Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 9 · La azotea de los viernes
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Capítulo 9 · La azotea de los viernes

La invitación llegó el jueves por la noche, por mensaje, y no era de Samuel.

Mañana viernes, azotea del estudio, dos en punto. Paella de leña. Queda usted invitada. Si no viene, no vuelva. P. Sanchis.

Carmen la leyó tres veces, sentada en el suelo del salón con Kafka comiéndose una hoja de diente de león junto a su rodilla.

No sabía cómo Pilar Sanchis había conseguido su número.

Sospechaba que Samuel no se lo había dado.

Sospechaba que Pilar Sanchis tenía métodos propios, como los servicios de inteligencia o las abuelas de Benimaclet.

Contestó a las once de la noche, después de escribir y borrar cuatro respuestas:

Gracias. No puedo. Tengo trabajo.

La respuesta de Pilar llegó en cuarenta segundos.

Los viernes a las dos nadie tiene trabajo. Lo dice el Estatuto de los Trabajadores. Mentira, pero debería. Traiga hambre. Y al perro gordo, si lo tiene usted esa semana.

Carmen dejó el móvil sobre la alfombra.

—No voy a ir —le dijo a Kafka.

La tortuga siguió comiendo diente de león.

*  *  *

El viernes por la mañana, en el despacho de terrazas, Nieves la miró llegar a las ocho menos diez y dejó el donut a medio comer sobre un expediente de toldos.

—Tú has quedado —dijo.

—No he quedado.

—Llevas los pendientes de los domingos.

Carmen se tocó las orejas. Llevaba unos pendientes pequeños de plata, dos aros finos que habían sido de su abuela y que se ponía, efectivamente, solo los domingos. No sabía en qué momento de la mañana se los había puesto. No recordaba haberlo decidido.

—Es viernes —dijo.

—Por eso. —Nieves volvió a coger el donut—. Llevo veintidós años en terrazas, Ortuño. Sé reconocer a una funcionaria que ha quedado. Se le nota en los pendientes y en que mira el reloj cada cuatro minutos.

Carmen se sentó en su mesa. Abrió el expediente de la jardinera de la calle Cuba, que llevaba tres días abierto sobre la mesa sin que nadie le hubiera pedido nada. Miró el reloj de su padre. Las ocho menos seis. Lo había mirado a las ocho menos diez.

—Me han invitado a comer —dijo, sin levantar la vista—. Unos arquitectos. Una paella. En una azotea.

—¿Y vas a ir?

—He dicho que no.

—¿Y vas a ir?

Carmen no contestó. Nieves se rio con la boca llena de donut.

Era una mujer de sesenta y tres años, bajita, redonda, con el pelo teñido de un rojo caoba que no existía en la naturaleza, unas gafas de leer colgadas de una cadena dorada y una colección de rebecas de punto de todos los colores que alternaba según un sistema que Carmen todavía no había descifrado.

Había entrado en el ayuntamiento en mil novecientos ochenta y siete como auxiliar administrativa, había pasado por Padrón, por Cementerios, por Mercados, y llevaba en terrazas desde dos mil cuatro, según ella, porque era el único sitio del edificio donde nadie la molestaba y donde el trabajo tenía que ver con gente que quería sentarse al sol a tomarse un café.

«Es el servicio más feliz del ayuntamiento», le había dicho a Carmen el primer día.

«Aquí nadie viene a pedir que le derriben nada.

Vienen a pedir permiso para poner una mesa más».

—¿Sabes por qué me mandaron a terrazas a mí? —preguntó Nieves, de pronto.

Carmen levantó la vista.

—No.

—Por lo mismo que a ti. —Nieves se limpió el azúcar de los dedos con una servilleta—.

En dos mil cuatro, en Mercados, un concejal quería que firmara un informe diciendo que el Mercado de Russafa estaba en tan mal estado que había que cerrarlo para hacer un aparcamiento.

Yo no era técnica. Era auxiliar. Pero había pasado treinta años comprando en ese mercado y sabía que no estaba en mal estado.

Así que no lo pasé a la firma. Lo dejé en un cajón.

—Se encogió de hombros—. Al mes siguiente estaba en terrazas. Y el Mercado de Russafa sigue abierto.

Carmen se quedó mirándola.

—Nunca se lo he contado a nadie —dijo Nieves—. En veintidós años. Pero tú llevas los pendientes de los domingos un viernes. Y me pareció que te lo tenía que contar.

—¿Se arrepiente?

—¿De qué? ¿De estar en terrazas? —Nieves se rio—.

Hija, he aprobado veinte mil mesas al sol.

Veinte mil cafés. Veinte mil sobremesas.

Gente que se ha conocido en una terraza que firmé yo, que se ha casado, que ha tenido hijos que han jugado entre las sillas.

—Volvió a coger el donut—. No me arrepiento de nada.

Solo de no haberme puesto más veces los pendientes de los domingos.

Carmen bajó la vista al expediente de la jardinera de la calle Cuba. No lo leyó.

A las diez y media, sin decir nada, se levantó, fue al baño de la planta baja y se miró en el espejo. Los pendientes de plata de su abuela. La coleta tirante. Las ojeras. Se miró un rato largo.

No se quitó los pendientes.

Al volver, Nieves había dejado sobre su mesa, encima del expediente de la jardinera, un donut envuelto en una servilleta y una nota con letra redonda de auxiliar administrativa de mil novecientos ochenta y siete:

Para el camino. Y lleva vino. A las paellas no se va con las manos vacías.

