Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 7 · Benimaclet
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Capítulo 7 · Benimaclet

—Te vieron —dijo Samuel por teléfono, el jueves a las doce y diez—. En El Palmar. Bellver. Me lo acaba de decir en la acera, delante de mi andamio. Con esas palabras. «Saluda a Carmen de mi parte. La vi el sábado en El Palmar».

Carmen estaba en su despacho, de pie junto a la ventana, mirando el aparcamiento. Tenía el móvil en una mano y una taza de café de máquina en la otra, y durante un segundo largo no pudo moverse ni hablar.

—¿Quién es Bellver?

—El dueño de Turia Capital. El que quiere la ruina. —Samuel hizo una pausa—. Y el socio que me pidió en Barcelona, en dos mil once, que me quedara tres meses más.

Carmen dejó la taza en el alféizar. Muy despacio. Para no tirarla.

—¿El mismo?

—El mismo.

—El veintidós de junio.

—El veintidós de junio. —La voz de Samuel sonaba rara, como si hablara desde dentro de una caja—. Me ha ofrecido el proyecto del edificio nuevo. Cuando derriben la finca. Honorarios de mercado más un diez por ciento. Y que se olvidan de demandarme por las vibraciones de mis micropilotes.

—¿Y qué le has dicho?

—Que no.

—¿Cuánto has tardado?

—Tres segundos.

Carmen cerró los ojos.

—El fotógrafo de pájaros —dijo.

—¿Qué fotógrafo?

—En El Palmar. En la otra orilla de la acequia. Un hombre con un teleobjetivo, junto a un cañaveral. Le vi al irme. Pensé que fotografiaba garzas.

Samuel no dijo nada al otro lado.

—Nos han seguido —dijo Carmen—. A mí. Desde mi casa, probablemente. Un sábado a las siete de la mañana.

—Carmen…

—No me tutees.

—Carmen, escúchame. Esto se ha acabado. Lo del protocolo. Las reuniones. Lo dejamos. Iván tiene casi todo. Se lo mando a quien tú me digas, por correo, sin mi nombre. No nos volvemos a ver hasta que…

—No.

Hubo un silencio.

—¿No?

—Punto sexto —dijo Carmen—. La colaboración finaliza cuando se emita el informe municipal. No antes.

—El punto sexto se lo comió Mies.

—Lo reescribí el sábado por la noche. Lo tengo plastificado en la mochila.

—Carmen abrió los ojos y miró el aparcamiento, los coches, el ficus de plástico reflejado en el cristal—.

Si dejamos esto ahora, ganan ellos. Y los siete vecinos de la Finca del Reloj se quedan en la calle.

Y don Paco se queda sin torre. Y alguien firma una ruina falsa en mi servicio.

—Y a ti te pueden abrir un expediente.

—Ya lo sé.

—Te pueden echar.

—Ya lo sé.

—Entonces…

—Entonces tengo miedo —dijo Carmen, muy deprisa, antes de que se le cerrara la garganta—. Punto séptimo. No lo firmé. Pero lo uso. Tengo miedo, señor Vidal. Y sigo.

Al otro lado de la línea, Samuel tardó un rato en contestar. Cuando lo hizo, su voz era muy baja.

—El martes. A las siete y media. En las cactáceas.

—En las cactáceas.

—Y Carmen.

—¿Qué?

—Mira por el retrovisor.

*  *  *

El viernes por la mañana, Bernabé Coll la llamó a su despacho a las nueve y cinco.

No le ofreció café. No se levantó cuando ella entró.

Estaba sentado detrás de su mesa de madera de verdad, con la lámina de la Lonja de la Seda detrás, el Montblanc en el bolsillo de la americana y una carpeta cerrada delante de él.

La carpeta de la Finca del Reloj. La que Carmen había dejado sobre su mesa el día anterior a las ocho de la tarde, con un informe preliminar de catorce páginas, cuarenta y dos fotos, una solicitud formal de ampliación de plazo de dos semanas y una propuesta de estudio estructural independiente.

—Siéntate, Carmen.

