Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 4 · Estació del Nord
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Capítulo 4 · Estació del Nord

El móvil vibró sobre el brazo del sofá de terciopelo verde a las seis y veintidós de la tarde, mientras Samuel le quitaba a Mies una garrapata de detrás de la oreja con unas pinzas de depilar que Lucía se había dejado en su casa hacía dos años y que él no había devuelto por pura dejadez, o eso se decía.

Miró la pantalla. Un número que no tenía guardado.

Lo conocía. No lo tenía guardado porque lo había borrado hacía dieciséis años, en un bar de la calle Verdi de Barcelona, a las cuatro de la madrugada, con el pulgar temblando, después de tres gin-tonics y una conversación con un camarero gallego que le dijo que lo que no se borra no se olvida.

Lo había borrado. No lo había olvidado. Se lo sabía de memoria. Seis, cuatro, nueve. Lo demás también.

Dejó las pinzas. Mies le miró con reproche, con la garrapata a medio salir.

Descolgó.

—Samuel.

No señor Vidal . No Samu . Samuel. Con todas las letras. Como le llamaba ella cuando discutían sobre la sección de una viga a las dos de la madrugada en la biblioteca de la Escuela.

—Carmen.

Hubo un silencio. Samuel oyó, al otro lado, una televisión muy baja y algo que arañaba un suelo de baldosa, despacio, como una uña.

—Necesito un arquitecto que no trabaje para el ayuntamiento —dijo ella.

Samuel cerró los ojos.

—Ya tienes uno —dijo.

—No me tutees.

—Me has llamado tú.

—Ya lo sé. —Otro silencio—. Por eso no me tutees. Si me tuteas, cuelgo.

—Vale. —Samuel abrió los ojos y miró el techo, las molduras de escayola, la lámpara de cristal que había comprado en el Rastro con Lucía en la primera semana de su matrimonio—. Señora inspectora. ¿En qué puedo ayudarla?

Ella respiró al otro lado. Un respiro largo, de alguien que se va a tirar desde un trampolín muy alto.

—Mi jefe me ha pedido que no hable de los agujeros con nadie —dijo—. Con nadie. Hasta el lunes.

—Y me estás hablando de los agujeros.

—Le estoy hablando de un estudio estructural independiente.

Que necesito. Y que no puedo pedir al servicio porque el servicio es mi jefe.

Y que no puedo encargar a ningún ingeniero que trabaje habitualmente con el ayuntamiento, porque todos los que trabajan habitualmente con el ayuntamiento conocen a mi jefe.

—Y has pensado en un arquitecto que tiene la obra paralizada pared con pared y al que tu jefe quiere echarle la culpa de todo.

—He pensado en un arquitecto que ha medido la medianera tres veces y ha visto los agujeros antes que yo. —La voz de ella se quebró, apenas, un milímetro, en la última palabra—. Y que me dejó una nota en un plano con una flecha que no es normativa.

Samuel no dijo nada. Mies, a su lado, se rindió a la garrapata y se tumbó boca arriba con las cuatro patas en el aire.

—Conozco a un ingeniero —dijo al fin—. Iván. No trabaja con nadie. No habla con nadie. Casi no habla. Pero es el mejor calculista de Valencia. Nos salvó un arco en el Cabanyal en octubre. Y le firmó a una inspectora un certificado visado a las siete menos dos minutos de un viernes.

—Esa inspectora era yo.

—Ya lo sé.

—Le conozco. Es bueno. —Una pausa—. ¿Lo haría?

—Si se lo pido yo, sí.

—No puede saber que se lo pido yo.

—No lo sabrá.

—No puede saber nadie que hemos hablado.

—Nadie lo sabrá.

—No puede saberlo nadie de tu estudio.

Samuel se rio sin querer.

—Carmen, en mi estudio se enteran de las cosas antes de que pasen. Tenemos una socia jubilada que es como un sismógrafo. Y una gata que decide quién cae bien.

—Pues que no se entere la gata.

