Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 6 · La firma de la buhardilla #2
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Capítulo 6 · La firma de la buhardilla #2

Samuel la miró. Júlia Ferrer, la de las pestañas, la que no hacía nunca nada sin un plan, a las siete y media de la mañana en la puerta de una cocina, pidiéndole permiso para hacer algo por gusto.

—Te dejo —dijo.

Júlia sonrió. Una sonrisa de verdad, de las que se le habían empezado a escapar desde el otoño y que le cambiaban la cara entera.

—Llobet escribía cartas pidiendo perdón por cambiar los proyectos a mitad de obra —dijo, ya desde la puerta—. Siempre terminaban igual. «Ruego disculpen la irregularidad». —Se volvió—. Si encuentro una de este edificio, te la traigo.

—¿Por qué?

—Porque tienes cara de necesitar a alguien que pida perdón por cambiar de idea a mitad de obra. —Júlia se encogió de hombros—. Aunque sea un arquitecto muerto.

*  *  *

Bellver apareció el jueves.

Samuel estaba en la acera de la calle Sueca, delante de su andamio, hablando por teléfono con Ximo Gimeno, que le comunicaba con alivio que la licencia de ocupación había llegado esa mañana y que el lunes podían volver a trabajar.

Mies estaba sentado en el bordillo, mirando el portal del cuarenta y uno con una esperanza que Samuel sospechaba que tenía que ver con una inspectora y una magdalena.

Un coche se detuvo delante del cuarenta y uno. Un coche eléctrico, negro, enorme, de los que no hacen ruido. Se abrió la puerta de atrás. Y bajó un hombre que Samuel no veía desde hacía doce años y que reconoció al instante, con la misma sensación con que se reconoce una cicatriz.

Marcos Bellver. Cuarenta y cinco años. Pelo engominado hacia atrás, ya con canas en las sienes, que le quedaban bien, como todo.

Traje azul marino de corte italiano sin corbata, camisa blanca abierta, zapatos de ante marrón sin calcetines, un reloj de acero en la muñeca que costaba lo mismo que la obra de la calle Sueca entera. Sonrisa de anuncio de colonia.

Habían trabajado juntos en el estudio de la calle Pujades.

Seis años. Bellver era el socio junior que le había dicho a Samuel, el veintidós de junio de dos mil once, que el proyecto de Shanghái necesitaba que se quedara tres meses más.

Que era la oportunidad de su vida. Que a los veinticinco años nadie dirige un proyecto así. Que su novia lo entendería.

Bellver le vio. Sonrió más.

—¡Samuel Vidal! —Abrió los brazos, cruzó la acera, le dio un abrazo que Samuel no le devolvió—. ¡No me lo puedo creer! ¿Qué haces tú aquí?

—Es mi obra.

—¿Tu obra? —Bellver miró el andamio, la lona verde, el cartel amarillo de obra paralizada que todavía estaba pegado en la puerta—. ¡No me digas! ¡La del treinta y tres! ¡Qué casualidad!

—¿Y tú qué haces aquí?

—Esto es mío. —Bellver señaló la Finca del Reloj con un gesto amplio, de propietario—. Bueno, de mi empresa. Turia Capital. La monté hace cinco años, cuando dejé el estudio. Inversión inmobiliaria. Rehabilitaciones. Promociones. —Sonrió—. Lo que hacíamos en Pujades, pero cobrando nosotros.

Samuel no dijo nada. Mies, en el bordillo, miró a Bellver y gruñó. Muy bajo. Muy al fondo. Samuel no le había oído gruñir nunca.

—Tienes un perro —dijo Bellver—. Qué bien. Siempre dijiste que querías un perro.

—¿Qué quieres, Marcos?

—Nada. Nada. Venía a ver el edificio. Lo vamos a derribar. Está en ruina, ¿sabes? —Bellver miró hacia la torre con una expresión de pena muy bien ensayada—. Una lástima. Pero es así. No se puede salvar. Lo dice el informe.

—Lo dice tu informe.

Bellver le miró. La sonrisa se le quedó quieta un instante, como se le había quedado a Samuel el lunes en el despacho de Carmen. Luego volvió.

—Lo dice un ingeniero muy competente —dijo—. Y lo dirá el ayuntamiento, en cuanto termine la inspección. —Se metió las manos en los bolsillos—. Oye, Samuel. Ya que estás aquí. ¿Sabes qué vamos a hacer en el solar?

—No.

—Un edificio de apartamentos. Veinticuatro unidades. Alquiler de temporada. Con azotea, piscina y espacio de coworking . Muy bien diseñado. Contemporáneo. Pero respetuoso con el entorno. —Bellver sonrió—. Todavía no tengo arquitecto.

Samuel no se movió.

—Te lo ofrezco a ti —siguió Bellver—. En serio.

Eres el mejor proyectista que he conocido.

Lo sabe todo Pujades. Lo de Shanghái fue tuyo, aunque lo firmara el viejo.

Honorarios de mercado. Más un diez por ciento.

Más tu nombre en la placa. —Hizo una pausa—.

Y, de paso, olvidamos lo de las vibraciones.

—¿Qué vibraciones?

—Las de tus micropilotes. Las que según algunos técnicos podrían haber afectado a la estructura de mi edificio.

— Bellver se encogió de hombros con una inocencia perfecta—.

Yo no lo creo, eh. Pero mis abogados dicen que habría que estudiarlo.

Que podría haber responsabilidad. Del director de obra.

Personal. —Volvió a sonreír—. Pero si trabajamos juntos, eso no tiene ningún sentido, ¿no? Nadie demanda a su propio arquitecto.

Samuel miró a Bellver durante mucho tiempo. El traje azul. Los zapatos de ante. La sonrisa de colonia. Pensó en el veintidós de junio de dos mil once, en la oficina de la calle Pujades, en una voz igual de suave diciéndole tu novia lo entenderá .

—No —dijo.

—Piénsalo.

—Ya lo he pensado.

—Has tardado tres segundos.

—He tenido doce años para pensarlo. —Samuel cogió la correa de Mies del bordillo—. No, Marcos. Gracias. Y dile a tus abogados que mis micropilotes tienen un certificado de sismógrafo de cero coma dos milímetros por segundo. Menos que un autobús. Que lo estudien.

Bellver se quedó un momento callado. Luego asintió, despacio, con la sonrisa todavía puesta, como quien cierra una carpeta para abrirla otro día.

—Como quieras. —Se volvió hacia el coche negro. Abrió la puerta de atrás. Y antes de subir, se giró a medias, como si se le acabara de ocurrir algo—. Ah, Samuel. Una cosa.

—¿Qué?

—Saluda a Carmen de mi parte. —Bellver sonrió con todos los dientes—. La vi el sábado en El Palmar. Con un perro igual que el tuyo. Desayunando all i pebre . Qué casualidad, ¿no?

Subió al coche. Cerró la puerta. El coche negro se fue por la calle Sueca sin hacer ningún ruido.

Samuel se quedó en la acera, delante de su andamio, con la correa de Mies en la mano y el corazón latiéndole en la garganta.

Arriba, en la torre, el reloj dio las doce. Una campanada detrás de otra, graves, lentas, que se quedaron vibrando en el aire de Russafa.

Mies seguía gruñendo hacia el sitio donde había estado el coche. Muy bajo. Muy al fondo. Como el péndulo de un reloj que acaba de notar que algo se ha movido.