Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 11 · Como si nada
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Capítulo 11 · Como si nada

El informe técnico entró en el registro general del Ayuntamiento de Valencia el lunes a las ocho y un minuto de la mañana, con el número de entrada dos-cero-dos-siete barra cero-cero-seis-uno-uno-tres, ochenta y cuatro páginas, catorce anexos, un acta notarial y una firma.

La firma era de Ramón Casal Benlloch, arquitecto colegiado número ochocientos doce desde mil novecientos setenta y seis.

Estaba hecha con la mano izquierda, un poco torcida, con una R inicial que se inclinaba hacia atrás como si quisiera mirar lo que venía detrás.

Carmen la vio el domingo por la noche, a las doce y media, en el estudio, cuando Samuel le enseñó el documento terminado en la pantalla, y se le hizo un nudo en la garganta que no supo explicar.

—Le ha costado veinte minutos —dijo Samuel—. Firmarlo. Con la izquierda. Lo ha repetido cinco veces en un folio antes de firmar el bueno. No ha dejado que nadie le sujetara la mano.

—¿Por qué lo hace?

—Porque Llobet era su maestro.

Carmen se volvió.

—¿Qué?

—No directamente. Llobet murió en mil novecientos treinta.

Pero el maestro de Ramón, don Vicente Gisbert, fue aprendiz de Llobet.

En la Finca del Reloj. Con dieciséis años.

—Samuel sonrió—. Ramón se lo ha contado esta tarde a Júlia, en la torre, mientras Iván montaba la prueba.

Dice que Gisbert le contaba que Llobet subía cada día a la obra y tocaba las vigas antes de que las colocaran. Y que firmaba las que le gustaban más.

Carmen no dijo nada. Se quedó mirando la firma torcida de un hombre de setenta y dos años en la pantalla de un portátil, a la una menos cuarto de la madrugada.

Todo estaba unido. Las vigas, los relojes, las cartas, las firmas.

Llevaba catorce años inspeccionando edificios como si fueran expedientes separados, con su número, su carpeta, su plazo.

Y no lo eran. Eran una conversación. Entre gente que se había muerto y gente que seguía viva.

Que se preguntaban cosas de un siglo a otro, de una viga a otra, de una carta a otra.

Ruego disculpen la irregularidad.

El desalojo cautelar de la Finca del Reloj se suspendió el lunes a las trece horas y diez minutos.

Carmen se enteró en el despacho de terrazas, una habitación sin ventanas en la planta baja del edificio de Urbanismo, con dos mesas, un archivador lleno de expedientes de toldos, un dispensador de agua que goteaba y una compañera llamada Nieves, de sesenta y tres años, que llevaba veintidós en terrazas y que la recibió el viernes con un café, un donut y una frase: «Aquí se viene a descansar o a castigar. Tú no tienes cara de descansar».

A las trece y diez, Nieves levantó la vista de su ordenador.

—Oye, Ortuño. ¿Tú no estabas con lo de la Finca del Reloj, antes de venir aquí?

Carmen dejó de rellenar un formulario de una jardinera en la calle Cuba.

—¿Por qué?

—Acaba de salir en el sistema. Resolución de la Dirección General de Patrimonio.

Suspensión cautelar del desalojo y de cualquier procedimiento de ruina sobre la finca de la calle Sueca, cuarenta y uno, por incoación de expediente de catalogación.

—Nieves le dio un mordisco a su donut—. Con un informe técnico firmado por un tal Ramón Casal.

Y un acta notarial de un reloj. —Se volvió hacia ella—. ¿Un acta notarial de un reloj?

—Es una historia larga.

—Aquí tenemos tiempo. —Nieves se encogió de hombros—. Los toldos no se van a ninguna parte.

Carmen no se la contó. Pero se levantó de la silla, fue al baño de la planta baja, se encerró en el cubículo del fondo, se sentó en la tapa del váter con el móvil en la mano y leyó la resolución entera en la pantalla.

