Capítulo 5 · Protocolo
El Palmar, a las ocho menos diez de un sábado de abril, era un pueblo de casas bajas y blancas rodeado de agua por todas partes, con barcas de madera amarradas a las orillas de las acequias, garzas inmóviles en los arrozales recién inundados como figuritas de porcelana olvidadas en una repisa, y un silencio tan grande que Carmen oía el motor de su propio coche enfriándose en el aparcamiento de tierra.
Llevaba allí desde las siete y media. Había llegado antes a propósito, para elegir dónde sentarse, para tener la ventaja del que espera sobre el que llega.
Había elegido un banco de madera junto al embarcadero de la acequia del Pujol, de cara al agua, de espaldas al pueblo.
Había sacado de la mochila un termo de café, dos vasos de papel, una carpeta, un bolígrafo y un folio en blanco.
Y en el folio en blanco, durante veinte minutos, con su letra pequeña y vertical, había escrito algo.
Lo leyó otra vez. Le pareció razonable. Le pareció imprescindible.
Le pareció, también, un poco ridículo. Pero eso no lo pensó demasiado.
A las ocho menos dos minutos oyó un coche aparcar a su espalda. Una puerta. Unas uñas sobre la grava. Y un ladrido grave, profundo, de perro grande con orejas largas que acaba de descubrir que el mundo está lleno de patos.
No se volvió.
—Buenos días —dijo Samuel, a su espalda.
—Llega usted dos minutos antes.
—He aprendido de mis errores.
Carmen no contestó a eso. Le señaló el otro extremo del banco con la barbilla.
Él se sentó. Mies, después de una inspección exhaustiva de cada palmo del embarcadero, de cada poste, de cada cuerda de amarre y de una barca de madera pintada de azul y blanco que se llamaba La Pepica , se acercó a Carmen, le olió las rodillas, le olió la mochila, se sentó sobre sus zapatos y apoyó la cabeza contra su pierna, exactamente como el jueves.
Carmen sacó una magdalena del bolsillo del abrigo. Una de las dos de la señora Visitación. La había guardado en una bolsa de plástico desde el jueves. Se la dio.
Mies se la comió en un segundo y medio. Luego la miró con una devoción que Carmen no había visto en ningún ser vivo desde hacía mucho tiempo.
—Ya está —dijo ella—. Ya no te debo nada.
—Ahora te debe él a ti —dijo Samuel—. Así funciona Mies. Le das una magdalena y te pertenece para siempre.
—No quiero que me pertenezca.
—No es una cuestión de querer. Es un basset hound. Son así.
Carmen le miró por primera vez. Llevaba una camiseta gris con el logo de una exposición de Siza en Oporto, tan gastada que las letras casi no se leían, unos vaqueros, unas zapatillas de lona, las gafas de pasta y, por supuesto, el rotulador detrás de la oreja.
No se había afeitado. Tenía ojeras. Parecía que tampoco había dormido.
Se dio cuenta de que la camiseta de Siza era la misma. La de Oporto. La de dos mil ocho. Se la había comprado ella, en la tienda del museo, porque él se había gastado todo el dinero en un libro.
No dijo nada. Le tendió el folio.
* * *
Samuel lo cogió. Se ajustó las gafas. Lo leyó en voz alta, muy despacio, con un tono de lectura de testamento que a Carmen le dieron ganas de tirarlo a la acequia.
— Protocolo de colaboración técnica en relación con el expediente de declaración de ruina de la finca sita en la calle Sueca número cuarenta y uno.
—Sigue.
— Primero. La colaboración entre las partes se limita exclusivamente al análisis técnico del estado estructural de la finca, con el único objeto de garantizar la imparcialidad del informe municipal.
—Sí.
— Segundo. Las partes no se tutearán en ninguna circunstancia.
Samuel levantó la vista.
—¿En ninguna?
—En ninguna.
—¿Ni si se cae la torre del reloj?
—Sobre todo si se cae la torre del reloj.
Samuel volvió al folio.
— Tercero. Las reuniones se celebrarán en lugares ajenos al ámbito profesional de ambas partes, previo acuerdo, y nunca en el domicilio de ninguna de ellas. —Hizo una pausa—. ¿Por qué no en el domicilio?
—Porque no.
—Mies vive en mi domicilio la mitad del tiempo. Le gustaría verte.
—Mies puede venir a los lugares ajenos.
— Cuarto. Ninguna de las partes informará a terceros de la existencia de esta colaboración, salvo al ingeniero independiente imprescindible para el estudio estructural, al que no se informará de la participación de la parte municipal.
—Samuel asintió—. Iván. Eso es fácil. Iván no pregunta nada.
No sabe ni cómo me llamo. Me llama «el de las gafas».
— Quinto —siguió ella, quitándole el folio, porque no soportaba su voz de testamento—. Las partes no harán referencia a hechos anteriores a la presente colaboración.
Samuel se quedó quieto.
—¿Hechos anteriores?
—Hechos anteriores.
—¿Como cuáles?
Carmen miró el agua de la acequia. Una garza blanca levantó el vuelo desde un arrozal, despacio, con las patas colgando, y pasó por encima de ellos sin hacer ningún ruido.
—Como Benlliure —dijo—. Como el peldaño sesenta y tres. Como cualquier cosa que haya pasado antes del lunes a las nueve menos cuatro.
—Me dijiste que llegué a las nueve menos cuatro.
—No me tutee.