Una vez. Sin la segunda caricia.

Carmen se sentó.

—He leído tu informe preliminar —dijo Coll—. Es muy completo. Muy riguroso. Como siempre. —Abrió la carpeta, la miró sin leerla, la volvió a cerrar—. Pero hay un problema.

—¿Cuál?

—Que me han llegado noticias de que mantienes una relación personal con el director de la obra colindante. La de la calle Sueca, treinta y tres. Samuel Vidal. —Coll la miró a los ojos con su expresión amable de locutor—. Una relación que viene de lejos, según parece.

Carmen no se movió. No parpadeó. Tenía las manos sobre las rodillas, quietas, y las mantuvo quietas.

—Estudiamos juntos —dijo—. Hace veinte años.

—Y os habéis visto este fin de semana. Fuera del ámbito profesional.

—Coll abrió un cajón de su mesa, sacó un sobre marrón y lo dejó encima de la carpeta, sin abrirlo—.

Me lo ha comunicado la propiedad de la Finca del Reloj.

Muy preocupados, como es natural. Por la imparcialidad de la inspección.

Dado que el señor Vidal tiene un interés directo en que la finca no se declare en ruina.

—¿Qué interés?

—Que su obra podría ser la causa de los daños. Si la finca se declara en ruina, su responsabilidad como director de la obra colindante podría investigarse. Si no se declara, nadie mira nada. —Coll se encogió de hombros—. Interés directo, Carmen. De manual.

—Los micropilotes del treinta y tres tienen un certificado de sismógrafo de cero coma dos milímetros por segundo.

—Eso lo dirá un perito judicial, si llega el caso. —Coll dio dos golpecitos en el sobre marrón con el Montblanc—. Yo no tengo que valorar si tu amigo es culpable o no. Tengo que valorar si mi inspectora es imparcial. Y con esto encima de la mesa, no puedo decir que lo sea.

Carmen miró el sobre marrón. No lo cogió. No preguntó qué había dentro. Lo sabía. Un banco de madera junto a una acequia. Un basset hound sobre sus zapatos. Dos personas riéndose a carcajadas a las ocho y cuarto de la mañana, con las lágrimas cayéndoles por la cara.

—Te aparto del expediente —dijo Coll—. Por tu propio bien.

Para protegerte. Lo llevará Ferrandis a partir de hoy.

Tu informe preliminar se archiva como documentación de trabajo.

La solicitud de ampliación de plazo queda sin efecto.

—Hizo una pausa—. Y durante unas semanas, hasta que esto se calme, te paso a licencias de ocupación de terrazas.

Hay mucho trabajo con la temporada de verano.

—Terrazas —repitió Carmen.

—Es temporal.

—Llevo catorce años en inspección urbanística.

—Por eso es temporal. —Coll sonrió, por fin, su sonrisa de siempre, suave, amable, de alguien que hace un favor—.

No quiero abrirte un expediente disciplinario, Carmen.

Te aprecio. Eres la más rigurosa del servicio.

Lo digo siempre. Pero si sigues en contacto con el señor Vidal mientras haya un procedimiento abierto sobre una finca en la que él tiene intereses, no voy a tener más remedio. ¿Me entiendes?

Carmen le miró. El pelo gris peinado con raya. El Montblanc del suegro. La lámina de la Lonja de la Seda, regalo de un concejal.

—Le entiendo perfectamente —dijo.

—Bien. —Coll guardó el sobre marrón en el cajón—. Ferrandis tendrá el informe listo en diez días. La propiedad tiene prisa.

Carmen se levantó. Fue hacia la puerta. Con la mano en el pomo, se volvió.

—¿Ferrandis va a ir a ver la finca?

Coll tardó un segundo de más en contestar.

—Ferrandis tiene tu informe preliminar —dijo—. Y el de la propiedad. No creo que haga falta repetir la inspección.

—No va a ir.

—No hace falta, Carmen.

—Va a firmar una declaración de ruina de un edificio habitado sin haberlo pisado.

