Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 8 · Seis segundos #2
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Capítulo 8 · Seis segundos #2

—Domingo ocho de marzo por la noche —dijo Carmen, despacio—.

Ruido de taladradora en la fachada. Lunes nueve, el péndulo se ha desplazado seis segundos y toca la pared del hueco.

Porque alguien ha perforado tres agujeros en el ladrillo de la fachada principal, a quince metros por debajo de la torre, y la vibración ha subido por el muro hasta el reloj.

—Y el mortero de los agujeros tiene menos de seis semanas.

—Y la solicitud de ruina se presentó el uno de abril. Tres semanas después.

Se miraron. Muy cerca. Los dos con la cara iluminada por la pantalla del portátil, a la una y cuarto de la madrugada, en la sala grande vacía de Estudio Mediterráneo.

—El reloj lo vio —dijo Samuel.

—El reloj lo apuntó.

—Don Paco lo apuntó.

—Don Paco lo apuntó con un lápiz —dijo Carmen, y le temblaba la voz—, en una libreta de hule negro, una noche de domingo, y pensó que eran los jóvenes de la calle.

Samuel no supo después cómo pasó. Le pareció que ella se volvió hacia él al mismo tiempo que él se volvía hacia ella.

Le pareció que estaban muy cerca, a diez centímetros, a cinco, con la luz de la pantalla entre los dos y la gráfica plana con su aguja de seis segundos reflejada en los ojos de ella. Le pareció que ella cerraba los ojos.

—Carmen —dijo.

—No me tutees —susurró ella, sin abrir los ojos, sin apartarse.

La puerta del estudio se abrió de golpe.

—¿Hola? ¿Quién anda ahí a estas horas? ¡Que tengo un táper!

Se separaron como dos placas tectónicas. Carmen se levantó de la silla tan deprisa que la tiró. Samuel se dio con la rodilla en la pata de la mesa. Mies se despertó y ladró. Bruja abrió los dos ojos.

Pilar Sanchis estaba en la puerta. Con un abrigo de lana encima del camisón, unas zapatillas de felpa, el pelo blanco recogido en una redecilla y un táper de cristal en las manos, mirándoles con una expresión que pasó de la alarma a la sorpresa y de la sorpresa a una satisfacción tan inmensa que pareció iluminar la sala entera.

—Ay —dijo Pilar—. Ay, madre.

—Pilar… —empezó Samuel.

—He visto luz desde mi balcón. Vivo en la calle de la Reina, se ve la ventana de la sala grande.

—Pilar dejó el táper sobre la mesa más cercana, despacio, sin dejar de mirar a Carmen—.

Pensé que era Álvaro, que se queda a veces.

Le he traído croquetas. —Hizo una pausa larguísima—. Pero no es Álvaro.

—No —dijo Carmen.

—Es la inspectora.

—Carmen Ortuño —dijo Carmen, con la voz de las inspecciones, tendiéndole la mano por encima de una mesa llena de planos, a la una y cuarto de la madrugada, con el pelo suelto—. Encantada.

Pilar le estrechó la mano. La miró de arriba abajo.

Miró a Samuel, que se frotaba la rodilla.

Miró la pantalla del portátil, con la gráfica plana.

Miró a Bruja, que en ese momento bajaba de la butaca de mimbre, cruzaba la sala sin mirar a nadie y se sentaba en la silla que Carmen acababa de tirar al suelo, después de que Samuel la levantara, con la cola enroscada, mirando a Carmen con los dos ojos.

—Pilar Sanchis —dijo Pilar—. Socia jubilada. —Soltó la mano de Carmen—. Las croquetas son de pollo y jamón. Os las dejo. No os las comáis frías.

—Pilar, esto no es lo que parece —dijo Samuel.

—Hijo, a mi edad todo es lo que parece. —Pilar se ajustó el abrigo encima del camisón—. Me voy. No he visto nada. No he estado aquí. —Se detuvo en la puerta—. Pero que conste que te lo dije en diciembre.

Y se fue.

Se quedaron los dos de pie en la sala grande, a dos metros de distancia, sin mirarse. Mies volvió a tumbarse. Bruja, en la silla de Carmen, empezó a lavarse una pata con mucha concentración.

—Punto cuarto —dijo Carmen al fin, con un hilo de voz—. Terceros.

—Pilar no cuenta. Pilar es un fenómeno natural.

—Lo va a contar.

—No lo va a contar. —Samuel se acercó a la mesa. Abrió el táper. Olía a croquetas caseras, a bechamel y a domingo—. Pilar lo sabe todo y no cuenta nada. Es su forma de querer.

Carmen miró las croquetas. Luego miró la pantalla. La gráfica plana. La aguja de seis segundos.

—Tenemos una prueba —dijo.

—Tenemos una prueba.

—No tiene validez técnica.

—Todavía no. —Samuel cogió una croqueta—. Pero la tendrá. Iván puede calibrar el péndulo. Hacer una prueba controlada. Perforar un agujero del ocho en un ladrillo de la fachada, en otra zona, con testigo notarial, y medir cuánto se desplaza el péndulo. Si se desplaza seis segundos…

—Es una reconstrucción forense.

—Es una reconstrucción forense con un reloj de 1928. —Samuel le tendió la croqueta—. Come. Son de Pilar. No se pueden rechazar.

Carmen cogió la croqueta. Se la comió. Estaba buenísima. Tuvo que reconocerlo.

—Señor Vidal —dijo, con la boca llena.

—Señora inspectora.

—Lo de antes. Antes de que entrara Pilar.

—Sí.

—No ha pasado.

Samuel la miró. Ella tenía todavía el pelo suelto, la cara un poco roja, una miga de croqueta en la comisura del labio y la expresión de alguien que acaba de ver crujir una viga.

—No ha pasado —dijo él.

—Bien.

—Pero has dicho te .

—¿Qué?

—En el invernadero. «Te llamé yo. Fue mi decisión. No te la quedes». —Samuel se puso las gafas—. Has dicho te . Tres veces.

Carmen abrió la boca. La cerró. Se limpió la miga de croqueta con el dorso de la mano.

—Punto segundo —dijo.

—Mies se lo comió.

—Lo reescribí. Está plastificado.

—¿Y lo has firmado?

Carmen se quedó quieta. Luego, muy despacio, se volvió hacia la mochila. La abrió. Sacó la funda de plástico transparente. La dejó sobre la mesa, entre las croquetas y la gráfica plana. Samuel la miró.

El Protocolo . Los seis puntos con su letra pequeña y vertical. Y debajo, con una letra más grande y más inclinada, escrita con rotulador permanente sobre el plástico, una línea más.

Séptimo. Si alguna de las partes tiene miedo, lo dirá. Aunque sea en usted.

Y una firma. La de ella.

Samuel se quedó mirándola mucho rato. Luego sacó el rotulador de detrás de la oreja. Y firmó al lado.

Bruja, desde la silla, los miró a los dos con el ojo verde y el ojo color miel, y cerró los dos a la vez, como quien da fe.