Capítulo 8 · Seis segundos
—Terrazas —repitió Samuel.
—Licencias de ocupación de terrazas. Mesas y sillas en la vía pública. Toldos. Jardineras. —Carmen estaba de pie junto al cactus de México del invernadero, con los brazos cruzados y la mochila a la espalda—. Hay mucho trabajo con la temporada de verano.
—Te han castigado.
—Me han protegido. Lo dijo mi jefe. Por mi propio bien.
Samuel la miró. Era martes, las siete y treinta y cinco de la tarde, y en el invernadero de las cactáceas del Jardín Botánico no había nadie salvo ellos, Mies atado al banco de hierro y el jardinero de la regadera de lata, que regaba otra vez el cactus con forma de cerebro con una dedicación que empezaba a parecer sospechosa.
—Por mi culpa —dijo Samuel.
—Por culpa de un fotógrafo de pájaros.
—Por culpa de que me llamaste a mí.
—Te llamé yo. —Carmen le miró—. Fue mi decisión. No te la quedes.
Samuel no dijo nada. Ella había dicho te . Por primera vez desde el lunes a las nueve menos cuatro, había dicho te . No lo señaló. Le dio miedo que, si lo señalaba, se diera cuenta y volviera al usted .
—Ferrandis va a firmar la ruina en diez días —siguió ella—. Sin pisar la finca. Con mi informe preliminar archivado y el de Bellver encima de la mesa.
—Entonces tenemos diez días.
—Tenemos menos. —Carmen se descolgó la mochila—.
Necesitamos un informe técnico completo, firmado por un técnico independiente, con el estudio de Iván, las fotos de los agujeros, las tejas, la datación del mortero, y algo más.
Algo que no se pueda discutir. Y presentarlo por registro en el expediente antes de que Ferrandis firme. Como alegación de los vecinos.
—¿De los vecinos?
—Los inquilinos tienen derecho a presentar alegaciones. Son parte interesada. —Carmen sacó de la mochila una carpeta—. Y si la alegación la firman siete vecinos con un informe técnico independiente adjunto, Ferrandis no puede ignorarla. Tiene que contestarla. Por escrito. Punto por punto.
Samuel la miró. Luego miró la carpeta. Luego volvió a mirarla a ella.
—Te van a abrir un expediente —dijo.
—Probablemente.
—Te pueden echar.
—Probablemente no. Soy funcionaria de carrera. —Carmen se encogió de hombros—. Me pueden suspender. Me pueden mandar a terrazas hasta que me jubile. Pero echar, no.
—Carmen.
—Es mi decisión.
—Ya lo sé. —Samuel se pasó una mano por el pelo—. ¿Dónde lo hacemos? El informe. No podemos hacerlo en un invernadero de cactus.
Carmen tardó un momento en contestar.
—En tu estudio —dijo.
—Punto tercero. Nunca en el domicilio.
—Tu estudio no es tu domicilio.
—Mi estudio es peor que mi domicilio. Mi estudio tiene una socia jubilada que trae tápers a medianoche y una gata que decide quién cae bien.
—Pues que decida —dijo Carmen.
* * *
Llegaron al estudio a las nueve de la noche.
No había nadie. Samuel lo comprobó dos veces: subió la escalera de mármol del número cuarenta y dos delante de ella, abrió la puerta, encendió la luz de la sala grande, miró en el despacho de Álvaro, en la cocina, en el baño, en la terraza interior.
Nadie. Solo la gata gris, Bruja, dormida en la butaca de mimbre, que abrió el ojo verde al oírles entrar, lo cerró, y luego, al oler a Mies, abrió los dos.
Mies se quedó en el umbral, inmóvil. Bruja se quedó en la butaca, inmóvil. Se miraron durante un rato muy largo, con la tensión de dos potencias nucleares en una cumbre internacional.
Luego Mies se tumbó en el suelo, boca arriba, con las patas en el aire. Rendición incondicional.
Bruja volvió a cerrar los ojos.
—Ya está —dijo Samuel—. Han firmado la paz.
Carmen se quedó en la puerta, mirando la sala grande.
Las mesas de dibujo. Las maquetas. El panel de corcho al fondo con sus tarjetas de colores.
La figura de cristal con forma de arco del premio del Rosario en una estantería.
Samuel la vio mirar todo despacio, de izquierda a derecha, con la cabeza inclinada a la izquierda, como leía los planos.
—Es bonito —dijo ella.
—Es un caos.
—Es un caos bonito. —Carmen se acercó al panel de corcho. Leyó algunas tarjetas en voz baja—. «Alquería del Pi: cubierta par 3, revisar prótesis (D.)». «Rosario: placa Sr. Ll., limpiar (J.)». «Bloqueado: el chef no contesta (M.)». —Se volvió—. ¿Qué es esto?
—El sistema de Marina. Cada mañana, cada uno escribe qué hace, qué le bloquea y qué necesita. Quince minutos. Delante de todos.
—¿Y funciona?
—Funciona tan bien que da miedo. —Samuel se acercó al panel—. Antes de Marina, aquí nadie sabía lo que hacía nadie. Ahora lo sabemos todo. Hasta lo que no queremos saber.
Carmen miró el panel un rato más. Luego vio algo que la hizo sonreír, apenas, en la esquina inferior derecha. Una tarjeta vieja, amarillenta, clavada con una chincheta roja, que nadie había quitado desde diciembre.
Marina Lluch. Bloqueado: nada. Ya no.
—¿Y esta?