*  *  *

A la una y cincuenta y ocho del viernes, Carmen estaba en el último peldaño de la escalera de caracol de hierro que subía a la azotea del número cuarenta y dos, con una botella de vino de Utiel-Requena en la mano, una ensaladera de cristal con un pisto que había hecho su madre en la otra y la sensación nítida de estar cometiendo el mayor error de su vida adulta.

La azotea estaba llena. Había una mesa larga hecha con tableros de obra sobre caballetes, cubierta con un mantel de hule de limones.

Había una parra con hojas nuevas de primavera, verdes, casi amarillas.

Había sillas de todas las épocas, una paellera humeando sobre un fuego de leña de naranjo en una esquina, una vista del Cabanyal hasta el mar y unas quince personas hablando todas a la vez.

Todas se callaron cuando la vieron.

Carmen sintió el silencio caer sobre ella como un expediente de mil páginas.

Luego Pilar se levantó de una silla plegable, con un delantal de flores y una espumadera en la mano, y cruzó la azotea con los brazos abiertos.

—¡Ha venido! ¡Os lo dije! ¡Me debéis cinco euros cada uno!

Hubo un murmullo. Varias personas sacaron la cartera.

Carmen vio a un hombre alto y serio con camisa blanca, que reconoció como Álvaro Casal, el director de la obra del Rosario, darle un billete de cinco euros a Pilar con una expresión de resignación absoluta.

Vio a una mujer joven con un lápiz en el pelo, Marina Lluch, la project manager de la carpeta azul y la calma terrorífica, reírse y darle otro.

Vio a una mujer más mayor, con una agenda de pestañas de colores bajo el brazo, Júlia Ferrer, la arquitecta del Rosario, sacar el monedero y contar monedas con una precisión que a Carmen le pareció familiar.

Vio a un hombre alto con barba y serrín en el cuello, Dani Roca, el carpintero de las ventanas, encogerse de hombros y darle a Pilar diez euros.

«Por mí y por el chaval», dijo, señalando a un joven de rizos con un casco de purpurina dorada colgado del cuello.

Y vio, al fondo, junto a la barandilla, a Samuel.

Con una camisa de lino azul, sin gafas, sin rotulador en la oreja, con una cerveza en la mano a medio camino de la boca, mirándola. No había apostado. No había sacado la cartera. Estaba allí quieto, como si no supiera muy bien dónde poner las manos.

Mies, a sus pies, se levantó. Cruzó la azotea con la lentitud majestuosa de un barco de carga, entre las piernas de todos. Llegó hasta Carmen. Le olió las rodillas, la ensaladera de pisto, la botella de vino. Y se sentó sobre sus zapatos.

La azotea entera estalló en un aplauso.

—Ya está —dijo Pilar, guardándose los billetes en el bolsillo del delantal—. Ya es de la familia.

Comió paella de leña en la mesa larga, entre Pilar y un hombre mayor con boina, bastón y una media sonrisa torcida, que resultó ser Ramón Casal, el padre de Álvaro, y que la miró durante los primeros cinco minutos sin decir nada, con una atención que a Carmen le recordó a la suya propia cuando miraba un muro.

—Usted precintó mi casa del Rosario —dijo al fin.

Carmen dejó el tenedor.

—Era su casa la que no tenía los papeles en regla.

—Ya lo sé. —Ramón sonrió con media cara—. Por eso me cae bien. Usted es la única persona de ese ayuntamiento que ha entrado en el sótano a mirar el arco antes de firmar. Me lo contó Marina. Bajó usted con una linterna. Con traje.

—Con abrigo.

—Con abrigo. —Ramón asintió—. Mi maestro, don Vicente Gisbert, decía que hay dos clases de inspectores. Los que miran el papel y los que miran la casa. Los primeros firman antes. Los segundos firman bien.

Carmen no supo qué contestar. Ramón le sirvió más vino sin preguntar, con la mano izquierda, la buena.

—Mi hijo me ha dicho que la han mandado a terrazas —dijo, en voz más baja.

Carmen miró hacia el otro lado de la mesa. Álvaro estaba hablando con Marina, sin mirarla. Samuel estaba en la barandilla con Dani. Nadie la miraba. Todo el mundo la estaba escuchando.

—En este estudio no hay secretos, ¿verdad? —dijo.

—Hay muchos. —Ramón se encogió de hombros—. Pero duran poco.

*  *  *

Después de la paella, cuando la comida se deshizo en grupos y Pilar sacó el dominó y Toni bajó a abrir el bar, Júlia Ferrer se sentó a su lado con la agenda de pestañas abierta sobre las rodillas y una carpeta de cartón bajo el brazo.

—Perdona —dijo—. Sé que no debería. Samuel me ha dicho que no te agobiara. Pero llevo una semana sin dormir.

—¿Por qué?

—Por Llobet. —Júlia abrió la carpeta—. Rafael Llobet i Soler.

El arquitecto de la Finca del Reloj. Samuel encontró su firma en la buhardilla.

La misma que tengo yo en una viga del techo de mi dormitorio.

—Se le encendió la cara—. Fui al archivo el lunes.

Pedí el expediente de licencia de la calle Sueca, cuarenta y uno.

Año mil novecientos veintiocho. Me lo dieron el miércoles.

Con prioridad. La archivera ya me conoce. Me llama «la de las vigas».