Capítulo 10 · Setenta y dos horas #2
No se lo contó a Marina, que coordinaba desde el estudio con una eficacia que daba miedo.
No se lo contó a Júlia, que a las doce del mediodía le mandó un mensaje con una captura de pantalla del registro electrónico: Solicitud de incoación de catalogación — Registrada — 23:41 del viernes.
¡¡¡ARTÍCULO 47!!! . No se lo contó a Dani ni a Vicent, que bajaron del tejado a las dos con las tejas fijadas, cuarenta fotos de las marcas de la palanca y la ropa llena de polvo de cal.
No se lo contó a Pau, que pasó el sábado entero en el piso de los Martínez jugando a las cartas con Quique y explicándole a la señora Visitación, con una paciencia infinita, que no tenía que firmar nada ni entregar ninguna llave.
Y no se lo contó a Carmen.
La vio el domingo a las cinco de la tarde, en el zaguán de la Finca del Reloj, cuando llegaron Iván, don Emili Carbonell, el notario, un hombre de sesenta años con traje de lino y un sombrero panamá que parecía salido de una novela de Graham Greene, y Josep Ferrer, el padre de Júlia, que había venido «a mirar», según dijo, con una chaqueta de Serrano y una expresión de profunda curiosidad.
Carmen estaba al pie de la escalera de mármol. Llevaba vaqueros y un jersey gris y el pelo recogido en la coleta tirante. Le miró al llegar. Él la miró a ella. No se dijeron nada. Había demasiada gente.
Subieron a la torre. Los ciento doce peldaños de la escalera de caracol. Don Paco delante, despacio, contándolos en valenciano. El notario detrás, sujetándose el sombrero. Iván con su mochila. Josep Ferrer con su chaqueta. Carmen. Samuel el último.
En el peldaño sesenta y tres, Carmen se detuvo un instante. Medio segundo. Nadie lo notó. Samuel sí.
Arriba, en la sala de la máquina, con la luz blanca entrando a través de la esfera del reloj, Iván montó la prueba.
Un sensor láser apuntando al péndulo, conectado a un portátil.
Un cronómetro de precisión sincronizado con la señal horaria.
Abajo, en la fachada, en el balcón del primer piso, al otro lado de la grieta, Dani esperaba con un taladro inalámbrico y una broca del ocho, con Vicent sujetándole y Pau haciendo fotos.
—Don Emili —dijo Iván—. ¿Da usted fe de que el péndulo marca, a las diecisiete horas, veintitrés minutos y diez segundos, una desviación de más un segundo respecto a la señal horaria?
El notario se acercó al portátil. Miró. Apuntó en un cuaderno con una pluma estilográfica.
—Doy fe.
Iván cogió el móvil. Escribió un mensaje.
Abajo, en la fachada, se oyó un taladro. Corto. Tres veces. Como un pájaro carpintero.
Arriba, el péndulo siguió yendo y viniendo. Tic. Tac. Tic. Tac. Durante un minuto no pasó nada. Durante dos minutos no pasó nada. Carmen tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que se le habían puesto blancos los nudillos.
Al tercer minuto, el sensor láser parpadeó.
Iván miró la pantalla. Esperó. Miró el cronómetro. Esperó un minuto más. Luego se volvió hacia el notario.
—Don Emili. ¿Da usted fe de que el péndulo marca ahora una desviación de más siete segundos respecto a la señal horaria?
El notario se acercó. Miró. Se quitó el sombrero panamá. Volvió a mirar.
—Más siete —dijo—. Seis segundos de diferencia con la lectura anterior.
—Seis segundos —repitió Iván.
—Doy fe —dijo don Emili, y apuntó en el cuaderno con su pluma.
Hubo un silencio en la sala de la máquina. Solo se oía el tic, tac del péndulo, que seguía yendo y viniendo, desplazado seis segundos, como el corazón de un animal grande al que alguien ha despertado.
Don Paco Ibáñez se sentó en un taburete. Se quitó las gafas de relojero. Se pasó la mano por la cara.
—Los jóvenes de la calle —dijo, muy bajo—. Eso pensé. Que eran los jóvenes de la calle.
Josep Ferrer, que no había dicho una palabra en toda la tarde, se acercó al relojero y le puso una mano en el hombro.
—Lo apuntó usted, señor Ibáñez —dijo—. Eso es lo único que importa. Que alguien lo apuntó.
Bajaron todos a las seis y media. Todos menos don Paco, que tenía que recentrar el péndulo y no dejaba que nadie le ayudara. Y menos Samuel, que se quedó en la torre porque alguien tenía que esperar al relojero. Y menos Carmen, que se quedó porque sí. No dio ninguna razón. Nadie se la pidió.
Don Paco tardó hasta las once y media. Recentrar un péndulo de 1928 desplazado seis segundos no era, explicó, como recolocar un cuadro torcido.
Era como afinar un violín con los ojos cerrados.
Ajustaba un milímetro, esperaba media hora, comprobaba, volvía a ajustar.
