. —Pepa levantó un dedo—. De las once y diez de la mañana a las once y diez de la noche.

Con un vestido amarillo que se había comprado para la ocasión.

Sentada en un banco. Mirando cada tren que llegaba de Barcelona.

Había seis. Los miró todos. —Bajó el dedo—.

Yo la recogí con el último. No dijo una palabra en todo el camino.

Y al llegar a casa arrancó la hoja de la agenda y la tiró a la papelera.

—Lo sé.

—No lo sabes. Lo sabías. Que es distinto.

—Pepa se acercó a la acera, despacio, limpiándose las manos en un trapo—.

Ahora lo sabes otra vez. Porque has vuelto a hacer lo mismo.

Has visto que venía un tren y no se lo has dicho.

Por no quitarle la ilusión. Por no estropear el momento.

—Hizo una pausa—. Mi marido hacía eso. Cuando un cliente no pagaba, no me lo decía, para no preocuparme.

Yo me enteraba por el banco. Siempre. Se murió encima de una plancha de acero sin decirme que debíamos cuarenta mil euros.

Samuel no dijo nada. No tenía nada que decir.

Pepa le miró un momento más. Luego miró a Mies, que seguía sentado en la acera, con la lengua fuera.

—El perro es bonito —dijo—. Gordo, pero bonito.

Y bajó la persiana del taller con un estruendo que hizo volar a las palomas de la plaza.

Lucía llegó a las once y cinco en un coche eléctrico blanco, aparcó en doble fila con las luces de emergencia y bajó con unas gafas de sol enormes, un vestido de lino color arena, el pelo rubio recogido en un moño despeinado a propósito y la expresión de alguien que lleva cuarenta minutos en un atasco de domingo en la Gran Vía.

—Llego tarde —dijo—. Lo sé. No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Ibas a decir algo. Siempre dices algo. —Se agachó a abrazar a Mies, que la recibió con un entusiasmo moderado, propio de un perro que sabe que en la casa de su otra madre le espera un sofá blanco prohibido y pienso de salmón bajo en grasa—. Hola, gordo. Hola. ¿Te ha dado tostadas?

Mies no contestó. Samuel tampoco.

Lucía se incorporó. Le miró por encima de las gafas de sol.

Luego se las quitó. Tenía los ojos azules, muy claros, y unas arrugas nuevas en las comisuras que Samuel no le había visto hacía dos años, cuando firmaron el divorcio en una notaría de la calle Colón, sin abogados, porque ella era abogada y dijo que no hacía falta, que se repartían el piso, el coche y el perro como dos adultos y punto.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—Samuel. Fuimos ocho años casados. Sé cuándo te pasa algo. Te pasa algo cuando no haces bromas.

—Estoy haciendo una broma ahora.

—No. Estás diciendo «estoy haciendo una broma ahora». Que es lo contrario. —Lucía le dio la correa de Mies al perro, que la cogió con los dientes, porque sabía hacerlo, y se sentó en el escalón del portal—. Siéntate. Tengo diez minutos antes de que me multen.

Samuel se sentó a su lado. En el escalón del portal de la calle Literato Azorín, un domingo a las once de la mañana, con su exmujer, como si fueran dos adolescentes.

No se lo contó. Al principio. Luego sí. Todo. La Finca del Reloj, don Paco y sus libretas, Bellver, las fotos, la torre, el beso, el sábado y el número oculto, el viernes y el despacho seiscientos doce. No le contó el nombre de ella. No hizo falta.

—Es la del andén —dijo Lucía, cuando terminó.

Samuel se volvió hacia ella.

—¿Cómo sabes eso?

—Me lo contaste. —Lucía se encogió de hombros—.

En Lisboa. La segunda noche. Borracho de vinho verde en un banco del Miradouro de Santa Luzia.

Me contaste que había una chica en Valencia que te había esperado en un andén doce horas y que tú no fuiste.

Que no te lo perdonarías nunca. —Hizo una pausa—.

Y luego te dormiste en mi hombro y yo pensé: este chico está roto. Me gusta. Le voy a arreglar.

—Lucía…

—No me arreglaste nada. —Lucía sonrió, sin rencor—. Yo a ti tampoco. Lo intentamos ocho años. Fuimos felices, muchas veces. No te arrepientas de eso, que yo no me arrepiento. Pero nunca dejaste de ser el chico del banco del Miradouro. —Le miró—. ¿Sabes por qué me divorcié de ti, Samuel?

