Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 6 · La firma de la buhardilla
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Capítulo 6 · La firma de la buhardilla

Iván llegó a la Finca del Reloj el lunes a las nueve en punto, en bicicleta, con su casco, su mochila enorme y la expresión de un hombre que ha sido convocado para resolver un crimen y no tiene ninguna intención de hacer preguntas sobre el móvil.

—El de las gafas —dijo, al ver a Samuel en el portal.

—Iván.

—¿Qué hay que mirar?

—Todo.

Iván asintió. Se quitó el casco. Lo colgó del manillar de la bici. Sacó de la mochila una libreta de cuadros, un nivel láser, un fisurómetro digital, un esclerómetro, un taladro inalámbrico pequeño, una bolsa de muestras y una caja de bolígrafos de colores ordenados por espectro.

—¿Quién paga? —preguntó.

Samuel tardó un segundo.

—Yo.

Iván le miró por encima de las gafas, sin expresión. Luego volvió a meter los bolígrafos en la mochila.

—Vale —dijo. Y entró en el zaguán.

Fue una semana extraña.

Iván trabajaba como Samuel había visto trabajar a muy poca gente: en silencio absoluto, con una concentración que parecía religiosa, sin prisa pero sin pausa, como un reloj.

Midió la finca entera planta por planta.

Hizo catas en los forjados, pequeños agujeros de cinco centímetros que luego tapaba con una precisión de relojero.

Sacó testigos de los muros con una corona de diamante.

Puso fisurómetros en la grieta de la fachada, sellados con resina y numerados.

Analizó el mortero de los tres agujeros con una lupa de cuarenta aumentos y un kit de reactivos que llevaba en una caja de herramientas de pesca.

Habló con los vecinos solo lo imprescindible: «buenos días», «perdone», «gracias», «¿puedo pasar al baño?

». Con don Paco habló un poco más. Samuel los encontró una tarde en la torre del reloj, sentados en dos taburetes delante de la máquina, sin decir nada, mirando el péndulo ir y venir, durante media hora.

—¿Qué hacíais? —le preguntó a Iván después, en la escalera.

—Escuchar.

—¿El qué?

—El escape de áncora. —Iván se ajustó las gafas—. Es el mismo sonido que hace un edificio sano. Nunca lo había pensado.

Samuel no contestó. Pensó en una chica de veinte años haciendo once preguntas sobre el escape de áncora en esa misma torre, y en que hacía dos días le había prometido no hacer referencia a hechos anteriores.

Lo estaba cumpliendo. Con un esfuerzo que no recordaba haber hecho por nada desde hacía años.

*  *  *

El martes a las siete y media de la tarde, en el invernadero de las cactáceas del Jardín Botánico, donde efectivamente no había nadie salvo un jardinero que regaba un cactus con forma de cerebro con una regadera de lata, Samuel le contó a Carmen lo que había encontrado Iván hasta entonces.

Lo hizo de pie, junto a un cactus gigante de México que tenía un cartel de No tocar , con Mies atado a un banco de hierro y una carpeta abierta entre los dos. Ella escuchaba con los brazos cruzados y la cabeza inclinada a la izquierda, como leía los planos.

—Los forjados están bien —dijo Samuel—. Las vigas del último piso tienen alguna pudrición en las cabezas, en el apoyo del muro de fachada, por humedad de la cubierta. Pero es localizada. Tres vigas de cuarenta. Se pueden reforzar con prótesis. Dani lo hace en una semana.

—¿Dani?

—El carpintero que te dije. El de Júlia. —Samuel se mordió la lengua—. Perdona. Punto cuarto. Terceros.

—No le has dicho nada.

—No le he dicho nada. Hablaba en hipótesis. —Pasó una hoja—. La medianera está perfecta. La cimentación también. Iván ha hecho una cata junto a mis micropilotes. Ni una fisura. Ni una.

—¿Y los agujeros?

—El mortero de los agujeros es cemento Portland con un aditivo de fraguado rápido. De los que venden en cualquier gran superficie. Iván dice que tiene menos de seis semanas. Por la carbonatación. —Samuel la miró—. Seis semanas, Carmen. La solicitud de ruina se presentó hace cuatro.

Ella no dijo nada. Se quedó mirando el cactus de México. El jardinero de la regadera de lata pasó por detrás de ellos, despacio, regando, sin mirarles.

—Y hay otra cosa —dijo Samuel.

—¿Qué?

—La cubierta. Encima del cuarto piso, al lado de la torre. Alguien ha levantado tejas. Doce. En una franja de un metro. Y las ha vuelto a poner encima sin mortero, solo apoyadas. —Samuel bajó la voz—. Cada vez que llueve, el agua entra directamente sobre las cabezas de las tres vigas podridas.

—La pudrición es provocada.

—La pudrición es acelerada. La humedad ya estaba. Pero alguien la ha ayudado. —Samuel cerró la carpeta—. Iván lo ha fotografiado todo. Tiene las tejas numeradas y las marcas de la palanca en el mortero antiguo.

Carmen se pasó una mano por la cara. Se quedó así un rato, con los ojos cerrados, en medio del invernadero de las cactáceas, rodeada de plantas que habían aprendido a sobrevivir sin agua en los sitios más hostiles del mundo.

—Esto es un delito —dijo, sin abrir los ojos.

—Sí.

—Daños en un edificio con inquilinos protegidos. Falsedad en un informe técnico de parte. Coacción. —Abrió los ojos—. Si es lo que parece, es un delito.