—Esa es una historia larga —dijo Samuel—. Con una cláusula séptima.
Trabajaron hasta la una y media.
Samuel extendió sobre la mesa grande todo lo que tenía Iván: el levantamiento, las catas, las fotos, el análisis del mortero, las tejas numeradas, los cálculos de los forjados.
Carmen sacó de su mochila su propio informe preliminar, el archivado, las cuarenta y dos fotos, sus notas de la inspección en la carpeta de anillas.
Y entre los dos, como habían hecho tantas noches en la biblioteca de la Escuela veinte años atrás, empezaron a construir un documento.
No fue como entonces. Fue mejor y fue peor.
Mejor porque ahora sabían lo que hacían: ella tenía catorce años de inspecciones y él dieciséis de proyectos, y los dos sabían exactamente qué palabras usar para que un técnico municipal no pudiera escurrirse por ninguna rendija.
Peor porque cada vez que sus manos se cruzaban sobre la mesa, cada vez que ella le corregía una coma con la misma voz con que se la corregía a los veintidós años, cada vez que él dibujaba una flecha con un círculo en la punta en un margen y ella decía «eso no es normativo» sin levantar la vista, algo se movía en el aire, como un péndulo que nota una vibración.
A las once, Carmen se quitó el abrigo. A las once y media, él se quitó las gafas.
A medianoche, ella se soltó la coleta tirante, sin darse cuenta, distraída, y el pelo negro le cayó sobre los hombros, más corto que a los veintidós pero igual de negro, y Samuel tuvo que levantarse a hacer café para no quedarse mirándola.
A las doce y media, Carmen sacó las libretas de don Paco.
No eran las cincuenta y tres. Eran fotocopias.
Don Paco se las había dado el domingo por la tarde, en su piso del cuarto, en una bolsa de El Corte Inglés, después de que ella le fuera a ver sin avisar y le explicara, sin mencionar a nadie más, que necesitaba digitalizar el registro del reloj.
Don Paco no hizo preguntas. Le sirvió un café de puchero, le enseñó la caja de zapatos con las libretas originales y le dijo que las fotocopias se las había hecho su sobrina en la copistería del barrio la semana anterior, «porque uno nunca sabe».
Carmen había pasado el domingo por la noche y el lunes entero, después de las terrazas, metiendo los datos en una hoja de cálculo.
Cincuenta y dos años. Dos lecturas por semana.
Más de cinco mil registros. Y luego, al lado, la temperatura media y la humedad relativa de cada día, sacadas del archivo histórico de la Aemet para la estación de Valencia.
—Hay que hacer la gráfica —dijo.
—¿No la has hecho?
—No me he atrevido. —Carmen le miró por encima de la pantalla del portátil—. Si la gráfica no sale plana, no tenemos nada. Solo agujeros. Y Bellver dirá que los hicieron los vándalos.
Samuel se sentó a su lado. Muy cerca. Más cerca de lo que el protocolo habría permitido si Mies no se lo hubiera comido.
—Hazla —dijo.
Carmen seleccionó las columnas. Pulsó un botón.
La gráfica apareció en la pantalla.
Era una línea larga, larguísima, de cincuenta y dos años, que iba de izquierda a derecha como el electrocardiograma de un corazón dormido.
Subía y bajaba con las estaciones, unos segundos arriba en verano, unos segundos abajo en invierno, como una respiración.
Y al lado, la otra línea, la de la temperatura y la humedad, subía y bajaba exactamente igual.
Las dos líneas se superponían. Se perseguían.
Se abrazaban. Durante cincuenta y dos años, cada vez que el péndulo se había adelantado o atrasado, había sido porque hacía más calor o más frío, más seco o más húmedo.
—Plana —dijo Samuel, muy bajo.
—Plana —dijo Carmen.
—El edificio no se ha movido en cincuenta y dos años.
—Ni un milímetro.
Se quedaron mirando la pantalla en silencio. En la butaca de mimbre, Bruja se estiró. En el suelo, Mies roncaba boca arriba.
Y entonces Carmen se inclinó hacia la pantalla. Amplió. Amplió otra vez. Al final de la línea. En marzo de ese mismo año.
—¿Qué es eso?
Samuel se acercó.
Era un pico. Pequeño. Una aguja en la línea plana, en mitad de una semana sin cambios de temperatura, sin lluvia, sin nada.
Un pico que no se correspondía con ninguna subida en la otra línea.
Un salto de seis segundos, de una lectura a la siguiente, que luego volvía a su sitio, como un pulso que se acelera un momento y se calma.
Carmen buscó la fecha en la tabla.
—Nueve de marzo —leyó—. Lunes. Más seis segundos. Lectura anterior, jueves cinco de marzo: más uno. Lectura siguiente, jueves doce: más uno.
—¿Qué tiempo hizo?
Carmen buscó.
—Seco. Dieciséis grados. Humedad normal. Sin viento. —Le miró—. No llovió.
—Seis segundos sin lluvia.
—Seis segundos sin nada. —Carmen buscó en la libreta fotocopiada de ese año, en la bolsa de El Corte Inglés. La encontró. Pasó las páginas hasta marzo. Y allí, junto a la anotación de don Paco, con su letra temblorosa a lápiz, había algo más. Una nota al margen, pequeña, entre paréntesis.
(+6 s. Raro. El péndulo tocaba la pared del hueco. Lo he centrado. Domingo noche ruido en la fachada, como una taladradora. Los jóvenes de la calle.)
Samuel se quedó sin respiración.