—Porque trabajaba demasiado.

—No. Eso es lo que te dije. —Lucía se volvió hacia la calle, hacia su coche con las luces de emergencia parpadeando—.

Me divorcié porque cada vez que las cosas se complicaban, te ibas.

No de casa. No me dejabas. Te ibas a otro sitio.

Al trabajo. A un proyecto. A una broma. A tu perro.

A cualquier sitio donde no tuvieras que estar delante de lo que pasaba.

—Hizo una pausa—. Cuando mi madre se puso enferma, te pasaste tres meses en la obra de Paterna.

Cuando perdimos el embarazo, te fuiste a Oporto a un congreso de Siza.

Y cuando te pregunté por qué, me dijiste que no querías estropear las cosas diciendo algo equivocado.

Samuel no dijo nada.

—Eso es lo que has hecho con ella, ¿verdad? —Lucía le miró—. No le dijiste lo de las fotos porque no querías estropear el momento. Te fuiste. Sin moverte de la torre. Te fuiste a algún sitio donde no tenías que decirle que tenía un problema.

—Sí.

—Y ella se ha enterado por el ayuntamiento.

—Sí.

Lucía se levantó del escalón. Se sacudió el vestido de lino. Se puso las gafas de sol.

—Pues ahora no te vayas —dijo—. Es lo único que te digo.

Ahora que se ha complicado de verdad, no te vayas.

Ni al trabajo, ni a un proyecto, ni a una broma.

Quédate delante. Aunque te diga que te vayas.

—Cogió la correa de Mies de la boca del perro—.

Que yo te lo dije muchas veces y tú siempre me hiciste caso. Y eso fue lo peor de todo.

Abrió la puerta de atrás del coche. Mies subió de un salto, con su manta y su cuenco y su bolsa de pienso. Lucía cerró la puerta. Rodeó el coche. Antes de subir, se detuvo un momento con la mano en el techo.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Carmen.

—Carmen. —Lucía asintió—. Me gustaría conocerla. Algún día. Si sale bien. Para decirle que el perro es gordo por tu culpa.

Subió. Arrancó. El coche blanco se fue por la calle Literato Azorín sin hacer ningún ruido, con un basset hound mirando por la ventanilla de atrás con las orejas pegadas al cristal.

Samuel se quedó sentado en el escalón del portal. Solo. Sin perro.

*  *  *

Bellver llamó a las siete de la tarde.

Número oculto otra vez. Samuel estaba en el estudio, solo, en la sala grande, sentado delante del panel de corcho, mirando la columna de la Finca del Reloj, que nadie había quitado todavía.

72 H. Y debajo, todas las tarjetas, una por persona, con sus tareas cumplidas.

Marina había puesto un hecho en verde en todas. Menos en una.

La de Carmen.

Marina había clavado una tarjeta para ella también, el viernes de la azotea, aunque Carmen no estaba oficialmente. Una tarjeta en blanco, sin tarea, con solo su nombre. Carmen O. Y debajo, con la letra pequeña e inclinada de Marina, en el hueco del bloqueo: Bloqueado: no puede estar.

Samuel la miraba cuando sonó el móvil.

—Samuel, Samuel. Siento lo de tu amiga.

—No lo sientes.

—No mucho —admitió Bellver—. Pero te avisé. Te dije que si había un informe de tu estudio, habría un sobre. Hubo un informe. Firmado por el padre de tu socio, nada menos. Muy listo. Pero de tu estudio. —Una pausa—. Así que hubo un sobre.

—¿Qué quieres?

—Lo mismo de siempre. Pero ahora te lo puedo vender mejor.

—La voz de colonia se volvió casi amable—.

La catalogación nos ha parado. Lo reconozco.

Mis abogados dicen que el procedimiento puede durar un año.

Y que con ese acta notarial del reloj, que es muy original, te lo concedo, es posible que la Comisión de Patrimonio la apruebe.

—Bellver hizo una pausa—. Pero las comisiones son personas, Samuel.

Y las personas leen los periódicos. Y si en los periódicos sale que el arquitecto que ha impulsado la catalogación tiene una obra pegada a la finca, con micropilotes en la medianera, y una relación sentimental con la inspectora que paralizó su obra y que ha sido suspendida por falta de imparcialidad, la comisión va a leer todo el expediente con otros ojos.