Samuel y Carmen se sentaron en el suelo de tablones de la sala de la máquina, con la espalda contra la pared de ladrillo, uno al lado del otro, sin tocarse, y le miraron trabajar durante cinco horas.
No hablaron casi nada. Cuando hablaron, fue en voz baja, como en una iglesia.
De la prueba. De don Emili y su sombrero panamá.
De Josep Ferrer y la mano en el hombro del relojero.
De que la gráfica plana, ahora, tenía validez técnica.
A las doce menos cuarto, don Paco cogió la llave de hierro con mango en forma de trébol y le dio cuerda al reloj. Diez vueltas. Las pesas subieron. El péndulo volvió a su sitio. Tic. Tac.
—Más uno —dijo don Paco, mirando su reloj de bolsillo—. Como siempre en abril.
Se levantó. Se puso la chaqueta.
—Bajo yo solo —dijo—. Ustedes cierren la puerta de la torre cuando salgan. La llave está debajo del felpudo del cuarto.
—Le acompañamos —dijo Samuel.
—No. —Don Paco le miró por encima de las gafas, con sus ojos de agua—. Llevo cincuenta y un años bajando esta escalera solo. Ustedes quédense un rato. Quedan diez minutos para las doce. A las doce, el reloj da las campanadas. Desde aquí se oyen como en ningún sitio.
Y se fue. Le oyeron bajar, despacio, contando los peldaños en valenciano. Ciento doce. Luego la puerta de su piso.
Se quedaron solos en la torre. Con la luz amarilla de la ciudad entrando a través de la esfera del reloj, que de noche, por dentro, era una luna enorme, translúcida, con los números romanos al revés. El tic, tac del péndulo. El olor a aceite de máquina y a madera vieja.
—Bellver me llamó ayer —dijo Samuel.
Carmen se volvió hacia él en la penumbra.
—¿Qué quería?
Samuel pensó en contárselo. En las fotos. En el sobre en la mesa del concejal. En el expediente disciplinario. Pensó en contárselo todo. Tenía la boca abierta para hacerlo.
Y no lo hizo.
No lo hizo porque ella estaba sentada a su lado en el suelo de una torre de reloj a medianoche, con el pelo recogido y la cara iluminada por una luna de cristal, y por primera vez en dieciséis años tenía en los ojos algo que no era rabia ni distancia ni protocolo.
Y él no quiso quitárselo. No esa noche. Se dijo que se lo contaría mañana. Que mañana encontraría la forma.
—Lo mismo de siempre —dijo—. Que retire el informe. Que coja su proyecto.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Cuánto tardaste?
—Tres segundos.
Carmen sonrió. En la penumbra. Despacio.
—Siempre tardas tres segundos en decir que no a Bellver —dijo.
—Es lo único que he aprendido en dieciséis años.
Ella no dijo nada. Se quedaron en silencio. El péndulo iba y venía. Tic. Tac.
Y entonces, a las doce en punto, el reloj dio la hora.
La primera campanada les atravesó el pecho como una ola.
Grave, enorme, sonando a medio metro de sus cabezas, en el campanario de hierro que había encima de la sala de la máquina, haciendo vibrar los tablones del suelo, los ladrillos de la pared, el aire mismo.
La segunda. La tercera. Carmen se tapó los oídos y se echó a reír. Samuel también. La cuarta. La quinta.
En la sexta, ella se quitó las manos de los oídos.
En la séptima, se volvió hacia él.
En la octava, él dejó de reírse.
En la novena, ella dijo algo que él no oyó por el ruido de la campana, pero que vio en sus labios, y que eran dos palabras, y la segunda era su nombre.
En la décima, se besaron.
No fue como en el peldaño sesenta y tres, dieciséis años atrás.
No fue torpe ni rápido ni con el sabor del miedo a que alguien les viera.
Fue lento, y serio, y tuvo algo de pregunta y algo de respuesta, y algo de un andén y de un tren que no llegó, y algo de perdón todavía no dado.
Las campanadas once y doce les cayeron encima mientras se besaban, y no se separaron, y cuando la última se apagó y se quedó vibrando en el aire de la torre, durante mucho tiempo, como el eco de algo que no termina de irse, seguían sin separarse.
Cuando por fin lo hicieron, Carmen tenía los ojos cerrados.
—Punto quinto —dijo, sin abrirlos.
—Ya lo sé.
—Hechos anteriores.
—Ya lo sé.
—Esto no es un hecho anterior. —Abrió los ojos—. Esto es un hecho nuevo.
Samuel la miró en la penumbra, con la luna de cristal detrás de ella y el péndulo yendo y viniendo, tic, tac, en su sitio, sin moverse ni un segundo.
Ella le cogió la mano. Sin decir nada. La apoyó sobre los tablones de pino del suelo, entre los dos, con los dedos entrelazados, como quien deja una pieza encajada en su sitio para que se asiente.
Y se quedaron así, sentados contra la pared de ladrillo, mirando la luna de cristal, escuchando el péndulo, mientras abajo, en la calle Sueca, pasaba un coche con la música alta y luego nada.
Y pensó en una llamada de un número oculto. En un sobre. En unas fotos.
Y no dijo nada.