Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 3 · Inspección ocular
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Capítulo 3 · Inspección ocular

El jueves, a las ocho en punto, Carmen Ortuño estaba delante de la Finca del Reloj con el casco blanco del ayuntamiento bajo el brazo, una carpeta de anillas, un nivel láser, un fisurómetro, una cámara de fotos con flash anular, una cinta métrica de treinta metros y la determinación de no mirar hacia el andamio del número treinta y tres.

Miró hacia el andamio del número treinta y tres.

Estaba vacío. La lona verde colgaba quieta, sin un soplo de aire.

No había albañiles, no había ruido, no había contratista gritando por teléfono.

Había un cartel amarillo pegado con cinta en la puerta de la obra, con el escudo del ayuntamiento y su firma al pie: Obra paralizada por resolución de la inspección urbanística .

Lo había firmado el lunes a las diez y diez.

No se arrepentía. Se lo había repetido cuarenta veces en tres días.

Levantó la vista hacia la torre. El reloj marcaba las ocho y un minuto. Miró su reloj de pulsera, el de su padre. Las ocho y un minuto.

Respiró hondo y llamó al portero automático.

*  *  *

La Finca del Reloj tenía un zaguán que olía a cera y a humedad vieja, con un zócalo de azulejos de Manises de color verde agua y un suelo de mármol blanco y negro en damero, gastado en el centro por casi cien años de pasos.

La escalera era de mármol también, ancha, con una barandilla de hierro forjado en forma de olas que subía en espiral alrededor de un hueco central, coronado arriba por una claraboya de vidrio emplomado que dejaba caer sobre los peldaños manchas de luz verde, ámbar y azul.

Carmen se quedó un momento en el zaguán, sin moverse, mirando la escalera. Había estado allí una vez. Hacía veinte años. No pensaba en eso.

Le abrió don Paco Ibáñez.

Era exactamente como lo recordaba y, a la vez, mucho más viejo: el mismo chaleco de punto, el mismo pelo blanco peinado hacia atrás, las mismas gafas de relojero en la frente.

Pero ahora caminaba más despacio, apoyado en la pared, y tenía las manos manchadas de pecas y temblorosas.

Le había abierto la puerta del zaguán en pijama y con una bata de cuadros, a pesar de que ella había avisado por carta de la hora de la inspección.

—Usted es la inspectora —dijo don Paco.

—Carmen Ortuño. Buenos días.

—Buenos días. —El relojero la miró por encima de las gafas, muy despacio, de arriba abajo—. Ha crecido.

Carmen se quedó quieta en el umbral.

—Perdone, ¿nos conocemos?

—Un domingo de octubre de dos mil seis. Subió conmigo a la torre.

Con un muchacho alto. —Don Paco sonrió, con una dulzura que la desarmó—.

Quería ver cómo funcionaba el escape de áncora.

Me hizo usted once preguntas sobre el escape de áncora.

Las apunté. Fue la única visita en cincuenta años que me hizo más de cinco.

Carmen sintió que se le subía el calor a la cara.

—Estoy aquí para una inspección técnica —dijo, con la voz de las inspecciones—. Necesito acceder a todas las viviendas, a la cubierta, a la torre y a los espacios comunes. Tengo autorización de la propiedad.

—Lo sé. Se lo hemos dicho a todos los vecinos. Le están esperando. —Don Paco se apartó para dejarla pasar—. La señora Visitación del segundo le ha hecho magdalenas.

*  *  *

Tardó cinco horas.

Lo miró todo. Lo hizo como lo hacía siempre, como se lo habían enseñado en la Escuela y como lo había perfeccionado en catorce años de inspecciones: de arriba abajo, de fuera adentro, sin saltarse nada, sin dar nada por supuesto, apuntándolo todo en la carpeta de anillas con su letra pequeña y vertical, fotografiándolo todo con el flash anular, midiendo cada grieta con el fisurómetro en tres puntos y anotando la fecha y la hora.