Samuel no dijo nada.

—En cambio —siguió Bellver—, si el arquitecto en cuestión se convierte en el arquitecto de mi proyecto, todo cambia.

Cambia la historia. Ya no es un vecino interesado con una novia en el ayuntamiento.

Es un profesional de prestigio que, después de estudiar a fondo el edificio, ha llegado a la conclusión de que la mejor solución es una sustitución respetuosa.

Con una pieza nueva, contemporánea, que integre el reloj.

—La voz de Bellver se volvió suave como el ante de sus zapatos—.

Incluso lo conservamos, Samuel. El reloj.

Lo ponemos en la fachada del edificio nuevo.

Con una placa. Reloj de 1928. Obra de Rafael Llobet. Queda precioso.

—¿Y los vecinos?

—Los indemnizamos. Generosamente. Más de lo que marca la ley. Con un apartamento de alquiler social en otra zona durante cinco años. Es más de lo que van a conseguir con una catalogación que puede tardar dos años y una rehabilitación que nadie va a pagar.

—¿Y Carmen?

Hubo un silencio al otro lado.

—Si firmas un precontrato conmigo esta semana —dijo Bellver—, retiro la denuncia el lunes.

Por escrito. Diciendo que ha sido un malentendido.

Que la propiedad no tiene ninguna queja sobre la imparcialidad de la inspectora.

Que las fotos son de dos amigos de la carrera tomando un café.

—Hizo una pausa—. Sin denuncia, no hay expediente.

Sin expediente, no hay suspensión. Tu amiga vuelve a su despacho el martes. Con su carrera intacta.

Samuel se quedó quieto, con el móvil pegado a la oreja, mirando la tarjeta en blanco del panel de corcho. Carmen O. Bloqueado: no puede estar.

—¿Y si no firmo?

—Entonces el expediente sigue. Y el jefe de servicio de tu amiga, que es un hombre muy riguroso, como ella, va a proponer la sanción máxima.

Suspensión de empleo y sueldo de seis años.

Y traslado forzoso. —Bellver suspiró—. A los cuarenta años, Samuel, seis años fuera es el final de una carrera. Lo sabes.

Samuel cerró los ojos.

Pensó en catorce años de inspecciones. En una mujer que bajó con abrigo a un sótano del Cabanyal con una linterna antes de firmar nada. En la caja de cartón con un cactus en miniatura que temblaba en la acera de la avenida de Aragón, aunque él no la había visto. En un andén.

Pensó en Lucía, sentada en un escalón, diciendo no te vayas .

Pensó en Pepa, con un soldador apagado en la mano, diciendo has visto que venía un tren y no se lo has dicho .

Y pensó que esta vez no se iba a ir. Que esta vez iba a hacer algo. Que esta vez podía arreglarlo. Él solo. Sin que ella tuviera que pagar nada. Sin que ella tuviera que esperar en ningún andén.

Lo pensó con una claridad absoluta, con la misma claridad con que dieciséis años atrás, en una oficina de la calle Pujades, había pensado que ella lo entendería.

—¿Dónde firmo? —dijo.

Al otro lado de la línea, Marcos Bellver sonrió. Samuel lo oyó. No hizo falta verlo.

—Mañana a las diez —dijo Bellver—. En mi despacho. Calle Colón, catorce, quinta planta. Trae tu DNI.

Colgó.

Samuel dejó el móvil sobre la mesa. Se quedó mirando el panel de corcho mucho rato.

Luego se levantó. Fue hasta la columna de la Finca del Reloj. Cogió la tarjeta en blanco de Carmen, la que decía Bloqueado: no puede estar . La desclavó. La miró un rato. Y luego la guardó en el bolsillo de la camisa, junto al corazón, que era una tontería, lo sabía, pero que hizo de todas formas.

En la butaca de mimbre, Bruja le miraba con los dos ojos abiertos, el verde y el color miel, sin parpadear.

No le dijo nada a la gata. La gata tampoco a él.

Pero cuando Samuel apagó la luz de la sala grande y salió del estudio, Bruja bajó de la butaca, cruzó la sala a oscuras y se sentó delante del panel de corcho, en el sitio exacto donde había estado él, mirando el hueco de la tarjeta que faltaba.