Capítulo 10 · Setenta y dos horas
A las seis y cuarto de la tarde del viernes, el panel de corcho de Estudio Mediterráneo tenía una columna nueva.
Samuel la miraba desde la puerta de la sala grande sin poder creérselo.
Habían bajado todos de la azotea en cinco minutos.
Nadie había preguntado nada. Carmen había contado lo del desalojo en dos frases, de pie junto a la paellera, con la voz de las inspecciones, y antes de que terminara la segunda frase Marina ya había bajado la escalera de caracol en busca de tarjetas, Júlia ya había abierto la agenda por una página en blanco, Álvaro ya estaba al teléfono con alguien, y Pilar ya había guardado el dominó y estaba recogiendo la mesa con una eficacia militar.
Ahora estaban todos en la sala grande, de pie delante del panel, con Mies tumbado en el suelo y Bruja en la butaca de mimbre, como una reunión de estado mayor en vísperas de una batalla.
—Reglas —dijo Marina, con un rotulador en la mano—. Quince minutos. Cada uno dice lo que puede hacer en setenta y dos horas. Lo que le bloquea. Lo que necesita. —Miró a Carmen—. Tú no estás aquí. Oficialmente.
—Oficialmente estoy en terrazas —dijo Carmen.
—Pues desde terrazas nos dices qué hay que hacer. Y nosotros lo hacemos. —Marina se volvió hacia el panel—. Empiezo yo. Coordino. Bloqueado: nada. Ya no.
Hubo un murmullo. Álvaro sonrió con media cara.
—Júlia —dijo Marina.
—Solicitud de incoación de expediente de catalogación de la Finca del Reloj como Bien de Relevancia Local.
Con la carta de Llobet, las tres firmas en vigas y la documentación del archivo.
—Júlia ya estaba escribiendo en su tarjeta—.
La presento esta noche por registro electrónico.
El registro funciona veinticuatro horas.
Si entra antes del lunes a las seis, la incoación suspende automáticamente cualquier orden de demolición o desalojo que no sea por ruina física inminente acreditada por técnico competente con visita al inmueble.
—¿Y Ferrandis visitó el inmueble? —preguntó Álvaro.
—No —dijo Carmen.
—Entonces la orden no aguanta —dijo Júlia—. Artículo cuarenta y siete. Pero hay que acreditar que no hay ruina física inminente. Con un informe técnico.
—Iván —dijo Marina.
Iván estaba en un rincón, junto a una maqueta, sin que nadie supiera muy bien en qué momento había llegado. Samuel le había llamado desde la azotea. Había venido en bici, con el casco puesto, y no se lo había quitado.
—Tengo el informe —dijo Iván—. Casi entero. Falta firmarlo.
—¿Cuánto falta?
—La prueba del péndulo. —Iván se ajustó las gafas—. Reconstruir la perforación del nueve de marzo. Taladro del ocho, mismo ladrillo, misma profundidad, otra zona de la fachada. Medir el desplazamiento del péndulo. Si da seis segundos, es la firma del sabotaje.
—¿Cuándo?
—El domingo. Necesito un notario. Para que dé fe.
—Un domingo no hay notarios —dijo Pau.
Júlia levantó la vista de la agenda.
—Mi padre fue notario treinta y ocho años en la calle Colón —dijo—. Está jubilado. No puede dar fe. Pero su sucesor en la notaría, don Emili Carbonell, le debe tres favores y una cena. —Sacó el móvil—. Le llamo.
Samuel la miró. Júlia Ferrer, la de las pestañas, la que nunca pedía nada a nadie, marcando el número de su padre un viernes por la tarde para pedirle un notario un domingo.
—Dani —dijo Marina.
—Las tejas. —Dani se rascó la barba—. Las que levantaron encima de las vigas podridas. Si llueve este fin de semana, empeoran. Las fijo mañana. Con mortero de cal, como estaban. Y fotografío las marcas de la palanca antes de tocarlas.
—¿Necesitas a alguien?
—A Vicent.
—Vicent está jubilado —dijo Pau.
—Vicent está jubilado de su empresa —dijo Dani—. No de las tejas.
—Pau —dijo Marina.
Pau se puso rojo hasta las orejas, con el casco de purpurina todavía colgado del cuello.
—Los vecinos —dijo—. Hay que explicarles que no se tienen que ir.
Que no firmen nada. Que no entreguen las llaves.
La señora Visitación tiene noventa y un años y está asustada.
Los Martínez no saben qué hacer con Quique.
—Tragó saliva—. Puedo ir mañana. Y hablar con ellos.
Y quedarme con ellos. Todo el fin de semana si hace falta.
—¿Por qué tú? —preguntó Álvaro.
—Porque Quique y yo nos caemos bien. —Pau se encogió de hombros—. Me enseñó un dibujo de la torre con un gato. Yo le enseñé mi cuchara torcida. Somos colegas.
Nadie dijo nada. Marina escribió una tarjeta y la clavó en el panel.
—Álvaro.
—Elena Boix —dijo Álvaro—. Tiene amigos en la concejalía de Patrimonio. Y en la prensa. Y le debe al estudio una alquería. —Hizo una pausa—. Y Héctor Mollà.