—Va a firmar un informe técnico basado en la documentación del expediente. —La voz de radio se volvió, por primera vez en nueve años, un poco más dura—. Como se hace en el ochenta por ciento de los casos. No todo el mundo es tan rigurosa como tú.

Carmen abrió la puerta. Salió. No la cerró.

El sábado por la mañana fue a comer a casa de su madre, como todos los sábados desde hacía dieciséis años.

Pepa Ortuño vivía en el mismo piso de Benimaclet donde Carmen había crecido, en la plaza de Benimaclet, encima del antiguo taller de carpintería metálica que ahora estaba cerrado, con la persiana metálica pintada de verde, el rótulo de Talleres Ortuño — Cerrajería y Carpintería Metálica descolorido por el sol y una pintada de un grafitero del barrio que Pepa se negaba a borrar porque decía que era bonita.

Tenía sesenta y siete años, el pelo blanco cortado a lo garçon, unos vaqueros, una camisa de cuadros remangada, las manos llenas de pequeñas cicatrices de soldar y una lengua que en el barrio llamaban la radial , porque cortaba todo lo que tocaba.

—Llegas tarde —dijo, abriendo la puerta.

—Llego a la una y media. Como siempre.

—Llegas a la una y treinta y dos. Has dado una vuelta a la manzana antes de subir. —Pepa se apartó para dejarla pasar—. Lo has hecho dos veces en tu vida. Una cuando suspendiste el carné de conducir. Otra cuando te fuiste a vivir sola.

Carmen no contestó. Entró. El piso olía a lo que olía siempre los sábados: a arroz al horno, a lejía de pino y al tabaco de liar que su madre había dejado hacía doce años y que seguía oliendo en las cortinas.

Comieron en la cocina, en la mesa de formica amarilla.

Pepa hablaba. Del barrio, de la vecina del tercero que se había apuntado a clases de bachata con ochenta años, del mercado, del precio de las alcachofas, de un grafitero nuevo que pintaba gatos en las persianas por la noche y al que ella había pillado una madrugada y le había invitado a un café.

Carmen escuchaba y comía arroz al horno y asentía.

—¿Y tú? —preguntó Pepa, al llegar al café.

—Bien.

—¿Bien cómo?

—Bien. Normal.

Pepa dejó la taza en la mesa. Se cruzó de brazos. Miró a su hija con esa mirada que los soldadores tienen para ver si una unión ha quedado bien o hay que repasarla.

—Te han quitado algo —dijo.

—¿Qué?

—En el trabajo. Te han quitado algo. Lo sé porque comes igual que tu padre cuando un cliente le devolvía una reja. Masticas de lado.

Carmen dejó de masticar.

Y luego, porque era sábado, porque estaba en la cocina de su infancia, porque su madre era la única persona del mundo a la que nunca había podido mentir, se lo contó.

La Finca del Reloj. Los tres agujeros. Las tejas levantadas.

Don Paco y sus cincuenta y tres libretas. Coll y el sobre marrón. Las terrazas.

No le contó lo de Samuel.

Pepa la escuchó sin interrumpir, con los brazos cruzados. Cuando Carmen terminó, se quedó un rato callada, mirando la ventana de la cocina, donde un geranio rojo se asomaba a la plaza.

—¿Y el chico? —preguntó.

Carmen se quedó helada.

—¿Qué chico?

—El de las gafas. El del rotulador en la oreja.

—Pepa se encogió de hombros—. El hijo de los Vidal de Patraix.

Me lo encontré en el mercado de Russafa hace un mes, en el puesto de los encurtidos.

Con un perro muy gordo. No me reconoció.

Yo a él sí. —Hizo una pausa—. Ha envejecido bien. Mejor que yo.

—Mamá.

—Tu jefe te ha apartado por estar con alguien de la obra de al lado. Eso me has dicho. —Pepa la miró—. Y en Russafa, al lado de esa finca, hay un andamio con un cartel que dice Director de obra: Samuel Vidal Mora . Lo vi cuando fui a comprar encurtidos.