Samuel volvió a reírse. Y esta vez, al otro lado, muy bajito, casi nada, como un tic de un reloj lejano, oyó que ella también se reía.

—El sábado —dijo Carmen—. A las ocho de la mañana. En El Palmar. En el embarcadero de la acequia del Pujol. Nadie de mi servicio va a El Palmar un sábado a las ocho de la mañana.

—Nadie de ningún sitio va a El Palmar un sábado a las ocho de la mañana.

—Por eso.

—¿Llevo a Mies?

Hubo un silencio largo.

—Llévalo —dijo ella al fin—. Se sentó en mis zapatos. Le debo una magdalena.

Y colgó.

*  *  *

Samuel se quedó en el sofá con el móvil en la mano mucho rato. Mies, boca arriba, empezó a roncar.

No guardó el número. Lo miró en la pantalla, en el registro de llamadas, seis, cuatro, nueve , y no lo guardó. Le pareció que guardarlo era demasiado. Que borrarlo otra vez era imposible. Lo dejó así, en un limbo, como quien deja una carta sin abrir encima de la mesa.

Y luego, porque era jueves por la noche y estaba solo y había un basset hound roncando en su sofá y nadie le iba a ver, hizo algo que no hacía desde hacía años. Se permitió acordarse.

*  *  *

La conoció el primer día de carrera, en septiembre de dos mil cuatro, en la explanada de la Escuela de Arquitectura, en la cola de la secretaría, a las ocho y cuarto de la mañana, porque ella le dijo que se estaba colando.

No se estaba colando. Había llegado tarde y se había puesto detrás de un amigo del instituto. Pero ella, que tenía dieciocho años, el pelo negro largo hasta la cintura recogido en una coleta tirante y un archivador de anillas más gordo que su brazo, le miró con una seriedad absoluta y le dijo:

—La cola empieza allí. Detrás de la chica de la mochila roja.

—Estoy con mi amigo.

—Tu amigo está en la cola. Tú no.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. —Ella señaló el final de la cola con el archivador—. Las normas son las normas.

Él se fue al final de la cola, detrás de la chica de la mochila roja.

Tardó cuarenta minutos más en llegar a la ventanilla.

Cuando llegó, ella ya se había ido. Pero durante esos cuarenta minutos no pensó en otra cosa que en la chica de la coleta tirante que había dicho las normas son las normas como quien recita un verso.

Se encontraron en clase de Dibujo Técnico esa misma tarde.

Se sentaron juntos por casualidad, porque eran los dos últimos que llegaron y solo quedaban dos sitios libres, uno al lado del otro, en la última fila.

Ella sacó una colección de rotuladores técnicos ordenados por grosor en un estuche de metal.

Él sacó un rotulador gordo de los de pizarra que llevaba detrás de la oreja desde el instituto porque le hacía gracia.

Ella le miró el rotulador como quien mira una herejía.

Tardaron dos años en darse el primer beso.

Fue en segundo, en la escalera de caracol de la torre de una finca de Russafa, un domingo de octubre, en el peldaño sesenta y tres, después de que un relojero muy amable les enseñara la máquina de un reloj de 1928 y ella le hiciera once preguntas sobre el escape de áncora.

Él no sabía qué era un escape de áncora.

Ella sí. Se lo explicó mientras bajaban.

Y en el peldaño sesenta y tres, a mitad de una explicación sobre cómo el péndulo libera un diente de la rueda en cada oscilación, él la besó para que se callara.

Ella no se calló. Le terminó de explicar el escape de áncora. Luego le besó ella.

Fueron cuatro años. Los cuatro mejores años de la vida de Samuel, aunque tardó mucho tiempo en atreverse a pensarlo con esas palabras.

Cuatro años de bibliotecas hasta las dos de la madrugada, de maquetas de cartón pluma en el suelo del piso de estudiantes de la calle Blasco Ibáñez, de discusiones sobre Le Corbusier en el bar de la Escuela, de viajes en tren a Barcelona para ver la Casa Batlló y a Madrid para ver el Prado y a Oporto para ver a Siza, durmiendo en albergues, comiendo bocadillos.