—¿Mollà? —preguntó Samuel—. ¿El de la Lonja?
—Mollà conoce a Bellver. Y no le gusta. Me lo dijo en la inauguración del Rosario.
—Álvaro se cruzó de brazos—. Dice que Turia Capital compra edificios con inquilinos protegidos y los vacía con informes de ruina de ingenieros de Madrid.
Que lo ha hecho tres veces en Russafa. Que nadie ha podido probarlo nunca.
Carmen se quedó muy quieta.
—¿Tres veces?
—Tres. Mollà tiene los nombres.
Carmen sacó la carpeta de anillas de la mochila. La abrió por una página en blanco. Escribió algo con su letra pequeña y vertical. Samuel vio, desde donde estaba, que le temblaba un poco la mano.
—Pilar —dijo Marina.
Pilar se levantó de la silla. Se ajustó el delantal de flores.
—Croquetas —dijo—. Para todos. Setenta y dos horas. Nadie trabaja con hambre en este estudio mientras yo viva.
Hubo un aplauso pequeño, cansado, emocionado. Pilar se sentó con una dignidad de reina.
—Samuel —dijo Marina.
Samuel se quedó en la puerta. Todos le miraban. Carmen también.
—Yo coordino lo técnico —dijo—. Con Iván.
Firmo el informe como arquitecto independiente.
Lo presento el lunes a primera hora. Por registro.
En nombre de los vecinos. —Se pasó una mano por el pelo—.
Bloqueado: mi obra está pegada a la finca y el dueño de la finca dice que mis micropilotes la han roto.
Si firmo yo, van a decir que tengo interés.
—Tienes interés —dijo Álvaro.
—Ya lo sé.
—Entonces que firme otro —dijo Álvaro—. Y tú lo haces.
—¿Quién?
Álvaro le miró. Luego miró a Ramón, que había bajado de la azotea despacio, con el bastón y la boina, y estaba sentado en la silla de la entrada, escuchándolo todo.
Ramón sonrió con media cara.
—Llevo cincuenta años colegiado —dijo—. No he dejado de pagar la cuota ni un año. Mi mano derecha no firma. Pero la izquierda todavía sabe escribir mi nombre.
* * *
El sábado por la mañana, a las nueve y diez, cuando estaba en la acera de la calle Sueca viendo a Dani y a Vicent subir al tejado de la Finca del Reloj por el andamio de su propia obra, que había vuelto a estar en regla el lunes, Samuel recibió una llamada.
Número oculto. Lo cogió igual.
—Samuel, Samuel.
Bellver. Con la voz de colonia. Pero sin colonia.
—Marcos.
—Me han dicho que tu estudio está muy movido este fin de semana.
—Una pausa—. Que hay un carpintero en mi tejado.
Y un chaval con un casco de purpurina en el piso de la señora Visitación.
Y una arquitecta con muchas pestañas en el registro electrónico del ayuntamiento a las once de la noche de un viernes.
—Tienes buenos fotógrafos de pájaros.
Bellver se rio. Una risa corta, sin ganas.
—Te voy a decir una cosa, porque fuimos compañeros y porque te aprecio.
—La voz se volvió más baja—. Esto no lo vas a ganar.
Tengo un informe de un ingeniero colegiado, una orden de desalojo firmada por un jefe de sección y un jefe de servicio, y un concejal que quiere que en esa esquina de Russafa haya veinticuatro apartamentos turísticos antes del verano que viene.
Tú tienes un relojero de ochenta y cuatro años con cincuenta libretas.
—Cincuenta y tres.
—Cincuenta y tres libretas. —Bellver hizo una pausa—. Y una inspectora municipal que, el martes pasado, estuvo contigo en tu estudio desde las nueve de la noche hasta la una y cuarenta y cinco de la madrugada.
Samuel se quedó helado en la acera.
—No sé de qué hablas.
—Tengo una foto de ella saliendo del portal de tu estudio a la una y cuarenta y siete.
Con el pelo suelto. —Bellver habló muy despacio—.
Y otra de vosotros dos en El Palmar. Y otra en el Jardín Botánico, en el invernadero de las cactáceas, junto a un cactus de México. Muy romántico, Samuel. Muy tuyo.
Samuel no dijo nada. En el tejado de la Finca del Reloj, Dani levantaba una teja y la fotografiaba. Vicent le sujetaba la escalera.
—No quiero usarlas —siguió Bellver—. De verdad.
No me gusta hacerle daño a nadie. Pero si el lunes hay un informe técnico en ese expediente firmado por alguien de tu estudio, el martes hay un sobre en la mesa del concejal de Personal.
Y el miércoles tu inspectora está suspendida de empleo y sueldo con un expediente disciplinario por falta muy grave. Y con su carrera acabada.
—Es una amenaza.
—Es una información. —La voz de colonia volvió—. Piénsalo. Todavía estás a tiempo. El proyecto del edificio nuevo sigue siendo tuyo si lo quieres. Y lo de las vibraciones, olvidado. Y lo de las fotos, también.
Colgó.
Samuel se quedó en la acera de la calle Sueca con el móvil en la mano, mirando la torre del reloj. Marcaba las nueve y doce. Exacta.
* * *
No se lo contó a nadie.