Tres veces. Luego apagó el móvil, se tapó la cara con las manos y lloró durante cuatro minutos exactos, en silencio, como lloraba siempre, a escondidas, para que nadie la viera.

Luego se lavó la cara, se rehízo la coleta tirante y volvió a la jardinera de la calle Cuba.

A las dos y cuarto le llegó un mensaje. Una foto.

La torre del reloj, desde la acera de la calle Sueca, con el cielo azul detrás.

En la acera, debajo de la torre, había una pancarta hecha con una sábana vieja, colgada de los balcones del primero, escrita con pintura roja y una letra de alguien que no sabía hacer letras grandes pero lo había intentado con todas sus fuerzas.

EL RELOJ NO MIENTE.

Y debajo, en la acera, una fila de personas mirando hacia la cámara.

Don Paco con su chaleco de punto. La señora Visitación en una silla de ruedas, con una bata de flores y un ramo de margaritas.

Los Martínez. Quique, con su dibujo de la torre en la mano, el del gato negro.

Pau, a su lado, con el casco de purpurina.

Dani. Vicent. Júlia con su agenda. Marina y Álvaro.

Ramón, apoyado en su bastón. Pilar con un táper.

Y Samuel, en el extremo, con Mies sentado a sus pies, sin sonreír. Mirando a la cámara como si mirara a alguien que no estaba.

Debajo de la foto, un mensaje.

Te falta a ti. Pero no podías estar. Lo sabemos. Gracias. — Todos.

Carmen se quedó mirando la foto mucho tiempo. Luego guardó el móvil en el bolsillo y no le contestó a nadie. Pero esa tarde, al salir del edificio de Urbanismo a las tres, en lugar de coger el autobús a Benimaclet, cogió el que iba a Russafa.

*  *  *

Esa semana rompieron el punto tercero cuatro veces.

El lunes por la noche, en el piso de Samuel en la calle Literato Azorín, porque era semana impar y Mies estaba allí y alguien tenía que sacarlo a las diez.

Ella subió los tres pisos sin ascensor detrás de él y del perro, y en el rellano del tercero se detuvo un momento, con la mano en la barandilla, y dijo «esto es un domicilio» con la voz de las inspecciones, y él le contestó «ya lo sé» sin volverse, abriendo la puerta, y ella entró igual.

El piso olía a café, a perro y a libros.

Tenía los techos muy altos, un suelo de baldosa hidráulica con dibujos de estrellas que él había restaurado a mano, estanterías hasta el techo, un sofá de terciopelo verde con la forma exacta de un basset hound en un extremo, y una mesa de dibujo junto al balcón con un plano a medio hacer, una taza de café frío y un rotulador de pizarra sin capuchón.

En una pared había fotos. Carmen las miró de lejos, sin acercarse.

Oporto. Lisboa. Shanghái. Una boda en una masía del Empordà, con una mujer rubia riéndose con la cabeza echada hacia atrás.

Mies de cachorro. Ninguna de Valencia antes de dos mil diez.

Ninguna de ella.

No dijo nada. Él la vio mirar la pared y tampoco dijo nada.

El martes, en el piso de ella, en Benimaclet.

Rompieron el punto tercero y el cuarto a la vez, porque Kafka los vio.

La tortuga salió de debajo del sofá cuando Samuel se sentó en él, avanzó por la alfombra con la lentitud de un trámite, le olió el zapato y se volvió a meter debajo del sofá sin opinión.

Samuel la miró irse con la expresión de alguien que acaba de suspender un examen.

—No le he gustado —dijo.

—A Kafka no le gusta nadie.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintitrés.

Samuel se quedó quieto.

—Veintitrés —repitió—. Era tuya en la Escuela. La tenías en el piso de tu madre. En una caja de zapatos con agujeros. La llamabas…

—Punto quinto —dijo Carmen.

—… Kafka —terminó él, en voz muy baja—. Porque decías que tenía cara de trámite administrativo.