Las viviendas estaban bien. Viejas, cansadas, con humedades en los baños y pintura desconchada, con cocinas de los años setenta y suelos de terrazo, pero bien.

Los forjados no flechaban. Las vigas de madera de las viviendas del último piso, que según el informe de parte tenían «pérdida de capacidad portante», estaban secas y duras bajo el punzón.

La señora Visitación, del segundo, noventa y un años, viuda de un maquinista de tren, le enseñó su casa entera con una bata de flores y un orgullo de duquesa, y le dio dos magdalenas envueltas en una servilleta de papel que Carmen se guardó en el bolsillo del abrigo porque no sabía cómo decir que no.

Los Martínez, del tercero, le enseñaron la habitación de su hijo, un hombre de treinta y cinco años con síndrome de Down que se llamaba Quique y que le preguntó si ella también era arquitecta, y cuando ella dijo que sí, le enseñó un dibujo que había hecho de la torre del reloj, con todos los números romanos en su sitio y un gato negro sentado en el tejadillo.

—¿Hay un gato? —preguntó Carmen.

—No —dijo Quique—. Pero debería.

En la fachada principal, la grieta estaba donde decía el informe de parte. Desde el alféizar de una ventana del primer piso, en diagonal, hasta la cornisa del segundo. Carmen la midió en tres puntos con el fisurómetro: tres milímetros, tres milímetros, dos y medio. La fotografió con luz rasante.

Luego hizo algo que no estaba en ningún protocolo.

Sacó la nota de lápiz del bolsillo del abrigo. La que llevaba allí desde el lunes por la noche, doblada en cuatro, junto a las magdalenas de la señora Visitación. Ojo: la medianera del 41 no se mueve. La he medido 3 veces. Alguien quiere que parezca que sí. La miró un segundo. La guardó otra vez.

Pidió a don Paco permiso para salir al balcón del primer piso, el que estaba junto a la ventana de la grieta. Salió. Se asomó. Se agachó junto al alféizar. Sacó una lupa del bolsillo.

Y allí estaban.

Tres agujeros. Pequeños, redondos, alineados, en el ladrillo, justo en el arranque de la grieta.

Tapados con mortero, un mortero gris, de cemento, que no tenía nada que ver con la cal de las juntas originales.

Un mortero reciente. Se notaba en el color.

Se notaba en que no tenía ni una mancha de hollín, ni de lluvia, ni de polvo.

Taladros. Del ocho. Para debilitar el ladrillo justo en el punto donde una grieta empieza naturalmente cuando un muro se mueve.

Carmen se quedó de rodillas en el balcón del primer piso de la Finca del Reloj, con la lupa en la mano, durante mucho tiempo.

Cuando salió a la calle, a la una y cinco, Samuel estaba en la acera.

Apoyado en el andamio vacío de su obra paralizada, con las manos en los bolsillos de un pantalón de lino gris, una camisa azul remangada, las gafas de pasta y el rotulador detrás de la oreja.

Y, a sus pies, sentado sobre el bordillo con la dignidad de un notario, un basset hound de orejas larguísimas, que la miró llegar con unos ojos tristes de funcionario jubilado.

Carmen se detuvo en el portal.

—¿Qué hace usted aquí?

—Es mi obra.

—Su obra está paralizada.

—Mi obra está paralizada. Yo no. —Samuel se encogió de hombros—. Vengo cada día a ver si alguien me ha robado el andamio. Así podría pedir una licencia nueva y nos ahorraríamos todos mucho papeleo.

—No tiene gracia.

—Tiene un poco. —Samuel señaló al perro con la barbilla—. Este es Mies. Mies, esta es la señora inspectora que nos ha paralizado la obra.

Mies se levantó del bordillo. Cruzó la acera con la lentitud majestuosa de un barco de carga.

Se plantó delante de Carmen. La olió. Las rodillas, el abrigo, el bolsillo del abrigo donde estaban las magdalenas de la señora Visitación.

