Capítulo 5 · Protocolo #2
—Punto tercero —dijo ella—. Lugares ajenos al ámbito profesional.
—Más ajeno que esto no hay nada.
—Ya. —Carmen se levantó—. Pero pago yo.
—¿Por qué?
—Porque usted tiene la obra paralizada. Por mi culpa.
—Por culpa del andamio.
—Por culpa del andamio —concedió ella—. Pero pago yo.
* * *
Desayunaron all i pebre de anguila en la mesa de plástico del bar del toldo verde, con pan, con un vaso de vino de la casa que ninguno de los dos se terminó y con Mies debajo de la mesa recibiendo trozos de pan mojado en salsa de Samuel, que Carmen fingió no ver.
Hablaron de la finca. Solo de la finca. Fue Carmen quien lo propuso, y fue Samuel quien lo cumplió, con una disciplina que la sorprendió.
Hablaron de la grieta, de los tres agujeros, del mortero de cemento.
De la medianera, que no se movía. De las vigas del último piso, secas como huesos.
De Iván, a quien Samuel llamaría el lunes.
De lo que necesitarían: un levantamiento completo, catas en los forjados, una prueba de carga, un análisis del mortero de los agujeros para fecharlo.
—Y el reloj —dijo Samuel.
—¿El reloj?
—Don Paco tiene cincuenta y tres libretas.
Desde 1975. Apunta cada día cuánto se adelanta o se atrasa el péndulo.
—Samuel mojó pan en la salsa—. Si el edificio se hubiera movido, el péndulo lo habría notado.
Y no lo ha notado. En cincuenta y dos años, todas las variaciones se explican por la temperatura y la humedad.
Carmen dejó el tenedor en el plato.
—Eso es un registro continuo de la estabilidad del edificio —dijo despacio—. Durante medio siglo.
—Eso es.
—Hecho por un relojero. Con un lápiz.
—Con un lápiz.
—No tiene validez técnica.
—No. —Samuel se encogió de hombros—. Pero es verdad. Y a veces la verdad llega antes que la validez técnica.
Carmen miró el agua de la acequia, al otro lado del camino, quieta, con el cielo reflejado.
Pensó en un hombre de ochenta y cuatro años subiendo ciento doce peldaños de una escalera de caracol cada lunes y cada jueves desde 1975, para dar cuerda a un reloj, y apuntando después, en una libreta de hule negro, cuántos segundos se había equivocado el mundo esa semana.
—Hay que pedirle las libretas —dijo.
—Ya me las ha ofrecido.
—Hay que digitalizarlas. Hacer una gráfica.
Cruzarla con los datos de temperatura y humedad de la Aemet.
—Carmen hablaba cada vez más deprisa, como hablaba a los veintidós años en la biblioteca de la Escuela cuando se le ocurría algo—.
Si la gráfica es plana, si todas las variaciones se explican por el clima, tenemos una prueba de que la estructura no se ha movido en cincuenta años.
Y de que la grieta de la fachada es posterior.
—Y provocada.
—Y provocada.
Samuel la miraba. Ella se dio cuenta de que la miraba, y de cómo la miraba, y se calló de golpe.
—¿Qué? —dijo.
—Nada.
—Me está mirando.
—Estaba pensando en una cosa.
—¿En qué?
—En el punto quinto. —Samuel apoyó los codos en la mesa de plástico—.
Que me prohíbe hacer referencia a hechos anteriores.
Así que no puedo decirte que acabas de hablar exactamente igual que en la biblioteca de la Escuela a las dos de la madrugada en tercero, cuando se te ocurrió lo de las vigas Vierendeel para el proyecto del mercado.
Carmen no dijo nada.
—No te lo puedo decir —siguió él—. Así que no te lo digo.
—Punto quinto —dijo ella, en voz muy baja.
—Punto quinto.
—Mies se lo ha comido.
—Mies se lo ha comido —asintió Samuel—. Pero yo lo respeto igual.
* * *
Se despidieron en el aparcamiento de tierra a las diez menos cuarto. Él con Mies, que se negó a subir al coche hasta que Carmen le rascó detrás de las orejas. Ella con su mochila y su termo vacío.
—El lunes llamo a Iván —dijo Samuel.
—El lunes hablo con don Paco.
—El martes nos vemos.
—¿Dónde?
—Elige tú. Lugar ajeno.
Carmen lo pensó.
—El Jardín Botánico. A las siete y media de la tarde. En el invernadero de las cactáceas.
—¿Por qué en las cactáceas?
—Porque no va nadie.
Samuel se rio. Subió al coche. Bajó la ventanilla.
—Carmen.
—Señor Vidal.
—El punto séptimo —dijo él—. No lo firmaste. Pero yo sí. Así que, por lo que a mí respecta, está en vigor.
Y se fue, despacio, por el camino de tierra entre los arrozales inundados, con Mies sacando la cabeza por la ventanilla de atrás y las orejas al viento como dos banderas.
Carmen se quedó en el aparcamiento hasta que el coche desapareció.
Luego se volvió hacia el embarcadero. El barquero de la acequia había terminado de preparar su barca y se alejaba por el canal, de pie, empujando con la percha, despacio, entre las garzas.
En la otra orilla, junto a un cañaveral, había un hombre con una cámara de fotos con teleobjetivo, apuntando hacia los arrozales.
Un fotógrafo de pájaros. En la Albufera había muchos a esa hora.
Carmen no se fijó en él. No tenía por qué.
Se quedó un momento más junto al coche, con la mochila al hombro y el termo vacío en la mano, mirando el embarcadero de la acequia del Pujol.
El banco de madera donde un basset hound se había comido un documento oficial.
La barca azul y blanca que se llamaba La Pepica .
El agua quieta con el cielo dentro. Pensó que llevaba dieciséis años sin reírse así.
Que no recordaba cómo se hacía. Y que, al parecer, se hacía sola.
Subió a su coche. Puso el motor en marcha. Y antes de salir del aparcamiento, sin saber por qué, cogió el bolígrafo que todavía tenía en la mano, abrió la agenda de papel que llevaba siempre en la mochila y, en la página del sábado, con su letra pequeña y vertical, escribió una sola palabra.
Miedo.
La miró un rato. No la tachó.