De planes. Sobre todo, de planes. En una servilleta de papel del bar de la Escuela, en tercero, ella dibujó un logotipo: dos letras, una V y una O, entrelazadas, con un punto en medio.

Y debajo escribió, con su letra pequeña y vertical: Vidal & Ortuño. Arquitectos.

Él guardó la servilleta en la cartera durante seis años.

En quinto, en marzo de dos mil diez, a tres meses del proyecto final, el padre de Carmen se murió.

Fue un infarto. En el taller. Manolo Ortuño tenía una carpintería metálica en Benimaclet, con su mujer, Pepa, desde 1978: rejas, barandillas, puertas de garaje, cancelas.

Se cayó encima de una plancha de acero un martes por la mañana y ya no se levantó.

Tenía cincuenta y ocho años. Carmen tenía veinticuatro. Era hija única.

Samuel recordaba el entierro. La iglesia de Benimaclet llena de vecinos, de herreros, de clientes.

Carmen en primera fila, con un vestido negro que le quedaba grande, con el reloj de pulsera de su padre en la muñeca, demasiado ancho, sin llorar.

Recordaba que no lloró en todo el día. Que lloró a las tres de la madrugada en su cama, en la calle Blasco Ibáñez, con la cara contra su pecho, en silencio, durante una hora.

Recordaba que él no supo qué decirle. Que no dijo nada.

Que le acarició el pelo durante una hora y pensó que eso era lo único que sabía hacer.

Tres semanas después, el estudio de Barcelona le llamó.

Era un estudio famoso. De los que salían en las revistas. Había hecho unas prácticas allí el verano anterior y le habían ofrecido un contrato para cuando terminara. Un sueldo que le parecía una fortuna. Un proyecto en Shanghái. Una vida.

Se lo contó a Carmen en el bar de la Escuela, con dos cafés con leche delante, con la servilleta del logotipo en la cartera.

Ella le escuchó sin decir nada. Luego dijo:

—Tienes que ir.

—No me voy a ir si tú…

—Tienes que ir. —Carmen tenía las manos alrededor de la taza, muy quietas—. Yo no puedo. Mi madre no puede llevar el taller sola. Hay que liquidarlo o venderlo o algo. Hay deudas. No sé. No puedo irme ahora.

—Entonces me quedo.

—No te vas a quedar por mí. No te lo voy a perdonar nunca si te quedas por mí.

—Carmen…

—Un año. —Ella levantó la vista—. Vete un año. Haz el proyecto de Shanghái. Aprende todo lo que puedas. Y vuelve. Y montamos el estudio. Aquí. Vidal y Ortuño.

—Un año.

—Un año. —Ella sacó una agenda del bolso.

Una agenda de papel, de las de antes, con las esquinas dobladas.

La abrió por junio del año siguiente. Por el día veintitrés.

San Juan. Escribió algo. Se lo enseñó—. El veintitrés de junio.

El tren de las siete y cuarenta de Barcelona.

Llega a la Estació del Nord a las once y diez. Te espero en el andén.

—¿Y si me retraso?

—No te retrases. —Ella cerró la agenda—. Las normas son las normas.

Samuel se levantó del sofá. Mies abrió un ojo, lo cerró.

Fue al dormitorio. Abrió el armario. Arriba, en el altillo, detrás de unas mantas y una caja de adornos de Navidad que no había vuelto a usar desde el divorcio, había una caja de zapatos. La bajó. La abrió sentado en el borde de la cama.

Dentro había cosas que no había tirado y que no sabía por qué no había tirado.

Un Nokia sin batería. Un abono de transporte de Barcelona de dos mil once.

Una foto de la Casa Batlló hecha con una cámara desechable.

Una entrada del Prado. Un dibujo a lápiz de un escape de áncora, con once preguntas apuntadas en el margen con una letra pequeña y vertical.

Y, al fondo, envuelta en papel de seda amarillento, una placa de latón.

La desenvolvió.

