Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 9 · La azotea de los viernes #2
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Capítulo 9 · La azotea de los viernes #2

Carmen miró la carpeta. Dentro había fotocopias de planos a tinta sobre tela, una memoria manuscrita con letra de pluma, inclinada, elegante, y, al final, una hoja suelta.

—Es su último edificio —dijo Júlia—. Llobet murió en mil novecientos treinta.

Dos años después. No hizo nada más. —Pasó a la hoja suelta—.

Y en el expediente hay esto. Una carta al ayuntamiento.

Pidiendo permiso para poner el reloj. Porque la torre no estaba en el proyecto original. La añadió durante la obra.

Carmen cogió la fotocopia. La leyó.

Muy señores míos: solicito la modificación del proyecto aprobado para incorporar en el ángulo de la calle Sueca una torre de reloj público, a mi costa, sin carga para la propiedad ni para el municipio.

Lo hago porque he observado, durante los meses que llevo en esta obra, que los vecinos de este barrio llegan tarde al tranvía, a la fábrica y a misa por no tener a la vista una hora fiable.

Y porque he llegado tarde a demasiadas cosas en mi vida como para no intentar que otros no lleguen. Ruego disculpen la irregularidad.

Rafael Llobet i Soler.

Carmen leyó la carta dos veces. La segunda vez le temblaron un poco las manos.

—«He llegado tarde a demasiadas cosas en mi vida» —leyó en voz alta.

—Eso. —Júlia le miró la cara y se calló un momento—.

Con esto se puede pedir la catalogación.

Es su última obra. Tiene un elemento singular, el reloj, que él mismo pagó.

Y una carta que lo explica. Si lo presentamos a la Comisión de Patrimonio con la firma de la buhardilla y la de mi viga y la de la casa del Rosario…

—Una catalogación tarda meses.

—La solicitud de catalogación suspende cualquier procedimiento de demolición mientras se tramita. —Júlia sonrió—. Lo he mirado. Ley de Patrimonio Cultural Valenciano. Artículo cuarenta y siete.

Carmen se quedó mirándola.

—Usted y yo nos habríamos llevado muy bien en la Escuela —dijo.

—Nos llevamos muy bien ahora. —Júlia cerró la carpeta y se la puso en las manos—. Para ti. Una copia. Y otra cosa.

—¿Qué?

Júlia bajó la voz. Miró hacia la barandilla, donde Samuel seguía hablando con Dani, con la cerveza en la mano, sin mirarlas, con la espalda tan tensa que se le notaba a través de la camisa de lino.

—Llevo diez años trabajando con él —dijo Júlia—.

Diez años. Es el hombre más irónico que conozco.

Hace bromas de todo. De su divorcio, de su perro, de su colesterol.

—Hizo una pausa—. No le he oído nunca hacer una broma sobre ti.

Ni una. En diez años. Y en diez años nunca ha pasado por Benimaclet.

Ni para ir a una obra. Ni para coger un atajo.

Carmen no dijo nada.

—Es lo único que quería decirte —dijo Júlia, levantándose—. Bueno. Y lo del artículo cuarenta y siete.

*  *  *

A las cinco y media, cuando el sol empezó a bajar y la luz se volvió dorada sobre los tejados del Cabanyal, Carmen se acercó a la barandilla.

Samuel estaba solo. Dani había bajado a por hielo. Tenía la cerveza vacía en la mano y miraba el mar.

Ella se apoyó en la barandilla, a un metro.

—Me han hecho una emboscada —dijo.

—Lo sé. Lo siento. Yo no…

—Ya lo sé. Ha sido Pilar.

—Pilar es un fenómeno natural.

—Lo he notado. —Carmen miró el mar—. Me ha cobrado cinco euros.

—¿Te ha cobrado a ti?

—Por venir. Dice que he hecho perder la apuesta a la mitad del estudio y que es justo que pague yo también.

Samuel se rio. Ella también, un poco, por la nariz.

Se quedaron un rato en silencio. Abajo, en la calle, una niña pasaba en bicicleta sin ruedines, haciendo eses, y su padre corría a su lado sin tocarla.