Carmen no dijo nada. Se fue a la cocina a hacer café. Tardó mucho en volver.

El miércoles, otra vez en Russafa. El jueves, en ninguna parte, porque ella tenía cena en casa de su madre y él tenía que llevar a Mies al veterinario, que confirmó que el perro tenía que bajar dos kilos y le miró con la misma desaprobación que Lucía.

Fueron cuatro noches. Carmen no las apuntó en la agenda. Ni una. Era la primera vez en catorce años que había días en su agenda en los que no ponía nada, y que no estaban vacíos.

Lo que pasó esas noches no lo contó a nadie.

Ni a su madre, que el sábado la miró por encima de la mesa de formica amarilla y dijo «ya» y no preguntó nada más.

Ni a Nieves, que el jueves por la mañana le dijo que tenía cara de haber dormido poco y bien.

Ni a sí misma, del todo, porque había cosas que no cabían en una carpeta de anillas ni en una hoja de cálculo ni en un protocolo plastificado.

Solo apuntó una cosa, el miércoles por la noche, a las tres de la madrugada, en el piso de Russafa, en la mesa de dibujo junto al balcón, mientras él dormía en el sofá de terciopelo verde con Mies encima de los pies.

Cogió un post-it amarillo del montón que él tenía junto al plano. Cogió el rotulador de pizarra sin capuchón. Escribió con su letra pequeña y vertical, que con un rotulador de pizarra parecía otra:

Punto octavo. No hay punto octavo.

Y lo pegó en la pantalla del portátil de él, donde lo vería al despertarse.

No lo vio nunca. O sí, y no se lo dijo. Carmen no lo supo.

*  *  *

El viernes, a las diez y veinte, la llamaron de Recursos Humanos.

No fue Coll. Fue una voz de mujer que no conocía, muy amable, muy neutra, que le pidió que subiera a la sexta planta, al despacho seiscientos doce, «cuando le venga bien, pero a ser posible ahora».

Carmen subió. Nieves la miró salir del despacho de terrazas con una expresión que no le gustó nada.

El despacho seiscientos doce era una sala de reuniones con una mesa ovalada, ocho sillas, una ventana que daba al cauce del Turia y tres personas sentadas en un lado de la mesa.

Una mujer de unos cincuenta años con una carpeta, que se presentó como jefa de la sección de régimen disciplinario.

Un hombre joven con gafas que no se presentó y tomaba notas en un portátil.

Y Bernabé Coll, en el extremo, con su traje gris, su Montblanc y una expresión de pena muy bien ensayada.

Carmen se sentó en el otro lado de la mesa. Sola.

—Señora Ortuño —dijo la jefa de régimen disciplinario—.

Le comunicamos la incoación de un expediente disciplinario por posible falta muy grave, consistente en el incumplimiento del deber de abstención en un procedimiento administrativo en el que concurría un interés personal, y en la vulneración del deber de imparcialidad.

Carmen no se movió.

—A raíz de una denuncia recibida el martes en la concejalía de Personal —siguió la mujer, abriendo la carpeta—, acompañada de diversa documentación gráfica.

Sacó las fotos. Las extendió sobre la mesa ovalada, una a una, con cuidado, como quien reparte cartas.

Un banco de madera junto a una acequia. Dos personas riéndose a carcajadas. Un basset hound.

Un invernadero lleno de cactus. Dos personas de pie junto a un cactus de México, muy cerca.

Un portal del Cabanyal, de noche. Una mujer saliendo, con el pelo suelto. La hora sobreimpresionada en la esquina: 01:47 .

Un portal de la calle Literato Azorín, de noche. Una mujer entrando detrás de un hombre y un perro. 22:14 .

Un portal de la plaza de Benimaclet, de noche. Un hombre entrando detrás de una mujer. 21:38 .

Carmen miró las fotos durante mucho tiempo. No tocó ninguna.