Era rectangular, del tamaño de una cuartilla, con cuatro agujeros en las esquinas para atornillarla a una puerta. Tenía grabadas dos letras, una V y una O, entrelazadas, con un punto en medio. Y debajo, en letras romanas: VIDAL & ORTUÑO · ARQUITECTOS .

La había encargado en un taller de grabado del barrio Gótico en mayo de dos mil once, un mes antes del veintitrés de junio. Le había costado ciento veinte euros, que era casi todo lo que le quedaba ese mes después del alquiler. La había copiado de la servilleta del bar de la Escuela.

No llegó a dársela.

No cogió el tren de las siete y cuarenta.

El veintidós de junio por la noche, en la oficina del estudio de la calle Pujades, el socio director le dijo que el proyecto de Shanghái había ganado la segunda fase y que necesitaba que se quedara tres meses más.

Solo tres meses. Que era la oportunidad de su vida.

Que a los veinticinco años nadie dirige un proyecto así. Que su novia lo entendería.

Él pensó que lo entendería. Pensó llamarla.

Pensó llamarla esa noche, y luego por la mañana, y luego al mediodía.

No la llamó. No sabía cómo decírselo. Cada hora que pasaba era más difícil.

A las once y diez de la mañana del veintitrés de junio estaba en una reunión con un cliente chino en la calle Pujades, mirando el reloj de la pared de la sala de reuniones, sabiendo exactamente dónde estaba ella. En el andén. Con su agenda. Esperando.

La llamó a las nueve de la noche. Ella no contestó. La llamó al día siguiente. Tampoco. Le escribió un mensaje largo, larguísimo, en el Nokia, explicándoselo todo. Shanghái. Los tres meses. La oportunidad. Que la quería. Que volvería en septiembre.

Ella contestó una semana después. Una sola línea.

Estuve en el andén hasta el último tren. No vuelvas.

No volvió. No en septiembre. Ni en diciembre.

Shanghái se convirtió en otro proyecto en Dubái, y Dubái en uno en Lisboa, y en Lisboa conoció a Lucía, una abogada catalana que se reía de todo y no le pedía nada.

Se casó con ella en dos mil catorce. Volvió a Valencia en dos mil dieciséis, porque Lucía pidió el traslado y porque él, sin decírselo a nadie, sin decírselo ni a sí mismo, nunca había dejado de querer volver.

En diez años en Valencia no se había cruzado con Carmen Ortuño ni una sola vez. Sabía que era inspectora. Sabía dónde trabajaba. Sabía que vivía en Benimaclet. Había evitado Benimaclet durante diez años con una disciplina que habría admirado ella.

Hasta un martes de diciembre, en la acera de la calle del Rosario, delante de una obra precintada, cuando la vio con un abrigo gris, una coleta tirante y una carpeta de anillas contra el pecho, y dijo Hola, Carmen con una voz que no reconoció como suya.

*  *  *

Samuel se quedó en el borde de la cama, con la placa de latón en las manos, hasta que se le quedaron frías.

Luego la volvió a envolver en el papel de seda. La metió en la caja. Cerró la caja. Pero no la subió al altillo. La dejó encima de la cómoda, junto a las llaves y la cartera, donde la vería al salir de casa.

Volvió al salón. Mies seguía boca arriba en el sofá de terciopelo verde, roncando, con la garrapata todavía a medio salir detrás de la oreja. Samuel cogió las pinzas de Lucía. Se sentó a su lado. Le terminó de sacar la garrapata con mucho cuidado, mientras el perro dormía.

—El sábado vamos a El Palmar —le dijo, en voz baja—. Pórtate bien. Te debe una magdalena.

Mies no se despertó. Pero movió la cola, una vez, contra el terciopelo.

Samuel cogió el móvil. Abrió el registro de llamadas. Seis, cuatro, nueve. Lo miró un rato largo.

Esta vez lo guardó.

Lo guardó con el nombre de siempre, el que había borrado en un bar de la calle Verdi a las cuatro de la madrugada dieciséis años atrás.

Carmen.

Sin apellido. Sin cargo. Sin nada más.