—Júlia ha encontrado la carta de Llobet —dijo Carmen.

—Lo sé. Me la enseñó el miércoles.

—«He llegado tarde a demasiadas cosas en mi vida».

Samuel no dijo nada. Ella sintió que se le tensaba algo a su lado, aunque no le estaba mirando.

—Punto quinto —dijo Carmen, muy bajo—. Hechos anteriores. Lo sé. No digo nada.

—Ya.

—Solo que me ha gustado la carta.

—A mí también.

—Ruega que disculpen la irregularidad.

—Siempre. En todas sus cartas. —Samuel dejó la botella vacía en la barandilla—. Júlia dice que era su forma de firmar. Que se equivocaba mucho y lo reconocía siempre.

Carmen se volvió a mirarle. Él seguía mirando el mar.

—¿Por qué no has pasado nunca por Benimaclet? —preguntó.

Samuel se quedó muy quieto.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Júlia.

—Júlia habla demasiado.

—Júlia tiene una agenda con pestañas. Lo apunta todo. —Carmen apretó la barandilla—. ¿Por qué?

Samuel tardó en contestar. Mucho. El sol bajaba por detrás de los tejados y le daba en la cara.

—Porque tenía miedo de encontrarte —dijo al fin—. Y tenía más miedo de no encontrarte.

Carmen no dijo nada. No podía.

—Punto séptimo —dijo él, sin mirarla.

*  *  *

El móvil de Carmen sonó a las seis menos diez.

Lo cogió sin mirar. Pensó que era su madre. No era su madre.

—¿Señorita Ortuño? Soy Paco Ibáñez. El relojero. —La voz de don Paco sonaba muy lejos, muy pequeña, temblorosa como su letra en las últimas páginas de la libreta—. Perdone que la llame un viernes. Su número me lo dio usted el domingo.

—No se preocupe, don Paco. ¿Qué ocurre?

—Ha venido un señor del ayuntamiento. Hace media hora. Con dos policías locales. Ha pegado un papel en el portal.

Carmen se apartó de la barandilla. Samuel se volvió al ver su cara.

—¿Qué papel?

—Dice que es un desalojo. Cautelar. Por riesgo inminente de derrumbe. —A don Paco se le quebró la voz—. Tenemos setenta y dos horas para salir del edificio. Todos. La señora Visitación, los Martínez con Quique, todos. El lunes a las seis de la tarde tienen que estar las viviendas vacías.

Carmen se quedó sin aire.

—¿Quién lo firma?

—Un tal Ferrandis. Jefe de sección de inspección urbanística. —Don Paco hizo una pausa—. Y debajo, otra firma. Bernabé Coll.

Carmen cerró los ojos.

—¿Y el reloj? —preguntó don Paco, muy bajo, como un niño—. Si nos echan, ¿quién le da cuerda al reloj?

Carmen abrió los ojos. Miró a Samuel, que estaba a su lado, muy cerca, con la cara pálida, oyéndolo todo.

Miró la azotea, la mesa larga con su mantel de limones, a Pilar jugando al dominó con Ramón, a Júlia con su agenda, a Marina y Álvaro discutiendo en voz baja sobre algo que tenía pinta de ser un calendario, a Dani subiendo la escalera de caracol con una bolsa de hielo.

—No se preocupe, don Paco —dijo—. El lunes a las seis de la tarde ese reloj va a seguir dando la hora.

Colgó.

Samuel la miraba.

—Setenta y dos horas —dijo él.

—Setenta y dos horas.

—No tenemos tiempo para una alegación de vecinos.

—No. —Carmen se guardó el móvil en el bolsillo. Miró la mesa larga. Miró a todos—. Necesitamos ayuda.

Samuel tardó un segundo en entenderlo. Luego se volvió hacia la azotea. Hacia la mesa larga. Hacia las quince personas que en ese momento, sin saber muy bien por qué, se habían quedado en silencio y les miraban.

—¿Cuánta ayuda? —preguntó él.

Carmen respiró hondo. Pensó en catorce años de normas. En un andén. En un reloj que nadie había pedido y que un arquitecto había pagado de su bolsillo para que la gente no llegara tarde.

—Toda —dijo.