Y luego, sin ningún preámbulo, se sentó sobre sus zapatos, con todo el peso de sus veintiséis kilos, y apoyó la cabeza contra su pierna.

Carmen no se movió.

—Le gustas —dijo Samuel.

—Le gustan las magdalenas.

—Le gustan las dos cosas. Es un perro con criterio.

—Es un perro gordo.

—Tiene sobrepeso. Lo dice su madre. —Samuel sonrió—. Su otra madre. Mi exmujer. Le ha puesto a dieta. Yo no la cumplo. Es la única venganza que me queda.

Carmen bajó la vista hacia el perro. El perro levantó la suya hacia ella, con sus ojos caídos, sin soltarle los zapatos.

Era absurdo. Era ridículo. Era la cosa más absurda y ridícula que le había pasado en una inspección en catorce años.

Y sintió, sin poder evitarlo, que se le escapaba algo parecido a una sonrisa.

Lo reprimió. Llegó tarde. Samuel la había visto.

—¿Ha visto los agujeros? —preguntó él, en voz más baja.

Carmen levantó la vista.

—No puedo hablar de la inspección con una parte interesada.

—No soy parte interesada. Soy el vecino.

—Es el director de una obra pegada al edificio que estoy inspeccionando. Una obra con micropilotes en la medianera. —Carmen le miró a los ojos—. Una obra que, según mi jefe de servicio, puede haber causado los daños de este edificio por vibraciones.

Samuel se quedó quieto. La sonrisa se le borró de golpe, sin chaqueta, sin nada.

—¿Eso ha dicho?

—Eso me dijo el lunes.

—Los micropilotes del treinta y tres no tocan la cimentación del cuarenta y uno.

Están a ochenta centímetros. Lo calculé.

Lo medí. Los hicimos con perforación rotativa, sin percusión, precisamente para no transmitir vibraciones a la medianera.

—Samuel había dejado de sonreír del todo; hablaba deprisa, con una rabia contenida que ella no le había visto nunca—.

Lo tienes en el anexo. Página catorce. Con el certificado del sismógrafo que pusimos en la medianera durante toda la perforación.

Cero coma dos milímetros por segundo. Menos que un autobús pasando por la calle.

—Lo he leído.

—¿Entonces?

—Entonces mi jefe de servicio quiere que lo tenga en cuenta.

Samuel la miró durante un rato largo. Mies, a sus pies, seguía sentado sobre sus zapatos, con la cabeza apoyada en su pierna.

—Te están usando —dijo Samuel, al fin, muy bajo—. A ti. Para cerrar las dos cosas a la vez. Paralizar mi obra, que es la única que ha medido la medianera de verdad. Y firmar la ruina del cuarenta y uno echándole la culpa a mi obra. Dos pájaros.

—No me tutee en una inspección.

—Carmen.

—Señor Vidal. —Carmen bajó la voz—. Está usted acusando a un funcionario público de algo muy grave.

—No le estoy acusando a él. Te estoy avisando a ti.

—No necesito que me avise nadie.

—Ya lo sé —dijo Samuel—. Nunca lo has necesitado. Por eso te lo digo igual.

Carmen apretó la carpeta de anillas contra el pecho. Arriba, en la torre, el reloj dio la una y cuarto con una campanada sola, grave, que se quedó vibrando en el aire de la calle Sueca.

—Los he visto —dijo ella.

Samuel no dijo nada.

—Los agujeros. Tres. Del ocho. Mortero de cemento reciente.

—Carmen hablaba muy deprisa, como quien se arranca una tirita—.

Los he fotografiado con luz rasante, con escala y con fecha.

Los voy a incluir en el informe. Como indicio de posible manipulación.

Y voy a pedir dos semanas más para un estudio estructural independiente.

—Bien.

—No lo hago por usted.

—Ya lo sé.

—Lo hago porque es mi trabajo.