Carmen no dijo nada. Se quedó con la taza de café en la mano, mirando la mesa de formica amarilla, donde había hecho los deberes durante doce años.

—¿Os habéis visto? —preguntó su madre, más suave.

—Dos veces.

—¿Y?

—Y nada. Es trabajo.

—Ya. —Pepa se levantó, recogió las tazas, las llevó al fregadero—. ¿Te acuerdas del veintitrés de junio?

Carmen cerró los ojos.

—Mamá, por favor.

—Te llevé yo a la Estació del Nord. En la furgoneta del taller.

A las diez y media de la mañana. Ibas con un vestido amarillo que te habías comprado para la ocasión y la agenda en la mano.

—Pepa abrió el grifo—. Te esperé en el aparcamiento.

Hasta las once y media. Y luego, como no salías, entré a buscarte.

Estabas en el andén. Sentada en un banco.

Con la agenda abierta. Me dijiste que el tren llegaba con retraso.

No llegaba con retraso. Había llegado a su hora.

Le había visto llegar. Lo vi en el panel.

Carmen no dijo nada.

—Te dejé allí —siguió su madre, fregando una taza que ya estaba limpia—.

Porque me lo pediste. Volví a las tres. A las seis.

A las nueve. A las once de la noche, con el último tren, te recogí.

No lloraste. No dijiste nada en todo el camino a casa.

Y al llegar, subiste a tu cuarto, sacaste la agenda, arrancaste la hoja del veintitrés de junio y la tiraste a la papelera.

—Pepa cerró el grifo—. Yo la saqué de la papelera al día siguiente. La tengo guardada.

Carmen levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque tu padre me enseñó que las piezas que fallan no se tiran. Se guardan. Para saber por qué fallaron. —Pepa se secó las manos con un trapo—. ¿Quieres saber lo que creo?

—No.

—Te lo digo igual. —Pepa se volvió hacia ella, apoyada en el fregadero—. Creo que desde ese día te has pasado dieciséis años cumpliendo todas las normas del mundo para que nadie te vuelva a dejar en un andén. Y que te ha funcionado. Nadie te ha dejado. —Hizo una pausa—. Tampoco ha venido nadie.

Carmen se levantó de la silla. Fue a la ventana. Miró el geranio, la plaza, la persiana verde del taller con su grafiti.

—Me han dicho que no le vea —dijo, sin volverse—. Mi jefe. Que si le vuelvo a ver mientras haya un expediente abierto, me abren un disciplinario.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé.

—Sí lo sabes. —Su madre se acercó por detrás. Le puso una mano en el hombro, áspera, llena de cicatrices de soldar—. Lo sabes desde que has dado la vuelta a la manzana.

Carmen se quedó quieta, con la mano de su madre en el hombro, mirando la persiana verde.

—Es la primera vez en mi vida —dijo, muy bajo— que voy a saltarme una norma a propósito.

Pepa no dijo nada. Le apretó el hombro, una vez.

—Ya era hora —dijo.

*  *  *

Esa noche, en su piso, Carmen se sentó en el suelo del salón con la mochila abierta y sacó de ella una funda de plástico transparente.

Dentro estaba el Protocolo . Reescrito el sábado anterior, a mano, con su letra pequeña y vertical, y plastificado en una copistería de Benimaclet a las nueve de la noche, ante la mirada perpleja del dependiente.

Lo leyó entero. Los seis puntos.

Luego sacó un rotulador permanente del cajón de la mesa baja. Un rotulador gordo, de los que se usan para marcar cajas de mudanza. Lo destapó.

Y debajo del punto sexto, sobre el plástico, con una letra que no era la suya, que era más grande y más inclinada de lo normal, escribió:

Séptimo. Si alguna de las partes tiene miedo, lo dirá. Aunque sea en usted.

Y lo firmó.

Kafka la miró desde debajo del sofá, con su cabeza arrugada y sus ojillos de trámite administrativo. Carmen le miró a él.

—No me mires así —dijo—. Ya sé que no es normativo.

La tortuga se retiró debajo del sofá, despacio, sin opinión.