Pensó en un fotógrafo de pájaros junto a un cañaveral. En un retrovisor que no había mirado. En cuatro noches que no había apuntado en ninguna parte y que alguien había apuntado por ella, con hora y minuto, desde un coche aparcado.

—Hasta la resolución del expediente —dijo la jefa de régimen disciplinario—, y como medida cautelar, se acuerda su suspensión provisional de funciones. Con efectos desde hoy. —Hizo una pausa—. Tiene usted diez días para presentar alegaciones.

Carmen levantó la vista. Miró a Coll. Coll le devolvió la mirada con su expresión de pena.

—Lo siento mucho, Carmen —dijo—. De verdad. Te avisé.

—Me avisó —repitió ella.

—Te dije que no le vieras.

—Me lo dijo. —Carmen recogió las fotos de la mesa, una a una, con cuidado, como quien recoge cartas después de perder una partida. Las ordenó. Las cuadró golpeándolas contra la mesa. Y se las devolvió a la jefa de régimen disciplinario—. Y yo le dije que lo había entendido perfectamente.

*  *  *

Le llamó desde la calle, desde la acera de la avenida de Aragón, con el bolso al hombro y la caja de cartón con sus cosas del despacho de terrazas bajo el brazo: una taza, un cactus en miniatura que le había regalado Nieves esa misma mañana, el calendario de la Junta Central Fallera todavía en marzo.

Samuel contestó al primer tono.

—Me han suspendido —dijo ella—. Expediente disciplinario. Falta muy grave. Con fotos. El Palmar. Las cactáceas. Tu estudio a la una y cuarenta y siete. Tu portal. El mío.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio raro. Demasiado corto para la sorpresa. Demasiado largo para otra cosa.

—Carmen…

—¿Lo sabías?

El silencio se alargó.

—Me llamó Bellver el sábado pasado —dijo Samuel—. Desde un número oculto. Me dijo que tenía fotos. Que si el lunes había un informe de mi estudio en el expediente, el martes habría un sobre en la mesa del concejal de Personal. Y que te suspenderían.

Carmen se quedó quieta en la acera. La caja de cartón le pesaba en el brazo. El cactus en miniatura tembló.

—El sábado —repitió.

—El sábado.

—Y el domingo estuvimos cinco horas en la torre.

—Sí.

—Y a medianoche me dijiste que Bellver te había llamado para lo de siempre. Que retiraras el informe. Que cogieras su proyecto. —Carmen hablaba muy despacio, como quien lee un acta—. No me dijiste lo de las fotos.

—No.

—Ni el lunes. Ni el martes. Ni el miércoles. Ni el jueves.

—No.

—¿Por qué?

Samuel tardó mucho en contestar. Carmen oyó, al otro lado, a Mies ladrar a algo, y luego la voz de Samuel, muy baja, muy rota, como no la había oído nunca.

—Porque en la torre me miraste de una manera que no me habías mirado en dieciséis años —dijo—.

Y no quise quitártelo. Pensé que te lo contaría al día siguiente.

Y al día siguiente estabas en mi sofá. Y al otro en el tuyo.

Y cada día era más difícil. —Hizo una pausa—.

Cada hora que pasaba era más difícil, Carmen.

Carmen cerró los ojos en mitad de la acera de la avenida de Aragón, con la caja de cartón en el brazo y el tráfico pasando a su lado.

Cada hora que pasaba era más difícil.

Lo había oído antes. No con esas palabras. En un mensaje de Nokia, larguísimo, recibido una semana después de un veintitrés de junio, en el que un chico de veinticinco años le explicaba por qué no había cogido un tren.

—Ahora no puedo hablar —dijo.

—Carmen, por favor…

—Ahora no.

Colgó. Se quedó en la acera con el móvil en una mano y la caja de cartón en la otra.

Luego cruzó la avenida, caminó hasta la parada del autobús de Benimaclet, se sentó en el banco y se quedó allí mucho rato, viendo pasar autobuses sin subirse a ninguno, con un cactus en miniatura temblando en una caja de cartón sobre las rodillas.