—Ya lo sé. —Samuel sonrió, despacio, por fin, pero no con la sonrisa de la chaqueta—. Siempre lo has hecho todo porque es tu trabajo. Incluido aprobarme Teoría de las Estructuras.

—Yo no te aprobé nada.

—Le caías bien a Benlliure.

—Eso no es mi culpa.

—No. —Samuel se agachó, cogió a Mies por el collar con suavidad y le levantó de los zapatos de ella—. Eso fue culpa mía. Que me enamoré de la que le caía bien a Benlliure.

Carmen se quedó sin respiración.

Él no la miró. Se enderezó, se ajustó las gafas, cogió la correa del perro y se fue calle abajo, hacia la Gran Vía, sin despedirse, con Mies trotando a su lado con las orejas rozando la acera.

Carmen se quedó en el portal de la Finca del Reloj, con la carpeta contra el pecho, las magdalenas de la señora Visitación en el bolsillo y la marca de veintiséis kilos de basset hound todavía caliente sobre los zapatos.

Arriba, en un balcón del cuarto piso, don Paco Ibáñez cerró la persiana muy despacio.

*  *  *

Coll la llamó a las seis de la tarde, cuando ya estaba en casa, sentada en el suelo del salón con las fotos de la inspección extendidas sobre la alfombra y Kafka paseándose entre ellas como un inspector de inspectores.

—Carmen, Carmen. ¿Qué tal la inspección?

—Larga.

—Me imagino, me imagino. ¿Lo tendrás el viernes?

Carmen miró las fotos. Los tres agujeros, ampliados, con su mortero gris. La medianera, perfectamente vertical según el nivel láser. Las vigas secas del último piso. El dibujo de Quique, que él le había regalado al despedirse, con su torre, su reloj y su gato negro que no existía.

—No —dijo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Corto. Muy corto. Pero Carmen lo notó, como se nota un cambio de presión en los oídos al bajar en ascensor.

—¿Cómo que no?

—Hay indicios de daños provocados en la fachada principal.

Tres perforaciones recientes en el arranque de la grieta.

Selladas con mortero de cemento. Lo he documentado.

—Carmen se oyó hablar con su voz de siempre, plana, precisa, sin temblar—.

Además, la medianera no presenta desplomes medibles y los forjados no muestran pérdida de capacidad portante.

El informe de parte no se corresponde con lo que he visto.

Necesito dos semanas y un estudio estructural independiente antes de emitir el informe municipal.

El silencio fue más largo esta vez.

—Carmen —dijo Coll. Solo una vez. Sin la segunda caricia—. Esto no es lo que hablamos.

—Lo que hablamos fue que lo mirara yo porque soy la más rigurosa. —Carmen apretó el teléfono—. Lo he mirado.

—Ya. —La voz de radio de Coll seguía siendo suave, pero había algo debajo, algo metálico, como un clavo en una tabla lijada—. Te doy hasta el lunes. Para pensarlo. Mientras tanto, no hables de esto con nadie. Ni de los agujeros, ni de los estudios independientes, ni de nada. Con nadie. ¿Entendido?

—Entendido.

—Bien. Bien. —La segunda caricia volvió, pero tarde—. Que descanses, Carmen.

Colgó.

Carmen dejó el móvil sobre la alfombra, entre las fotos. Se quedó mirándolo. Kafka se acercó, olió la pantalla y siguió su camino hacia el sofá, sin opinión.

No hables de esto con nadie.

Se levantó. Fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua. Se lo bebió. Volvió al salón. Se sentó otra vez en el suelo.

Pensó en catorce años de inspecciones sin una sola excepción.

En un despacho con una silla coja. En una regla que se había puesto a sí misma a los veinticinco años, en el andén de una estación, con un billete en la mano que no sirvió para nada: no te saltes nunca una norma, porque las normas no se van.

Y pensó que la norma, esta vez, le decía que se callara.

Cogió el móvil. Buscó un nombre en los contactos. Samu.

Esta vez no esperó a que se apagara la pantalla.