—Sí.

—Y mi jefe me ha dicho que no hable con nadie.

—Sí.

Ella le miró. Por primera vez desde El Palmar, le miró de verdad, sin la carpeta de por medio.

—Samuel, tengo miedo —dijo.

Samuel se quedó quieto.

—Punto séptimo —dijo, muy bajo.

—No lo firmé.

—Pero lo has dicho.

—Lo he dicho. —Carmen apartó la vista—. No te acostumbres.

Y se fue hacia la puerta del invernadero, deprisa, con la carpeta contra el pecho. Pero al pasar junto al banco de hierro se detuvo un segundo, se agachó y le rascó a Mies detrás de las orejas. Y luego se fue.

*  *  *

El miércoles, Samuel encontró la firma.

Fue en la buhardilla. La Finca del Reloj tenía, bajo la cubierta, un espacio largo y bajo que los vecinos llamaban els porxets y que antes se usaba para tender la ropa y guardar trastos.

Ahora estaba vacío, salvo por unas sillas viejas, un somier oxidado y cien años de polvo.

Iván había subido el lunes a mirar las vigas de la cubierta y había bajado diciendo «hay algo que debería ver usted». No dijo qué.

Samuel subió el miércoles a las seis, con una linterna frontal, cuando Iván ya se había ido. Encontró lo que había dicho Iván en el lado norte, junto a la base de la torre, en la cara interior de un par de la cubierta. Tallado a gubia, profundo, en la madera de pino, con un pulso firme y tranquilo.

Ll · 1928

Samuel se quedó mirándolo mucho rato.

Lo conocía. No esa firma, sino otra igual.

En otro edificio. La había visto en noviembre, en una foto que Júlia le había enseñado en el móvil, en la cocina del estudio, con una emoción en la cara que él no le había visto nunca: la foto de una viga en el techo de su dormitorio, con un injerto en zigzag y, en el costado, dos letras y un punto.

Ll · 1925. Y luego, en marzo, Júlia había vuelto del archivo municipal con una fotocopia de una carta en la mano y un nombre.

Rafael Llobet i Soler. El arquitecto de la casa del Rosario.

El arquitecto del edificio de Júlia en la calle de Escalante.

El arquitecto que firmaba las vigas que le gustaban más.

Samuel se sentó en una silla vieja de la buhardilla, con la linterna frontal apuntando a las dos letras y el punto.

Punto cuarto. Terceros.

Pensó en llamar a Júlia. Pensó en el protocolo que se había comido un basset hound. Pensó en que Júlia había pasado tres meses buscando a ese hombre en archivos, en facturas, en la memoria de una vecina del tercero. Pensó en que si la Finca del Reloj era de Llobet, Júlia tenía derecho a saberlo.

Y pensó, sobre todo, en que si la Finca del Reloj era de Llobet, se podía pedir su catalogación como bien protegido. Y un edificio catalogado no se podía declarar en ruina con un informe de un ingeniero de Madrid y tres agujeros del ocho.

Sacó el móvil. Le hizo una foto a la firma, con escala, con fecha. Y escribió a Júlia, porque había cosas que estaban por encima de un protocolo, aunque no supiera explicar por qué:

¿Llobet hizo algo en Russafa en 1928? Pregunto por una obra mía. Hipotéticamente.

La respuesta llegó en catorce segundos.

¿HIPOTÉTICAMENTE? ¿DÓNDE ESTÁS? VOY.

Samuel se rio solo en la buhardilla, a oscuras, con la linterna en la frente.

No vengas. Mañana te cuento. Pero sí: creo que he encontrado la última.

*  *  *

Júlia apareció en el estudio el jueves a las siete y media de la mañana, media hora antes de lo habitual, con la agenda de pestañas abierta contra el pecho y la cara de alguien que no ha dormido.

Samuel estaba en la cocina, haciendo café. Ella se plantó en la puerta.

—Ll punto mil novecientos veintiocho —dijo.

—Buenos días, Júlia.

—Ll punto mil novecientos veintiocho. En una buhardilla de Russafa.

—Júlia dejó la agenda sobre la encimera, abierta por una página llena de fechas y nombres escritos con su letra recta—.

Llobet murió en mil novecientos treinta.

He mirado esta noche todas sus licencias en la base de datos del archivo.

La última que firmó es de mil novecientos veintiocho.

Calle Sueca. Número cuarenta y uno. —Le miró—.

Es la Finca del Reloj, ¿verdad? La de al lado de tu obra.

Samuel no contestó. Le sirvió un café. Ella no lo cogió.

—Hipotéticamente —dijo él.

—Samuel.

—No puedo contarte por qué estoy mirando ese edificio. He prometido no hacerlo.

—¿A quién?

Samuel no contestó tampoco a eso. Júlia le miró un rato largo, con la cabeza ladeada, como miraba las ventanas del Rosario antes de clavarles el punzón. Luego, despacio, cogió el café.

—Vale —dijo—. No me lo cuentes. —Le dio un sorbo—. Pero si es la última obra de Llobet, quiero subir a esa buhardilla. Y quiero pedir el expediente de licencia al archivo. Y quiero que me dejes hacerlo sin preguntar para qué.

—Eso es mucho pedir.

—Me lo debes. En noviembre le dijiste a Pilar que yo tenía cara de enamorada.

—Pilar ya lo sabía.

—Pilar lo sabe todo. —Júlia cerró la agenda—. ¿Me dejas?