—Lo sabías. Lo sabías exactamente. Las nueve menos cuatro. —Samuel se volvió hacia ella en el banco—. Me estabas esperando desde antes. Con el reloj de tu padre.
—Punto quinto, señor Vidal.
—El punto quinto todavía no está firmado.
Carmen le miró. Él la miró. Entre los dos, en el banco de madera, sobre el folio con el Protocolo , Mies apoyó la cabeza y cerró los ojos, satisfecho, como quien preside una negociación.
— Sexto —leyó ella, más deprisa, con la voz un poco menos firme de lo que le habría gustado—.
La colaboración finalizará en el momento en que se emita el informe municipal sobre la finca, sea cual sea su conclusión.
A partir de ese momento, las partes retomarán su relación estrictamente profesional, como inspectora y director de obra, respectivamente.
—¿Y el séptimo?
—No hay séptimo.
—Siempre hay séptimo. —Samuel le quitó el folio otra vez, con dos dedos, con mucho cuidado—. Lo dice Álvaro. En mi estudio todo el mundo tiene una cláusula séptima.
—Yo no trabajo en su estudio.
—No. —Samuel sacó el rotulador de detrás de la oreja—. Pero el protocolo es de los dos.
Y antes de que ella pudiera impedirlo, apoyó el folio en la rodilla y escribió algo debajo del punto sexto, con su letra grande, inclinada, con un rotulador de pizarra que no era normativo. Luego le devolvió el folio.
Séptimo. Si alguna de las partes tiene miedo, lo dirá. Aunque sea en usted.
Carmen leyó la línea. La leyó otra vez.
—Esto no es técnico —dijo.
—No.
—Esto no tiene nada que ver con el expediente.
—Tiene todo que ver. —Samuel se puso el rotulador otra vez detrás de la oreja—.
Te están pidiendo que firmes una ruina falsa.
Te han dicho que no hables con nadie. Has llamado a un hombre al que no ves desde hace dieciséis años, al que le dijiste que no volviera, para quedar con él en un pueblo de la Albufera a las ocho de la mañana de un sábado.
—La miró a los ojos—. Tienes miedo, Carmen. Y yo también.
—Punto segundo.
—Tiene usted miedo, señora inspectora —se corrigió él, sin apartar la mirada—. Y yo también. Lo digo en voz alta. Punto séptimo.
Carmen se quedó con el folio en la mano mucho rato. Luego lo dejó sobre el banco, entre los dos. Junto a la cabeza de Mies.
—Firmaré los seis primeros —dijo.
—Y yo los siete.
—El séptimo no vale si no lo firmamos los dos.
—Pues ya veremos.
Ella sacó su bolígrafo. Él sacó su rotulador.
Y estaban los dos inclinados sobre el folio, ella con el bolígrafo a dos centímetros del papel, cuando Mies abrió los ojos, levantó la cabeza, olió el folio con un interés repentino y súbito, y antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, lo cogió con los dientes y se lo comió.
Tardó cuatro segundos. Carmen no había visto nunca a un ser vivo comerse un documento oficial con tanta eficacia. Lo masticó tres veces, lo tragó y se relamió, mirándolos a los dos con la cara de satisfacción de un funcionario que acaba de archivar un expediente.
Hubo un silencio absoluto en el embarcadero de la acequia del Pujol.
Luego Samuel se echó a reír. Una carcajada enorme, que espantó a dos patos y a una garza y que hizo que un barquero que preparaba su barca al otro lado de la acequia se volviera a mirarles.
Se dobló sobre el banco. Se le cayeron las gafas.
Mies, satisfecho, volvió a apoyar la cabeza en la pierna de Carmen.
Carmen no se rio.
Lo intentó. Intentó no reírse con todas sus fuerzas, con los labios apretados, con los ojos fijos en el agua, contando garzas.
Duró nueve segundos. Luego se le escapó un ruido por la nariz.
Luego otro. Y luego se estaba riendo, ella también, en un banco de madera de El Palmar a las ocho y cuarto de la mañana de un sábado, con un basset hound sobre los zapatos y el estómago doliéndole, y las lágrimas cayéndole por la cara, sin poder parar, como no se había reído desde hacía dieciséis años.
Cuando por fin pudieron parar, Samuel recogió las gafas del suelo. Las limpió con la camiseta de Siza. Se las puso.
—Bueno —dijo—. Ya no hay protocolo.
—Lo reescribo esta noche.
—Mies se lo comerá otra vez.
—Lo plastifico.
—Mies se come cosas plastificadas. Se comió el carné del gimnasio de Lucía. Lo vomitó a los tres días, en su sofá blanco italiano. —Samuel sonrió—. Fue el mejor día de mi divorcio.
Carmen se rio otra vez, sin querer, por la nariz. Él la miró reírse con una expresión que ella no supo descifrar y que no quiso descifrar.
—¿Desayunamos? —preguntó él—. Hay un bar ahí detrás que hace all i pebre a las ocho y media. Para los barqueros.
—Es un desayuno muy fuerte.
—Es un desayuno de barquero. —Samuel se levantó—. Hoy somos barqueros. Estamos en El Palmar. Nadie nos conoce.
Carmen miró el bar. Era una casa baja encalada, con un toldo verde descolorido, dos mesas de plástico en la puerta y un cartel de hojalata de una marca de cerveza que ya no existía. En una de las mesas, un hombre mayor con gorra leía el periódico. En la otra no había nadie.